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Aprendamos a amar

Lágrimas de acero y miel

El zumbido de las luces fluorescentes en la sala de entrenamiento de la Agencia era el único sonido que competía con el rítmico impacto de los puños de Na Hwa-jin contra el saco de boxeo. Tenía el cabello recogido en una coleta alta, pero varios mechones empapados de sudor se le pegaban a la frente y al cuello. Sus movimientos eran precisos, brutales, cargados de esa energía contenida que lo caracterizaba. Cada golpe era una lección de física y violencia.

—Tu guardia está demasiado abierta en el lado izquierdo, Hwa-jin. ¿Es que esperas que alguien te dé un beso en la mejilla o simplemente estás perdiendo el toque con la edad?

Hwa-jin detuvo el saco con la palma de la mano y exhaló un suspiro pesado. No necesitaba mirar hacia atrás para saber que Im Han-rin estaba apoyada en el marco de la puerta. Lo que sí le sorprendió fue el tono. No era su habitual corrección militar ni su aspereza de sargento; había una nota juguetona, casi aterciopelada, que le erizó el vello de la nuca.

Se giró lentamente, limpiándose el sudor de la cara con el dorso de la mano. Han-rin no vestía su uniforme táctico habitual. Llevaba unos pantalones de yoga ajustados y una camiseta de tirantes negra que dejaba poco a la imaginación respecto a su excelente condición física.

—La edad me ha dado la experiencia suficiente para saber cuándo alguien intenta distraerme, Han-rin —respondió él, tratando de recuperar su tono cínico—. ¿No tienes informes que redactar?

Han-rin se separó de la pared y caminó hacia él con una parsimonia depredadora. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad nueva, una que Hwa-jin no sabía cómo clasificar.

—El papeleo es aburrido —dijo ella, deteniéndose a escasos centímetros de él. El olor a jabón neutro y algo sutilmente dulce emanaba de su piel—. Además, me he dado cuenta de que te pones muy... rígido cuando estoy cerca. Me preguntaba si es por el estrés del trabajo o si simplemente disfrutas de la vista.

Hwa-jin arqueó una ceja, manteniendo su expresión de piedra.

—Disfruto del silencio, algo que parece escasear cuando estás presente. Vuelve al trabajo, Im.

—Oh, ¿ahora somos tan formales? —Ella dio un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que el calor que emanaba de sus cuerpos se mezcló—. Ayer, en el coche, no parecías tan interesado en los apellidos. De hecho, juraría que tu mano se demoró un poco más de lo necesario al ayudarme a bajar.

Hwa-jin sintió un nudo en la garganta. Era cierto; la tensión entre ellos había ido escalando desde el incidente en el club de Gangnam, pero Han-rin siempre había mantenido una fachada de profesionalismo estricto durante las horas de oficina. Esto era diferente. Esto era un ataque frontal.

—Fue una cortesía básica —mintió él, volviéndose hacia el saco de boxeo—. Algo que tú, como antigua sargento, deberías entender.

—La cortesía no hace que a un hombre se le dilaten las pupilas de esa manera —murmuró ella, rodeándolo lentamente como si fuera una presa—. Sabes, Hwa-jin, siempre pensé que tu mayor atributo era tu capacidad de intimidación. Pero ahora que te veo así, sudado y sin esa chaqueta de traje que tanto te gusta... creo que tu mejor atributo es la resistencia. Me pregunto cuánto tiempo puedes aguantar antes de romperte.

Hwa-jin lanzó un puñetazo al saco con más fuerza de la necesaria. El impacto resonó en toda la sala.

—Han-rin, detente. Geun-dae podría entrar en cualquier momento.

—Geun-dae está en la cafetería intentando convencer a la máquina de que le devuelva su cambio —ella se colocó justo frente a él, obligándolo a detenerse de nuevo—. Y aunque entrara... ¿qué vería? Solo a dos inspectores compartiendo consejos de combate. Aunque, si quieres, puedo enseñarte una técnica de Jeet Kune Do que requiere mucho... contacto cercano.

Ella extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, trazó la línea de la mandíbula de Hwa-jin con la punta del dedo índice. Sus dedos estaban fríos, pero el rastro que dejaban en su piel ardiente era como fuego líquido.

—Tienes una barba muy áspera hoy —susurró ella, acercando su rostro al suyo—. Me pregunto si pica tanto como parece cuando rozas la piel de otra persona.

Hwa-jin cerró los puños con tanta fuerza que los nudillos le crujieron. Su autocontrol, esa armadura de hierro que había forjado durante años de misiones encubiertas y palizas callejeras, estaba empezando a mostrar grietas profundas.

—Estás jugando con fuego, sargento —advirtió él, su voz descendiendo a un tono peligrosamente bajo—. Y sabes perfectamente que yo no soy de los que se queman solos.

Han-rin soltó una risita suave, un sonido que vibró directamente en el pecho de Hwa-jin.

—Me encantan los incendios, Hwa-jin. Especialmente los que son difíciles de apagar. —Ella se inclinó hacia su oído, rozando el lóbulo con los labios sin llegar a besarlo—. ¿Sabes qué más he notado? Que cada vez que paso junto a tu escritorio, dejas de escribir. Tu respiración cambia. Es casi como si estuvieras esperando que hiciera algo descarado. Como esto.

Ella deslizó su mano hacia abajo, apoyándola firmemente sobre el pecho desnudo de él, justo sobre su corazón, que latía con la fuerza de un animal enjaulado.

—Tu corazón dice una cosa, pero esa cara de inspector serio dice otra —continuó ella, con una sonrisa desafiante—. ¿Cuál de los dos Na Hwa-jin va a responderme hoy? ¿El que reparte lecciones a los matones o el que se muere de ganas de que lo arrastre a la sala de suministros?

Hwa-jin se quedó inmóvil por un segundo eterno. La audacia de Han-rin había cruzado una línea que él no esperaba que cruzara en pleno edificio de la Agencia. Podía sentir el calor de su palma, la mirada roja cargada de un deseo que ya no intentaba ocultar y esa confianza absoluta de quien sabe que tiene la ventaja.

Fue entonces cuando algo dentro de él se rompió. No fue una caída estrepitosa, sino una liberación.

Con un movimiento tan rápido que ella apenas tuvo tiempo de parpadear, Hwa-jin la agarró por las muñecas y la inmovilizó contra la pared acolchada de la sala de entrenamiento. La diferencia de peso y fuerza se hizo evidente de inmediato. Él se cernió sobre ella, su sombra cubriéndola por completo.

—¿Así que quieres jugar a las lecciones, Han-rin? —preguntó él, su voz ahora cargada de una intención oscura y vibrante.

La sorpresa cruzó el rostro de ella por una fracción de segundo, pero fue reemplazada rápidamente por una satisfacción triunfante.

—Vaya —dijo ella, tratando de mantener su tono burlón a pesar de que su respiración se había acelerado—, parece que el inspector finalmente ha decidido participar en la clase.

—Te has pasado toda la mañana intentando provocar una reacción —dijo Hwa-jin, acercando su rostro al de ella hasta que sus narices se rozaron—. Pues bien, aquí la tienes. Pero ten cuidado, sargento. Yo no doy lecciones a medias. Si vamos a hacer esto, vas a aprender exactamente lo que sucede cuando empujas a un hombre hasta su límite.

—No me asustas, Hwa-jin —desafió ella, aunque sus pupilas estaban dilatadas al máximo—. He visto cosas mucho peores que tú.

—No se trata de miedo —Hwa-jin soltó sus muñecas solo para atrapar su cintura y pegarla violentamente contra él—. Se trata de ver quién de los dos cede primero. Has estado muy habladora con tus comentarios sobre mi barba y mi resistencia... ¿Qué tal si comprobamos si tu capacidad de lucha es tan buena como tu capacidad de provocar?

Él bajó la cabeza y comenzó a besar su cuello con una ferocidad que la dejó sin aliento. No eran besos delicados; eran marcas de propiedad, mordiscos suaves que arrancaron un gemido genuino de los labios de Han-rin.

—¿Qué pasa? —murmuró él contra su piel—. ¿Dónde están los comentarios descarados ahora? Pensé que tenías mucho que decir sobre mi "rigidez".

Han-rin echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, sus manos subiendo instintivamente para aferrarse a los hombros sudados de Hwa-jin.

—Cállate... —logró decir ella, su voz temblorosa—. Y demuestra... que eres tan bueno como crees.

Hwa-jin se separó lo suficiente para mirarla a los ojos. Había una llama salvaje en su mirada, la misma que mostraba cuando estaba a punto de desmantelar una banda de matones, pero esta vez estaba dirigida únicamente a ella.

—Oh, soy mucho mejor de lo que crees —respondió él—. Pero hoy, la sargento Im va a aprender una lección sobre las consecuencias. Has estado coqueteando con el desastre, Han-rin. Y el desastre acaba de atraparte.

Él la besó entonces, un beso que fue una colisión de años de tensión no resuelta. Fue un intercambio de poder, una lucha de lenguas y voluntades que quemaba más que cualquier entrenamiento. Han-rin respondió con la misma intensidad, rodeando su cuello con los brazos y atrayéndolo hacia ella como si quisiera fusionar sus cuerpos.

Se separaron apenas unos milímetros, jadeando, con las frentes apoyadas la una contra la otra.

—¿Sigues pensando... que mi guardia está abierta? —preguntó Hwa-jin, con una sonrisa depredadora que por fin alcanzó sus ojos.

Han-rin soltó una risa entrecortada, sus dedos acariciando la nuca de él, deshaciendo finalmente la coleta y dejando que su cabello negro cayera libremente.

—Creo que tu guardia es un desastre —admitió ella—, pero tu ofensiva... es aceptable. Quizás necesites practicar un poco más conmigo. En privado.

—No acepto críticas de alguien que está temblando en mis brazos —replicó él, volviendo a capturar sus labios.

En ese momento, el sonido de unos pasos apresurados se escuchó en el pasillo exterior, junto con la voz de Geun-dae tarareando una canción pop coreana.

—¡Hwa-jin! ¡Han-rin! ¡El director dice que el informe de la escuela secundaria de Busan tiene errores en las fechas! ¿Están por aquí?

La pareja se congeló. Hwa-jin miró hacia la puerta y luego volvió a mirar a Han-rin. Ella tenía los labios rojos e hinchados y el cabello desordenado, pero su expresión era de pura travesura.

—Si nos encuentra así, el pobre chico va a necesitar terapia —susurró ella.

Hwa-jin soltó un suspiro, pero no la soltó. Al contrario, la atrajo más cerca.

—Que entre —dijo él con una calma aterradora—. Así aprenderá de una vez por todas que no se debe interrumpir a los inspectores superiores cuando están... intercambiando tácticas.

—No seas malo, Hwa-jin —dijo ella, aunque estaba sonriendo—. Vamos a la oficina de suministros trasera. Tiene cerradura por dentro y nadie entra allí a buscar archivos viejos.

Hwa-jin la miró fijamente, evaluando la propuesta.

—¿La oficina de suministros? —repitió él—. Es un lugar muy pequeño para alguien con tanta energía como tú.

—Entonces asegúrate de mantenerme lo suficientemente ocupada para que no me queje del espacio —respondió ella, dándole un último beso rápido antes de escabullirse de sus brazos con la agilidad de una sombra.

Hwa-jin se quedó un momento solo en la sala, recomponiendo su expresión y tratando de calmar su respiración. Se pasó una mano por el cabello, dándose cuenta de que Han-rin le había ganado la partida, pero de una manera que no le importaba en absoluto.

—¡Superior Na! —Geun-dae asomó la cabeza por la puerta, sosteniendo un vaso de cartón—. ¿Has visto a la inspectora Im? Juraría que la vi entrar aquí.

Hwa-jin se giró hacia el joven, recuperando su máscara de frialdad absoluta.

—Acaba de salir por la otra puerta, Geun-dae. Dijo algo sobre revisar el inventario de suministros. Parece que faltan algunas esposas y cinta adhesiva.

Geun-dae parpadeó, confundido.

—¿Suministros? Pero si hicimos inventario la semana pasada...

—Ve a revisar el informe de Busan —le cortó Hwa-jin, caminando hacia la salida—. Yo me encargaré de ayudar a la inspectora Im con el... inventario. Es una tarea que requiere dos personas.

—Ah, claro. Entendido, superior. ¡Qué dedicación al trabajo! —exclamó Geun-dae, saludando militarmente mientras se alejaba por el pasillo.

Hwa-jin esperó a que el chico desapareciera de la vista y luego se dirigió hacia el fondo del pasillo, donde la pequeña oficina de suministros lo esperaba. Al llegar, encontró la puerta entreabierta. Entró y la cerró con llave, sumergiendo la habitación en una penumbra iluminada solo por la rendija de la puerta.

Han-rin estaba sentada sobre una caja de archivos, esperándolo con los brazos cruzados y una expresión que prometía todo menos arrepentimiento.

—Has tardado tres minutos más de lo necesario, inspector —dijo ella—. ¿Es que tu resistencia también se aplica a caminar por los pasillos?

Hwa-jin se acercó a ella, atrapándola entre sus piernas mientras permanecía de pie.

—He tardado lo necesario para asegurarme de que nadie nos moleste. Ahora, sargento... —Él tomó sus manos y las colocó sobre sus propios hombros—. ¿Dónde nos habíamos quedado en nuestra lección?

—Creo que estábamos en la parte donde me demostrabas que eras capaz de silenciarme —respondió ella, acercando sus labios a los de él.

—Esa es mi parte favorita —murmuró Hwa-jin antes de sellar el trato.

Fuera, en las oficinas de la Agencia, el mundo seguía su curso. Había criminales que perseguir, leyes que defender y una justicia que impartir. Pero dentro de aquel pequeño cuarto lleno de papeles viejos y polvo, Na Hwa-jin e Im Han-rin habían encontrado su propia forma de orden. Una donde las palabras sobraban, donde los coqueteos se convertían en realidades y donde, por primera vez, las lecciones no se daban con un bastón de madera, sino con la entrega absoluta de dos almas que, bajo su armadura de acero, solo deseaban el calor de la otra.

Hwa-jin supo en ese momento que, por mucho que ella intentara provocarlo, él siempre tendría la última palabra. O, al menos, se aseguraría de que ella no pudiera decirla durante mucho, mucho tiempo.