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Aprendamos a amar

Fuego en el archivo y palabras de azúcar

El aire en la oficina de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos estaba tan cargado que podría cortarse con un cuchillo, pero no era por la tensión de un caso criminal. Na Hwa-jin estaba sentado en su escritorio, con la silla inclinada hacia atrás en un ángulo que desafiaba la gravedad y las leyes de la ergonomía. Tenía el pelo largo y negro suelto, cayendo sobre sus hombros con ese descuido elegante que siempre lograba que pareciera un modelo de revista que acababa de participar en una pelea callejera.

—¿Sabes, mi pequeña valquiria de acero? —dijo Hwa-jin, haciendo girar un bolígrafo entre sus dedos con una destreza hipnótica—. He estado revisando este informe sobre la red de acoso en Incheon, y he llegado a la conclusión de que tu caligrafía es tan letal como tu patada lateral. Es simplemente... embriagadora.

Im Han-rin, que estaba de pie junto a la cafetera, se tensó visiblemente. Sus ojos rojos brillaron con una mezcla de exasperación y esa timidez que siempre intentaba ocultar bajo su fachada de sargento de las Fuerzas Especiales. Se giró lentamente, cruzando los brazos sobre su busto, lo que solo sirvió para que la mirada de Hwa-jin bajara un segundo antes de volver a sus ojos con una chispa de picardía.

—Inspector Na —dijo ella, tratando de mantener su voz firme y profesional—, le he dicho mil veces que deje de usar esos apelativos ridículos en la oficina. Si Geun-dae entra y te oye llamarme "valquiria de acero", no podré mantener la disciplina del equipo durante un mes.

Hwa-jin soltó una risita ronca, dejando que la silla volviera a su posición normal con un golpe seco. Se levantó y caminó hacia ella con esa arrogancia felina que lo caracterizaba. Se detuvo justo en su espacio personal, obligándola a inclinar un poco la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Oh, vamos, mi dulce tormenta escarlata —susurró él, bajando el tono de voz hasta que fue una caricia vibrante—. Geun-dae está demasiado ocupado intentando descifrar por qué su ordenador va lento como para prestarnos atención. Además, ¿qué tiene de malo que un hombre admire la perfección táctica y estética de su compañera?

Han-rin sintió que el calor subía por su cuello. A pesar de su entrenamiento en Jeet Kune Do y su experiencia en situaciones de vida o muerte, Na Hwa-jin seguía siendo el único oponente capaz de desarmarla sin usar las manos.

—Es... inapropiado —logró decir, aunque su resistencia flaqueaba—. Y "tormenta escarlata" es excesivo, incluso para ti.

—¿Excesivo? —Hwa-jin apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Han-rin, acorralándola con una suavidad peligrosa—. Yo diría que es apenas una descripción superficial. Podría llamarte "mi relámpago de medianoche", o quizás "mi preciosa lección de disciplina". Tienes tantas facetas, Han-rin, que un solo nombre no basta para contenerte.

Él se inclinó un poco más, su aliento con aroma a café y tabaco rozando la mejilla de ella. Hwa-jin era un coqueto descarado, un hombre que vivía para la provocación, pero en ese momento, la intensidad en sus ojos oscuros decía que no era solo un juego.

Han-rin soltó un suspiro tembloroso. Durante mucho tiempo, había luchado contra esa faceta de Hwa-jin, intentando mantener las barreras del profesionalismo. Pero después de lo que había sucedido entre ellos, después de las noches compartidas donde las máscaras caían, esconderse se sentía cada vez más inútil. Y, para su propia sorpresa, una pequeña chispa de audacia comenzó a arder en su pecho.

—¿Así que te gusta poner etiquetas, Hwa-jin? —preguntó ella, su voz ganando una nota de confianza que lo sorprendió—. Te gusta ser el que siempre tiene la última palabra romántica.

—Es uno de mis muchos talentos —respondió él con una sonrisa ladeada, relamiéndose los labios—. ¿Te molesta, mi joya de la corona?

Han-rin sonrió ligeramente, una expresión que rara vez mostraba y que hizo que el corazón de Hwa-jin diera un vuelco. Ella dio un paso adelante, eliminando la distancia que quedaba entre sus cuerpos, y apoyó sus manos en el pecho del inspector, justo encima de su corazón.

—No me molesta —admitió ella en un susurro—. Pero creo que es justo que yo también pueda expresar mis... apreciaciones.

Hwa-jin arqueó una ceja, intrigado.

—Soy todo oídos, mi capitana.

Han-rin se inclinó hacia su oído, dejando que sus labios rozaran apenas el lóbulo de la oreja de él.

—Entonces, dime... —susurró ella—, ¿cómo debería llamar a mi inspector favorito? ¿Quizás "mi lobo solitario despeinado"? ¿O tal vez "mi gatito arrogante de traje negro"?

Hwa-jin se quedó helado. No esperaba que ella le devolviera el golpe, y mucho menos con esa suavidad seductora. Sintió que sus mejillas se calentaban de una manera que no le ocurría desde que era un adolescente en un callejón.

—¿Gatito... arrogante? —repitió él, su voz perdiendo un poco de su seguridad habitual.

Han-rin se separó un poco, mirándolo a los ojos con una chispa de triunfo. Ver al imperturbable Na Hwa-jin sonrojarse era una victoria que no sabía que necesitaba.

—Sí —continuó ella, envalentonada por su reacción—. Aunque, pensándolo bien, "mi caballero de la barba descuidada" también tiene su encanto. ¿No te gusta, Hwa-jin-nie?

El uso del sufijo cariñoso fue el golpe de gracia. Hwa-jin, el hombre que intimidaba a los peores criminales escolares con solo una mirada, bajó la cabeza, intentando ocultar una sonrisa que era mitad vergüenza y mitad deleite absoluto. Se pasó una mano por el pelo, visiblemente descolocado.

—Eso... eso ha sido un golpe bajo, Han-rin —murmuró él, y ella pudo ver claramente el rojo extendiéndose por sus orejas—. No vale usar armas químicas tan temprano en la mañana.

—Oh, ¿te he derretido, mi valiente protector? —se burló ella con dulzura, disfrutando de cada segundo de su vulnerabilidad—. Pensé que eras tú quien dictaba las reglas de este juego.

Hwa-jin levantó la vista, y aunque seguía sonrojado, sus ojos brillaban con una adoración renovada. La atrapó por la cintura, atrayéndola contra él con firmeza, pero esta vez no había arrogancia en el gesto, solo una necesidad profunda de cercanía.

—Eres increíble —dijo él, su voz volviendo a ser profunda pero cargada de una ternura genuina—. Me encanta cuando te pones así. Eres como una rosa con espinas de diamante, mi vida.

—Y tú eres un desastre encantador, mi Hwa-jin —respondió ella, rodeando su cuello con los brazos—. Un desastre que no cambiaría por nada.

Se quedaron así por un momento, en el silencio de la oficina que empezaba a despertar. La luz del sol se filtraba por las persianas, creando líneas de luz sobre ellos. La tensión profesional se había disuelto por completo, reemplazada por una conexión que ya no necesitaba esconderse tras los muros del deber.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Hwa-jin, rozando su nariz con la de ella.

—¿Qué?

—Que ahora voy a tener que pensar en apodos aún mejores para superar los tuyos. No puedo dejar que mi "leona de ojos rojos" me gane en mi propio terreno.

Han-rin soltó una risa clara, un sonido que Hwa-jin consideraba la mejor música del mundo.

—Puedes intentarlo, mi inspector atrevido. Pero recuerda que yo fui entrenada para la guerra. Y en el amor, parece que tengo mejores tácticas de las que pensabas.

—Eso es indiscutible —admitió él antes de capturar sus labios en un beso lento y profundo.

El beso sabía a café y a la promesa de algo mucho más grande que una simple alianza de trabajo. Era el reconocimiento de dos almas heridas que habían encontrado un refugio mutuo. Hwa-jin la besaba con una devoción que decía más que todos sus apodos creativos juntos, y Han-rin respondía con una entrega que dejaba claro que él era el único hombre capaz de ver a la mujer detrás del uniforme.

De repente, el sonido de la puerta abriéndose los obligó a separarse a regañadientes. Bong Geun-dae entró con una caja de donuts y una expresión de confusión total.

—¡Buenos días! He traído... —Geun-dae se detuvo en seco, mirando a sus dos superiores. Hwa-jin estaba apoyado contra el mostrador de la cafetera con una sonrisa sospechosa y el pelo más revuelto de lo normal, mientras que Han-rin estaba inusualmente ocupada revisando la temperatura del agua con una intensidad maníaca—. ¿Pasa algo? Superior Na, está usted muy rojo. ¿Tiene fiebre?

Hwa-jin soltó una carcajada y se acercó a Geun-dae, quitándole un donut de chocolate de la caja.

—No es fiebre, Geun-dae. Es solo que la inspectora Im me ha dado una lección matutina muy... intensa.

—¿Una lección? —Geun-dae miró a Han-rin—. ¿De Jeet Kune Do?

Han-rin se giró, recuperando su máscara de sargento, aunque sus ojos rojos todavía tenían un brillo suave.

—Algo así, Geun-dae. Digamos que el inspector Na necesitaba recordar quién manda realmente en esta oficina.

—¡Ah, entiendo! —dijo el joven, asintiendo con vigor—. ¡Bien hecho, inspectora! A veces el superior Na se pasa de listo.

Hwa-jin le guiñó un ojo a Han-rin por encima del hombro de Geun-dae y susurró lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera:

—Te veo luego, mi dulce generala.

Han-rin suspiró, pero esta vez no había rastro de molestia en su gesto.

—Cállate y firma los informes, mi inspector distraído.

El día continuó con su ritmo habitual de llamadas, investigaciones y planificación táctica. Pero para Hwa-jin y Han-rin, cada interacción tenía un nuevo matiz. Cada vez que sus miradas se cruzaban en el pasillo, o cuando él le pasaba un documento rozando sus dedos "accidentalmente", el aire volvía a chisporrotear.

Hwa-jin se pasó la tarde enviándole notas adhesivas en los expedientes. "Para mi emperatriz del orden", decía una. "Para la mujer que hace que mi corazón haga una llave de judo", decía otra. Han-rin las leía, las doblaba con cuidado y las guardaba en su cajón personal, sintiendo una calidez que nunca antes había experimentado.

Al final de la jornada, cuando Geun-dae ya se había marchado y solo quedaban ellos dos bajo la luz mortecina de las lámparas de escritorio, Hwa-jin se acercó al puesto de Han-rin.

—¿Lista para irnos, mi tesoro táctico? —preguntó él, ofreciéndole la mano.

Han-rin recogió su bolso y tomó su mano con firmeza, entrelazando sus dedos con los de él.

—Lista, mi caballero de las sombras.

Caminaron hacia el aparcamiento en silencio, disfrutando de la paz que solo llega después de una batalla ganada. Al llegar al coche de Hwa-jin, él la detuvo antes de que subiera.

—Sabes —dijo él, mirándola con una seriedad inusual—, me gusta que me llames así. Me hace sentir que... que no soy solo el tipo que golpea a la gente para arreglar las cosas.

Han-rin le acarició la mejilla con ternura, sintiendo la barba incipiente bajo sus dedos.

—Eres mucho más que eso, Hwa-jin. Eres un hombre que se preocupa demasiado, aunque intentes ocultarlo tras esa fachada de galán descarado. Y por eso... por eso me gustas tanto.

Hwa-jin sintió que se sonrojaba de nuevo, pero esta vez no intentó ocultarlo. Se inclinó y la besó con una dulzura que le llegó hasta el alma.

—Te quiero, mi Han-rin. Sin apodos, sin juegos. Solo te quiero a ti.

Han-rin sonrió, apoyando la cabeza en su pecho.

—Y yo a ti, Hwa-jin. Aunque sigas siendo un gatito arrogante.

Él rió, una risa limpia que resonó en el aparcamiento vacío.

—Está bien, acepto el título. Pero solo si tú aceptas ser mi reina por el resto de la noche.

—Trato hecho.

Subieron al coche y se alejaron de la Agencia, dejando atrás los problemas del mundo escolar por unas horas. En la oscuridad del vehículo, sus manos permanecieron entrelazadas. Na Hwa-jin, el hombre de las mil palabras y los mil apodos, finalmente había aprendido que no importaba cómo llamara a Im Han-rin, siempre y cuando ella estuviera allí para responderle.

Y Han-rin, la mujer que había vivido para el deber y la disciplina, había descubierto que no había mayor libertad que dejarse querer por un hombre que la veía como su mayor tesoro, su leona, su tormenta y, sobre todo, su compañera de vida.

—Hwa-jin —dijo ella de repente, cuando estaban a mitad de camino.

—¿Sí, mi ángel?

—Mañana en la oficina... si me llamas "joya de la corona" delante del director, te juro que te pondré un apodo que no podrás repetir en público.

Hwa-jin soltó una carcajada sonora, acelerando el coche por las calles iluminadas de Seúl.

—¡Es un desafío que acepto con gusto, mi preciosa amenaza!

La noche los envolvió, una noche llena de promesas y de ese fuego que solo surge cuando dos personas deciden dejar de luchar entre sí para empezar a luchar por lo que tienen. Y en el mundo de Na Hwa-jin e Im Han-rin, eso era la lección más valiosa de todas.