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Aprendamos a amar

Lecciones de propiedad y otros apelativos

El aire en la oficina de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos estaba cargado, no solo por el aroma a café recalentado y el humo del cigarrillo que Na Hwa-jin insistía en encender a pesar de las prohibiciones, sino por una tensión eléctrica que parecía seguir a sus dos inspectores principales como una sombra.

Na Hwa-jin estaba sentado en su escritorio, con los pies apoyados sobre una pila de informes de conducta que, honestamente, no tenía intención de leer hasta que el café hiciera efecto. Su largo cabello negro estaba recogido en una coleta descuidada, y su barba de un par de días le daba ese aire de peligrosidad desaliñada que tanto irritaba —y secretamente fascinaba— a su compañera.

La puerta se abrió de golpe. Im Han-rin entró con la fuerza de un huracán, dejando una carpeta sobre el escritorio de Hwa-jin con un ruido seco. Sus ojos rojos llameaban con una mezcla de cansancio y determinación militar.

—El caso de la escuela secundaria de Daejeon se está complicando. Los padres de los acosadores han contratado a un bufete de abogados que está intentando invalidar nuestras pruebas de video —dijo ella, yendo directamente al grano, sin siquiera saludar.

Hwa-jin bajó los pies de la mesa con una lentitud exasperante y le dedicó una sonrisa cargada de ese carisma oscuro que era su marca registrada.

—Buenos días para ti también, mi pequeña sargento de hierro —ronroneó él, estirándose como un gato—. ¿Dormiste bien o soñaste con reglamentos y tácticas de Jeet Kune Do?

Han-rin se tensó. El uso de esos apelativos se había vuelto una constante desde aquel encuentro apasionado en la oficina, una forma en que Hwa-jin marcaba territorio sin decir una sola palabra sobre lo que realmente sentían.

—No me llames así, Na Hwa-jin. Estamos en horario laboral —respondió ella, aunque un ligero rubor traicionero subió por su cuello.

—Oh, vamos, no seas tan rígida, mi dulce inspectora implacable —continuó él, levantándose y rodeando el escritorio hasta quedar peligrosamente cerca de ella—. Sabes que el rigor mortis no te sienta bien a menos que estemos en medio de una redada.

—Inspector Na —intervino Bong Geun-dae, entrando en la oficina con una caja de donuts y una expresión de absoluta confusión—, el director dice que... ¿está todo bien? Parece que la inspectora Im va a intentar estrangularlo otra vez.

Hwa-jin soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro al joven agente.

—No te preocupes, Geun-dae. Nuestra querida reina de las Fuerzas Especiales solo está un poco estresada porque los abogados están intentando jugar en nuestra liga. ¿Verdad, mi guerrera escarlata?

Han-rin cerró los ojos y respiró hondo, contando mentalmente hasta diez. Sabía que si le respondía con la misma moneda, solo alimentaría el fuego de Hwa-jin. Pero el hombre era persistente.

—Vete a comer un donut, Geun-dae —ordenó Han-rin, sin apartar la mirada de Hwa-jin—. El inspector y yo tenemos que... coordinar nuestra respuesta legal.

Una vez que el joven salió de la habitación, Han-rin se giró hacia Hwa-jin, clavando un dedo en su pecho firme.

—Basta, Hwa-jin. "Pequeña sargento", "reina de las Fuerzas Especiales", "guerrera escarlata"... ¿Es que has olvidado mi nombre?

—¿Cómo podría olvidar el nombre de la mujer que me dejó marcas de uñas en la espalda hace dos noches? —susurró él, atrapando la mano de ella y besando sus nudillos con una delicadeza que contrastaba con su imagen ruda—. Pero "Han-rin" suena tan... oficial. Y nosotros, mi preciosa tormenta, hemos pasado la etapa de lo oficial hace mucho tiempo.

Han-rin intentó retirar la mano, pero su resolución se desmoronaba ante la mirada intensa y burlona de Hwa-jin. Él la atrajo hacia sí, rompiendo cualquier rastro de espacio profesional.

—¿Qué tal "mi joya de Jeet Kune Do"? —sugirió él, su voz descendiendo a un tono ronco que le erizó el vello de la nuca—. O quizás "mi ángel de la justicia violenta".

—Eres un idiota —murmuró ella, aunque sus manos ya habían encontrado el camino hacia la solapa de la chaqueta negra de él—. Un idiota carismático y manipulador.

—Y tú eres mi víctima favorita —respondió él, sellando el trato con un beso rápido pero cargado de promesa—. Ahora, vamos a destrozar a esos abogados. No podemos dejar que los matones ganen, ¿verdad, mi capitana del destino?

El resto del día fue una coreografía de eficiencia y coqueteo velado. En cada reunión, en cada llamada, Hwa-jin encontraba la manera de insertar un nuevo sobrenombre. Para el mundo exterior, era una muestra de su personalidad excéntrica y dominante; para Han-rin, era un recordatorio constante de que, bajo la superficie de su deber, había un vínculo que quemaba.

—¿Qué opina, inspectora "ojos de fuego"? —preguntó Hwa-jin durante una videoconferencia con la fiscalía, logrando que el fiscal parpadeara confundido mientras Han-rin le lanzaba una mirada que prometía una muerte lenta y dolorosa.

Cuando finalmente la jornada terminó y el edificio quedó en silencio, ambos se encontraron en el aparcamiento subterráneo. La luz de los fluorescentes parpadeaba, creando sombras largas sobre el asfalto.

Hwa-jin estaba apoyado en su coche, fumando un último cigarrillo. Al ver aparecer a Han-rin, arrojó la colilla y la aplastó con la bota.

—Te he estado esperando, mi leona del asfalto —dijo, abriendo la puerta del copiloto en un gesto inusualmente caballeroso.

Han-rin se detuvo frente a él, cruzando los brazos sobre su impresionante busto, su figura resaltada por la luz tenue.

—¿"Leona del asfalto"? —repitió ella, arqueando una ceja—. Realmente te estás superando, Hwa-jin. ¿Cuál será el siguiente? ¿"Mariposa de acero"? ¿"Dragona de la burocracia"?

—Tengo una lista larga, mi tesoro punitivo —rio él, atrapándola por la cintura y pegándola al coche—. Pero hay uno que guardo para cuando estamos a solas.

—¿Ah, sí? —Han-rin rodeó el cuello de él con sus brazos, permitiéndose finalmente bajar la guardia—. ¿Y cuál es ese, inspector?

Hwa-jin se inclinó, rozando sus labios con los de ella, dejando que su aliento cálido la envolviera.

—Mía —susurró él—. Simplemente, mía.

Han-rin sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire frío del aparcamiento. A pesar de su entrenamiento militar, de su disciplina férrea y de su carácter indomable, esa palabra, pronunciada con esa mezcla de posesión y ternura, la desarmaba por completo.

—Eso no es un sobrenombre, Hwa-jin —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Es una declaración de guerra.

—Entonces prepárate para la batalla, mi hermosa comandante —respondió él antes de capturar sus labios en un beso profundo y hambriento.

El encuentro en el coche fue urgente, una liberación necesaria después de un día de contención y juegos verbales. Hwa-jin la exploraba con una familiaridad que solo el deseo compartido podía otorgar, sus manos recorriendo las curvas de Han-rin con una mezcla de respeto y hambre. Ella respondía con la misma intensidad, sus uñas clavándose en los hombros de él, reclamando su lugar en ese caos que ambos llamaban relación.

—Hwa-jin... —jadeó ella, su cabeza echada hacia atrás mientras él buscaba el pulso de su cuello—. Si Geun-dae... si alguien nos ve...

—Que miren, mi ángel de la perdición —murmuró él contra su piel—. Que vean lo que sucede cuando la justicia se toma un descanso.

Horas más tarde, mientras conducían por las calles iluminadas de Seúl hacia el apartamento de Hwa-jin, el silencio en el coche era cómodo, cargado de una complicidad renovada. Han-rin miraba por la ventana, viendo pasar las luces de neón, sintiendo el calor de la mano de Hwa-jin sobre su muslo.

—Sabes que esto no va a ser fácil —dijo ella de repente, rompiendo el silencio—. Trabajar juntos, ocultar esto a la Agencia... y tus estúpidos sobrenombres.

Hwa-jin apretó ligeramente su muslo, su mirada fija en la carretera pero con una sonrisa suave en los labios.

—Nada que valga la pena es fácil, mi dulce sargento. Además, ¿qué sería de la vida sin un poco de riesgo y un par de apelativos creativos?

Han-rin soltó una risita, la primera vez que se permitía reír de verdad en todo el día.

—Supongo que tienes razón. Pero si vuelves a llamarme "joya de Jeet Kune Do" delante del director, te juro que te aplicaré una llave de la que no saldrás caminando.

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr, mi tigresa del papeleo —respondió él, guiñándole un ojo.

Al llegar al apartamento, Hwa-jin detuvo el motor y se quedó mirando a Han-rin por un momento. La luz de la luna entraba por el parabrisas, bañando su rostro en un resplandor plateado. Ella se veía fuerte, hermosa y, por primera vez, completamente en paz.

—¿En qué piensas, Hwa-jin? —preguntó ella, notando su escrutinio.

—En que tengo suerte —admitió él con una honestidad que rara vez mostraba—. Suerte de que me permitas llamarte de todas estas formas ridículas, y suerte de que, al final del día, decidas quedarte conmigo.

Han-rin se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla, un gesto de ternura que valía más que mil palabras.

—No te acostumbres, inspector. Mañana volveré a ser la sargento que te pone en tu sitio.

—No lo dudo, mi capitana —dijo él, bajándose del coche y rodeándolo para abrirle la puerta—. Pero esta noche... esta noche solo eres mi Han-rin.

Ella bajó del coche y lo miró a los ojos, sintiendo que, a pesar de la violencia de su trabajo y la oscuridad de los casos que manejaban, había encontrado un ancla.

—Vamos a casa, Hwa-jin.

—Después de usted, mi dama de la justicia —respondió él, extendiendo la mano para entrelazar sus dedos con los de ella.

Mientras subían al apartamento, Hwa-jin ya estaba pensando en el siguiente apelativo. Tal vez "mi musa del combate" o "mi relámpago en la oficina". Sabía que a ella le molestaba superficialmente, pero también sabía que era su lenguaje secreto, una forma de decir "te veo" en un mundo que prefería mirar hacia otro lado.

La puerta se cerró tras ellos, dejando fuera el ruido de la ciudad y las sombras del deber. Dentro, solo quedaban Hwa-jin y Han-rin, dos guerreros cansados que habían encontrado el amor en el lugar menos esperado: entre el humo de una oficina y las cenizas de una lección bien aprendida.

Y mientras Hwa-jin la estrechaba entre sus brazos esa noche, supo que no importaba cuántos nombres le pusiera, ella siempre sería la única persona capaz de enseñarle a él, el gran inspector Na Hwa-jin, la lección más importante de todas: que la verdadera fuerza reside en la vulnerabilidad compartida.

—Buenas noches, mi vida —susurró él antes de que el sueño los venciera.

Han-rin no respondió con palabras, pero se acurrucó más cerca de su pecho, sonriendo en la oscuridad. El coqueteo continuaría mañana, los sobrenombres seguirían fluyendo, y la lucha por la justicia no daría tregua. Pero por ahora, todo estaba bien. El inspector y su sargento habían encontrado su paz.