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Artistas y fans

Susurros en la Penumbra y el Eco de un Acorde

La ciudad de Seúl, vista desde el ático privado de Jungkook, parecía una red de circuitos eléctricos que palpitaban bajo el cielo nocturno. El silencio en el apartamento era un contraste absoluto con el caos de la semana anterior en la premiación. Allí, entre paredes de concreto pulido y ventanales que llegaban hasta el techo, el mundo exterior no existía. Solo existían ellos dos, una botella de vino tinto a medio terminar y la tensión que flotaba en el aire, densa como el humo de una vela recién apagada.

Lucía estaba sentada en el borde del sofá de cuero negro, con las piernas cruzadas y los pies descalzos. Llevaba una sudadera de Jungkook que le quedaba inmensa, cubriendo casi por completo el pantalón corto que traía debajo. Verla así, despojada de las lentejuelas, el maquillaje artístico y la armadura de superestrella, hacía que el corazón de Jungkook martilleara contra sus costillas con una fuerza peligrosa.

—No puedo creer que me hayas convencido de probar este ramen a estas horas —dijo Lucía, rompiendo el silencio con una sonrisa perezosa—. Mi nutricionista tendría un infarto si viera la cantidad de sodio que acabo de ingerir.

Jungkook, que estaba apoyado contra la isla de la cocina observándola, soltó una risa ronca. Se había quitado la camiseta negra que llevaba antes y ahora vestía solo una musculosa blanca que dejaba al descubierto los intrincados tatuajes de su brazo derecho.

—Tu nutricionista no está en Seúl, Lucía. Y aquí, mis reglas son las únicas que cuentan —respondió él, caminando lentamente hacia ella. Sus pasos eran felinos, seguros, cargados de esa confianza que solo mostraba cuando las cámaras estaban apagadas—. Además, te lo merecías. Has trabajado dieciséis horas hoy en el estudio.

—Dieciocho, en realidad —corrigió ella, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo mientras él se detenía frente a ella—. Yoongi es un perfeccionista. Me hizo grabar el puente de la nueva colaboración seis veces porque decía que la intención de la respiración no era "suficientemente orgánica".

—Hyung tiene razón —murmuró Jungkook, inclinándose ligeramente hacia ella. El olor a sándalo de su perfume se mezclaba con el aroma del vino—. En la música, como en todo lo demás, la intención lo es todo. Si no lo sientes en la piel, el público tampoco lo hará.

Lucía sostuvo la mirada. Sus ojos, oscuros y brillantes, recorrieron el rostro de Jungkook, deteniéndose en la pequeña cicatriz de su mejilla y luego en sus labios. La confianza de ella era su mayor atractivo; no se intimidaba, pero había una suavidad en su postura que indicaba que estaba esperando. Esperando que él cruzara la línea que ambos llevaban dibujando con la punta de los dedos desde aquella noche en el hotel Shilla.

—¿Y tú qué sientes ahora, Jungkook? —preguntó ella en un susurro, desafiándolo con una dulzura que era casi dolorosa—. Porque te veo ahí parado, analizándome como si fuera una partitura difícil de leer.

Jungkook acortó la distancia. Se sentó en la mesa ratona frente a ella, quedando a escasos centímetros de sus rodillas. La diferencia de altura, incluso sentados, le permitía quedar ligeramente por encima de ella.

—Siento que eres la distracción más hermosa que he tenido en años —confesó él, bajando el tono de voz hasta que se volvió una vibración profunda—. Y siento que, aunque trato de ser un caballero y respetar que acabas de salir de una relación muy pública... me lo pones muy difícil cuando me miras así.

Lucía soltó un suspiro trémulo. Extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, rozó con las yemas de sus dedos el dorso de la mano tatuada de Jungkook.

—Jacob es parte del pasado, JK. Un pasado que se siente como si hubiera ocurrido en otra vida —dijo ella, con sinceridad—. Aquí, en Corea, contigo... me siento más viva de lo que me he sentido en mucho tiempo. No necesito que seas un caballero todo el tiempo.

Jungkook sintió una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal. Su faceta de "Puppy boy" desapareció por completo, dejando paso al hombre que dominaba los escenarios del mundo. Con un movimiento fluido, atrapó la mano de Lucía y la llevó a sus labios, depositando un beso suave en los nudillos, sin apartar los ojos de los de ella.

—Eso es peligroso —dijo él, su voz cargada de una sensualidad sugerente—. Porque si dejo de ser un caballero, no querrás que me detenga. Soy un hombre de extremos, Lucía. Cuando me obsesiono con una melodía, no descanso hasta que es perfecta. Y cuando me gusta alguien... bueno, digamos que soy muy dedicado.

—He oído hablar de tu dedicación —respondió ella, inclinándose hacia delante, reduciendo el espacio hasta que sus narices casi se rozaron—. Pero prefiero la experiencia directa a los rumores.

La tensión era casi insoportable. El aire entre ellos vibraba con el deseo contenido de semanas de mensajes nocturnos, llamadas escondidas y miradas robadas en los pasillos de las estaciones de televisión. Jungkook soltó su mano para acariciar el rostro de ella, subiendo por la mandíbula hasta enredar sus dedos en el cabello castaño de la nuca.

—Eres tan increíblemente hermosa —susurró él, su pulgar acariciando el labio inferior de Lucía—. A veces me olvido de cómo respirar cuando entras en una habitación. Los chicos se burlan de mí, dicen que parezco un adolescente enamorado, pero no tienen ni idea. No es solo admiración. Es... algo mucho más físico.

—Demuéstramelo —desafió ella, con una sonrisa pequeña y provocadora.

Jungkook no necesitó que se lo dijera dos veces. Se inclinó y capturó sus labios en un beso que empezó siendo una exploración suave, casi tímida, pero que rápidamente se transformó en algo voraz y hambriento. Lucía soltó un pequeño gemido de sorpresa que fue devorado por la boca de él. Sus manos subieron a los hombros de Jungkook, aferrándose a la musculosa blanca, mientras él la atraía más hacia sí, eliminando cualquier rastro de aire entre sus cuerpos.

El beso sabía a vino tinto y a una urgencia largamente postergada. Jungkook era experto en el ritmo, y lo aplicó allí mismo; sabía cuándo presionar, cuándo retroceder para dejarla buscar más, y cuándo profundizar hasta que ella se sentía completamente perdida en él.

Cuando se separaron apenas unos milímetros, ambos respiraban con dificultad. Jungkook apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos.

—Te he querido besar desde el primer segundo que te vi en el backstage —admitió él, su voz rota—. Incluso antes de saludarte. Solo verte caminar con ese vestido rojo fue suficiente para arruinarme el resto de la noche.

Lucía rió suavemente, todavía aturdida por la intensidad del encuentro.

—¿Solo la noche? —preguntó ella, acariciando el cuello de él—. Porque tú me has tenido sin dormir desde que escuché tu voz en el ensayo. Tienes esa forma de cantar... como si estuvieras contándole un secreto a cada persona que te escucha.

—Esta noche no quiero cantar secretos —dijo Jungkook, volviendo a besar la comisura de sus labios—. Quiero crearlos contigo.

Se puso de pie, pero no se alejó. Extendió una mano hacia ella, invitándola a levantarse.

—Mañana tienes que estar en el aeropuerto a las seis de la mañana —recordó él, aunque su mirada decía que no le importaba en absoluto.

—Odio los vuelos tempranos —respondió ella, aceptando su mano y poniéndose de pie—. Pero supongo que puedo dormir en el avión. O no dormir en absoluto.

Jungkook la guio hacia el gran ventanal. Se quedaron allí un momento, observando la inmensidad de Seúl. Para el resto del mundo, ellos eran dos de las personas más famosas del planeta, inalcanzables, casi irreales. Pero allí, bajo la luz mortecina de la sala, eran simplemente un hombre y una mujer tratando de encontrar algo de verdad en medio de todo el brillo.

—¿Tienes miedo? —preguntó Jungkook de repente, su tono volviéndose más serio, más protector—. De lo que digan. De si alguien nos ve. Sé que tu ruptura fue dura y que la prensa no te deja en paz.

Lucía se giró para quedar frente a él, rodeando su cintura con los brazos.

—He pasado cuatro años viviendo para lo que digan los demás, Jungkook. He escrito tres álbumes sobre el desamor y el escrutinio público. Por primera vez, quiero hacer algo solo para mí. Si el mundo se entera, que se entere. Pero mientras tanto... me gusta que seamos nuestro propio pequeño secreto.

Jungkook sonrió, esa sonrisa de "Puppy boy" que tanto la derretía volvía a aparecer, pero sus ojos seguían manteniendo ese fuego maduro.

—Namjoon me va a matar si llego tarde al ensayo de mañana porque me quedé despierto contigo —comentó él, aunque no parecía preocupado.

—Dile que estabas trabajando en una "colaboración internacional" muy importante —sugirió ella con un guiño.

—Oh, lo haré —dijo él, alzándola por la cintura con una facilidad asombrosa, haciendo que ella soltara una exclamación de sorpresa—. Pero ahora, creo que hemos hablado suficiente de música por una noche.

Él la llevó hacia el pasillo que conducía a las habitaciones, pero se detuvo un momento antes de entrar. La bajó al suelo y la acorraló suavemente contra la pared, apoyando ambas manos a los lados de su cabeza.

—Lucía —dijo él, su voz volviéndose una caricia—, quiero que sepas que esto no es un capricho para mí. He sido tu fan por mucho tiempo, sí. Pero conocer a la mujer detrás de la música... es mucho mejor de lo que imaginé en mis mejores sueños.

Ella se puso de puntillas para darle un beso casto en la nariz, enternecida por su honestidad.

—Eres un romántico empedernido, Jungkook. ¿Lo sabías?

—Solo con las personas que valen la pena —respondió él, antes de volver a reclamar sus labios con una pasión que prometía una noche larga y difícil de olvidar.

Fuera, Seúl seguía girando, ajena a que dos de sus estrellas más brillantes acababan de colisionar en la oscuridad de un ático, creando una constelación que solo ellos podían ver. La tensión que se había acumulado durante semanas finalmente se rompía, transformándose en algo nuevo, algo que no necesitaba cámaras, ni premios, ni aplausos. Solo necesitaba el eco de sus respiraciones y la promesa silenciosa de que, al menos por esa noche, el mundo podía esperar.

A la mañana siguiente, cuando el sol empezó a teñir de naranja el horizonte de la ciudad, un coche negro esperaba en la entrada privada del edificio. Lucía bajó con la capucha de su sudadera puesta, ocultando su rostro de cualquier mirada curiosa, pero con una sonrisa que no podía borrar.

Minutos después, en el grupo de chat de BTS, un mensaje hizo vibrar los teléfonos de todos los miembros.

Jungkook: "Chicos, no me esperen para el desayuno. Voy a llegar un poco tarde al estudio."

Taehyung: "¡Lo lograste, Puppy boy! Esperamos detalles (o al menos que no tengas ojeras en la grabación)."

Jimin: "Déjalo en paz, Tae. Jungkook, estamos felices por ti. Pero Jin hyung dice que si no traes café para todos, te hará hacer cien flexiones."

Yoongi: "Espero que hayan hablado del sintetizador Moog."

Jungkook guardó el teléfono con una risa silenciosa, mirando hacia la cama donde todavía flotaba el aroma de ella. Sabía que lo que tenían era complicado, que la industria intentaría separarlos y que los fans se volverían locos si alguna vez se filtraba una foto. Pero mientras sentía el calor del recuerdo de sus besos, Jungkook supo que cualquier riesgo valía la pena. Lucía no era solo su "celebrity crush"; era el acorde que le faltaba a su canción más importante.