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Baby Slayers

Entre pañales, biberones y una inocencia inesperada

La Finca Mariposa nunca había sido un lugar precisamente silencioso, pero el nivel de decibelios que se alcanzaba esa noche superaba cualquier registro previo, incluso los entrenamientos de rehabilitación más intensos. Giyu Tomioka se encontraba de pie en el centro del pasillo, con su expresión estoica habitual, aunque una pequeña vena palpitaba con insistencia en su sien.

— No puedo quedarme, Kocho —dijo Giyu, intentando mantener la autoridad en su voz mientras de fondo se escuchaba un estruendo de maderas seguido por una risa aguda—. Tengo informes que entregar al Patrón y mi propia finca requiere mantenimiento.

Shinobu, que pasaba a su lado cargando una montaña de sábanas limpias y toallas, ni siquiera se detuvo. Le lanzó una mirada de soslayo cargada de una alegría peligrosa.

— Ara, ara, Tomioka-san. ¿Acaso estás sugiriendo que vas a abandonar a una compañera en su momento de mayor necesidad? —Se detuvo en seco y giró sobre sus talones, dedicándole una sonrisa que prometía pesadillas—. Además, el cuervo de enlace ya ha informado al Patrón. Se te han concedido días de permiso para asistir en esta "misión de emergencia de cuidados intensivos". Ya he preparado tu habitación. Está justo al lado de la guardería improvisada.

Giyu abrió la boca para protestar, pero un grito de guerra en miniatura lo interrumpió. Inosuke, que a pesar de sus cinco meses de edad gateaba con una velocidad sobrenatural, apareció desde la cocina arrastrando una cacerola de cobre que hacía un ruido ensordecedor contra el suelo de madera.

— ¡Ba! ¡Bu-ga! —exclamó el pequeño jabalí, chocando su cabeza (afortunadamente sin máscara) contra la espinilla de Giyu.

— Ves, incluso Inosuke-kun quiere que te quedes —añadió Shinobu, aunque por la cara de Giyu, más bien parecía que el bebé estaba intentando derribarlo como si fuera un árbol—. Aoi y las niñas están preparando la cena, pero necesito que alguien vigile a los otros tres mientras yo esterilizo los biberones. No querrás que Tanjiro se coma un insecto, ¿verdad?

Giyu suspiró, un sonido que denotaba una derrota absoluta. No era que no quisiera ayudar, pero se sentía como un pez fuera del agua. Él sabía cómo cortar cabezas de demonios, cómo fluir como el río y cómo ejecutar posturas mortales. No sabía qué hacer con criaturas que no tenían huesos sólidos y que lloraban por razones que él no lograba descifrar.

Los días siguientes fueron, en una palabra, irritantes.

La rutina era un ciclo sin fin de llanto, comida y limpieza. Zenitsu resultó ser el mayor desafío logístico. El pequeño rubio parecía tener un radar para la soledad; en el momento en que alguien lo dejaba en la cuna para ir al baño o buscar agua, sus pulmones se expandían en un chillido que hacía vibrar las paredes de la finca. Inosuke, por otro lado, era un peligro constante para la integridad física de los muebles. Había desarrollado una extraña afición por intentar trepar por las piernas de Giyu cada vez que este se quedaba quieto más de diez segundos.

Sin embargo, había momentos de una calma extraña. Tanjiro y Nezuko eran los pilares de la cordura en aquel caos. Tanjiro solía sentarse pacíficamente sobre un tatami, observando a Giyu con unos ojos grandes y brillantes, llenos de una amabilidad que trascendía su estado actual. A veces, el bebé estiraba su pequeña mano y tocaba el patrón del haori de Giyu, el lado que perteneció a Sabito, y se quedaba allí, simplemente ofreciendo una compañía silenciosa que al Pilar del Agua le resultaba inquietantemente reconfortante.

Nezuko, por su parte, había desarrollado un apego especial por Shinobu. Siempre que la Pilar del Insecto entraba en la habitación, la pequeña gateaba con urgencia hacia ella, buscando sus brazos. Shinobu la rodeaba con una ternura que rara vez mostraba al mundo, permitiendo que la máscara de ironía se desvaneciera por unos instantes mientras mecía a la niña.

Pero la paz siempre era efímera.

En la tarde del tercer día, Zenitsu comenzó a llorar. No era el llanto habitual de capricho o de susto; era un lamento constante, agudo y desesperado que ya duraba media hora. Giyu lo había tomado en brazos, intentando mecerlo con la rigidez de un tronco, pero el bebé rubio solo pataleaba con más fuerza.

— Ya revisé su pañal —dijo Giyu cuando Shinobu entró en la habitación, con el rostro visiblemente agotado—. No tiene fiebre. No parece herido. ¿Por qué no se detiene?

Shinobu dejó una bandeja con té y se acercó, observando al pequeño Zenitsu, que tenía la cara roja de tanto gritar.

— Probablemente tenga hambre, Tomioka-san —dedujo ella, suspirando—. Los bebés de esta edad crecen rápido, y con la energía que gasta llorando, su metabolismo debe estar por las nubes.

Giyu miró a Shinobu y luego al bebé. Recordó vagamente algunas cosas que había escuchado en los pueblos durante sus misiones, fragmentos de conversaciones entre madres y parteras sobre la crianza.

— Entonces —dijo Giyu con total seriedad y su tono monótono de siempre—, deberías darle pecho para que se calme. Es lo que hacen las madres, ¿no?

El silencio que siguió fue absoluto. Zenitsu incluso dejó de llorar por un segundo, como si el propio universo se hubiera detenido ante la magnitud de lo que Giyu acababa de decir.

Shinobu se quedó estática. Sus ojos se abrieron tanto que por un momento parecieron los de un insecto de verdad. Lentamente, una sombra cruzó su rostro, y luego, una risa histérica y ruidosa escapó de sus labios, una risa que Giyu nunca le había escuchado.

— ¡Tomioka-san! —exclamó ella entre carcajadas, sosteniéndose el estómago—. ¡De verdad eres increíble! ¡No puedo creer que seas tan... tan ignorante!

— ¿Dije algo malo? —preguntó Giyu, parpadeando con confusión.

— ¡Tengo veintiún años, Tomioka-san! —dijo ella, recuperando el aliento pero aún con una sonrisa burlona—. Para que una mujer pueda producir leche, primero tiene que haber estado embarazada y haber dado a luz. ¿Ves algún bebé que haya salido de mí recientemente? ¿O es que crees que la anatomía humana funciona por arte de magia?

Giyu sintió que el calor subía por su cuello hasta sus orejas. Apartó la mirada, fijándola en una mancha inexistente en la pared.

— Pensé que era algo natural de las mujeres —murmuró, deseando que la tierra se lo tragara.

— Es natural cuando hay un proceso biológico previo —replicó Shinobu, secándose una lágrima de risa—. Oh, por los dioses, se lo contaré a Mitsuri la próxima vez que la vea. "El Pilar del Agua cree que la leche materna crece espontáneamente". Es simplemente maravilloso.

— No lo hagas —pidió Giyu, aunque sabía que era inútil.

— ¡Aoi! —gritó Shinobu hacia la puerta—. ¡Trae la fórmula de emergencia! ¡Y trae un libro de anatomía básica para Tomioka-san, parece que se saltó algunas clases en su infancia!

Aoi entró rápidamente con un biberón preparado, seguida de Kanao y las tres pequeñas ayudantes, Sumi, Kiyo y Naho. Las niñas traían mantas frescas y juguetes de madera. La habitación se llenó de actividad mientras intentaban calmar al hambriento Zenitsu.

— No se preocupe, Tomioka-sama —dijo Kiyo con timidez, entregándole a Giyu un pequeño sonajero—. A veces los hombres no saben esas cosas. Mi padre también pensaba que los bebés nacían de los melocotones.

— Gracias, Kiyo —respondió Giyu, sintiéndose solo un poco menos humillado.

Kanao, que observaba la escena con su habitual calma, se acercó a Tanjiro y le ofreció un pequeño dedo, que el bebé agarró con fuerza. La joven cazadora sonrió levemente. Era una imagen extraña: los guerreros más letales de la organización convertidos en una suerte de familia improvisada y disfuncional.

Shinobu, mientras ayudaba a Aoi a alimentar a Zenitsu, miró a su alrededor. A pesar del cansancio, de las ojeras que empezaban a marcarse bajo sus ojos y de la irritación por los gritos, había una calidez en la Finca Mariposa que no solía estar allí. La guerra contra Muzan Kibutsuji siempre proyectaba una sombra de muerte sobre todos ellos, pero ver a estos niños —que en su forma adulta cargaban con tanto dolor— ser simplemente bebés, era un recordatorio de por qué luchaban.

— Sabes, Tomioka-san —dijo Shinobu en voz baja, para que solo él la oyera—, aunque seas un tonto rematado en temas de crianza, agradezco que te hayas quedado.

Giyu, que ahora tenía a Inosuke mordisqueando el borde de su manga, asintió.

— Son valiosos —dijo simplemente—. No dejaría que nada les pasara.

— Lo sé. Por eso eres el Pilar del Agua. Eres tan rígido como el hielo, pero bajo la superficie, eres tan profundo como el mar.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad de eructos y canciones de cuna desafinadas por parte de Giyu (quien solo conocía una canción que le cantaba su hermana y que sonaba más como un réquiem que como una nana), los cuatro pequeños cayeron rendidos.

Nezuko y Tanjiro dormían abrazados en una cuna grande, sus respiraciones rítmicas y tranquilas. Zenitsu estaba despatarrado en otra, con un rastro de leche en la comisura de los labios. Inosuke, el último en rendirse, se había quedado dormido con el puño cerrado, como si estuviera listo para golpear a alguien incluso en sueños.

Giyu y Shinobu se sentaron en el porche, observando el jardín iluminado por la luna. El silencio era ahora absoluto, roto solo por el canto de los grillos.

— Estoy exhausto —confesó Shinobu, apoyando la cabeza contra uno de los pilares de madera—. Matar a una Luna Superior parece más sencillo que cuidar a esos cuatro durante doce horas.

— Estoy de acuerdo —respondió Giyu—. Mañana será igual o peor. Inosuke ha descubierto cómo abrir los pestillos bajos de las puertas.

Shinobu soltó un suspiro cansado.

— Mañana pondremos los pestillos más arriba. Y Tomioka-san... mañana te explicaré cómo se hacen los biberones. No quiero volver a oír tus teorías sobre la lactancia.

Giyu no dijo nada, pero el leve movimiento de sus hombros delataba que, muy en el fondo, él también estaba encontrando algo de humor en la situación. La técnica de sangre de demonio aún no mostraba signos de desvanecerse, pero por esa noche, la Finca Mariposa era el lugar más seguro y tranquilo del mundo.

— Descansa, Kocho —dijo Giyu, levantándose para retirarse a su habitación asignada.

— Tú también, "papá" Tomioka —se burló ella con un hilo de voz, cerrando los ojos.

Giyu caminó por el pasillo, deteniéndose un segundo frente a la puerta de los niños. Se aseguró de que todo estuviera en orden y luego, con un paso ligero, se fue a dormir, sabiendo que en unas pocas horas, el llanto de Zenitsu lo despertaría de nuevo. Y, curiosamente, descubrió que no le importaba tanto como pensaba.