Baby Slayers
Reunión de Pilares: Entre deberes, ojeras y una familia inesperada
El sol de la mañana golpeaba con una crueldad innecesaria los ojos de Giyu Tomioka. Sus ojeras eran tan profundas que Shinobu, en un momento de lucidez maliciosa a las tres de la mañana, le había preguntado si estaba intentando mimetizarse con un mapache. Ella no estaba mejor; su sonrisa habitual parecía estar sostenida por hilos invisibles de pura fuerza de voluntad, y su cabello, usualmente impecable, mostraba algunos mechones rebeldes que se negaban a obedecer al broche de mariposa.
— Tenemos que ir —dijo Shinobu, ajustando la manta que envolvía a Nezuko—. Es una reunión de emergencia convocada por el Patrón. No podemos faltar.
— Kanao no está. Aoi y las niñas están desbordadas con los heridos del distrito sur —respondió Giyu, cuya voz sonaba más ronca de lo habitual—. No hay nadie que pueda hacerse cargo de ellos sin que la finca termine en llamas. Especialmente por él.
Giyu señaló con el mentón a Inosuke. El bebé estaba actualmente colgado de la pierna de una mesa, intentando trepar usando solo sus encías y una determinación aterradora.
— Lo sé —suspiró Shinobu—. Por eso los llevaremos con nosotros.
Giyu la miró como si hubiera sugerido que se lanzaran a un volcán.
— ¿A la sede? ¿Frente a todos los Pilares?
— No tenemos opción, Tomioka-san. Además, el Patrón ya está al tanto de la situación. Solo espero que el resto se comporte... aunque conociendo a Uzui y Sanemi, es pedir un milagro.
La logística del viaje fue un desafío táctico digno de una guerra. Giyu terminó cargando a Tanjiro en un fular frontal, mientras que Inosuke iba sujeto a su espalda en una mochila de tela reforzada. El pequeño jabalí no dejaba de intentar morder el hombro de Giyu a través del uniforme, emitiendo gruñidos de frustración. Shinobu, por su parte, llevaba a Zenitsu, quien por una vez estaba extrañamente callado (probablemente por el mareo del movimiento), y a Nezuko, que se había quedado profundamente dormida con la mejilla apoyada en el pecho de la Pilar, buscando el calor humano como si fuera su propia madre.
Cuando llegaron a la sede central, el ambiente era el habitual de una reunión de Pilares: tensión, orgullo y una atmósfera cargada de poder. Pero todo eso se evaporó en el instante en que cruzaron el umbral.
— ¡POR TODOS LOS DIOSES! ¡¿QUÉ ES ESTA MONSTRUOSIDAD DE TERNURA?! —El grito de Mitsuri Kanroji resonó en todo el patio central.
La Pilar del Amor se lanzó hacia ellos como un proyectil rosado y verde. Sus ojos brillaban con una intensidad casi maníaca.
— ¡Shinobu-chan! ¡Tomioka-san! ¡Pero si son diminutos! ¡Miren esas mejillas! ¡Tanjiro-kun tiene una marca de nacimiento minúscula! ¡Es demasiado para mi corazón!
— Por favor, Kanroji-san, no grites tanto —pidió Shinobu con una sonrisa forzada—, Zenitsu tiene el oído muy sensible y si empieza a llorar, no habrá quien lo detenga en tres kilómetros a la redonda.
— ¡Vaya, vaya! —Una voz estrepitosa y llena de arrogancia se unió a la escena—. ¡Pero si es el Pilar del Agua! ¡Tomioka, te ves absolutamente patético y extravagante al mismo tiempo! ¡Esas ojeras son un toque de realismo puro! ¡¿Ese de tu espalda está intentando comerte vivo?!
Uzui Tengen se acercó, riendo con ganas mientras observaba a Inosuke forcejear contra las ataduras. El bebé, al ver las joyas brillantes de Uzui, se detuvo y extendió sus manitos, balbuceando algo que sonaba a un desafío de pelea.
— Huele a leche —comentó Sanemi Shinazugawa, acercándose con los brazos cruzados y una expresión de profundo disgusto—. ¿Qué demonios es esto? ¿Ahora la sede es una guardería? ¿Por qué traen a estas larvas aquí?
— Es una técnica de sangre, Shinazugawa-san —explicó Shinobu, tratando de mantener la compostura mientras Nezuko se removía en sus brazos—. Y no son "larvas", son tus compañeros de armas. Aunque ahora mismo su mayor habilidad sea ensuciar pañales.
— ¡Es una falta de respeto al Patrón! —exclamó Kyojuro Rengoku con su habitual entusiasmo, aunque sus ojos no podían evitar desviarse hacia el pequeño Tanjiro—. ¡Sin embargo, se ven muy saludables! ¡Es bueno ver que el espíritu de la juventud arde incluso en cuerpos tan pequeños! ¡JA, JA, JA!
Iguro Obanai, encaramado en una rama cercana, observaba con desconfianza. Kaburamaru, su serpiente, parecía igualmente confundida por la presencia de los infantes.
— Parecen una pareja de casados que viene a presentar a sus hijos a la familia —siseó Iguro, con un tono cargado de sarcasmo—. Qué escena tan... doméstica.
Giyu sintió que el rostro se le tensaba, pero no por molestia, sino por una extraña incomodidad que no sabía nombrar. No ayudaba que Tanjiro hubiera decidido que la nariz de Giyu era un excelente juguete y estuviera apretándola con sus pequeños dedos.
— No somos una pareja —respondió Giyu con su voz plana, aunque el efecto se perdía un poco porque Inosuke acababa de lograr lamerle la oreja derecha.
— ¡Oh, pero se ven tan bien juntos! —insistió Mitsuri, juntando las manos—. ¡Tomioka-san se ve tan responsable y Shinobu-chan se ve tan maternal! ¡Es como un sueño hecho realidad!
— ¡El Patrón está presente! —anunció una de las niñas de la finca, interrumpiendo el caos.
Inmediatamente, todos los Pilares se arrodillaron. Fue una maniobra complicada para Giyu y Shinobu, quienes tuvieron que descender con una lentitud extrema para no despertar a los bebés o aplastarlos.
Kagaya Ubuyashiki salió a la terraza, apoyado por sus hijas. Su presencia, como siempre, trajo una calma instantánea que pareció afectar incluso a los niños. Inosuke dejó de forcejear y Tanjiro soltó la nariz de Giyu, mirando hacia el hombre con una curiosidad reverencial.
— Buenos días, mis queridos hijos —dijo Kagaya con su voz melodiosa—. Veo que hoy tenemos invitados muy especiales entre nosotros.
— Lamentamos la interrupción, Oyakata-sama —dijo Shinobu, bajando la cabeza—. La situación en la Finca Mariposa nos impidió dejarlos bajo cuidado externo.
— No hay nada que lamentar, Shinobu —respondió Kagaya con una sonrisa amable—. Me reconforta ver que, incluso en tiempos de guerra, hay espacio para cuidar de la vida en su estado más puro. Sin embargo, me doy cuenta por el aroma del cansancio que emana de ustedes dos que estos últimos días han sido... agotadores.
Giyu y Shinobu intercambiaron una mirada rápida. "Agotadores" era un eufemismo generoso.
— Por lo tanto —continuó el Patrón—, seré breve. Los informes sobre los movimientos en el norte pueden esperar a mañana. Solo quería asegurarles que los refuerzos están en camino y que confío plenamente en su criterio. Tomioka, Shinobu... vuelvan a casa. Sus "hijos" necesitan descansar, y ustedes también.
Esa palabra otra vez. "Hijos".
— Pero, Oyakata-sama... —intentó decir Giyu.
— Es una orden, Giyu —dijo Kagaya con suavidad—. Disfruten de esta extraña bendición mientras dure. La inocencia es un regalo que los cazadores de demonios rara vez podemos saborear.
La reunión terminó casi antes de empezar. Mientras los otros Pilares se dispersaban (con Mitsuri intentando desesperadamente darle un beso en la frente a cada bebé antes de irse), Giyu y Shinobu iniciaron el camino de regreso hacia el pueblo que conectaba con la Finca Mariposa.
Caminar por las calles del pueblo al atardecer fue una experiencia surrealista. Para los aldeanos, ellos no eran los temidos y respetados Pilares del Cuerpo de Cazadores de Demonios. Eran simplemente una pareja joven con cuatro niños pequeños a su cargo.
— Mire eso, señora Tanaka —susurró una mujer que barría la entrada de su tienda—. Qué familia tan hermosa. El padre se ve un poco serio, pero se nota que es un hombre fuerte que protege a los suyos.
— Y la madre es una belleza —respondió la otra—. Mira cómo la niña duerme sobre ella. Se nota que están muy unidos.
Shinobu escuchó los comentarios y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de corregirlos con un comentario sarcástico. En lugar de eso, ajustó a Nezuko y miró a Giyu. El Pilar del Agua caminaba a su lado, manteniendo un paso constante para no sacudir a Tanjiro, quien finalmente se había quedado dormido agarrando un mechón del cabello de Giyu.
Inosuke, milagrosamente, también se había rendido al sueño, con la cabeza apoyada en el hombro de Giyu, babeando un poco sobre el patrón de cuadros del haori.
— Tomioka-san —dijo Shinobu en voz baja, mientras cruzaban un pequeño puente de piedra.
— ¿Qué pasa?
— ¿Te diste cuenta? —Ella señaló a los niños—. Por un momento, mientras caminábamos por el pueblo... me olvidé de los demonios. Me olvidé de las lunas superiores, de las marcas y de la muerte.
Giyu se detuvo y miró el reflejo de la luna en el agua del río. El peso de los dos niños en su cuerpo no se sentía como una carga, sino como un ancla que lo mantenía unido a la realidad, a una realidad que no estaba hecha de sangre y acero.
— Sí —admitió él—. Se siente... cálido.
— Es extraño, ¿verdad? —continuó Shinobu, su voz teñida de una melancolía dulce—. Pasamos toda nuestra vida preparándonos para morir o para ver morir a otros. Y de repente, tenemos esto. Una responsabilidad que no tiene nada que ver con la destrucción, sino con la preservación.
Giyu observó el rostro de Tanjiro. El niño tenía una expresión de paz absoluta, una paz que el Tanjiro adulto rara vez podía permitirse, siempre cargando con el peso de la humanidad y la redención de su hermana.
— No quiero que crezcan —soltó Giyu de repente.
Shinobu soltó una risita suave, pero no era su risa de burla habitual. Era una risa llena de comprensión.
— Yo tampoco. Si se quedan así, el mundo no podrá lastimarlos. No tendrán que enfrentarse a lo que nosotros enfrentamos. Podrían ser simplemente niños... para siempre.
Siguieron caminando en silencio, pero era un silencio compartido, denso y reconfortante. Al llegar a las puertas de la Finca Mariposa, las luces de las linternas de glicinias iluminaban el camino. Aoi salió a recibirlos, luciendo tan cansada como ellos.
— ¡Por fin volvieron! —exclamó la chica—. Los heridos ya están estables, pero las niñas están exhaustas. Déjenme ayudarlos con los bebés.
Giyu y Shinobu comenzaron a entregar a los pequeños con una lentitud renuente. Fue casi doloroso soltarlos. Cuando Giyu desató a Inosuke de su espalda, sintió un vacío repentino en sus hombros que no tenía nada que ver con el peso físico.
Una vez que los cuatro niños fueron acomodados en sus cunas bajo la vigilancia de las niñas, Giyu y Shinobu se quedaron solos en el pasillo exterior.
— Supongo que deberíamos ir a dormir nosotros también —dijo Shinobu, aunque no se movió de su sitio.
— Sí. Mañana tendremos que entrenar. Y los efectos de la técnica de sangre podrían empezar a desaparecer en cualquier momento.
Se quedaron allí un minuto más, mirando hacia la habitación donde dormían los pequeños. En ese breve lapso de tiempo, en esa transición entre la misión y el descanso, ambos compartieron un pensamiento que no se atrevieron a decir en voz alta: que esa "familia" improvisada había curado algo en ellos que años de meditación y combate no habían podido tocar.
— Buenas noches, Giyu —dijo Shinobu, usando su nombre de pila por primera vez, casi como un susurro que el viento podría haberse llevado.
Giyu se tensó por un segundo, pero luego relajó los hombros.
— Buenas noches, Shinobu.
Mientras se alejaban hacia sus respectivas habitaciones, el eco de los balbuceos y las risas infantiles del día aún resonaba en sus oídos. Sabían que la realidad volvería, que la guerra seguía allí afuera y que pronto Tanjiro, Nezuko, Zenitsu e Inosuke volverían a ser los guerreros que el mundo necesitaba. Pero por esa noche, y quizás por unas pocas mañanas más, se permitirían el lujo de recordar esa calidez familiar, ese aroma a leche y madera, y la maravillosa, aunque agotadora, ilusión de haber sido, por un instante, simplemente un padre y una madre cuidando del futuro.