Baby Slayers
El eco de un sueño en el jardín de las glicinias
2 meses, 2 semanas, 4 días, 18 horas, 56 minutos y 36 segundos.
Ese era el tiempo exacto que Giyu Tomioka llevaba contabilizando mentalmente desde que el destino, o la retorcida técnica de sangre de un demonio, decidió transformar el caos de la guerra en la fragilidad de una guardería. Al principio, Giyu habría dicho que era una carga, una responsabilidad impuesta por el deber. Pero ahora, mientras observaba el segundero de su propio reloj interno, sabía que mentía. No era una carga; era su vida.
La Finca Mariposa se había transformado. Ya no olía solo a desinfectantes y hierbas medicinales amargas; ahora el aroma predominante era una mezcla de leche tibia, talco y el perfume dulce de las glicinias que rodeaban la propiedad. Giyu y Shinobu se habían convertido en una maquinaria de precisión. No necesitaban palabras para saber quién debía cambiar a Inosuke mientras el otro calmaba el llanto repentino de Zenitsu. Se movían en una danza silenciosa, una coreografía de cuidados que los había unido más que cualquier batalla compartida.
Esa tarde, el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un violeta profundo que recordaba a los ojos de Shinobu. No había misiones en el horizonte, no había cuervos gritando desgracias. Solo había paz.
— ¿Estás listo, Giyu-san? —preguntó Shinobu, apareciendo en el pasillo.
Llevaba a Nezuko en un fular de seda rosa contra su pecho y sostenía la mano de un Tanjiro que ya empezaba a dar sus primeros pasos tambaleantes. Giyu asintió, ajustando la mochila donde Inosuke intentaba, sin éxito, morderse los dedos de los pies, mientras cargaba a Zenitsu en sus brazos. El pequeño rubio dormitaba, aferrado al dedo índice de Giyu como si fuera su único ancla en el mundo.
— Vámonos —respondió él con una voz que había perdido gran parte de su aspereza.
Salieron de la finca como una familia normal. Caminaron por los senderos que bordeaban la ciudad, lejos de las miradas de otros cazadores, perdiéndose entre la gente común. Para los mercaderes y las ancianas que barrían sus portales, ellos no eran los Pilares del Agua y del Insecto; eran un matrimonio joven bendecido con una prole numerosa y ruidosa.
— ¡Miren a esos pequeños! —exclamó una vendedora de dango mientras pasaban—. Se parecen tanto a su padre, tienen esa mirada seria.
Giyu no la corrigió. No sintió la necesidad de decir que los niños no compartían su sangre. En su mente, en ese espacio egoísta y cálido que había crecido en su pecho, lo hacían. Había aprendido a reconocer cada gesto: la determinación de Tanjiro al gatear, la risa salvaje de Inosuke, la sensibilidad extrema de Zenitsu y la dulzura silenciosa de Nezuko.
Se detuvieron en un descampado cubierto de hierba alta y flores silvestres. Shinobu extendió una manta y dejó que los niños exploraran el terreno bajo su atenta mirada. Tanjiro se sentó a observar una mariposa, mientras Inosuke intentaba "embestir" un diente de león.
— Es extraño —murmuró Shinobu, sentándose junto a Giyu—. A veces olvido que esto es temporal. Olvido que en algún lugar de esos cuerpos pequeños hay guerreros que han visto demasiada sangre.
Giyu observó a Inosuke tropezar y rodar por la hierba, soltando una carcajada cristalina.
— No quiero que termine —confesó Giyu. Sus palabras fueron apenas un susurro, pero en el silencio del campo, sonaron como una declaración de guerra contra la realidad.
Shinobu guardó silencio. Sus dedos jugaron con el borde de su haori. La fachada de la mujer que siempre sonreía para ocultar su odio se había resquebrajado durante esos dos meses. Cuidar de ellos, verlos crecer sin el peso de la espada, le había devuelto algo que creía perdido junto con su hermana Kanae: la esperanza de un futuro simple.
— Yo tampoco —dijo ella, y su voz se quebró ligeramente—. A veces, cuando los veo dormir, desearía que el tiempo se detuviera. Justo aquí. En este segundo exacto. Antes de que el mundo vuelva a pedirles que sacrifiquen sus vidas. Antes de que nosotros tengamos que volver a ser solo armas.
Giyu la miró. Vio el brillo de las lágrimas contenidas en sus ojos. Shinobu Kocho, la mujer que podía matar con un roce de su veneno, estaba allí, vulnerable, anhelando una felicidad que la lógica les decía que era imposible.
— No podemos detenerlo —dijo Giyu, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero podemos recordarlo.
— No es suficiente —susurró ella—. Soy egoísta, Giyu. Quiero esta calidez todos los días. Quiero despertar y saber que lo único que debo proteger es su sueño, no su vida en un campo de batalla.
El sol desapareció por completo, dando paso a una luna llena que bañó el campo de una luz plateada. Los niños, agotados por el aire libre, empezaron a buscar refugio. Tanjiro se arrastró hasta el regazo de Shinobu, y Zenitsu se acurrucó contra la pierna de Giyu. Inosuke y Nezuko se quedaron dormidos entrelazados sobre la manta.
Era una imagen de una belleza dolorosa. Una felicidad prestada que sabían que tendrían que devolver con intereses. El temor a la normalidad se sentía más pesado que cualquier amenaza de las Doce Lunas Demoníacas. Volver a la normalidad significaba que Tanjiro volvería a sufrir, que Nezuko seguiría siendo una demonio en busca de redención, y que ellos dos volverían a estar solos en sus respectivos pilares de aislamiento.
Giyu extendió la mano y, con una torpeza que denotaba su falta de experiencia en el afecto, acarició la mejilla de Shinobu. Ella se inclinó hacia su toque, cerrando los ojos.
— Si el tiempo se detuviera —dijo Giyu—, me quedaría aquí contigo. Cuidándolos.
Shinobu levantó la vista. La luz de la luna se reflejaba en sus ojos cristalizados. No hubo bromas, ni pullas sarcásticas, ni comentarios sobre lo poco sociable que era él. Solo había dos almas cansadas que habían encontrado un hogar en medio de la tormenta.
— Prométeme algo —pidió ella, con la voz entrecortada—. Prométeme que, pase lo que pase cuando despierten siendo adultos, no olvidaremos cómo se sintió esto.
— Lo prometo.
Lentamente, como si temieran romper el hechizo de la noche, se acercaron. El beso fue suave, cargado de una melancolía dulce y un anhelo que superaba las palabras. Fue un beso de pareja, de dos personas que habían compartido la crianza, los miedos y las alegrías más puras de la existencia. En ese contacto, se fundieron sus deseos de una vida que nunca les habían permitido tener.
Regresaron a la finca bajo el manto de las estrellas, cargando a los niños con una reverencia casi religiosa. Una vez que los cuatro estuvieron acomodados en sus cunas, el silencio de la casa se sintió diferente. No era el silencio de la soledad, sino el de la plenitud.
Shinobu se detuvo en la puerta de su habitación, pero al ver que Giyu se disponía a irse a la suya, lo tomó suavemente de la manga del haori.
— Quédate —pidió ella en un susurro—. No quiero estar sola con mis pensamientos esta noche. El cansancio es mucho, y el miedo a que mañana todo sea diferente es mayor.
Giyu asintió sin dudarlo. Entraron en la habitación y se tumbaron en el futón, manteniendo una distancia respetuosa pero sintiendo el calor del otro. El cansancio de meses de vigilia finalmente les pasó factura.
Mientras el sueño los envolvía, una imagen compartida, nacida de sus deseos más profundos, se apoderó de sus mentes. No era un recuerdo, sino una visión de lo que podría ser.
En el sueño, la guerra había terminado. La Finca Mariposa era un lugar de risas constantes. Giyu caminaba por el jardín, ya no llevaba su uniforme de cazador, sino un kimono sencillo de color azul profundo. A su lado, Shinobu reía mientras sostenía a un pequeño bebé en sus brazos.
El bebé tenía los mechones de cabello de un púrpura oscuro, como las puntas de los de Shinobu, pero sus ojos... sus ojos eran de un azul lapislázuli intenso, profundos y tranquilos como un océano en calma, idénticos a los de Giyu. El pequeño reía mientras intentaba alcanzar una mariposa que revoloteaba sobre su cabeza.
— Mira, Giyu —decía la Shinobu del sueño, con una felicidad desbordante que iluminaba todo su rostro—. Se parece tanto a ti cuando intentas ser serio.
Giyu sonreía en el sueño, una sonrisa completa y verdadera que llegaba a sus ojos. Tomaba la mano pequeña del bebé y sentía una conexión que trascendía el tiempo y el espacio. Era su hijo. Un fruto de esa paz que tanto habían anhelado.
En la realidad, ambos dormían con una expresión de serenidad que no habían tenido en años. Sus manos se habían buscado inconscientemente durante el sueño, entrelazando sus dedos con fuerza.
Esa visión, ese bebé de ojos azules y cabellos morados, avivó una llama en sus corazones que ninguna técnica de sangre podría apagar. Era la promesa de que, incluso si Tanjiro y los demás volvían a la normalidad, el vínculo que se había forjado entre Giyu y Shinobu era real. Habían aprendido a ser padres, habían aprendido a amar sin condiciones, y habían descubierto que, detrás de los pilares de hielo e insectos, había dos personas que simplemente querían un hogar.
La realidad seguía acechando fuera de las paredes de la finca. El sol saldría, los efectos del demonio eventualmente se disiparían y las espadas volverían a salir de sus fundas. Pero esa noche, bajo el amparo de un sueño compartido y un beso bajo la luna, Giyu y Shinobu fueron felices. Y esa felicidad, aunque fuera por un breve momento en la inmensidad del tiempo, era absoluta.
2 meses, 2 semanas, 4 días, 18 horas, 56 minutos y 37 segundos.
El tiempo seguía corriendo, pero ahora, ya no tenían miedo de lo que vendría después, porque habían probado el sabor de la eternidad en los ojos de un niño y en el calor de una mano amiga. El jardín de las glicinias guardaría su secreto, el secreto de dos Pilares que, por un breve instante, se atrevieron a soñar con el mañana.