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Baby Slayers

Lazos de glicinias y noches en vela

Habían pasado tres semanas desde que el claro del bosque se convirtiera en una guardería improvisada y la Finca Mariposa en el epicentro de un caos doméstico sin precedentes. Lo que al principio fue una emergencia médica se había transformado en una rutina tan profunda que los límites entre el deber y el afecto se habían desdibujado por completo.

Giyu Tomioka ya no caminaba con la rigidez de un soldado en guardia constante, sino con la cautela de quien teme despertar a un infante. Shinobu Kocho, por su parte, había perfeccionado el arte de preparar fórmulas medicinales y biberones de leche con la misma precisión quirúrgica. Pero lo más sorprendente no era su eficiencia, sino su lenguaje. En la intimidad de las noches largas, a menudo se les escapaba un "ven con papá" o un "deja que mamá te limpie", palabras que, una vez pronunciadas, quedaban suspendidas en el aire cargado de incienso y glicinias, sin que ninguno de los dos se atreviera a retractarse.

Sin embargo, el precio de este idilio paternal era evidente. Giyu tenía ojeras que parecían tatuadas en su piel pálida, y su haori de dos patrones ahora lucía manchas sospechosas de papilla de arroz que ninguna técnica de respiración podía eliminar. Shinobu, aunque mantenía su sonrisa, tenía los ojos inyectados en sangre y sus manos, usualmente firmes, temblaban levemente por la falta de sueño profundo.

Fue por eso que, una mañana soleada, una delegación de Pilares y ayudantes decidió intervenir.

— ¡ESTO ES UNA INTERVENCIÓN EXTRAVAGANTE! —bramó Uzui Tengen, entrando en la habitación principal con la fuerza de un huracán controlado.

A su lado, Mitsuri Kanroji se retorcía las manos con emoción, mientras Kyojuro Rengoku mantenía su sonrisa flamante. Aoi, Kanao y las tres pequeñas de la finca los seguían con determinación.

La escena que encontraron era digna de una pintura que nadie creería real. Giyu estaba sentado en el tatami, con el cabello desordenado y Zenitsu colgando de su brazo izquierdo, llorando con un volumen que desafiaba las leyes de la física. Inosuke, en un despliegue de agilidad infantil, estaba encaramado a la espalda de Giyu, mordiendo con saña un mechón de su cabello azabache.

Frente a ellos, Shinobu intentaba mantener la compostura mientras Tanjiro, sentado en su regazo, tiraba de sus mechones púrpuras con una curiosidad científica. Nezuko, gateando con una velocidad sorprendente, le hacía cosquillas en los pies a la Pilar del Insecto, provocando que Shinobu soltara carcajadas involuntarias que rompían su máscara de frialdad.

— ¡Ara, ara! —rio Shinobu, intentando apartar a Nezuko mientras Tanjiro le soltaba el cabello—. ¡Basta, Nezuko-chan! ¡Me rindo!

— ¡Ba-bu! —exclamó Tanjiro, triunfante, con un puñado de pelo de Shinobu en su mano.

— ¡Tomioka-san, Shinobu-chan! —exclamó Mitsuri, con lágrimas de ternura en los ojos—. ¡Se ven tan... tan familiares! ¡Es la cosa más linda que he visto en toda mi vida!

— ¡Es suficiente! —intervino Rengoku, dando un paso al frente—. ¡Hemos decidido que ambos necesitan un respiro! ¡Oyakata-sama ha dado su bendición para que hoy tengan un día libre! ¡Nosotros nos encargaremos de los jóvenes cazadores!

Giyu levantó la vista, apartando suavemente a Inosuke de su cabeza. Su expresión, normalmente vacía, se transformó en una de pura alarma.

— No —dijo Giyu con una firmeza inusual—. No es necesario. Estamos bien.

— Tomioka-san tiene razón —añadió Shinobu, recuperando el aliento y tratando de arreglarse el cabello—. Son niños difíciles. Requieren una atención... específica. No querríamos imponerles tal carga.

— ¡No es una carga si se hace con estilo! —replicó Uzui, intentando tomar a Inosuke, quien inmediatamente le lanzó un manotazo al rostro—. ¡Vayan a las aguas termales, duerman, caminen por el pueblo sin pañales a cuestas! Es una orden.

— Pero es que... —Shinobu miró a Tanjiro, quien le devolvía una mirada de absoluta confianza—... Tanjiro se pone triste si no estoy cerca para su siesta.

— Y Zenitsu... —añadió Giyu, mirando al bebé rubio que ahora sorbía su nariz contra su uniforme—... él no confía en los ruidos fuertes. Uzui es muy ruidoso.

— ¡¿CÓMO DICES?! —rugió el Pilar del Sonido.

A pesar de sus protestas y de las excusas cada vez más absurdas que inventaban para no separarse de sus "hijos", la presión social y la autoridad del Patrón ganaron la batalla. Pero Giyu y Shinobu no se irían sin dejar, literalmente, un manual de supervivencia.

— Escuchen bien —dijo Giyu, señalando a Tanjiro y Nezuko con la seriedad de quien explica una estrategia de guerra—. Tanjiro es el más tranquilo, pero tiene un vínculo empático con su hermana. Si Nezuko empieza a llorar por hambre o frío, él sentirá su dolor y empezará a gritar también. No parará hasta que ella esté satisfecha.

— ¿Y cómo los hacemos dormir? —preguntó Aoi, tomando nota mentalmente.

— Hay una canción —murmuró Giyu, sintiendo que sus mejillas se teñían de un rosa imperceptible—. Una melodía que mi hermana solía cantarme. Si no la cantas en el tono exacto, Tanjiro se dará cuenta y se mantendrá alerta. Además, deben comer y dormir en sincronización absoluta. Si le das el biberón a uno un milisegundo después que al otro, el ritmo se rompe y el caos es inevitable.

Shinobu tomó el relevo, señalando a los otros dos.

— Zenitsu es el más delicado. Llora casi dieciocho horas al día por el simple hecho de existir. Sin embargo —sacó un pequeño peluche de tela con forma de gorrión—, si tiene a "Chuntaro" para abrazar, se calma. Si se lo quitan, prepárense para una migraña que durará días.

— ¿Y el salvaje? —preguntó Sanemi, que acababa de asomarse por la puerta con curiosidad mal disimulada.

— Inosuke es hiperactivo —explicó Shinobu—. Necesita quemar energía. Si no lo mantienen ocupado gateando tras algo o "luchando" con juguetes blandos, empezará a morder las estructuras de la casa. Y la fórmula... —Shinobu entregó cuatro frascos etiquetados con una precisión alarmante—. Cada uno tiene una concentración diferente de nutrientes. No los mezclen. Si lo hacen, Inosuke tendrá gases y Zenitsu no dejará de temblar.

Los Pilares y las niñas asintieron, aunque algunos, como Uzui y Sanemi, parecían subestimar la magnitud del desafío.

Con los ojos cristalizados y mirando hacia atrás cada tres pasos, Giyu y Shinobu finalmente abandonaron la finca. Caminaron hacia el pueblo cercano, sintiéndose extrañamente ligeros, pero con una sensación de vacío en el pecho que les resultaba insoportable.

— Se siente mal —murmuró Giyu después de una hora de silencio en una casa de té.

— Lo sé —suspiró Shinobu, revolviendo su té sin probarlo—. Siento que me falta un brazo. O dos. O cuatro.

— ¿Crees que Uzui esté gritando?

— Estoy segura de ello. Y eso despertará a Zenitsu.

Pasaron las siguientes cuatro horas hablando casi exclusivamente de los hitos de los bebés: cómo Tanjiro ya intentaba decir "agua", cómo Nezuko prefería las mantas rosas, y cómo Inosuke era capaz de quitarse el pañal en menos de cinco segundos. No descansaron; simplemente trasladaron su preocupación de la finca a la mesa de una cafetería.

Finalmente, incapaces de aguantar más de cinco horas fuera, ambos regresaron a la Finca Mariposa casi corriendo.

Lo que encontraron al abrir las puertas era una escena de devastación total.

Uzui Tengen estaba sentado en un rincón, con su maquillaje corrido y un peluche de gorrión pegado a la frente con pegamento medicinal; Zenitsu le estaba tirando de las orejas mientras berreaba como si el mundo se acabara. Mitsuri intentaba desesperadamente atrapar a Inosuke, quien había logrado subir hasta las vigas del techo y lanzaba cojines hacia abajo con una puntería envidiable.

Rengoku, usualmente imperturbable, estaba rodeado de biberones vacíos y parecía estar en un estado de trance, mientras Tanjiro y Nezuko lloraban a coro, creando una sinfonía de desesperación que había dejado a Aoi y a las niñas al borde del colapso nervioso.

— ¡NO SE DETIENEN! —gritó Aoi al verlos llegar, con el cabello desaliñado—. ¡Cantamos la canción, les dimos el peluche, seguimos las etiquetas, pero nada funciona! ¡Quieren a sus padres!

Giyu y Shinobu no perdieron un segundo. Se movieron con una coordinación que solo semanas de crianza compartida podían otorgar.

Giyu se acercó a Uzui, tomó a Zenitsu con una mano y, con la otra, alcanzó a Inosuke en el aire cuando este decidió lanzarse desde la viga. En el momento en que el pequeño rubio sintió los brazos firmes y el olor familiar de Giyu, su llanto se redujo a un hipo lastimero. Inosuke, al ser atrapado por el Pilar del Agua, soltó un gruñido de satisfacción y apoyó la cabeza en el hombro de Giyu, quedándose dormido casi instantáneamente.

Shinobu, por su parte, se deslizó hacia Rengoku. Tomó a Tanjiro y Nezuko, uno en cada brazo, y comenzó a susurrarles palabras dulces mientras los mecía rítmicamente. El efecto fue inmediato. El llanto de los hermanos Kamado cesó, reemplazado por pequeños balbuceos de alivio. Tanjiro buscó la mano de Shinobu y la apretó, cerrando los ojos con una sonrisa de paz.

En menos de cinco minutos, el silencio volvió a reinar en la Finca Mariposa. Los cuatro bebés estaban profundamente dormidos, anclados a las dos personas que se habían convertido en su mundo.

Los Pilares y las ayudantes observaron la escena con asombro y un profundo respeto.

— Definitivamente —susurró Uzui, limpiándose la cara—, hay batallas para las que ni siquiera nosotros estamos preparados. Ustedes dos son unos monstruos... de la paternidad.

— No es para tanto —dijo Giyu en voz baja, sin soltar a los niños—. Solo hay que saber escucharlos.

— Tomioka-san tiene razón —añadió Shinobu, mirando a los pequeños con una ternura que ya no intentaba ocultar—. Ellos no necesitan técnica, necesitan saber que estamos aquí.

Esa noche, mientras los invitados se retiraban exhaustos a sus propias fincas, Giyu y Shinobu se quedaron en la habitación de los niños. El cansancio seguía ahí, las ojeras no habían desaparecido y el día de "descanso" había sido un fracaso logístico, pero mientras observaban las cuatro cunas, supieron que no cambiarían ese agotamiento por nada en el mundo.

— Shinobu —dijo Giyu, rompiendo el silencio nocturno.

— ¿Sí, Giyu?

— Oyakata-sama dijo que esto era un regalo.

Shinobu se acercó y apoyó su cabeza en el hombro de Giyu, observando cómo Nezuko se movía entre sueños.

— Lo es. Quizás el más grande que recibiremos jamás.

Se quedaron allí, dos guerreros forjados en el dolor y la pérdida, encontrando su redención en el peso de unos cuerpos pequeños y el sonido de respiraciones tranquilas. La técnica de sangre se disiparía tarde o temprano, los niños volverían a ser hombres y mujeres listos para la guerra, pero en el corazón de Giyu y Shinobu, siempre quedaría grabada la memoria de las semanas en las que fueron, simplemente, una familia.