Volver al resumen

BAJO EL PECADO DE TU AROMA

El Incienso de la Tentación

La luz del domingo se filtraba a través de los vitrales de la parroquia, proyectando sombras alargadas y colores vibrantes sobre el mármol del pasillo central. El ambiente estaba cargado de una expectación silenciosa, esa calma tensa que precede a las grandes tormentas. Yo estaba en la sacristía, ajustándome la túnica con dedos que se sentían extrañamente ajenos. El lino blanco contrastaba con la oscuridad de mi sotana, pero mis ojos no se apartaban de la prenda que descansaba sobre la mesa de madera: la estola roja.

Rojo. El color del martirio, de la sangre de Cristo... y el color que Jungkook había reclamado como el símbolo de nuestra transgresión. Al tocar la seda, el recuerdo de su piel bajo mis manos volvió a golpearme con la fuerza de un pecado no confesado. Mi lobo, usualmente contenido por años de disciplina y oración, se agitó en mi pecho, reconociendo el aroma a cereza y chocolate que parecía haberse filtrado en mis propios poros.

—Padre Taehyung, es hora —la voz de Jimin me sacó de mi trance.

El omega estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo el misal. Su aroma a vainilla y limón era suave, pero noté cómo sus fosas nasales se dilataban ligeramente al acercarse. Jimin sabía. Lo había visto en sus ojos el día anterior, y lo veía ahora en la forma en que evitaba mirarme directamente. Había una mezcla de preocupación y una extraña reverencia en su postura.

—Gracias, Jimin. Estoy listo —respondí, aunque mi voz sonó más profunda de lo habitual.

Me coloqué la estola roja sobre los hombros. Sentí el peso de la tela como una cadena y, al mismo tiempo, como una liberación. Al salir al altar, el murmullo de los fieles cesó de inmediato. El pueblo de Daegu estaba allí, sentado en las bancas de madera que crujían bajo su peso, buscando la redención que yo ya no podía ofrecer con honestidad.

Caminé hacia el ambón, manteniendo la vista al frente, pero mis sentidos estaban afinados al máximo. No necesité buscarlo. Lo sentí antes de verlo. En la tercera fila, justo al lado del pasillo, Jeon Jungkook estaba sentado con una postura que desafiaba la solemnidad del lugar. Llevaba una camisa negra de seda, ligeramente desabrochada en el cuello, lo suficientemente abierta como para que yo supiera exactamente qué marcas se escondían debajo.

Nuestras miradas se cruzaron por un segundo que pareció durar una eternidad. Sus ojos oscuros brillaron con un triunfo pecaminoso al ver la estola roja sobre mi pecho. Él sabía que había ganado. Sabía que cada palabra que saliera de mi boca esa mañana estaría dedicada, en secreto, a la memoria de su cuerpo.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —comencé, y mi propia voz me pareció un eco lejano.

La misa transcurrió como en un sueño febril. Realicé los ritos por puro instinto, pero mi mente era un campo de batalla. Cada vez que levantaba la vista, lo veía a él. Jungkook no apartaba los ojos de mí; se humedecía los labios con lentitud, se acomodaba en el asiento con una gracia felina que hacía que el aire en la iglesia se volviera denso, casi irrespirable. El aroma a cereza comenzó a expandirse, mezclándose con el incienso que Jimin balanceaba en el turíbulo. Era una combinación embriagadora: lo sagrado y lo profano fundiéndose en una sola esencia.

—El Señor esté con ustedes —dije, extendiendo las manos.

—Y con tu espíritu —respondió la congregación al unísono.

En el fondo, cerca de la entrada, vi a Namjoon. El alfa estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando la escena con una expresión sombría. Su aroma a menta y eucalipto era un recordatorio constante de la realidad, una advertencia silenciosa de que el equilibrio que yo intentaba mantener era una ilusión que podía romperse en cualquier momento.

Cuando llegó el momento de la homilía, subí al púlpito. El silencio era absoluto. Podía oír el latido de mi propio corazón, un tambor constante que pedía algo que el altar no podía darme.

—Hermanos —empecé, apretando los bordes del atril—, hoy hablamos del sacrificio. De la entrega total a una causa superior. Pero a veces, el mayor sacrificio no es renunciar a lo que odiamos, sino a lo que amamos con una intensidad que nos asusta.

Jungkook inclinó la cabeza hacia un lado, una sonrisa imperceptible jugando en las comisuras de su boca.

—La fe no es solo seguir reglas —continué, sintiendo cómo mi aroma a café y tierra mojada se intensificaba, escapando del control que tanto me había costado imponer—. La fe es reconocer nuestra propia humanidad. Es entender que fuimos creados con deseos, con instintos... y que negar nuestra naturaleza es, en ocasiones, negar la obra misma de Dios.

Un murmullo inquieto recorrió las bancas. Los ancianos del pueblo se miraron entre sí, confundidos por el tono inusual de mi sermón. Pero a mí ya no me importaba. Estaba hablando para él. Estaba confesándome frente a todos, sin que ellos comprendieran el verdadero significado de mis palabras.

Al terminar la misa, me coloqué en la entrada para despedir a los fieles, como era la costumbre. Mi cuerpo estaba tenso, esperando el contacto que sabía que vendría. Saludé a las señoras mayores, bendije a los niños con manos temblorosas y evité las preguntas inquisitivas de los hombres que notaban que algo en su sacerdote había cambiado.

Finalmente, él llegó hasta mí.

Jungkook se detuvo frente a mí, obligando a las personas detrás de él a esperar. El aroma a chocolate y cereza me golpeó de lleno, envolviéndome en una burbuja donde el resto del mundo dejaba de existir.

—Una misa hermosa, Padre Taehyung —dijo Jungkook, su voz era un susurro aterciopelado que me recorrió la columna vertebral—. La estola le sienta... divinamente bien.

—Gracias, Jeon —respondí, tratando de mantener la compostura, aunque mis pupilas se dilataron al notar cómo él rozaba deliberadamente mi mano al recibir la bendición.

—¿Vendrá hoy a visitar a los enfermos de la zona alta? —preguntó, sus ojos desafiándome—. Mi abuela ha estado preguntando por usted. Dice que necesita una bendición especial... en privado.

Era una mentira descarada, y ambos lo sabíamos. Su abuela estaba perfectamente sana, probablemente tomando el té en su jardín en ese mismo momento.

—Haré un espacio en mi agenda —contesté, mi voz volviéndose ronca—. La devoción no debe hacerse esperar.

Jungkook sonrió, una expresión llena de una malicia encantadora, y se alejó con paso elegante, dejando tras de sí un rastro de aroma que me dejó mareado.

—Taehyung —la voz de Namjoon me trajo de vuelta a la realidad.

El alfa se había acercado sin que yo lo notara. Su mirada era severa, cargada de una preocupación que no intentaba ocultar.

—Estás jugando con fuego en un pajar, amigo mío —me dijo en voz baja, asegurándose de que nadie más escuchara—. Ese omega no es solo una tentación; es un huracán. Y tú estás abriéndole las puertas de tu iglesia.

—No puedo evitarlo, Namjoon —admití, sintiendo el peso de la estola roja arder sobre mis hombros—. Es como si mi lobo hubiera despertado de un letargo de años. No es solo deseo. Es... pertenencia.

Namjoon suspiró y puso una mano sobre mi hombro.

—Solo ten cuidado. El consejo de ancianos ya está hablando. Dicen que el aroma en la rectoría es "extraño". Si Jimin no fuera tan leal, ya estarías en problemas con el obispado. No todos en Daegu son ciegos, Taehyung.

—Lo sé —respondí—. Pero por ahora, solo quiero sobrevivir al día de hoy.

Me retiré a la sacristía para cambiarme. Al quitarme la estola roja, sentí una extraña sensación de pérdida. Me puse mi ropa civil, tratando de deshacerme de la imagen del sacerdote para encontrar al hombre, al alfa que rugía por dentro.

Jimin entró mientras yo guardaba los ornamentos. Estaba inusualmente callado.

—Jimin, ¿podrías encargarte de cerrar? —le pedí sin mirarlo.

—Padre... —empezó el omega, su aroma a vainilla volviéndose un poco agrio por la ansiedad—. Yo no diré nada. Lo sabe, ¿verdad? Siempre ha sido bueno conmigo. Pero Jungkook... él no es como nosotros. Es dominante. Si él decide que usted es suyo, no se detendrá ante nada. Ni siquiera ante su fe.

—Ya lo ha decidido, Jimin —dije, girándome para enfrentarlo—. Y lo peor es que yo también lo he decidido.

Jimin asintió lentamente, una expresión de tristeza cruzando su rostro.

—Entonces que Dios lo proteja, Taehyung. Porque el pueblo no lo hará.

Salí de la iglesia y me dirigí hacia la zona alta, donde las casas eran más grandes y los jardines más frondosos. El camino estaba desierto, el sol de la tarde empezaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. Mi corazón latía con fuerza. Cada paso que daba me alejaba más de la seguridad de mis votos y me acercaba más al abismo.

Llegué a la propiedad de los Jeon. Era una casa antigua, rodeada de muros de piedra cubiertos de hiedra. No tuve que llamar a la puerta. Jungkook estaba esperándome en el porche, sentado en un columpio de madera, balanceándose lentamente.

—Sabía que vendrías —dijo, levantándose. Su aroma se intensificó al verme, volviéndose más dulce, más acogedor.

—Dijiste que había alguien que necesitaba una bendición —respondí, tratando de mantener una fachada de seriedad que se desmoronaba por segundos.

Jungkook caminó hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Me tomó de las manos y me guio hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras de nosotros. El silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el sonido de nuestra respiración.

—Mi abuela salió con sus amigas —susurró él, rodeando mi cuello con sus brazos—. Estamos solos, Taehyung. Aquí no hay altares, ni santos, ni fieles que nos juzguen.

—Sigo siendo un sacerdote, Jungkook —dije, aunque mis manos ya se habían posado en su cintura, apretando la seda de su camisa.

—No —corrigió él, acercando sus labios a mi oreja—. Aquí eres mi alfa. Y yo soy el omega que te va a hacer olvidar cada oración que hayas aprendido.

Me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento. No era un beso de amor romántico; era un reclamo, una batalla de instintos dominantes. Mis dientes rozaron su labio inferior y él soltó un gemido que vibró en mi pecho. Lo empujé contra la pared, mis manos subiendo por su espalda, buscando el contacto directo con su piel.

—Hueles a él —gruñí, enterrando mi rostro en su cuello—. Hueles a chocolate y a algo que me está volviendo loco.

—Es mi celo, Taehyung —confesó él, su voz quebrada—. Está empezando. Por eso te busqué. Necesito que seas tú. No quiero a ningún otro alfa. Solo a mi sacerdote pecador.

La revelación me golpeó como un rayo. Un omega dominante en celo era algo poderoso, pero un alfa dominante respondiendo a ese llamado era una fuerza de la naturaleza imposible de detener. Mi aroma a café se volvió amargo, cargado de una posesividad ancestral. Mi lobo tomó el control absoluto, apartando cualquier rastro de duda moral.

Lo cargué en mis brazos y subimos las escaleras hacia su habitación. Cada rincón de la casa estaba impregnado de él. Al entrar en su cuarto, la intensidad de su aroma era casi física. Me arrojó sobre la cama y se posicionó sobre mí, sus ojos brillando con una luz dorada que delataba a su lobo interno.

—Bendíceme, Taehyung —pidió, desabrochando los botones de mi camisa uno a uno—. Bendíceme con todo lo que tienes.

Esa noche, Daegu durmió tranquila, ajena al sacrilegio que se consumaba en la colina. En la habitación de Jungkook, no hubo oraciones, solo gritos de placer y promesas susurradas en la oscuridad. Me entregué a él con una devoción que nunca había sentido frente al altar. Cada centímetro de su piel era un verso de una biblia nueva que estábamos escribiendo juntos.

Cuando finalmente el agotamiento nos venció, nos quedamos entrelazados, el sudor secándose en nuestros cuerpos. Jungkook dormía con la cabeza apoyada en mi pecho, su respiración rítmica y tranquila. Yo, en cambio, permanecía despierto, mirando el techo.

Sabía que el lunes traería consecuencias. Sabía que el aroma de su celo estaría pegado a mí como una segunda piel y que no habría incienso en el mundo capaz de ocultarlo. Namjoon tendría razón, Jimin lloraría en silencio y el pueblo de Daegu clamaría por justicia.

Pero mientras acariciaba el cabello oscuro de Jungkook y sentía su calor contra mi costado, me di cuenta de una verdad irrefutable. Había pasado seis años buscando a Dios en el silencio de las iglesias y en la frialdad de los libros sagrados. Y lo había encontrado aquí, en la piel de un omega que me desafiaba a ser humano.

Si el precio de este amor era el infierno, estaba dispuesto a arder. Porque en los brazos de Jungkook, el pecado se sentía como la única forma de salvación.

Me incliné y besé su frente, sellando un pacto que no necesitaba palabras ni votos ante testigos.

—Tuyo —susurré en la oscuridad.

Y desde algún lugar profundo de mi ser, mi lobo respondió con un aullido de satisfacción. El sacerdote había muerto, pero el alfa finalmente estaba vivo.