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BAJO EL PECADO DE TU AROMA

El Cáliz de las Sombras y el Despertar del Lobo

La primera luz del lunes no trajo la paz de una nueva semana, sino el peso sofocante de una realidad que ya no podía ser ignorada. El sol se filtraba por las cortinas de seda de la habitación de Jungkook, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire, todavía saturado por el aroma denso de nuestra unión. Café amargo, tierra mojada, cereza madura y ese chocolate oscuro que ahora parecía haberse instalado en la base de mi lengua.

Me incorporé lentamente, sintiendo cada músculo de mi cuerpo protestar. No era el cansancio de las vigilias de oración; era el agotamiento de un alfa que finalmente había reclamado lo que su naturaleza le exigía. A mi lado, Jungkook seguía sumido en un sueño profundo, con la piel marcada por mis dedos y el cabello revuelto sobre la almohada. Se veía tan joven, tan letalmente hermoso, que por un momento olvidé que fuera de esas paredes yo era el guía espiritual de una comunidad que me colgaría si supiera lo que habíamos hecho.

Me vestí en silencio, cada prenda de ropa sintiéndose como una mentira sobre mi piel. Al abotonar mi camisa, mis dedos rozaron el pequeño crucifijo que colgaba de mi cuello. Me quemó. O al menos, eso sentí en mi conciencia.

Bajé las escaleras con cuidado de no despertar a nadie, aunque sabía que la casa estaba vacía. Al salir al aire fresco de la mañana, el contraste fue violento. El aire de Daegu era limpio, pero yo me sentía impregnado de un pecado que ninguna confesión podría borrar. Caminé hacia la parroquia con la cabeza gacha, esperando no cruzarme con nadie, pero el destino, o quizás mi propio castigo, tenía otros planes.

En la puerta de la rectoría, Namjoon me esperaba. No llevaba su habitual expresión de calma administrativa. Sus ojos de alfa estaban fijos en mí, y antes de que pudiera decir una palabra, vi cómo sus fosas nasales se movían.

—No entres todavía —dijo Namjoon, su voz era un trueno contenido—. Si entras así, hasta el incienso de hace diez años se marchitará.

Me detuve en seco, a pocos metros de él. El aroma a menta y eucalipto de Namjoon golpeó mis sentidos, tratando de limpiar la atmósfera, pero era inútil. Yo apestaba a omega. Apestaba a Jungkook.

—Namjoon, yo... —empecé, pero las palabras se atascaron en mi garganta.

—No me des explicaciones que no quiero escuchar, Taehyung —me interrumpió él, dando un paso hacia adelante—. Te lo advertí. Te dije que ese chico era un huracán. Ahora mírate. Tienes la marca de su aroma tan profunda que podrías ser su lazo de sangre. ¿Qué crees que pasará cuando los ancianos vengan a la reunión de las nueve?

—Me ducharé, usaré supresores de aroma potentes —respondí, tratando de recuperar una autoridad que ya no poseía.

—Los supresores no ocultan el rastro de un celo de un omega dominante, y menos cuando un alfa dominante ha respondido —Namjoon suspiró, pasándose una mano por el cabello—. Jimin ha estado aquí desde las seis de la mañana. Está tratando de ventilar la sacristía porque, al parecer, Jungkook dejó algo allí el sábado. Taehyung, esto ya no es un juego de miradas. Has cruzado una línea de la que no se regresa.

—Lo sé —susurré, mirando hacia la torre de la iglesia—. Y lo peor es que no me arrepiento.

Namjoon se quedó en silencio un momento, evaluándome. Como alfa, entendía la llamada de la naturaleza, pero como mi amigo y protector en esta comunidad, veía el abismo que se abría bajo mis pies.

—Entra por la puerta trasera. Jimin te ha preparado ropa limpia y algo para neutralizar el olor. Pero ten cuidado. El obispo ha llamado tres veces esta mañana. Quiere un informe sobre la colecta, o quizás... alguien ya ha empezado a hablar.

Asentí y me deslicé hacia el interior del edificio de piedra fría. En la pequeña cocina de la rectoría, Jimin estaba hirviendo hierbas aromáticas: romero y limón. Al verme entrar, sus ojos se llenaron de una mezcla de alivio y terror.

—Padre... —murmuró Jimin, dejando la cuchara de madera a un lado—. Jungkook me llamó hace una hora. Dice que está bien.

—Gracias, Jimin —dije, sintiéndome miserable por involucrar a este omega en mis faltas—. Siento que tengas que hacer esto.

—No lo hago por usted únicamente —respondió Jimin con una franqueza que me sorprendió—. Lo hago por él. Jungkook siempre ha tenido lo que ha querido, pero nunca lo había visto mirar a nadie como lo mira a usted. Él está dispuesto a quemar el pueblo entero por este... este vínculo. Solo espero que usted esté dispuesto a arder con él.

Me encerré en el baño y dejé que el agua fría golpeara mi cuerpo. Traté de frotar cada centímetro de mi piel, intentando quitarme el rastro de chocolate y cereza, pero el aroma parecía emanar desde mis propios huesos. Era mi lobo, reclamando la victoria de la noche anterior. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Jungkook bajo la luz de la luna, pidiéndome que lo bendijera con mis manos, con mi cuerpo, con mi esencia.

¿Cómo podía algo tan natural sentirse tan prohibido? ¿Cómo podía la creación de Dios ser un pecado tan abyecto a los ojos de los hombres?

Al salir, me puse la sotana negra. El cuello clerical se sintió como una soga apretada. Salí al despacho, donde Namjoon ya estaba revisando unos papeles para distraer cualquier sospecha. Sin embargo, el silencio fue interrumpido por el sonido de unos pasos firmes en el pasillo.

No era un feligrés. Era el sonido de alguien que venía a reclamar algo.

La puerta se abrió y Jungkook entró. No llevaba la camisa de seda de la noche anterior, sino un suéter de lana blanca que lo hacía parecer casi inocente, si no fuera por la mirada de fuego que me dirigió.

—Jungkook, ¿qué haces aquí? —pregunté, mi voz fallando por un segundo—. No es seguro.

—Me olvidé de decirte algo importante esta mañana —dijo él, ignorando por completo la presencia de Namjoon y Jimin, que se habían quedado petrificados en las esquinas de la habitación.

—Jeon, por favor, retírate —intervino Namjoon con voz de mando—. El Padre Taehyung tiene asuntos urgentes que atender.

Jungkook se giró hacia Namjoon con una sonrisa lenta, una que solo un omega dominante podía sostener frente a un alfa de la talla de Namjoon.

—Él es mi alfa, Namjoon. Y tú lo sabes. No intentes esconder lo que el cielo ya ha presenciado.

El aire en la habitación se volvió pesado. El aroma de Jungkook, aunque más tenue que en la madrugada, seguía siendo una provocación directa. Se acercó a mi escritorio, apoyando las manos sobre la madera vieja, justo donde ayer habíamos tenido aquella tensa conversación.

—Vengo a decirte que no voy a esconderme —susurró Jungkook, mirándome fijamente—. Si vas a ser el sacerdote de este pueblo por el día, que así sea. Pero por la noche, me perteneces. Y si alguien tiene algún problema con eso, tendrá que enfrentarse a lo que soy.

—Jungkook, vas a causar un escándalo que no podremos controlar —dije, tratando de sonar razonable, aunque mi lobo quería saltar sobre el escritorio y marcarlo frente a los demás—. La comunidad de Daegu es implacable. Te destruirán a ti también.

—Que lo intenten —respondió él con una arrogancia que me hizo vibrar—. Prefiero ser destruido contigo que vivir una mentira con el resto de estos hipócritas.

En ese momento, el teléfono del despacho sonó. Namjoon lo contestó, su rostro palideciendo a medida que escuchaba. Colgó lentamente y nos miró a todos.

—Es el consejo de ancianos —dijo Namjoon—. Están en la plaza. Dicen que alguien vio al Padre Taehyung salir de la casa de los Jeon al amanecer. Quieren una explicación. Ahora.

El pánico, frío y afilado, recorrió mi espalda. La burbuja de nuestra noche perfecta acababa de estallar contra la dura realidad de la intolerancia.

—Vete de aquí, Jungkook —le ordené, poniéndome en pie—. Sal por la parte de atrás con Jimin. Ahora mismo.

—No me voy a ir —insistió él, sus ojos brillando con terquedad—. No hice nada malo. Te amo. ¿Es eso un crimen?

—En este pueblo, sí —dijo Jimin, acercándose y tomando a Jungkook del brazo—. Kook, por favor. Si te encuentran aquí, le quitarán la sotana en este mismo instante y lo desterrarán. Tienes que ser inteligente.

Jungkook me miró, buscando una señal de debilidad o de fuerza. Yo solo pude sostenerle la mirada con una súplica silenciosa en mis ojos. No por mí, sino por él. No quería que Daegu manchara su luz con su veneno.

—Está bien —cedió Jungkook finalmente, pero antes de irse, se acercó y me plantó un beso rápido en la mejilla, justo cerca de mi oreja—. Pero esto no termina aquí, Taehyung. Eres mi destino, y el destino no se puede excomulgar.

Se fue con Jimin, dejándome solo con Namjoon y el eco de sus palabras.

—Prepárate, Tae —dijo Namjoon, ajustándose la chaqueta—. Esto va a ser un juicio, no una reunión.

Salimos a la plaza frente a la iglesia. Un grupo de unos diez hombres, los más influyentes y conservadores de Daegu, estaban allí. Sus rostros eran máscaras de severidad. En el centro estaba el señor Choi, un alfa anciano cuyo aroma a tabaco rancio siempre me había resultado desagradable.

—Padre Kim —dijo Choi, omitiendo cualquier saludo cordial—. Se le vio salir de la mansión Jeon a las cinco de la mañana. Tenemos entendido que la señora Jeon no se encuentra en la propiedad. ¿Podría explicarnos qué labor pastoral realizaba usted a esa hora con un omega joven y soltero?

Sentí el peso de todas las miradas sobre mí. El aroma a café y tierra mojada de mi agitación era difícil de ocultar, pero Namjoon se colocó a mi lado, liberando su aroma a menta para tratar de estabilizar el ambiente.

—Fui a atender una urgencia espiritual —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. El joven Jungkook estaba pasando por una crisis de fe relacionada con su reciente... naturaleza dominante. Como su confesor, es mi deber acudir cuando se me solicita.

—¿A las cinco de la mañana? —preguntó otro de los hombres, con escepticismo—. Un poco tarde para una confesión, ¿no cree?

—La angustia del alma no tiene horario —intervino Namjoon con firmeza—. Yo mismo estaba al tanto de que el Padre Taehyung realizaría esa visita. La familia Jeon es una de las mayores benefactoras de esta parroquia. No podíamos ignorar su llamado.

Los hombres murmuraron entre ellos. Podía oler su desconfianza. Eran como lobos oliendo una herida, esperando el momento justo para morder.

—Hay rumores, Padre —continuó Choi, acercándose un paso más—. Dicen que su aroma ha cambiado. Dicen que huele menos a incienso y más a... tentación. Daegu es un pueblo de fe, y no permitiremos que un alfa, por mucha sotana que vista, traiga el desorden a nuestras calles.

—Mi fe es inquebrantable —mentí, sintiendo cómo el nombre de Jungkook latía en mi pecho como un reproche—. Si mi presencia les resulta incómoda, estoy dispuesto a someterme a una revisión por parte del obispado. Pero no permitiré que se calumnie mi nombre o el de un miembro de mi congregación sin pruebas.

La mención del obispado pareció frenarlos un poco. Un escándalo oficial atraería una atención que ellos tampoco querían para el pueblo. Sin embargo, la advertencia estaba hecha.

—Estaremos observando, Padre Kim —dijo Choi, antes de darse la vuelta con el resto del grupo—. No olvide que el hábito no hace al monje, pero el pecado sí hace al demonio.

Cuando se alejaron, sentí que mis piernas cedían. Me apoyé en una de las columnas de piedra de la entrada de la iglesia, respirando con dificultad.

—Eso estuvo cerca —susurró Namjoon, limpiándose el sudor de la frente—. Pero no se han tragado la historia del todo. Van a vigilar cada uno de tus movimientos.

—No sé cuánto tiempo podré seguir con esto, Nam —confesé—. Cada vez que cierro los ojos, solo quiero volver con él.

—Entonces tienes que elegir —dijo Namjoon con tristeza—. O la sotana, o Jungkook. No puedes tener ambos. No en este mundo, y definitivamente no en Daegu.

Esa tarde, me encerré en la capilla. El silencio habitual me resultaba ahora opresivo. Me arrodillé frente a la imagen de la Virgen, tratando de encontrar consuelo, pero mis pensamientos volaban hacia la colina, hacia la casa de piedra donde Jungkook seguramente me esperaba.

De repente, escuché un sonido suave. No era el de la puerta principal, sino el de la pequeña entrada lateral de la sacristía.

Me levanté y caminé hacia allí, esperando ver a Jimin. Pero no era él.

Era Jungkook.

Estaba apoyado contra la pared, con las sombras de la tarde ocultando parte de su rostro. Sus ojos brillaban con una determinación que me asustó.

—Te dije que no te dejaría solo —susurró él, caminando hacia el centro de la nave.

—Jungkook, te han visto. El consejo de ancianos está buscándote —dije, tratando de sonar severo, pero mis pies ya se movían hacia él por voluntad propia.

—Que miren —respondió él, deteniéndose frente al altar—. Quiero que me digas una cosa, Taehyung. Y quiero que me la digas aquí, frente a tu Dios.

Se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron. El aroma a chocolate y cereza volvió a inundar mis sentidos, rompiendo mis defensas como si fueran de papel.

—¿Me amas más de lo que amas este lugar? —preguntó, su voz rompiéndose ligeramente—. ¿Soy tu pecado o soy tu verdad?

Miré el altar, miré los vitrales que contaban historias de mártires y santos, y luego lo miré a él. Jungkook era vida, era fuego, era la única cosa real que había sentido en seis años de soledad autoimpuesta.

—Eres mi verdad —respondí, y en ese momento, supe que mi vida como sacerdote había terminado—. Eres mi única verdad, Jungkook.

Él sonrió, y por un momento, la oscuridad de la iglesia pareció disiparse. Me tomó de la mano y me llevó hacia el centro del pasillo, bajo la luz del gran rosetón.

—Entonces huyamos —propuso él—. Salgamos de Daegu esta noche. Tengo dinero, tengo contactos. Podemos empezar de nuevo en Seúl, donde a nadie le importa si un alfa ama a un omega, o si un hombre de fe decide seguir a su corazón.

La idea era tan tentadora como peligrosa. Dejarlo todo. Mi pasado, mi identidad, mi seguridad. Pero al mirar sus ojos, supe que no había otra opción. Quedarme aquí era morir lentamente, asfixiado por el incienso y la hipocresía.

—Esta noche —asentí, apretando su mano—. A medianoche, en el puente viejo.

Jungkook me dio un último beso, un sabor a chocolate que se quedó grabado en mis labios, y desapareció en las sombras.

Me quedé solo en la iglesia, mirando el sagrario. Me quité el cuello clerical y lo dejé sobre el altar. No era un acto de desprecio, sino de honestidad.

—Señor —susurré, mirando hacia la cruz—, me diste un corazón de alfa y me pusiste frente a mi destino. No me pidas que lo ignore ahora.

Salí de la iglesia sin mirar atrás. El aire de Daegu se sentía diferente, como si la tormenta finalmente hubiera estallado. Mientras caminaba hacia la rectoría para recoger mis pocas pertenencias, sentí que alguien me observaba desde las sombras de los árboles.

No era Namjoon. No era Jimin.

Era el aroma a tabaco rancio del señor Choi.

La huida no sería tan fácil como Jungkook pensaba. Pero mientras sentía el aroma de la cereza todavía en mi piel, supe que lucharía contra el pueblo entero si fuera necesario. Porque por primera vez en mi vida, no estaba siguiendo una ley escrita en libros antiguos.

Estaba siguiendo el rastro de mi propio alma. Y ese rastro olía a chocolate, a cereza y a una libertad que ningún pecado podía arrebatarme.