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BAJO EL PECADO DE TU AROMA

El Velo Desgarrado y el Rugido del Destino

La medianoche en Daegu no era solo oscuridad; era un silencio que pesaba, una atmósfera cargada de secretos que las piedras de la iglesia parecían susurrar a mis espaldas. Me encontraba en mi habitación de la rectoría, contemplando la pequeña maleta de cuero que contenía lo poco que poseía: un par de libros, ropa civil que no había usado en años y una fotografía desgastada de mis padres. Sin embargo, lo más pesado que cargaba no estaba en esa maleta, sino en mi pecho.

Me quité la sotana por última vez. La tela negra, que una vez sentí como una armadura de santidad, ahora me parecía un sudario. Debajo, mi cuerpo de alfa dominante reclamaba su espacio; mis hombros se tensaron y mi aroma a café y tierra mojada, libre de los supresores y del incienso, comenzó a llenar la estancia con una potencia que me asustó incluso a mí. Seis años de represión se desmoronaban ante la promesa de unos ojos oscuros y un aroma a cereza.

—¿Realmente vas a hacerlo? —La voz de Namjoon llegó desde el umbral de la puerta. Estaba apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos y una expresión que mezclaba la decepción con una envidia melancólica.

—No es una elección, Namjoon —respondí sin mirarlo, cerrando la maleta—. Es una necesidad. Si me quedo aquí, el hombre que soy terminará por matar al sacerdote, y no quiero que esta comunidad sea testigo de esa carnicería.

Namjoon se acercó y dejó un sobre sobre la mesa. Su aroma a menta y eucalipto era lo único que mantenía mi cordura en ese momento.

—Hay contactos en Seúl. Alfas que no preguntan por el pasado y omegas que viven sin miedo. Úsalos si las cosas se ponen difíciles —dijo él, suspirando—. El señor Choi y los ancianos están patrullando las calles. Creen que vas a encontrarte con él, pero no esperan que intentes marcharte para siempre. Ten cuidado, Taehyung. Un alfa dominante acorralado es peligroso, pero un pueblo fanático lo es mucho más.

—Gracias por todo, Namjoon. Cuida de Jimin. Él... él también está sufriendo por esto.

—Jimin es más fuerte de lo que parece —respondió Namjoon con una media sonrisa—. Ahora vete. El puente viejo te espera, y el tiempo es un lujo que ya no tienes.

Salí por la puerta trasera, deslizándome entre las sombras de los callejones que conocía de memoria. El frío de la noche calaba en mis huesos, pero el fuego en mi sangre me mantenía alerta. Cada crujido de una rama, cada ladrido lejano, hacía que mi instinto de alfa rugiera, pidiéndome que corriera, que cazara, que protegiera lo que era mío.

El puente viejo de madera se alzaba sobre el río que dividía el pueblo de las montañas. Era un lugar olvidado, envuelto en la niebla que bajaba de las cumbres. Allí, bajo la luz mortecina de una farola que parpadeaba, estaba él.

Jungkook vestía una chaqueta de cuero negra y unos pantalones ceñidos que resaltaban su figura de omega dominante. No parecía asustado; al contrario, su presencia irradiaba un poder que desafiaba a la noche misma. Cuando me vio acercarme, su aroma a chocolate y cereza explotó en el aire, envolviéndome como una caricia física.

—Llegas tarde, mi sacerdote —susurró Jungkook, acortando la distancia entre nosotros con pasos decididos.

—Tuve que despedirme de la única vida que conocía —respondí, dejando la maleta en el suelo y tomándolo por la cintura—. Pero ya no hay vuelta atrás.

Jungkook rodeó mi cuello con sus brazos, hundiendo su nariz en el hueco de mi cuello. Soltó un suspiro de satisfacción al inhalar mi aroma sin restricciones.

—Hueles a tormenta, Taehyung. Hueles a libertad —murmuró contra mi piel—. Vámonos antes de que este lugar nos consuma.

Estábamos a punto de dar el primer paso hacia el otro lado del puente cuando una luz cegadora nos golpeó de frente. El motor de una camioneta rugió a pocos metros, y luego otra, y otra. En segundos, estábamos rodeados por tres vehículos que bloqueaban ambas salidas del puente.

—¡Sabía que la lujuria era más fuerte que tu fe, Kim Taehyung! —La voz del señor Choi resonó, cargada de un odio ancestral.

El anciano bajó de la camioneta principal, seguido por otros cinco hombres del consejo. Todos eran alfas, aunque ninguno con la potencia de mi linaje, pero venían armados con palos y la convicción ciega de los que creen que están haciendo la obra de Dios.

—Señor Choi, apártense —dije, dando un paso adelante para cubrir a Jungkook con mi cuerpo—. Esto no les incumbe. He dejado mis votos. Soy un hombre libre.

—¡Nunca serás libre de tu pecado! —gritó otro de los hombres—. Has profanado nuestra iglesia, has corrompido a un joven de nuestra comunidad con tu instinto animal. Daegu no olvida y Daegu no perdona.

Jungkook se tensó detrás de mí. Pude sentir cómo su omega dominante se erizaba, liberando feromonas de desafío que hicieron que los hombres retrocedieran un paso por puro instinto biológico. El aroma a cereza se volvió ácido, punzante.

—Yo no fui corrompido —dijo Jungkook, su voz resonando con una autoridad que me sorprendió—. Yo elegí a este alfa. Y si tienen un problema con eso, tendrán que pasar por encima de mí.

—¡Apártense del omega! —ordenó Choi—. A él lo reeducaremos. Al sacerdote... al sacerdote le enseñaremos lo que sucede con los traidores.

Los hombres avanzaron. Eran seis contra uno, pero yo ya no era el hombre que bajaba la cabeza para rezar. Sentí cómo mis pupilas se dilataban hasta que el mundo se volvió de un tono rojizo. Mis colmillos presionaron mis encías y un gruñido bajo, profundo, brotó de mi garganta, haciendo vibrar la madera del puente.

—Jungkook, corre hacia el bosque —le ordené sin apartar la vista de Choi—. Yo los detendré.

—¡No te voy a dejar! —protestó él, agarrando mi brazo—. ¡Somos uno, Taehyung!

—¡Hazlo! —rugí, y mi voz de alfa dominante fue tan potente que uno de los hombres tropezó y cayó al suelo—. Si te atrapan, te encerrarán. Encuentra el coche que Namjoon dejó en el sendero. ¡Vete!

Jungkook me miró con ojos llenos de lágrimas y furia, pero entendió que mi sacrificio era la única forma de que él tuviera un futuro. Me dio un beso desesperado en la mejilla y echó a correr hacia la espesura, desapareciendo entre la niebla.

—¡Atrápenlo! —gritó Choi, pero yo me interpuse en su camino.

El primer hombre se lanzó contra mí con un garrote de madera. Esquivé el golpe con una velocidad sobrenatural y le propiné un puñetazo en el esternón que lo dejó sin aire. El segundo intentó agarrarme por detrás, pero mi instinto estaba en su punto máximo; lo lancé por encima de mis hombros contra el capó de una de las camionetas.

—¿Esto es lo que su Dios les enseña? —pregunté, mi voz sonando como el crujido de la tierra—. ¿A cazar a los que aman? ¿A destruir lo que no pueden controlar?

—Tú no sabes nada de Dios, animal —escupió Choi, sacando una pesada cadena de hierro—. Eres solo un lobo disfrazado de cordero.

La lucha fue brutal. Recibí golpes que habrían matado a un hombre común, pero mi naturaleza dominante me mantenía en pie. El sabor de la sangre en mi boca solo alimentaba mi rabia. No estaba peleando por mi vida; estaba peleando por el tiempo de Jungkook. Cada segundo que ganaba era un kilómetro más de distancia entre él y este infierno de hipocresía.

Finalmente, el peso de los números empezó a pasarme factura. Tres hombres me sujetaron contra la barandilla del puente mientras Choi se acercaba con la cadena.

—Te enviaremos de vuelta al barro del que saliste —dijo el anciano, alzando el brazo.

Pero antes de que pudiera golpear, un aullido desgarrador rompió el aire. No era el mío. Era un sonido agudo, cargado de una angustia que hizo que mi corazón se detuviera.

—¡JUNGKOOK! —grité, luchando con una fuerza renovada.

De la maleza no salió Jungkook huyendo, sino Jimin, seguido de cerca por Namjoon. Jimin estaba pálido, señalando hacia el desfiladero que bordeaba el río.

—¡Se ha caído! —gritó Jimin, su aroma a vainilla convertido en puro pánico—. ¡Los hombres de la otra patrulla lo interceptaron y se ha caído por el terraplén!

El mundo se detuvo. Los hombres que me sujetaban aflojaron el agarre, sorprendidos por la noticia. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.

—Si algo le ha pasado... —comencé, y mi aroma a café se volvió tan denso y oscuro que los hombres de Choi comenzaron a toser, asfixiados por la presión de mis feromonas—. Si tiene un solo rasguño, juro que no quedará piedra sobre piedra en esta maldita iglesia.

Empujé a los hombres con una fuerza explosiva y corrí hacia el lugar donde Jimin señalaba. Namjoon me alcanzó, interceptando a uno de los ancianos que intentó detenerme.

—¡Vete, Taehyung! —gritó Namjoon—. ¡Yo me encargo de estos cobardes! ¡Busca a tu omega!

Bajé por la pendiente empinada, desgarrando mis manos con las rocas y las espinas. El río rugía abajo, alimentado por las lluvias recientes. Mi lobo aullaba en mi interior, una llamada de socorro que buscaba desesperadamente una respuesta.

—¡Jungkook! —clamé, mi voz rompiéndose—. ¡Jungkook, respóndeme!

Nada. Solo el sonido del agua y el viento.

Llegué a la orilla del río, donde el barro era traicionero. Allí, envuelto en el blanco de su suéter ahora manchado de sangre y lodo, estaba Jungkook. Estaba inconsciente, con la mitad de su cuerpo sumergida en el agua gélida.

Lo saqué del río con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace unos minutos. Lo estreché contra mi pecho, tratando de transmitirle mi calor, mi vida, mi aroma.

—No me dejes... por favor, no me dejes ahora —sollocé, escondiendo mi rostro en su cuello.

Su aroma a cereza era apenas un susurro, una sombra de lo que solía ser. Pero entonces, sentí un pequeño movimiento. Jungkook tosió, expulsando agua de sus pulmones, y abrió los ojos lentamente. Sus pupilas estaban dilatadas, perdidas, hasta que enfocaron mi rostro.

—¿Tae...? —susurró, su voz apenas un hilo—. ¿Estamos... estamos a salvo?

—Lo estamos, mi vida. Lo estamos —respondí, besando su frente húmeda—. No dejaré que nadie más te toque.

—Hueles a sangre... —dijo él, intentando levantar una mano para tocar mi rostro.

—No es nada. Todo ha terminado.

Miré hacia arriba, hacia la cima del desfiladero. Podía ver las luces de las camionetas y las sombras de los hombres, pero se sentían distantes, insignificantes. Habíamos cruzado el umbral. Ya no éramos el sacerdote y el feligrés; éramos dos fugitivos, dos almas marcadas por un destino que el hombre no podía deshacer.

Namjoon apareció en el borde de la pendiente, haciéndome una señal. Había logrado dispersar a los hombres de Choi, probablemente usando su autoridad y la amenaza de denunciar el intento de asesinato.

—¡El coche está listo al final del sendero! —gritó Namjoon—. ¡Tenéis que iros ahora! ¡La policía de la ciudad vecina está en camino, yo los llamé!

Cargué a Jungkook en mis brazos. Se sentía ligero, como una promesa que debía proteger con cada fibra de mi ser. Caminé por la orilla del río, alejándome de las luces de Daegu, alejándome de las campanas que ya no marcarían el ritmo de mi vida.

Llegamos al coche, un sedán negro oculto bajo unos pinos. Jimin estaba allí, llorando silenciosamente mientras sostenía una manta limpia.

—Llévenselo —dijo Jimin, entregándome la manta—. Llévenselo lejos de aquí. Daegu no merece a alguien como él... ni a alguien como usted, Padre.

—Ya no soy el Padre Taehyung, Jimin —dije, acomodando a Jungkook en el asiento del pasajero—. Solo soy Taehyung.

Arranqué el motor. Al salir del sendero y tomar la carretera principal que llevaba a la autopista, miré por el espejo retrovisor. La silueta de la iglesia de Daegu se recortaba contra el cielo nocturno, imponente y fría. Durante seis años, ese edificio había sido mi mundo. Ahora, no era más que un monumento a una fe que no entendía de amor.

Jungkook se acurrucó en el asiento, envuelto en la manta. Su aroma empezaba a recuperarse, llenando el pequeño espacio del coche con una dulzura que me devolvió la paz.

—Taehyung —dijo él, sin abrir los ojos.

—Dime, Kook.

—¿Crees que Dios nos odia?

Me quedé en silencio un momento, viendo cómo las luces de la carretera pasaban a toda velocidad.

—Creo que Dios nos dio el olfato para encontrarnos en la oscuridad —respondí con sinceridad—. Y nos dio el corazón para saber que, por encima de cualquier ley humana, lo más sagrado que existe es la verdad que sentimos el uno por el otro. Si eso es pecado, entonces el cielo debe estar muy vacío.

Jungkook sonrió levemente y entrelazó sus dedos con los míos sobre la palanca de cambios.

—Entonces, que empiece nuestro paraíso —murmuró.

A medida que el sol empezaba a asomar por el horizonte, tiñendo el mundo de un oro nuevo, Daegu quedó atrás, convertida en un eco de campanas y sombras. Delante de nosotros se abría el camino hacia Seúl, hacia lo desconocido, hacia una vida donde el aroma a café y cereza no tendría que esconderse nunca más.

El velo se había desgarrado. El lobo había despertado. Y en la unión de nuestras manos, encontré la única bendición que realmente necesitaba.