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Bajo la sombra del escenario

Grietas en la armadura de oro

El silencio del *Genius Lab* fue interrumpido no por un ruido, sino por una vibración. El teléfono de Yoongi, olvidado sobre la mesa de mezclas, se iluminó repetidamente. Era el chat grupal. Luego, llamadas directas. Jimin. Seokjin. Namjoon. Todos buscaban al maknae.

Yoongi no se movió. Jungkook estaba profundamente dormido sobre su regazo, una posición que en cualquier otra circunstancia habría hecho que el menor se muriera de vergüenza, pero que ahora era una necesidad biológica. El aroma a sándalo de Yoongi se había vuelto denso, casi tangible, envolviendo a Jungkook en una manta protectora que mantenía a raya los temblores del síndrome de abstinencia de los bloqueadores.

La puerta del estudio recibió un golpe suave, pero insistente. Yoongi frunció el ceño. Solo unas pocas personas conocían el código, y solo tres se atreverían a interrumpir cuando la luz de "ocupado" estaba encendida.

—Yoongi-chi, abre la puerta. Sabemos que está ahí.

La voz de Jimin era inusualmente aguda, cargada de una ansiedad que solo un omega podía detectar en otro, o que un alfa tan sintonizado como Yoongi podía descifrar.

Yoongi suspiró, midiendo sus movimientos para no despertar a Jungkook. Con cuidado, alcanzó el control remoto de la puerta.

—Entrad —dijo en voz baja, su tono cargado de una advertencia implícita—. Pero hacedlo en silencio.

La puerta se deslizó y seis figuras entraron en el santuario. Namjoon iba a la cabeza, con el rostro surcado por la preocupación del líder. Tras él, Seokjin y Hoseok intercambiaban miradas nerviosas, mientras que Jimin y Taehyung se movían con una inquietud palpable, sus instintos detectando el cambio en el ambiente antes incluso de ver a Jungkook.

El olor en la habitación los golpeó de frente. No era solo el aroma de Yoongi; era el rastro agrio del miedo de Jungkook, mezclado con la dulzura enfermiza de los químicos y el inicio de un celo reprimido que finalmente estaba rompiendo las presas.

—Dios mío —susurró Hoseok, llevándose una mano a la boca—. ¿Qué ha pasado?

—Lo que tenía que pasar tarde o temprano —respondió Yoongi sin soltar a Jungkook—. Se ha colapsado. Ha estado tomando supresores de grado militar como si fueran caramelos.

Namjoon se acercó, sus ojos de alfa brillando con una mezcla de culpa y autoridad. Se detuvo a un metro, respetando el espacio territorial que Yoongi estaba proyectando inconscientemente.

—¿Por qué no nos dijo nada? —preguntó Namjoon, su voz quebrandose ligeramente—. Sabíamos que estaba bajo presión, pero esto... Yoongi, es un omega. Debería haber estado en su nido hace días.

—¿Y quién de nosotros se lo iba a decir, Namjoon? —intervino Seokjin, cruzando los brazos sobre el pecho. Su aroma a madera de cedro, generalmente reconfortante, estaba teñido de amargura—. Todos hemos visto cómo se mata en el gimnasio. Todos hemos visto cómo evita el contacto físico cuando se acerca su fecha. Hemos dejado que lo haga porque era "más fácil" para la agenda.

—No es culpa de nadie y es culpa de todos —sentenció Yoongi—. Pero ahora mismo, el problema es que su cuerpo está rechazando los bloqueadores. Tiene fiebre y está entrando en un ciclo de rebote. Va a ser doloroso.

Jimin se arrodilló al lado del sofá, sus ojos llenos de lágrimas. Como omega, sentía el dolor de Jungkook de una manera casi física. Estiró una mano para acariciar el cabello empapado de sudor del menor.

—Kookie... —murmuró—. Pobre bebé. Ha estado tan asustado de que lo viéramos como algo menos que perfecto.

Taehyung, que había permanecido inusualmente callado, se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá. Su presencia era tranquila, una calma que ayudaba a equilibrar la tensión en la sala.

—No podemos dejar que la empresa se entere de la gravedad de esto —dijo Taehyung—. Si saben que ha tenido un colapso por supresores, le pondrán un monitor médico las veinticuatro horas. Perderá la poca privacidad que le queda.

—Tae tiene razón —asintió Namjoon—. He hablado con el mánager Sejin. Le he dicho que Jungkook tiene una gripe severa y que se quedará en el dormitorio bajo nuestra supervisión. Tenemos tres días antes de la próxima sesión de fotos.

—No son suficientes —gruñó Yoongi—. Un ciclo de rebote puede durar una semana. Y no puede estar solo.

—No estará solo —dijo Seokjin con firmeza—. Somos siete. Si quiere un nido, le daremos el nido más grande que haya visto Corea del Sur. Pero primero, tenemos que sacarlo de aquí sin que los guardias del pasillo noten que huele a omega en celo.

Hoseok sacó una de las mantas pesadas que Yoongi siempre tenía en el estudio para las noches de trabajo eterno.

—Lo envolveremos —propuso Hoseok—. Yoongi, tú eres el que más lo ha estabilizado. Namjoon y yo limpiaremos el rastro con sprays neutralizadores mientras salís. Jin-hyung, prepara la furgoneta en el sótano dos, donde no hay cámaras.

El plan se puso en marcha con la precisión de una operación militar, pero con la ternura de una familia. Yoongi cargó a Jungkook en brazos; el menor era pesado, puro músculo, pero en ese momento se sentía frágil, su cabeza descansando en el hueco del cuello de Yoongi, buscando instintivamente la glándula de aroma del alfa.

—Hyung... —balbuceó Jungkook en sueños, un pequeño quejido escapando de su garganta.

—Shh, estoy aquí —susurró Yoongi, apretándolo contra su pecho—. Estamos todos aquí.

El trayecto al dormitorio fue tenso. El aire en la furgoneta estaba cargado. Jungkook despertó a medias durante el camino, el pánico nublando sus ojos al ver a todos los miembros rodeándolo.

—¿Qué...? No... tengo que ir a practicar —intentó incorporarse, pero sus extremidades no le obedecían.

—No vas a ninguna parte, Jeon Jungkook —dijo Seokjin desde el asiento del copiloto, volviéndose para mirarlo con una severidad que no admitía réplicas—. Has terminado por hoy. Y por mañana. Y por la semana.

—Pero... la coreografía... el solo... —lágrimas de frustración empezaron a rodar por sus mejillas—. Se van a decepcionar. El ARMY... ellos esperan al Golden Maknae...

—El ARMY quiere que estés vivo, idiota —dijo Jimin, tomando su mano y apretándola con fuerza—. Y nosotros queremos a nuestro hermano. No nos importa si eres un alfa, un beta o un omega. Solo queremos que dejes de hacerte daño.

Jungkook miró a Namjoon, buscando quizás una orden de regresar al trabajo, pero el líder solo le dedicó una sonrisa triste y llena de afecto.

—Descansa, JK. Es una orden del líder.

Al llegar al dormitorio, la atmósfera cambió. El espacio privado de los chicos era su único refugio real. Sin pensarlo dos veces, comenzaron a desmantelar los cojines de la sala y a traer todas las mantas y edredones de sus habitaciones.

Jungkook fue depositado en el centro de la gran cama de la habitación principal. Estaba desorientado, su instinto omega finalmente tomando el control total a medida que los químicos abandonaban su sistema. Empezó a buscar objetos, tirando de las sudaderas de los demás, amontonándolas a su alrededor.

—Está intentando hacer un nido —observó Hoseok conmovido—. Traed más cosas. Ropa que hayamos usado, que tenga nuestro olor.

En cuestión de minutos, Jungkook estaba rodeado de un caos de telas que olían a su familia. El aroma a café de Namjoon, el toque cítrico de Hoseok, el olor a limpio de Jin, la esencia floral de Jimin y el aroma terroso de Taehyung se mezclaron con el sándalo de Yoongi.

Jungkook se hundió en el centro, sollozando de alivio. El fuego en su interior no se había apagado, pero el dolor era más soportable cuando no tenía que luchar contra él solo.

—¿Mejor? —preguntó Yoongi, sentándose en el borde de la cama.

Jungkook asintió débilmente, extendiendo una mano hacia él.

—Hyung... no te vayas.

—No me voy a ninguna parte —respondió Yoongi, mirando a los demás—. Ninguno de nosotros lo hará.

Seokjin regresó de la cocina con un cuenco de agua tibia y una toalla para bajarle la fiebre.

—He preparado caldo. Tendrá que comer algo cuando la fiebre baje un poco —dijo el mayor, empezando a limpiar la frente de Jungkook con delicadeza—. Namjoon, ¿has hablado con la gerencia?

—He sido claro —respondió Namjoon, sentándose en el suelo junto a la cama—. Les he dicho que si alguien intenta entrar aquí antes de que yo dé el visto bueno, habrá problemas legales. He recordado a la empresa las cláusulas de salud de nuestros contratos. No volverán a presionarlo con los supresores, me encargaré de eso personalmente.

Jungkook, envuelto en su nido improvisado, escuchaba las voces de sus hyungs como si fueran una melodía lejana. Por primera vez en años, el peso en su pecho —esa necesidad constante de ser sobrehumano— empezó a disolverse.

—Lo siento —susurró, su voz apenas un hilo—. Siento ser tan débil.

Taehyung, que estaba tumbado al otro lado del nido, le dio un suave empujón con el hombro.

—Si ser débil es confiar en nosotros, entonces sé débil todo lo que quieras, Kook. Llevamos años apoyándonos en ti, en tu energía y en tu talento. Es hora de que nos dejes sostenerte a ti.

Jimin se metió en el nido, acomodándose detrás de Jungkook y rodeándolo con sus brazos, ofreciéndole su calor de omega como un ancla.

—No es debilidad, Jungkook-ah —dijo Jimin al oído del menor—. Es biología. Y tu biología es hermosa. Eres nuestro omega de oro, y vamos a protegerte de cualquiera que te haga creer lo contrario, incluso si ese alguien eres tú mismo.

Yoongi observó la escena. El grupo, su manada, estaba finalmente completo en esa habitación. La tensión de los meses anteriores, el secreto que Jungkook había guardado como una herida abierta, finalmente había salido a la luz. No iba a ser fácil; el mundo exterior seguía siendo el mismo, la industria seguiría siendo voraz y las expectativas no desaparecerían de la noche a la mañana.

Pero mientras miraba a Jungkook quedarse dormido, esta vez con una expresión de paz que no había visto en su rostro desde que eran aprendices, Yoongi supo que algo había cambiado para siempre.

—Mañana será un día largo —dijo Yoongi en voz baja, mirando a los otros cinco—. El ciclo de rebote va a golpear fuerte en unas horas. Necesitaremos turnos.

—Yo me quedo el primero —dijo Hoseok, ya acomodándose con un libro cerca de la cama—. Jin-hyung, tú deberías dormir, tienes que lidiar con los mánagers por la mañana.

—Yo no me muevo de aquí —declaró Taehyung, cerrando los ojos contra el colchón.

Uno a uno, los miembros de BTS se acomodaron en la habitación, ya fuera en la cama, en el suelo o en sillas cercanas. No era solo por Jungkook; era por ellos mismos. Necesitaban esa cercanía, esa reafirmación de que, a pesar de la fama mundial, de los estadios llenos y de las presiones corporativas, seguían siendo esos siete chicos que se cuidaban en un dormitorio pequeño.

Yoongi se quedó mirando a Jungkook. El menor había agarrado el borde de su sudadera mientras dormía, como si tuviera miedo de que el alfa desapareciera si lo soltaba.

—No te voy a soltar, mocoso —susurró Yoongi, dejando que su propio cansancio finalmente ganara la batalla—. Ya no tienes que esconderte.

En la oscuridad del dormitorio, el aroma de los siete se entrelazó, creando una barrera impenetrable. El "Golden Maknae" podía descansar. Jeon Jungkook, el omega, el hermano, el amigo, estaba finalmente a salvo en casa. El silencio ya no era absoluto; estaba lleno de las respiraciones tranquilas de su manada, el único sonido que realmente importaba.

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