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Bajo la sombra del escenario

El aroma de la lluvia y el sándalo

Los días siguientes al colapso de Jungkook fueron una neblina de fiebre, hormonas desbocadas y una ternura que el menor no sabía cómo procesar. El ciclo de rebote había sido, tal como Yoongi predijo, una tormenta violenta. Sin embargo, con seis pares de manos cuidándolo, el proceso dejó de ser una tortura para convertirse en una purga necesaria. Jungkook lloró, durmió durante catorce horas seguidas y devoró los caldos de Seokjin como si no hubiera comido en años.

Para el quinto día, la fiebre finalmente había remitido. La pesadez química de los supresores había abandonado su torrente sanguíneo, dejando tras de sí una sensibilidad nueva, extraña pero no desagradable. Por primera vez en mucho tiempo, Jungkook no sentía que su cuerpo fuera una prisión, sino una parte de él que finalmente le hablaba con honestidad.

—Te ves menos como un fantasma y más como una persona —comentó Yoongi, entrando en la sala con dos tazas de té humeante.

Jungkook estaba sentado en el sofá, envuelto en una de las sudaderas extra grandes de Namjoon. Sus ojos, aunque todavía un poco cansados, tenían un brillo que la opacidad de las pastillas le había robado meses atrás.

—Me siento... ligero, hyung —admitió Jungkook, aceptando la taza—. Es raro. Como si me hubiera quitado una armadura que pesaba cien kilos.

Yoongi se sentó a una distancia prudencial, aunque su alfa ronroneaba internamente ante la visión del omega recuperado.

—Esa armadura te estaba matando, Jungkook-ah.

El resto de la mañana transcurrió en una calma inusual. Los demás miembros, al ver que Jungkook ya podía mantenerse en pie sin marearse, decidieron que era el momento de reabastecer el dormitorio. La nevera estaba vacía y, según Seokjin, tras una crisis de omega, la manada necesitaba "comida real y no solo ramen instantáneo".

—¿Estás seguro de que estarás bien si nos vamos un par de horas? —preguntó Jimin, ajustándose la mascarilla y mirando a Jungkook con preocupación—. Puedo quedarme si quieres.

Jungkook sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina.

—Estaré bien, Jimin-ssi. Yoongi-hyung se queda aquí para terminar unas maquetas, ¿verdad?

Yoongi asintió desde el umbral de su habitación, con los auriculares al cuello.

—Yo lo vigilo. Id tranquilos y traed esa carne que prometió Jin-hyung.

Uno a uno, los chicos salieron. Namjoon dio una última palmada en el hombro de Yoongi, un gesto cargado de confianza silenciosa entre alfas. Sabían que, aunque Jungkook ya no estaba en peligro médico, su estado emocional seguía siendo delicado. Y sabían que nadie entendía mejor la necesidad de espacio y silencio que Min Yoongi.

Cuando la puerta principal se cerró con un clic definitivo, el apartamento quedó sumido en un silencio profundo. Pero no era el silencio tenso de HYBE; era el silencio de un hogar.

Jungkook terminó su té y se levantó para dejar la taza en la cocina. Sin embargo, a mitad de camino, un escalofrío recorrió su columna. No era frío. Era una pulsación eléctrica que nacía en la base de su nuca y se extendía hacia su vientre. Se detuvo, apoyando una mano en la encimera.

—¿Jungkook?

La voz de Yoongi sonó justo detrás de él. El alfa se había acercado sin hacer ruido, su instinto detectando el cambio atmosférico antes de que el propio Jungkook pudiera identificarlo.

—Estoy bien, hyung. Solo... me sentí un poco mareado por un segundo.

Yoongi no respondió de inmediato. En su lugar, dio un paso más, invadiendo el espacio personal del menor. Olfateó el aire. El aroma de Jungkook, que se había estabilizado en un olor a leche y vainilla tras el ciclo de rebote, estaba cambiando. Ahora había una nota floral más intensa, algo parecido al jazmín bajo la lluvia, cargado de una urgencia biológica que Yoongi reconoció al instante.

—Maldita sea —susurró Yoongi, su voz volviéndose un poco más ronca—. El rebote no ha terminado.

Jungkook se giró, sus ojos abriéndose de par en par. Sus pupilas estaban empezando a dilatarse de nuevo, devorando el iris oscuro.

—Pero... ya pasé la fiebre. Ya me sentía bien.

—Fue solo el preludio —explicó Yoongi, manteniendo la calma a pesar de que su propio pulso empezaba a acelerarse—. Tu cuerpo expulsó los químicos primero. Ahora, tu naturaleza está reclamando el tiempo perdido. Esto no es una recaída, Jungkook. Es tu celo real. El de verdad. El que intentaste enterrar.

Jungkook soltó un jadeo, sus rodillas temblando. El calor regresó, pero esta vez no se sentía como una enfermedad. Era un hambre. Un vacío que pedía ser llenado, una necesidad de contacto que lo hizo tambalearse hacia adelante.

Yoongi lo sostuvo por la cintura, firme y seguro.

—Escúchame —dijo el alfa, obligando a Jungkook a mirarlo a los ojos—. Puedo llamar a los demás. Podemos llevarte a tu habitación y yo me quedaré fuera de la puerta para asegurarme de que estés a salvo. No tienes que hacer nada que no quieras.

Jungkook negó con la cabeza frenéticamente, sus dedos enterrándose en la camiseta de Yoongi, arrugando la tela negra.

—No... no quiero que vuelvan. No quiero que me vean así —sollozó Jungkook, su voz rompiéndose—. Y no quiero que te vayas al otro lado de la puerta.

Yoongi sintió un tirón en su pecho, una respuesta instintiva tan potente que lo dejó sin aliento. Su alfa, siempre pragmático y tranquilo, estaba empezando a rugir ante la invitación implícita del omega.

—Jungkook, si me quedo... si dejo que mi aroma te envuelva ahora, no habrá vuelta atrás. Tu instinto me va a reclamar como su ancla. ¿Entiendes lo que eso significa?

—Significa que no estaré solo —respondió Jungkook, levantando la vista. Sus ojos estaban nublados por el deseo y la vulnerabilidad, pero había una determinación feroz en ellos—. Significa que serás tú. Siempre has sido tú, hyung. El que me veía cuando yo intentaba ser invisible. El que me cuidaba sin que yo tuviera que pedirlo.

Yoongi cerró los ojos por un segundo, luchando por mantener su control. Él no era un alfa agresivo, pero el aroma de Jungkook ahora era como un grito en una habitación cerrada. Era dulce, embriagador y desesperado.

—Está bien —susurró Yoongi, rindiéndose finalmente—. Vamos a tu habitación.

El trayecto fue corto, pero para Jungkook se sintió como caminar a través de miel. Cada roce de la piel de Yoongi contra la suya enviaba chispas a sus centros nerviosos. Cuando entraron en el cuarto de Jungkook, el nido que los chicos habían ayudado a construir seguía allí, una montaña de mantas y ropa con el aroma de la manada.

Jungkook se dejó caer en el centro, pero no se acurrucó solo. Tiró de la mano de Yoongi, obligándolo a entrar en ese espacio sagrado.

—Entra —suplicó el omega—. Por favor, hyung. Ayúdame.

Yoongi se quitó los zapatos y se deslizó en el nido. En el momento en que sus cuerpos se encontraron de nuevo, Jungkook emitió un sonido que rompió el corazón de Yoongi: un ronroneo bajo y vibrante, un sonido de pura satisfacción instintiva. El menor se pegó a su pecho, buscando el calor del alfa, restregando su mejilla contra el cuello de Yoongi para impregnarse de su aroma a sándalo.

—Aquí estoy, Jungkook-ah. No me voy.

Yoongi liberó sus feromonas sin restricciones por primera vez. El aroma a bosque, madera y café rodeó al omega, actuando como un bálsamo para sus nervios alterados. Jungkook suspiró, su cuerpo relajándose contra el de Yoongi, aunque el calor de su celo seguía subiendo.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Jungkook en un susurro, su voz amortiguada por la sudadera de Yoongi—. En el estudio... podrías haberme enviado a la enfermería. Podrías haber dejado que la empresa se encargara.

Yoongi empezó a trazar círculos lentos en la espalda del menor, sintiendo cada músculo, cada vértebra.

—Porque la empresa solo ve al producto, Jungkook. Yo veo al chico que practicaba hasta las tres de la mañana porque tenía miedo de no ser suficiente. Veo al chico que me traía brochetas de cordero cuando sabía que estaba bloqueado con una canción.

Hizo una pausa, su voz volviéndose aún más profunda.

—Y porque mi alfa no me habría permitido hacer otra cosa. Eres mío, Jungkook. No de una manera posesiva o tóxica, sino de la manera en que el corazón pertenece al cuerpo. Eres parte de mi equilibrio.

Jungkook levantó la cabeza, sus rostros a centímetros de distancia. El calor en la habitación era sofocante, pero ninguno de los dos quería abrir una ventana.

—Hyung... ¿puedes besarme?

Fue una petición simple, desprovista de la arrogancia que Jungkook solía mostrar en el escenario. Era el deseo puro de un omega buscando la validación de su alfa.

Yoongi no lo hizo esperar. Se inclinó y unió sus labios en un beso que empezó siendo cauteloso, casi experimental, pero que rápidamente se transformó en algo profundo y hambriento. Jungkook soltó un gemido, enredando sus dedos en el cabello de Yoongi, tirando de él con una urgencia que el alfa respondió con un gruñido posesivo.

El beso sabía a alivio y a años de sentimientos reprimidos. Para Jungkook, era la confirmación de que no era un "fallo". Si un alfa como Yoongi, alguien a quien admiraba por encima de todos, podía desearlo así, entonces su naturaleza no podía ser algo malo.

Se separaron jadeando, sus frentes apoyadas la una contra la otra.

—Esto va a ser difícil, Jungkook-ah —dijo Yoongi, su pulgar acariciando el labio inferior del menor—. Cuando los demás vuelvan, cuando el mundo exterior llame a la puerta... no podremos fingir que esto no ha pasado.

—No quiero fingir —respondió Jungkook con firmeza—. Ya he terminado de esconderme. Si el mundo no puede aceptar que el Golden Maknae es un omega que pertenece a su alfa, entonces el mundo tendrá que aprender a vivir con ello.

Yoongi sonrió, una sonrisa genuina que iluminó sus ojos.

—Esa es la actitud.

Las horas siguientes fueron una danza de instintos y cuidados. Yoongi no reclamó a Jungkook de forma física completa —sabía que el primer celo real después de años de supresores era un proceso de sanación, no solo de placer—, pero se mantuvo a su lado, ofreciendo su cuerpo como un ancla, su aroma como un escudo y sus manos como un consuelo constante.

Jungkook experimentó su celo no como una debilidad, sino como una conexión. Cada vez que el dolor de los calambres arreciaba, Yoongi estaba allí para masajear sus caderas. Cada vez que el llanto instintivo amenazaba con desbordarlo, Yoongi lo envolvía en sus brazos y le susurraba palabras de aliento en Daegu satoori, esa lengua materna que siempre sonaba más honesta.

En algún momento de la tarde, Jungkook se quedó dormido, agotado pero en paz. Yoongi se quedó despierto, velando su sueño. Escuchó el sonido de la puerta principal abriéndose y las voces amortiguadas de los demás regresando.

—¿Yoongi? ¿Jungkook? —era la voz de Namjoon, llamando suavemente desde el pasillo.

Yoongi no se levantó.

—Estamos en la habitación de Jungkook —respondió en voz alta, pero sin gritar—. No entréis. El celo ha empezado de verdad.

Hubo un silencio al otro lado de la puerta. Luego, escuchó los pasos de Seokjin acercándose.

—¿Necesitáis algo? ¿Comida? ¿Agua? —preguntó el mayor, su tono lleno de comprensión maternal.

—Déjalo todo en la puerta, Jin-hyung —dijo Yoongi—. Estamos bien. Él está bien.

—Entendido —respondió Namjoon—. Nos encargaremos de todo aquí fuera. Tómate el tiempo que necesites, Yoongi.

Yoongi sintió una oleada de gratitud hacia su manada. Sabía que afuera, Namjoon estaría organizando las excusas para la empresa, Seokjin estaría cocinando para cuando despertaran y los demás estarían haciendo guardia silenciosa.

Jungkook se removió en sueños, buscando de nuevo la mano de Yoongi. El alfa la tomó y la besó con ternura.

Miró por la ventana. Había empezado a llover, las gotas golpeando el cristal con un ritmo constante. El olor de la lluvia se mezclaba con el jazmín y el sándalo que llenaban la habitación.

Jungkook abrió los ojos lentamente, encontrando la mirada de Yoongi.

—¿Están aquí? —preguntó en un susurro.

—Sí. Están cuidando la puerta.

Jungkook sonrió y se acurrucó más cerca del pecho de Yoongi.

—Gracias, hyung. Por no dejarme solo en la oscuridad.

Yoongi lo estrechó contra sí, sintiendo el latido rítmico de dos corazones que finalmente habían encontrado su frecuencia.

—Nunca más estarás solo, Jungkook. La oscuridad se ha acabado.

El Golden Maknae cerró los ojos, dejando que el aroma de su alfa lo arrastrara de nuevo a un sueño reparador. Ya no había bloqueadores, ni secretos, ni miedo. Solo quedaba la verdad de lo que eran: dos almas encontrándose en medio del ruido del mundo, creando su propio silencio perfecto. Y en ese silencio, por fin, Jungkook se sintió completo.

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