Bajo la sombra del escenario
El aroma de la leche y el susurro del destino
El silencio en el apartamento de los chicos ya no era aquel vacío aséptico de los años de entrenamiento, ni la calma tensa de las noches de grabación. Ahora, el silencio estaba compuesto por el suave zumbido del humidificador y el ritmo pausado de dos respiraciones que se acompasaban en la penumbra.
Min Yoongi estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. En sus brazos, un pequeño bulto envuelto en una manta de algodón orgánico se movía ligeramente. El pequeño Min-ho, de apenas dos meses, tenía la piel pálida de su padre y esos ojos rasgados que se cerraban con una terquedad que Yoongi reconocía perfectamente frente al espejo.
—Vamos, pequeño alfa... solo una hora más de sueño —susurró Yoongi, balanceando al bebé con una torpeza que aún le resultaba nueva, pero que ejecutaba con una devoción absoluta.
Min-ho soltó un quejido agudo, una protesta vibrante que rompió la burbuja de paz. Sus manos diminutas se cerraron en puños y su rostro se puso rojo, buscando algo que Yoongi, por mucho que lo intentara, no podía proporcionarle.
—¿Otra vez? —Una voz ronca y cansada provino del otro lado de la cama.
Jungkook se incorporó lentamente, apartando las mantas. Sus movimientos eran pesados, marcados por el agotamiento físico de la maternidad reciente. Su cabello, antes siempre perfectamente peinado para las cámaras, era ahora un nido de hebras oscuras y rebeldes.
—Quiere a su mamá —dijo Yoongi con una sonrisa triste, entregando con cuidado al bebé—. He intentado distraerlo con el biberón de refuerzo, pero me ha mirado como si estuviera intentando envenenarlo. Es igual de testarudo que tú, Kook-ah.
Jungkook soltó una risa suave y se acomodó al bebé contra el pecho. Casi al instante, Min-ho se calmó, buscando instintivamente la fuente de su alimento y consuelo. El sonido del bebé succionando y los pequeños ruidos de satisfacción que emitía eran la única música que importaba en ese momento.
—No es testarudez, hyung —murmuró Jungkook, acariciando la cabecita del bebé—. Es que sabe lo que es bueno. Tú hueles a café y a trabajo, y yo huelo a... bueno, a él.
Yoongi observó la escena con una mezcla de adoración y una punzada de preocupación. Jungkook había cambiado. El "Golden Maknae" que se mataba en el gimnasio para tener abdominales de acero había dado paso a un omega de curvas suaves y mirada protectora. Pero Yoongi notaba las sombras bajo sus ojos y la forma en que Jungkook evitaba mirarse en los espejos de cuerpo entero del pasillo.
—Estás muy callado, Yoongi-chi —dijo Jungkook, usando el apodo cariñoso que solo empleaba cuando buscaba seguridad—. ¿En qué piensas?
—En que eres hermoso —respondió Yoongi con sinceridad, estirando la mano para acariciar la mejilla de Jungkook—. Incluso con ojeras y restos de leche en la sudadera.
Jungkook bajó la mirada, ocultando su rostro tras el flequillo.
—No mientas, hyung. Me he visto. Estoy... estoy blando. Mis músculos han desaparecido y mi piel se siente extraña. A veces siento que el Jungkook que bailaba en los estadios se ha ido para siempre y solo queda este... este desastre que no puede subir las escaleras sin jadear.
Yoongi se movió, acortando la distancia entre ellos. Tomó la mano libre de Jungkook y entrelazó sus dedos.
—Ese Jungkook no se ha ido, solo está descansando —dijo Yoongi con firmeza—. Y lo que ves como "blando", yo lo veo como el refugio de mi hijo. Has creado a un ser humano desde cero, Jungkook. Tu cuerpo hizo lo que ningún entrenamiento de fuerza podría lograr jamás. Para mí, nunca has sido más poderoso que ahora.
Jungkook soltó un suspiro tembloroso, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla.
—Me siento gordo, Yoongi. La empresa envió el nuevo vestuario para la sesión de fotos de la unidad y... nada me queda igual. El staff fue amable, pero sus miradas... sentí que me veían como una carga. Otra vez.
—Si vuelven a mirarte así, me encargaré de que no vuelvan a trabajar en esta industria —gruñó Yoongi, su alfa erizándose ante la idea de que alguien hiciera sentir inferior a su omega—. Eres el padre de mi hijo. Eres el omega de esta manada. Si alguien tiene un problema con tu cuerpo, que es perfecto porque está sano y vivo, tiene un problema conmigo.
Jungkook apoyó la cabeza en el hombro de Yoongi, mientras Min-ho terminaba de comer y se quedaba profundamente dormido, con una gota de leche en la comisura de los labios.
—Gracias, Yoonie —susurró Jungkook—. A veces necesito que me lo recuerdes. El silencio de la noche me hace pensar demasiado.
—Para eso estoy aquí —dijo Yoongi, besando su sien—. Para ser tu ancla cuando el mundo se sienta demasiado ruidoso o demasiado vacío.
La puerta de la habitación se abrió unos centímetros con un chirrido casi inaudible. Seis cabezas se asomaron en fila, una encima de la otra, como si estuvieran en una caricatura.
—¿Está despierto el heredero al trono? —susurró la voz de Jimin, cargada de una emoción que no había disminuido en dos meses.
—Está dormido —dijo Yoongi, haciendo un gesto para que entraran—. Pero si hacéis ruido y lo despertáis, os juro que os encargaré a vosotros el turno de las tres de la mañana.
Los demás entraron de puntillas. Namjoon traía un libro sobre desarrollo infantil, Jin una bandeja con sopa caliente, y Taehyung y Hoseok venían cargados con juguetes que Min-ho no podría usar hasta dentro de un año.
—Traigo refuerzos —dijo Jin, dejando la bandeja en la mesa de noche—. Jungkook, tienes que comer. Estás alimentando a un pequeño depredador, necesitas energía.
—Gracias, Jin-hyung —dijo Jungkook, intentando moverse sin despertar al bebé, pero Taehyung se adelantó, ofreciéndose a sostener a Min-ho con una reverencia exagerada.
—Dámelo, Kook-ah. Deja que tu tío favorito se encargue de la vigilancia mientras tú recuperas fuerzas.
Jungkook entregó al bebé a regañadientes, sintiendo ese vacío instantáneo que siempre le recorría cuando no tenía a Min-ho cerca. Seokjin obligó a Jungkook a beber la sopa, mientras Namjoon se sentaba a los pies de la cama, observando a Yoongi.
—¿Cómo va la nueva mezcla, Yoongi? —preguntó Namjoon en voz baja—. Sejin dice que la demo está casi lista.
—Va lenta —admitió Yoongi, mirando a su familia reunida en la penumbra—. He incluido el sonido de los latidos de Min-ho en el puente. Suena... suena a vida.
—Es una locura, ¿verdad? —dijo Hoseok, mirando al bebé en brazos de Taehyung—. Hace un año estábamos preocupados por las listas de Billboard, y ahora nuestra mayor victoria es que Min-ho no tenga gases.
Todos rieron en voz baja, una risa compartida que sellaba el vínculo de la manada. Habían pasado por el escándalo inicial, por las reuniones tensas con los accionistas de HYBE y por el escrutinio de la prensa. Pero al final, el amor de los fans y, sobre todo, la unidad inquebrantable de los siete, habían creado un escudo que nadie pudo romper.
—ARMY lo ama —dijo Jimin, mostrando su teléfono—. El hashtag por el segundo mes de Min-ho es tendencia mundial. Le llaman "El pequeño príncipe del sándalo".
Jungkook sonrió, sintiéndose un poco más ligero.
—A veces olvido que el mundo sigue ahí fuera —dijo el omega—. Aquí dentro, con vosotros, todo parece tan... real.
—Es real, Jungkook —dijo Seokjin, acariciándole el cabello—. Y tú eres el corazón de todo esto. No dejes que las dudas te roben la alegría de lo que has logrado. Eres hermoso, eres fuerte y eres nuestra familia.
Después de un rato, los miembros se retiraron, dejando de nuevo a la pequeña familia en su burbuja. Yoongi ayudó a Jungkook a recostarse, acomodando las almohadas para que estuviera cómodo. Min-ho fue depositado en su cuna, al lado de la cama, durmiendo con la paz de quien se sabe profundamente amado.
—¿Hyung? —llamó Jungkook cuando las luces se apagaron.
—¿Dime, bonito?
—¿Crees que se parecerá a ti cuando crezca? —preguntó Jungkook, buscando la mano de Yoongi bajo las sábanas.
Yoongi apretó su mano, sintiendo el calor de la piel de su omega.
—Tiene tu nariz y tu forma de fruncir el ceño cuando tiene hambre —dijo Yoongi—. Pero tiene mi mirada de "no me molestes si no es importante". Creo que va a ser una combinación peligrosa.
Jungkook soltó una risita, cerrando los ojos finalmente.
—Será perfecto. Porque es nuestro.
—Duerme, Jungkook —susurró Yoongi, velando su sueño—. Yo me encargo de la guardia.
Mientras la luna se filtraba por las cortinas, Yoongi observó a las dos personas más importantes de su vida. Sabía que vendrían más noches sin dormir, más dudas sobre el cuerpo y la identidad, y más retos por parte de una industria que no siempre entendía la belleza de la vulnerabilidad. Pero mientras tuviera a Jungkook a su lado y el aroma de la leche y el sándalo llenara sus pulmones, Min Yoongi sabía que ya no necesitaba buscar la perfección en la música. La perfección estaba allí, respirando suavemente en la oscuridad, en el eco de una tormenta que finalmente se había convertido en un hogar.
—Te amo, Jungkook —murmuró al aire, sabiendo que el omega ya estaba en el mundo de los sueños.
El silencio volvió, pero esta vez, era un silencio lleno de promesas cumplidas. El Golden Maknae y su alfa pragmático habían reescrito las reglas, y el resultado era un pequeño Min-ho que, incluso en sueños, buscaba la mano de su padre. La vida era caótica, cansada y a veces dolorosa, pero en ese apartamento de Seúl, era, sobre todo, absoluta.