Bajo la sombra del escenario
El rugido del león dormido
El silencio en el Genius Lab solía ser una herramienta de trabajo, un lienzo en blanco donde Min Yoongi pintaba sus composiciones más oscuras y profundas. Sin embargo, ese martes por la tarde, el silencio se sentía como el ojo de un huracán. Yoongi estaba sentado frente a sus monitores, con los auriculares puestos pero sin música reproduciéndose. Tenía la mirada fija en la puerta cerrada, sus sentidos de alfa en alerta máxima, filtrando cada sonido que provenía del pasillo del dormitorio.
Hacía tres meses que la noticia de las "dos líneas" había puesto su mundo del revés. Tres meses en los que Jungkook había pasado de ser un omega reprimido y silencioso a convertirse en una fuerza de la naturaleza impredecible, voraz y, francamente, aterradora.
—Hyung.
La voz de Jungkook no fue un grito, pero resonó con una autoridad que hizo que Yoongi se tensara en su silla ergonómica. No era una petición; era una citación.
Yoongi suspiró, cerró los ojos un segundo pidiendo paciencia a cualquier deidad que protegiera a los alfas en apuros, y se levantó. Abrió la puerta de su estudio con la cautela de quien entra en una jaula de tigres. En el centro de la sala de estar, Jeon Jungkook estaba de pie, rodeado de una montaña de almohadas de plumas que, por alguna razón, habían sido destripadas.
—Jungkook-ah... —empezó Yoongi, notando cómo el aroma del menor, ahora una mezcla densa de jazmín, leche tibia y algo parecido al ozono antes de una tormenta, llenaba la habitación—. ¿Qué ha pasado con los cojines de Jin-hyung?
Jungkook lo miró. Sus ojos, antes grandes y suaves, estaban encendidos con una intensidad febril. Tenía una pluma pegada a la mejilla y el labio inferior le temblaba, pero no de tristeza, sino de una indignación puramente hormonal.
—Huelen mal, Yoongi. Huelen a... a decepción y a suavizante de marca barata —declaró Jungkook, cruzando los brazos sobre su pecho, donde su sudadera ya empezaba a tensarse sobre la pequeña curva de su vientre—. Le dije a Jimin que los quitara, pero se rió. Dijo que estaba siendo "dramático".
Yoongi dio un paso hacia adelante, extendiendo las manos en un gesto apaciguador. Sabía que un movimiento en falso podría desencadenar o un mar de lágrimas que duraría tres horas, o un estallido de furia que terminaría con Yoongi durmiendo en el estudio durante una semana.
—Jimin no debió decir eso —coincidió Yoongi con voz monótona, aplicando la técnica de "darle la razón en todo" que Namjoon les había sugerido en su última reunión de emergencia—. Pero, ¿era necesario destruirlos?
—¡Mi nido tiene que ser perfecto! —estalló Jungkook, y de repente, las lágrimas aparecieron, inundando sus mejillas en un abrir y cerrar de ojos—. ¿Acaso no lo entiendes? El cachorro no puede crecer en un ambiente que huele a lavanda sintética. ¡Tú no te preocupas por nosotros! ¡Solo te importa ese estúpido beat que llevas mezclando desde ayer!
Yoongi sintió el pinchazo de la culpa, mezclado con un miedo genuino. Ver a Jungkook así era como intentar desactivar una bomba mientras el manual de instrucciones está escrito en un idioma que no hablas.
—Claro que me preocupo, Jungkook-ah. Ven aquí.
Se acercó y rodeó al omega con sus brazos. Jungkook se tensó al principio, pero luego se derrumbó contra su pecho, sollozando con una fuerza que sacudía sus hombros. Yoongi empezó a liberar su aroma a sándalo de forma masiva, intentando calmar el sistema nervioso alterado del menor.
—Lo siento —hipó Jungkook contra su cuello—. Es que... he tenido mucha hambre toda la mañana y Hoseok-hyung se comió el último yogur de melocotón. El que tenía mi nombre, Yoongi. ¡Tenía mi nombre escrito en rotulador permanente!
—Hoseok va a comprar una caja entera ahora mismo, te lo prometo —susurró Yoongi, acariciando la nuca de Jungkook, evitando cuidadosamente la zona de la glándula, que estaba extremadamente sensible—. Y yo voy a tirar estos restos de almohada antes de que Jin regrese y sufra un infarto.
—No los tires —gruñó Jungkook, separándose de repente y mirando los restos de plumas con una posesividad alarmante—. Son para la base. Solo necesito fundas nuevas. De seda.
—De seda. Por supuesto —asintió Yoongi, anotándolo mentalmente en su lista de "cosas que comprar para no morir"—. Iré a por ellas.
—¡No! —Jungkook lo agarró de la camiseta, tirando de él hacia el sofá—. Quédate. Tengo frío. Y me duelen los pies.
Yoongi obedeció, sentándose y dejando que Jungkook se acomodara entre sus piernas. El omega era ahora un nudo de necesidades contradictorias. A veces quería espacio, otras quería ser una extensión física de Yoongi.
—Hyung —murmuró Jungkook después de unos minutos de silencio, su voz volviendo a ser dulce y pequeña—. ¿Crees que soy un monstruo?
—No eres un monstruo, Jungkook. Estás creando vida. Tus hormonas están en una guerra civil. Es normal.
—Taehyung dice que te doy miedo —continuó el menor, jugando con los dedos de Yoongi—. Dice que cuando entro en la habitación, encoges los hombros como si esperaras que te cayera un rayo.
Yoongi tragó saliva. Taehyung era demasiado observador para su propio bien.
—No es miedo —mintió Yoongi, aunque sus instintos alfa le gritaban que el omega frente a él era capaz de derribar un edificio si no encontraba sus calcetines favoritos—. Es... respeto. Respeto por el proceso.
—Mientes —dijo Jungkook, pero esta vez con una risita—. Te doy miedo. Te da miedo que llore porque la tostada está demasiado tostada. O que te grite porque caminas "demasiado fuerte".
—Caminas como un elefante, Yoongi —añadió Jungkook con un repentino cambio de humor, volviéndose serio otra vez—. A veces tus pasos suenan como si estuvieras intentando castigar al suelo.
Yoongi parpadeó, confundido.
—Solo estoy caminando, Jungkook-ah.
—¡Pues hazlo más suave! —Jungkook se levantó del sofá con una agilidad sorprendente para su estado—. Me voy a la habitación. No me sigas a menos que tengas el yogur de melocotón y las fundas de seda. Y no respires tan fuerte, me desconcentra.
La puerta de la habitación de Jungkook se cerró con un golpe seco. Yoongi se quedó solo en la sala, rodeado de plumas y del aroma a jazmín enfurecido.
—¿Sigue vivo el alfa de Daegu? —preguntó una voz desde el pasillo.
Namjoon y Jimin asomaron la cabeza, observando el desastre de los cojines con ojos expertos.
—Ha sido el incidente de las almohadas, ¿verdad? —preguntó Jimin, entrando con cautela—. Escuché los gritos desde el ascensor.
—Dice que camino demasiado fuerte —susurró Yoongi, pasándose las manos por la cara—. Y que el suavizante de Jin huele a decepción.
Namjoon se sentó en el brazo del sofá, dándole una palmada solidaria en el hombro.
—Ayer me dijo que mi cara era "demasiado simétrica" y que eso le ponía nervioso. Tuve que cubrirme con una mascarilla toda la cena.
—A mí me pidió que le leyera cuentos al bebé —dijo Jimin, sentándose en el suelo entre las plumas—, pero cuando empecé a leer, me dijo que mi voz sonaba "demasiado amarilla" y que el bebé quería un color "azul profundo". Me echó de la habitación, Yoongi. A mí, a su alma gemela.
Yoongi soltó una risa amarga.
—Es una pesadilla. Un pequeño y adorable tirano de un metro ochenta.
—Es el instinto de nido, hyung —explicó Namjoon, tratando de ser el líder racional—. Su cuerpo está tratando de controlar el entorno porque sabe que pronto será vulnerable. Y como es Jungkook, su instinto de nido es... bueno, competitivo. Quiere el mejor nido, el mejor aroma, el mejor todo.
—¿Y por qué tengo que ser yo el saco de boxeo? —preguntó Yoongi, aunque la respuesta era obvia.
—Porque eres su alfa —dijo Jimin con sencillez—. Eres el único en el que confía lo suficiente como para mostrarle su lado más irracional. Si te grita a ti, es porque sabe que no te irás a ninguna parte.
Yoongi suspiró, mirando hacia la puerta cerrada. El miedo que sentía no era un miedo cobarde; era el temor de no estar a la altura, de no saber cómo calmar la tormenta que rugía dentro del chico que amaba.
—Tengo que ir a por los yogures —dijo Yoongi, levantándose—. Y por la seda. Y probablemente por diez kilos de carne de ternera, por si acaso decide que el bebé tiene antojo de barbacoa a las tres de la mañana.
—Trae también helado de menta y chocolate —sugirió Hoseok, apareciendo por la puerta principal cargado de bolsas—. Acabo de ver a Sejin-hyung y me ha dicho que la empresa ha cancelado todas las sesiones de fotos de Jungkook para el próximo mes. Dicen que el "brillo del embarazo" es demasiado evidente y que no pueden ocultarlo más con maquillaje.
—¿Cómo se lo ha tomado? —preguntó Yoongi, temiendo la respuesta.
—Bueno —dijo Hoseok, dejando las bolsas en la cocina—, le tiró un bote de vitaminas al mánager y le dijo que si querían ocultar a su hijo, tendrían que ocultar también su renuncia.
Yoongi sonrió con orgullo a pesar del cansancio. Ese era su Jungkook.
—Iré a ver cómo está —dijo Yoongi, tomando una de las bolsas de Hoseok que contenía los benditos yogures de melocotón.
Caminó hacia la habitación de Jungkook, esta vez intentando que sus pasos fueran tan ligeros como los de un gato, tal como se le había ordenado. Llamó suavemente a la puerta.
—¿Jungkook-ah? Traigo suministros.
No hubo respuesta inmediata, solo un murmullo bajo. Yoongi abrió la puerta unos centímetros. La habitación estaba en penumbra. Jungkook había logrado arrastrar el edredón al suelo y estaba hecho un ovillo en medio de una montaña de ropa que, Yoongi reconoció con un sobresalto, era casi toda suya. Camisetas negras, sudaderas de giras pasadas, incluso un par de bufandas que Yoongi creía perdidas.
Jungkook levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos y su nariz moqueaba un poco. El fuego de hace media hora se había extinguido, dejando solo a un joven asustado y exhausto.
—Hyung... —susurró Jungkook, extendiendo una mano—. Perdona por lo de las almohadas. Y por decir que caminas fuerte.
Yoongi entró y cerró la puerta, dejando la bolsa en la mesilla. Se sentó en el borde del nido improvisado, sintiéndose abrumado por el olor a su propio aroma acumulado en la ropa.
—No pasa nada, cachorro. Aquí tienes tu yogur.
Jungkook negó con la cabeza y se arrastró hasta el regazo de Yoongi, apoyando la cabeza en su muslo.
—No quiero el yogur ahora. Solo quiero que me abraces. Me siento... me siento como si mi cuerpo no fuera mío. A veces tengo tantas ganas de llorar que me duele el pecho, y luego tengo ganas de romper algo porque me siento demasiado poderoso. Es confuso.
Yoongi le acarició el cabello, desenredando los mechones con los dedos.
—Es el cachorro, Jungkook. Es un alfa pequeño y fuerte, o quizás un omega con mucho carácter. Sea lo que sea, está reclamando su espacio. Y tú estás haciendo un trabajo increíble.
—¿De verdad? —Jungkook levantó la vista, buscando la confirmación en los ojos de su alfa—. A veces veo cómo me miras... sé que te doy un poco de miedo.
Yoongi soltó una carcajada suave, una que no había dejado salir frente a los otros miembros.
—Me das pánico, Jeon Jungkook. Pero no porque crea que vas a hacerme daño, sino porque eres lo más importante que tengo. Y ver que sufres y no poder arreglarlo con una canción o con una charla... eso me aterroriza.
Jungkook sonrió, una sonrisa de conejo que finalmente llegó a sus ojos.
—Bueno, puedes arreglarlo ahora mismo —dijo el menor, acomodándose mejor—. Cántame algo. Pero nada de rap. Algo dulce. Y no respires fuerte mientras cantas.
Yoongi rodó los ojos, pero empezó a tararear una melodía suave, una que había estado componiendo en secreto. Jungkook cerró los ojos, su respiración volviéndose rítmica y pesada a medida que la paz regresaba a su sistema.
Afuera, en la sala, los demás miembros hablaban en susurros, moviéndose de puntillas para no perturbar la frágil tregua. Sabían que en cualquier momento la tormenta podría regresar, que Jungkook podría decidir que el color de las paredes era "demasiado ruidoso" o que el agua sabía "demasiado mojada".
Pero por ahora, en la penumbra de la habitación, el alfa y su omega estaban en paz. Yoongi observó la mano de Jungkook descansando sobre su vientre, y por primera vez en semanas, el miedo se disipó, reemplazado por una anticipación feroz.
—Que venga la tormenta —susurró Yoongi para sí mismo, besando la coronilla de Jungkook—. Aquí te espero.
Porque al final del día, no importaba cuántos cojines fueran destruidos o cuántos yogures de melocotón tuviera que comprar; Min Yoongi era el ancla de esa tormenta, y no había ningún otro lugar en el mundo donde prefiriera estar. La armadura de oro de BTS podía estar llena de abolladuras por los cambios de humor y las exigencias de un embarazo, pero el corazón que latía debajo era más fuerte que nunca.
Jungkook soltó un pequeño ronroneo en sueños, apretando la camiseta de Yoongi. El alfa sonrió, ajustando su postura para estar cómodo. Sabía que en un par de horas tendría que ir a por las fundas de seda, y probablemente tendría que pedir perdón a Jin por los cojines, pero mientras sentía el calor de Jungkook contra él, Yoongi supo que incluso el miedo más profundo era un precio pequeño por la vida que estaban construyendo juntos.
La industria del K-Pop podía esperar. El mundo podía esperar. En ese nido hecho de sudaderas viejas y promesas silenciosas, el tiempo se había detenido, y por fin, el rugido del león se había convertido en un suspiro de absoluta pertenencia.