Bebe
El eco de un corazón de cristal
La mañana siguiente al viernes de "obligaciones" amaneció con un cielo grisáceo, como si las nubes compartieran el peso que Naruto sentía en el pecho. Sin embargo, el rubio se levantó con una energía renovada, una de esas chispas de optimismo ciego que solo él podía generar. Se convenció a sí mismo de que el mareo que sintió al levantarse no era por el cansancio o la falta de sueño, sino una señal. Una señal mágica.
—¡Sasu-kun! ¡Sasu-kun, despierta! —exclamó Naruto, saltando ligeramente sobre el borde de la cama, con su pijama de zorritos y el cabello más alborotado que de costumbre.
Sasuke, que ya estaba despierto y revisando su tableta con la mirada fija en los índices bursátiles, ni siquiera se inmutó por el movimiento.
—Naruto, son las seis de la mañana. Quítate de encima —respondió con una voz que arrastraba el frío de un glaciar.
—¡Es que Naru se siente rarito! —dijo el rubio, ignorando el tono cortante. Se llevó una mano a la mejilla y puso una expresión pensativa, casi infantil—. Me dio una vuelta la cabecita y me dieron ganas de comer algo ácido... ¿Crees que sea el bebé? ¿Crees que ya esté aquí adentro saludando?
Sasuke dejó la tableta sobre la mesa de noche y finalmente lo miró. Sus ojos negros recorrieron la figura delgada de Naruto, deteniéndose un segundo en su vientre plano. Para Sasuke, Naruto era un rompecabezas molesto, una pieza que no encajaba en su mundo de lógica y frialdad, pero que necesitaba para asegurar su posición en la empresa frente a su padre.
—No seas ridículo. Apenas fue anoche —dijo Sasuke, levantándose de la cama sin importarle la desnudez parcial frente a su esposo—. Pero si vas a estar molestando con eso todo el día, iremos al médico. No quiero que uses "sentirte mal" como una excusa para no cumplir con tus tareas o para estar pegado a mí como una lapa.
—¿De verdad? —Los ojos de Naruto se iluminaron como dos zafiros bajo el sol—. ¿Sasu-kun me va a acompañar? ¡Es una cita! ¡Una cita al doctor!
—Es una verificación de contrato, Naruto —corrigió Sasuke, entrando al vestidor—. Muévete. Tengo una reunión a las diez. Si no estás listo en quince minutos, te quedarás aquí.
Naruto no necesitó que se lo dijeran dos veces. Corrió al baño, tropezando con sus propios pies en el proceso, riendo y tarareando. En su mente, ya estaba eligiendo el color de las paredes del cuarto del bebé. Sería naranja, no, azul, ¡no, amarillo como el sol! Estaba tan sumido en su fantasía que olvidó por completo el miedo que sintió la noche anterior.
El trayecto al hospital privado de la élite de Konoha fue silencioso. Sasuke conducía su coche de lujo con una precisión quirúrgica, mientras Naruto pegaba la nariz al cristal, señalando cada perro o cada globo que veía en la calle.
—¡Mira, Sasuke! ¡Ese perrito tiene un suéter como el mío! —exclamó, señalando un pequeño canino en la acera.
—Cállate, Naruto. Me desconcentras.
Naruto se encogió de hombros, pero no perdió la sonrisa. Estaba acostumbrado a las espinas de su rosa negra. Para él, que Sasuke aceptara ir con él ya era un triunfo de amor.
Al llegar a la clínica, el ambiente era aséptico y silencioso. El doctor Orochimaru, un hombre de piel pálida y ojos de serpiente que era el mejor especialista en fertilidad masculina del país, los recibió en su consultorio privado. Sasuke se sentó con las piernas cruzadas, emanando un aura de autoridad y prisa, mientras Naruto se sentaba en el borde de la silla, moviendo las piernas de un lado a otro.
—Bien, joven Uzumaki —dijo el doctor, revisando unos archivos en su computadora—. Me dice que ha tenido mareos y náuseas matutinas. Es un poco pronto, pero dado el tratamiento que iniciamos para estimular su sistema antes de la boda, haremos una revisión completa.
Naruto asintió con entusiasmo.
—¡Sí, sí! Naru se porta muy bien y toma todas sus vitaminas. ¡Seguro que hay un pequeño Uchiha ahí!
Sasuke soltó un suspiro de fastidio, mirando su reloj de pulsera.
—Haga las pruebas rápido, doctor. Tengo una agenda que cumplir.
Pasaron dos horas. Dos horas de análisis de sangre, ecografías y esperas tensas en una sala privada. Naruto seguía sonriendo, aunque el hambre empezaba a hacerle mella. Sasuke no le dirigió la palabra ni una sola vez; estaba demasiado ocupado respondiendo correos electrónicos en su teléfono.
Finalmente, el doctor Orochimaru regresó. Su expresión no era la de alguien que trae buenas noticias. Cerró la puerta tras de sí y se sentó frente a la pareja.
—Señor Uchiha, Naruto... tengo los resultados.
—¿Y bien? —preguntó Sasuke, sin levantar la vista de su teléfono—. ¿Está embarazado o solo fue una indigestión por el ramen que come obsesivamente?
El doctor guardó silencio un momento, mirando a Naruto con una pizca de lo que parecía ser lástima profesional.
—No hay embarazo —dijo el médico con voz plana—. Y me temo que no lo habrá.
Naruto dejó de mover las piernas. Su sonrisa se congeló, volviéndose una mueca extraña.
—¿Eh? Pero... pero Naru se siente diferente... a lo mejor el bebé es chiquitito y se está escondiendo para darnos una sorpresa —dijo el rubio, con una risita nerviosa que sonó rota.
—Naruto —intervino el doctor, suavizando un poco el tono—, los análisis anteriores mostraban irregularidades, pero los resultados de hoy son definitivos. Debido a una malformación congénita en los conductos y una baja reserva celular que no detectamos a tiempo por la falta de madurez de tu sistema en el pasado... eres estéril. No puedes concebir. Ni ahora, ni nunca.
El silencio que siguió a esas palabras fue tan denso que parecía asfixiante. Naruto sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. No entendía bien las palabras técnicas, pero la palabra "nunca" se clavó en su pecho como un trozo de hielo.
—¿Estéril? —La voz de Sasuke cambió. Ya no era fría; era cortante, peligrosa. Soltó el teléfono sobre el escritorio con un golpe seco—. ¿Me está diciendo que este matrimonio, que este contrato de cuatro meses, se basó en una mentira?
—Sasuke... —susurró Naruto, estirando la mano para tocar la manga de su esposo. Le temblaban los labios—. Sasuke, el doctor se equivoca... Naru puede... Naru va a intentar más fuerte...
—¡Suéltame! —Sasuke se puso de pie bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo. Miró a Naruto con un asco que el rubio nunca había visto antes—. Eres un inútil. Un objeto defectuoso. Mi padre me obligó a casarme contigo para asegurar el linaje Uzumaki-Uchiha, ¿y ahora resulta que no sirves para lo único que se te pidió?
—¡No es mi culpa! —sollozó Naruto, las lágrimas finalmente desbordándose—. ¡Yo no sabía! ¡Yo quería darte un bebé, Sasuke! ¡Quería que fuéramos una familia!
—¿Familia? —Sasuke soltó una carcajada seca y carente de humor—. Yo no quería una familia contigo, Naruto. Yo quería un heredero para que me dejaran en paz. Has desperdiciado mi tiempo. Has desperdiciado meses de mi vida en esta farsa infantil.
—Sasuke, por favor... —Naruto se levantó, tratando de abrazarlo, pero el pelinegro lo empujó con fuerza suficiente para que el rubio tropezara hacia atrás—. ¡Naru te ama! ¡Naru puede ser un buen esposo de otras formas!
—No me llames así. No vuelvas a hablarme con ese tono de niño idiota —siseó Sasuke, señalándolo con el dedo—. Me largo a la oficina. No quiero verte cuando llegue a casa. Hablaré con los abogados mañana mismo. El contrato se acabó.
Sasuke salió del consultorio sin mirar atrás, sus pasos resonando con fuerza en el pasillo. El doctor Orochimaru suspiró y le ofreció un pañuelo a Naruto, pero el rubio ni siquiera lo vio. Estaba en shock, con los brazos rodeando su propio cuerpo, tratando de contener el dolor que amenazaba con partirlo en dos.
—Naruto, lo siento... —empezó a decir el doctor.
—Naru tiene que irse... —susurró el rubio con la mirada perdida—. Sasu-kun se olvidó de mí... tengo que ir con él...
Naruto salió de la clínica como un alma en pena. No tenía dinero para un taxi, no tenía su teléfono, y su mente estaba tan nublada que ni siquiera pensó en pedir ayuda en la recepción. Empezó a caminar.
Apenas puso un pie en la calle, el cielo decidió que el gris ya no era suficiente y rompió a llorar. Una lluvia torrencial, fría y despiadada, comenzó a caer sobre la ciudad. Naruto no buscó refugio. Caminó bajo el aguacero, con su ropa cara empapada y pegada al cuerpo, sus zapatos de diseñador hundiéndose en los charcos.
Las luces de los coches pasaban a su lado como ráfagas de colores borrosos. Naruto hablaba solo, entre sollozos, mientras la lluvia lavaba sus lágrimas pero no su pena.
—Naru fue malo... —decía, abrazando sus propios hombros—. Naru rompió el juguete de Sasuke... por eso Sasuke está enojado... si Naru camina mucho y pide perdón, tal vez Sasuke no lo eche...
Caminó por horas. Sus pies, acostumbrados a las alfombras mullidas de la mansión, empezaron a dolerle. El frío se le metió en los huesos, haciendo que sus dientes castañetearan. Se veía tan pequeño, tan frágil bajo la tormenta, que algunas personas se detenían a mirarlo, pero él no veía a nadie. Solo veía la imagen de la mirada de Sasuke en el consultorio. Ese odio puro. Esa decepción.
—¿Por qué Naru nació roto? —preguntó al aire, cayendo de rodillas en una acera solitaria, cerca de un parque—. Yo solo quería que me quisiera... quería un bebé que tuviera los ojos de Sasuke...
Se quedó allí un rato, bajo la lluvia, con el agua escurriendo por su cabello rubio, ahora oscurecido por la humedad. Sus ropas, antes brillantes, ahora eran de un color apagado y sucio. Se sentía como uno de esos perritos abandonados que veía en la tele y que siempre lo hacían llorar.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegó a las puertas de la mansión Uchiha. Los guardias, al verlo en ese estado, abrieron los portones de inmediato, asustados. Naruto entró en la casa, dejando un rastro de agua y barro sobre el mármol impecable que tanto se esmeraba en cuidar.
La casa estaba en silencio, pero las luces del despacho de Sasuke estaban encendidas.
Naruto, temblando de frío y con la fiebre empezando a nublarle la vista, caminó hacia el despacho. No llamó a la puerta. Simplemente la empujó.
Sasuke estaba sentado tras su escritorio de roble, con una copa de whisky en la mano y varios documentos extendidos frente a él. Al ver entrar a Naruto, empapado, pálido y con los ojos rojos de tanto llorar, su expresión no se suavizó. Al contrario, sus cejas se juntaron en un gesto de irritación.
—Mírate —dijo Sasuke, dejando la copa sobre la mesa—. Das lástima. ¿Crees que dando este espectáculo voy a cambiar de opinión? ¿Crees que tu sentimentalismo barato va a arreglar el hecho de que me has engañado, consciente o inconscientemente?
Naruto se detuvo en medio de la alfombra persa, que ahora se arruinaba con el agua que caía de su ropa.
—Sasuke... Naru tiene frío... —dijo con una voz tan pequeña que apenas fue un susurro—. Por favor... no me digas cosas feas... Naru está muy triste...
—¡Deja de hablar como un niño de cinco años! —gritó Sasuke, golpeando el escritorio—. ¡Me enferma! ¡Me enferma tu debilidad, tu ternura fingida y tu incapacidad para ser un hombre de verdad! Eres un fracaso como esposo y como Uzumaki. Mañana por la mañana quiero que tus cosas estén fuera de esta casa. Mi abogado te enviará los papeles del divorcio. No obtendrás ni un centavo de la fortuna Uchiha por incumplimiento de contrato.
Naruto sintió que el corazón se le detenía. El divorcio. La palabra que marcaba el final de su cuento de hadas.
—¿Me vas a tirar a la calle? —preguntó Naruto, y por primera vez en mucho tiempo, no habló de sí mismo en tercera persona. Su voz sonó madura, pero cargada de una agonía insoportable—. Sasuke... yo te amo. Te amo más que a nada. He tratado de ser lo que querías... he aguantado tus desprecios, tus silencios... he hecho todo en la cama para que al menos sintieras placer si no podías sentir amor... ¿y me echas así porque mi cuerpo no funciona?
—Este matrimonio era un negocio, Naruto —respondió Sasuke, volviendo a su tono gélido, aunque sus dedos apretaron la copa de cristal con fuerza—. Y en los negocios, cuando algo no funciona, se descarta. No hay lugar para el amor en mi vida, y mucho menos para alguien que no puede cumplir con su parte del trato.
Naruto lo miró fijamente. Por un segundo, el azul de sus ojos recuperó una chispa de intensidad, pero era la chispa de una estrella que está a punto de apagarse.
—Entiendo —dijo Naruto. Sus hombros cayeron—. Naru... Naru se irá entonces.
Se dio la vuelta y salió del despacho con pasos pesados. No fue a su habitación a empacar. No tenía fuerzas. Caminó hacia la sala de estar y se sentó en el suelo, frente a la chimenea apagada. Allí, en la oscuridad, sacó de su bolsillo la flor de papel que Sasuke había rechazado la noche anterior. Estaba hecha una pulpa mojada, irreconocible.
—Naru está roto —susurró, abrazando sus rodillas mientras la fiebre empezaba a ganar la batalla—. Y Sasuke no quiere juguetes rotos.
Esa noche, mientras Sasuke intentaba dormir en la habitación principal, ignorando el vacío al otro lado de la cama, Naruto permaneció en el suelo frío de la sala. El empresario se decía a sí mismo que había tomado la decisión correcta, que era un hombre de lógica. Pero en el silencio de la mansión, el eco de la voz rota de Naruto parecía filtrarse por las paredes, recordándole que había destruido lo único puro que alguna vez había entrado en su mundo de sombras.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, borrando las huellas de un amor que nunca tuvo oportunidad de florecer, mientras dentro, un joven de cabellos rubios cerraba los ojos, deseando no despertar en un mundo donde Sasuke no lo quisiera.