Bebe
Cicatrices de porcelana y el silencio del invierno
El sonido del bolígrafo sobre el papel fue lo más parecido a un disparo que Naruto había escuchado jamás. El rasgueo de la pluma de Sasuke, firme y sin vacilaciones, selló el destino de ambos en menos de tres segundos. Los documentos del divorcio descansaban sobre la mesa de caoba, impecables, fríos y definitivos.
—Firma de una vez, Naruto —dijo Sasuke sin levantar la vista. Su voz no tenía rastro de la ira de la noche anterior, solo una indiferencia que dolía mucho más—. El coche te espera afuera para llevarte a la mansión Uzumaki. No hagas que el conductor pierda el tiempo.
Naruto, con los ojos hinchados y la piel pálida por la fiebre que apenas empezaba a remitir, tomó el bolígrafo con dedos temblorosos. Miró a Sasuke una última vez, buscando un ápice de duda, una grieta en su armadura de hielo.
—¿Sasu-kun... de verdad no me quieres ni un poquito? —susurró, usando esa voz infantil que solía ser su refugio, pero que ahora sonaba como el lamento de un fantasma—. Naru puede aprender a ser callado... Naru puede esconderse en el jardín para que no lo veas... pero no me eches... por favor...
—Ya te lo dije —respondió Sasuke, cerrando su carpeta con un golpe seco—. No eres útil. Madura, Naruto. El amor no paga las cuentas ni asegura el apellido. Firma.
Con el corazón hecho pedazos, Naruto garabateó su nombre. No leyó las cláusulas. No le importaba el dinero. Al terminar, dejó el bolígrafo y se levantó lentamente. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró.
—Adiós, Sasuke-teme... —dijo, y por primera vez, no hubo una sonrisa al final de la frase—. Espero que encuentres lo que buscas.
Sasuke no respondió. Ni siquiera lo miró salir.
El regreso a la mansión Uzumaki no fue el refugio que Naruto esperaba. Apenas cruzó el umbral, el ambiente se sintió pesado, cargado de una decepción que se podía cortar con un cuchillo. Su padre, Minato, y su madre, Kushina, lo esperaban en el gran salón. No hubo abrazos, ni consuelo, ni té caliente para su resfriado.
—¡Eres una vergüenza! —El grito de Minato resonó en las paredes, perdiendo toda la calidez que alguna vez tuvo como padre—. Nos aseguraste que podrías manejarlo. ¡Nos dijiste que Sasuke te amaba!
—Yo... yo lo intenté, papá... —murmuró Naruto, bajando la cabeza, apretando los bordes de su suéter naranja—. Pero el doctor dijo que Naru está roto... que no puede tener bebés...
—¡No hables así! —Kushina dio un paso al frente, y antes de que Naruto pudiera reaccionar, el sonido de una cachetada cruzó el aire.
La mejilla de Naruto ardió, volviéndose roja al instante. El impacto le giró la cara hacia un lado. El silencio que siguió fue sepulcral. Naruto no lloró; ya no le quedaban lágrimas. Solo se llevó la mano a la cara, sintiendo el latido del golpe contra su palma.
—Nos has humillado frente a los Uchiha —siseó Kushina, con los ojos llenos de una furia gélida—. Fugaku ya ha anunciado que Sasuke se casará con Sakura Haruno. Una mujer de verdad, fértil, de una familia que no nos dará problemas. ¿Sabes cómo nos deja eso a nosotros? Como los que entregaron mercancía defectuosa.
Naruto no respondió. Se limitó a escuchar, con la mirada fija en sus propios pies descalzos. Se sentía pequeño, como si el mundo entero fuera un gigante que intentaba aplastarlo.
—No te quedarás aquí para seguir dándonos lástima —sentenció Minato—. Hemos hablado con especialistas en el extranjero. Hay un tratamiento experimental, doloroso y costoso, pero vas a someterte a él. No me importa si tienes que pasar meses en una cama de hospital. Vas a ser fértil, Naruto. Aunque sea lo último que hagas para esta familia.
—Pero... el doctor dijo que...
—¡Me importa un bledo lo que dijo el doctor! —rugió su padre—. Te prepararemos. Y cuando estés "arreglado", buscaremos a otro que quiera cargar contigo. Ahora, vete a tu habitación. No quiero volver a oír tu voz de niño idiota en esta casa.
Naruto subió las escaleras mecánicamente. Se encerró en su antiguo cuarto, que ahora le parecía una celda de lujo. Se hizo un ovillo en la cama, abrazando al peluche de Kurama que había logrado rescatar de la mansión Uchiha.
—Ya no hay Sasu-kun, Kurama —susurró al peluche—. Ya no hay casita... ahora solo hay agujas y gritos.
Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, la mansión Uchiha celebraba. No había pasado ni un mes cuando los preparativos para la nueva boda estaban en su apogeo. Sasuke observaba desde el balcón de su despacho cómo los camiones de mudanza traían las pertenencias de Sakura.
Ella era todo lo que Naruto no era: sofisticada, seria, con una conversación inteligente sobre economía y política. No usaba pijamas de animales, no decoraba con flores de papel y, sobre todo, no lo asfixiaba con "te amos" constantes y abrazos inesperados.
—Sasuke, querido —dijo Sakura, entrando al despacho con elegancia. Llevaba un vestido de seda color crema que gritaba dinero y estatus—. He revisado los planes para la gala de invierno. Creo que deberíamos invitar a los Hyuga para fortalecer la alianza.
—Haz lo que quieras, Sakura —respondió Sasuke, sin mirarla.
—Por cierto —continuó ella, acercándose al escritorio—, encontré una caja con juguetes de peluche y dibujos infantiles en el ático. Supongo que son de... él. He ordenado que los quemen. No quiero rastros de ese fracaso en nuestra casa.
Sasuke sintió una extraña presión en el pecho, un pinchazo de algo que se negó a identificar como remordimiento.
—Está bien —dijo simplemente—. Son basura.
Sin embargo, esa noche, cuando Sasuke se acostó al lado de Sakura, la cama se sentía diferente. Sakura mantenía su distancia, respetando el espacio personal que él siempre había exigido. No había nadie que intentara entrelazar sus piernas con las suyas, nadie que susurrara incoherencias tiernas durante el sueño, nadie que oliera a vainilla y a sol. El silencio era absoluto, exactamente lo que Sasuke siempre había dicho que quería.
Entonces, ¿por qué sentía que el silencio lo estaba ahogando?
Pasaron los meses. Para Naruto, el tiempo se convirtió en una sucesión de luces blancas, olor a desinfectante y un dolor constante en el vientre. El tratamiento fue brutal. Hormonas que le causaban fiebres altísimas, cirugías invasivas para reconstruir lo que la naturaleza había dejado a medias. Sus padres solo lo visitaban para preguntar por los informes médicos, nunca para preguntarle si le dolía.
—Naru quiere que pare... —suplicaba a veces a las enfermeras, con la voz débil—. Por favor, ya no más agujas... Naru será bueno...
Pero el tratamiento continuaba. Sus padres estaban decididos a recuperar su inversión.
Un día, después de una de las cirugías más complicadas, Naruto despertó en su habitación de la clínica. La ventana mostraba un paisaje nevado. Estaba solo, como siempre. Se miró las manos; estaban delgadas, casi transparentes. Ya no hablaba en tercera persona. La parte infantil de su alma, la que creía en cuentos de hadas y en el amor eterno de Sasuke, parecía haberse marchitado bajo el peso del trauma.
—Felicidades, joven Uzumaki —dijo el doctor entrando en la habitación—. Los últimos análisis confirman que el tejido ha respondido. El milagro se ha logrado. Usted es, técnicamente, capaz de concebir ahora.
Naruto miró al doctor con ojos vacíos. No hubo alegría, ni saltitos, ni sonrisas.
—¿Entonces ya puedo irme a casa? —preguntó con una voz plana, carente de cualquier emoción.
—Sus padres vendrán por usted mañana. Tienen grandes planes, según entiendo.
Naruto asintió y volvió la vista hacia la nieve que caía. Ya no era el niño que hacía flores de papel. Era un hombre roto, reconstruido a la fuerza para un propósito que ya no le importaba.
Esa misma semana, se organizó una gala benéfica en el centro de Konoha. Era el evento social del año, y todos los apellidos importantes estaban presentes. Sasuke asistió con Sakura, quien ya lucía un pequeño bulto en su vientre, el heredero tan ansiado que había sido concebido casi inmediatamente después de la boda.
Sasuke debería haber sido feliz. Tenía el éxito, el respeto y el heredero. Sin embargo, se movía por el salón como un autómata. Su mirada vagaba por la estancia, buscando inconscientemente un destello de color naranja o una risa escandalosa que nunca llegaba.
—Mira, Sasuke —murmuró Sakura, apretando su brazo con elegancia—. Los Uzumaki finalmente han aparecido. Se rumoreaba que su hijo estaba recluido por una enfermedad mental, pero parece que solo lo estaban preparando.
Sasuke giró la cabeza. En la entrada del salón, Minato y Kushina caminaban con orgullo, y entre ellos, estaba Naruto.
Sasuke sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Naruto vestía un traje negro a medida, de una elegancia sobria y cara. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado hacia atrás, y su rostro... su rostro era una máscara de porcelana fría. No había rastro de la inocencia infantil, ni de la devoción en sus ojos. Parecía un extraño, un príncipe de hielo que caminaba con una gracia mecánica.
—Parece que el "defecto" ha sido reparado —comentó Sakura con una pizca de veneno en la voz—. Dicen que ahora es el soltero más codiciado. Qué ironía.
Sasuke no podía dejar de mirarlo. Quiso acercarse, quiso decir algo, pero ¿qué? Él lo había echado. Él lo había llamado inútil.
En un momento de la noche, Naruto se quedó solo cerca de la mesa de bebidas. Sasuke, impulsado por una fuerza que no pudo controlar, se acercó a él.
—Naruto —dijo, su voz sonando extrañamente ronca.
Naruto se giró lentamente. Sus ojos azules se encontraron con los negros de Sasuke. No hubo brillo, no hubo odio, ni siquiera hubo dolor. Solo una indiferencia gélida que hizo que Sasuke retrocediera un paso mentalmente.
—Señor Uchiha —respondió Naruto. Su voz era firme, madura, educada—. Felicidades por el embarazo de su esposa. He oído las noticias.
—Naruto, tú... te ves diferente —atinó a decir Sasuke, sintiéndose estúpido por primera vez en su vida—. Supe que estuviste en tratamiento.
—Sí —dijo Naruto, dando un pequeño sorbo a su copa de champán—. Mis padres se aseguraron de que funcionara. Ahora soy "útil" para el mercado matrimonial. De hecho, mi compromiso con un empresario de la Arena se anunciará la próxima semana.
Sasuke sintió una punzada de rabia pura.
—¿Tan pronto? ¿Vas a casarte con un desconocido solo porque tus padres lo dicen? ¿Dónde quedó todo ese amor del que presumías?
Naruto dejó la copa sobre la mesa y miró a Sasuke con una sombra de lo que parecía ser lástima.
—Ese Naruto murió el día que firmaste los papeles, Sasuke. El niño que te rogaba por un beso y te hacía flores de papel ya no existe. Tú lo mataste, y mis padres enterraron los restos en una clínica de fertilidad.
—Yo no quería que sufrieras, solo quería...
—Querías un heredero —lo interrumpió Naruto con una calma aterradora—. Y ya lo tienes. Yo ahora tengo una función que cumplir, igual que tú. Si me disculpas, mi prometido me espera.
Naruto se alejó, caminando con la espalda recta y la cabeza en alto. Sasuke se quedó allí, en medio de la gala, rodeado de gente poderosa y lujos inimaginables, sintiéndose más solo de lo que jamás había estado en su vida.
Miró a Sakura al otro lado del salón, hablando de inversiones, y luego miró la figura distante de Naruto, quien ahora sonreía de forma educada a un hombre de cabellos rojizos.
Sasuke se dio cuenta, demasiado tarde, de que había tenido en sus manos un tesoro de cristal y lo había aplastado porque no sabía cómo manejar algo tan puro. Ahora tenía el heredero, tenía el contrato y tenía la fortuna. Pero al mirar a Naruto, comprendió que había perdido lo único que el dinero no podía comprar: el amor incondicional de un niño que solo quería hacerlo sonreír con una flor de papel.
Y mientras la música de la gala seguía sonando, Sasuke Uchiha bebió su whisky en silencio, dándose cuenta de que el invierno que él mismo había creado, ahora lo congelaría a él también, para siempre.