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Bebe

El último pétalo de la flor de loto

El aire en la mansión de la Arena era denso, impregnado de un olor constante a incienso y antisépticos. Naruto permanecía sentado frente al gran ventanal de su habitación, observando cómo las dunas de arena se movían con el viento, cambiando de forma, igual que su propia vida se había desdibujado hasta volverse irreconocible. Su vientre, ahora una carga pesada y dolorosa, parecía ser lo único que lo mantenía anclado a la realidad.

—Naru tiene sueño... —susurró, acariciando la tela de seda que cubría su piel—. Pero el bebé tiene hambre. Naru debe ser fuerte para el pequeño Uchiha... no, no es Uchiha. Es un bebé del Desierto.

Se corrigió a sí mismo con un escalofrío. Gaara no toleraba errores. El pelirrojo había sido muy claro: el pasado era un pecado que debía ser purificado mediante la obediencia absoluta.

La puerta se abrió con un clic metálico. Naruto no necesitó girarse para saber quién era. El perfume seco y amaderado de Gaara inundó la estancia. El pelirrojo se acercó con pasos silenciosos y puso una mano sobre el hombro de su esposo. Naruto se tensó, un acto reflejo que ya no podía controlar, aunque intentó disimularlo con una sonrisa quebrada.

—Te ves cansado, Naruto —dijo Gaara, su voz suave como la seda pero fría como el mármol—. Los médicos dicen que tu presión arterial está subiendo de nuevo. ¿Has estado pensando en cosas que no debes?

—No, Gaara-kun... —respondió Naruto rápidamente, bajando la mirada—. Naru solo miraba la arena. Naru es un buen chico.

Gaara le tomó la barbilla, obligándolo a levantar la cabeza. Sus ojos verdes, desprovistos de pupila, escudriñaron el rostro pálido del rubio buscando cualquier rastro de la rebeldía que Sasuke Uchiha había despertado en la isla.

—Espero que sea cierto —dijo Gaara, apretando ligeramente el agarre—. Porque he recibido noticias de Konoha. Parece que tu antiguo esposo ha estado haciendo preguntas incómodas. Ha intentado contactar con tus médicos, incluso con tus padres.

El corazón de Naruto dio un vuelco. Sasuke. El nombre resonó en su mente como una campana lejana.

—¿Sasu-kun...? —El nombre escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo.

El rostro de Gaara se ensombreció. Sin previo aviso, su mano bajó hasta el cuello de Naruto, no para asfixiarlo, sino para recordarle quién poseía su vida.

—No vuelvas a llamarlo así —siseó Gaara—. Él te desechó como basura defectuosa. Yo pagué por tu reconstrucción. Yo soy quien te dio un propósito. Si ese hombre vuelve a acercarse a ti, o si tú intentas contactarlo, me aseguraré de que nunca veas la cara del niño que llevas dentro. ¿Entendido?

—Sí... sí, Gaara-kun. Perdón. Naru lo siente mucho.

Naruto cerró los ojos, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. El dolor en su pecho no era solo emocional; sentía una punzada física, un latido irregular que le recordaba las palabras de los médicos que creía no haber escuchado. Su cuerpo se estaba rindiendo. El "milagro" de su fertilidad estaba consumiendo sus últimas reservas de energía vital.

Mientras tanto, en Konoha, la oficina de Sasuke Uchiha se había convertido en un centro de guerra. Documentos médicos, informes de inteligencia y mapas de la mansión de Gaara cubrían la mesa de caoba. Sasuke no había dormido en tres días. Su aspecto era deplorable: la barba de varios días asomaba en su rostro y sus ojos estaban inyectados en sangre.

—Es un suicidio, Sasuke —dijo Suigetsu, apoyado en la pared con los brazos cruzados—. Si entras en territorio de la Arena sin invitación y sacas a Naruto, estarás iniciando una guerra entre corporaciones. Tu padre te desheredará antes de que cruces la frontera.

—Que lo haga —respondió Sasuke, su voz ronca y decidida—. No me importa el dinero, ni el apellido, ni Sakura. He pasado toda mi vida cumpliendo contratos y asegurando herencias. Pero Naruto... Naruto no es un contrato. Es la única verdad que he tenido y la destruí por soberbia.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Suigetsu con una mueca—. Gaara tiene a los mejores guardias del continente. Naruto está en una habitación blindada. Y lo más importante: Naruto tiene miedo de ti.

Sasuke apretó los puños, recordando la mirada de terror de Naruto en la isla.

—Tendrá miedo, pero está muriendo, Suigetsu. He hablado con el doctor que supervisó su tratamiento en secreto. El proceso de maduración celular fue forzado con toxinas que ahora están atacando su sistema cardiovascular. Si Naruto entra en labor de parto en esa mansión, Gaara priorizará al bebé y lo dejará morir en la mesa de operaciones. No voy a permitirlo.

—¿Y Sakura? —preguntó Suigetsu—. Ella sabe que algo pasa.

—Sakura tiene lo que quería: el estatus de señora Uchiha y un hijo con mi apellido. Le daré el divorcio y la mitad de mis activos personales. Pero voy a buscar a Naruto.

La operación comenzó bajo el manto de una tormenta de arena que azotaba la frontera. Sasuke no utilizó los recursos de la empresa, sino que contrató a mercenarios independientes y utilizó la red de contactos de Suigetsu. El plan era simple y desesperado: una extracción rápida aprovechando el cambio de turno de la guardia médica.

Dentro de la mansión, el caos comenzó a desatarse antes de lo previsto. Naruto sintió un dolor desgarrador que lo hizo caer de la mecedora. Un líquido cálido empapó su túnica blanca.

—¡Gaara-kun! —gritó, pero su voz apenas fue un susurro—. ¡Ayuda! ¡Duele!

Las enfermeras entraron corriendo, seguidas por Gaara. El pelirrojo observó la escena con una calma aterradora.

—Parece que el heredero tiene prisa —dijo Gaara, mirando el rostro desencajado de Naruto—. Llévenlo al quirófano. Preparen todo para la extracción.

—Señor —dijo una de las enfermeras, revisando los monitores—, el ritmo cardíaco de Naruto es errático. No resistirá una anestesia general. Si procedemos ahora, podríamos perderlo.

Gaara se acercó a la camilla donde Naruto se retorcía de dolor. Le acarició la frente con una frialdad absoluta.

—Aseguren al bebé —ordenó Gaara sin mirar a la enfermera—. Naruto ya ha cumplido su función. Si muere, que sea dándome lo que pagué.

—¡No! —Naruto estiró la mano, agarrando la manga de Gaara—. ¡Gaara-kun, por favor! ¡Naru tiene miedo! ¡No me dejes solo!

—Nunca estuviste solo, Naruto —dijo Gaara, soltándose de su agarre con asco—. Siempre estuviste conmigo. Ahora, sé útil por última vez.

En ese momento, una explosión sacudió el ala este de la mansión. Las alarmas empezaron a aullar, mezclándose con los gritos de Naruto. El humo comenzó a filtrarse por los conductos de ventilación.

—¿Qué está pasando? —rugió Gaara, sacando un arma de su chaqueta.

—¡Estamos bajo ataque, señor! —gritó un guardia por el comunicador—. ¡Es un asalto coordinado! ¡Han entrado por el sótano!

Gaara miró a Naruto, luego a la puerta. Sabía quién estaba detrás de esto. Solo un hombre sería tan estúpido y tan arrogante como para atacar su hogar.

—Llévenlo al quirófano subterráneo —ordenó Gaara a las enfermeras—. Ahora. Si alguien intenta acercarse, mátenlo.

Las enfermeras empujaron la camilla de Naruto a través de los pasillos llenos de humo. El rubio estaba semiinconsciente, atrapado en una nebulosa de dolor y recuerdos. Veía destellos de color naranja, escuchaba risas que ya no existían.

—Sasu-kun... —gemía entre dientes—. Sasu-kun, ayúdame... Naru se portará bien...

De repente, la puerta del pasillo saltó por los aires. Sasuke Uchiha irrumpió entre el humo, con la ropa rasgada y una mancha de sangre en la mejilla, pero con una mirada que habría hecho temblar al mismísimo demonio. Los dos guardias que custodiaban la camilla no tuvieron tiempo de reaccionar antes de ser reducidos por la precisión letal de Sasuke.

Sasuke se lanzó hacia la camilla, apartando a las enfermeras que gritaban de terror.

—¡Naruto! —exclamó, tomando el rostro del rubio entre sus manos—. Naruto, mírame. Soy yo. Estoy aquí.

Naruto abrió los ojos lentamente. La imagen de Sasuke estaba borrosa, pero ese olor... ese olor a sándalo y a frío que tanto había extrañado, lo golpeó con la fuerza de un huracán.

—¿Sasuke...? —Naruto estiró una mano, tocando la mejilla del pelinegro—. ¿Es un sueño? ¿Naru está muerto ya?

—No, no estás muerto, dobe —dijo Sasuke, su voz quebrándose por primera vez en años—. No voy a dejar que mueras. Perdóname... por todo. Por haber sido un monstruo, por haberte dejado solo.

Sasuke comenzó a desatar las correas que sujetaban a Naruto a la camilla.

—Tenemos que irnos, Naruto. Suigetsu tiene un equipo médico esperándonos en la frontera. Ellos te salvarán.

—Duele, Sasuke... el bebé... —Naruto se encogió, un grito de agonía escapando de su garganta.

—Lo sé, lo sé. Aguanta un poco más.

Sasuke lo tomó en brazos, cargándolo con una delicadeza que contrastaba con la violencia del entorno. Naruto era tan ligero, tan frágil, que Sasuke sintió un pánico renovado. Era como cargar un pájaro con las alas rotas.

—¡Uchiha!

La voz de Gaara resonó al final del pasillo. El pelirrojo estaba de pie, con el arma apuntando directamente al pecho de Sasuke. Sus ojos estaban inyectados en sangre, consumidos por una furia posesiva.

—Deja a mi esposo en el suelo —ordenó Gaara—. Él me pertenece. Su cuerpo, su hijo y su muerte son de mi propiedad.

—Él no es una propiedad, Gaara —respondió Sasuke, sin retroceder, protegiendo el cuerpo de Naruto con el suyo propio—. Es un hombre al que destruimos entre los dos. Pero yo voy a intentar arreglarlo, mientras que tú solo quieres terminar de romperlo.

—No saldrás vivo de aquí —dijo Gaara, apretando el gatillo.

El disparo resonó en el pasillo, pero antes de que la bala alcanzara su objetivo, una granada de humo lanzada por Suigetsu desde una ventilación superior oscureció la visión de Gaara.

—¡Corre, Sasuke! —gritó Suigetsu—. ¡Yo me encargo de este loco!

Sasuke no necesitó que se lo dijeran dos veces. Corrió a través de las sombras, protegiendo a Naruto de los escombros y los disparos. Llegaron al vehículo blindado que esperaba en el jardín trasero. Sasuke acomodó a Naruto en el asiento posterior, donde un médico de combate comenzó a trabajar de inmediato.

—¡Sáquenlo de aquí! —ordenó Sasuke, subiendo al coche—. ¡Rumbo a la frontera!

El trayecto fue un descenso al infierno. Naruto entraba y salía de la conciencia, sus signos vitales cayendo peligrosamente. Sasuke le sostenía la mano, susurrándole promesas que esperaba poder cumplir.

—No te vayas, Naruto —suplicaba Sasuke, pegando su frente a la del rubio—. Por favor, no me dejes ahora que te he encontrado. Te compraré todos los pijamas de zorritos que quieras... construiremos una casita... una de verdad. Sin contratos, sin padres, sin mentiras. Solo tú y yo.

Naruto abrió los ojos un segundo. Una pequeña sonrisa, la primera sonrisa verdadera en años, iluminó su rostro pálido.

—¿Sasu-kun... me quiere? —preguntó con un hilo de voz.

—Te amo, Naruto —respondió Sasuke, las lágrimas cayendo finalmente sobre la mano de su esposo—. Te amo más que a mi propia vida. Perdóname por tardar tanto en decírtelo.

Naruto apretó débilmente la mano de Sasuke antes de cerrar los ojos. El monitor cardíaco emitió un pitido largo y constante.

—¡Lo estamos perdiendo! —gritó el médico—. ¡Inicien reanimación! ¡Necesitamos realizar la cesárea ahora mismo o ambos morirán!

Sasuke se vio obligado a apartarse mientras el equipo médico trabajaba en el espacio confinado del vehículo en movimiento. El sonido del bisturí, el olor a sangre y el silencio de Naruto llenaron el ambiente. Sasuke se cubrió el rostro con las manos, rezando a cualquier dios que quisiera escucharlo.

Minutos que parecieron siglos pasaron hasta que, de repente, un llanto débil y agudo rompió el silencio.

Un llanto de bebé.

—Es un niño —dijo el médico, envolviendo al pequeño en una manta térmica—. Está vivo. Es un milagro.

Sasuke miró al bebé, pero sus ojos buscaron inmediatamente a Naruto. El rubio yacía inmóvil, su rostro blanco como la nieve.

—¿Y él? —preguntó Sasuke, con el corazón detenido.

El médico no respondió de inmediato. Continuó masajeando el corazón de Naruto, inyectando adrenalina directamente en su sistema. El tiempo se detuvo. El mundo exterior, la guerra con Gaara, la fortuna Uchiha... nada de eso existía. Solo existía ese pequeño espacio entre la vida y la muerte.

De repente, un latido. Luego otro. El monitor volvió a marcar un ritmo lento, pero constante.

Naruto respiró. Un suspiro entrecortado, pero era aire.

Sasuke se desplomó en el suelo del vehículo, sollozando de puro alivio. Se acercó a Naruto y le besó la frente, mientras el médico le entregaba al bebé. Sasuke sostuvo a su hijo, un pequeño ser de cabellos oscuros y mejillas con marcas que recordaban a las de su madre, y lo acercó al rostro de Naruto.

—Mira, dobe —susurró Sasuke—. Es nuestro. Es un Uchiha-Uzumaki. Y es libre.

Naruto no despertó en ese momento, pero su mano se movió instintivamente hacia el calor del bebé.

Meses después, en una pequeña cabaña frente al mar, lejos de Konoha y de la Arena, un hombre de cabellos rubios caminaba por la arena, sosteniendo de la mano a un niño pequeño que empezaba a dar sus primeros pasos. Naruto todavía tenía cicatrices, y su salud nunca volvería a ser la misma, pero sus ojos azules habían recuperado el brillo del sol.

Sasuke salió de la cabaña, cargando dos tazas de té. Se acercó a Naruto y lo rodeó con un brazo, besando su sien.

—Naru tiene hambre —dijo el rubio, usando esa voz infantil que ahora era una elección, un juego de amor, y no una prisión de miedo—. ¿Sasu-kun hizo galletas?

—Hice galletas, dobe —respondió Sasuke con una sonrisa genuina—. Y he traído esto.

Sasuke sacó del bolsillo una flor de papel perfectamente doblada. No estaba mojada, ni arrugada. Era nueva, brillante y llena de color.

Naruto tomó la flor y la colocó tras su oreja, riendo con esa risa escandalosa que Sasuke tanto amaba.

—Naru ama a Sasuke —dijo el rubio, abrazándolo con fuerza.

—Y Sasuke ama a su pequeño e infantil Naruto —respondió el pelinegro, mirando hacia el horizonte donde el sol se ponía, sabiendo que, por fin, el contrato había terminado y la vida acababa de empezar.

Habían pagado un precio muy alto, habían caminado por el infierno y habían perdido partes de su alma en el proceso, pero allí, en el silencio de su propio hogar, ya no había empresarios, ni herederos, ni deudas. Solo había una familia que, contra todo pronóstico, había aprendido que el amor no es algo que se pueda comprar o fabricar, sino algo que se debe proteger, incluso si eso significa quemar el mundo entero para salvar un solo corazón de cristal.