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Bebe

El eco de las campanas rotas

La isla privada de los Hyuga, un paraíso artificial en medio del Pacífico, se había convertido en el epicentro del poder mundial durante ese fin de semana. No era una gala rígida ni una junta de accionistas; era un "retiro de convivencia" diseñado para que los magnates más influyentes del continente estrecharan lazos en un ambiente de lujo relajado. Había campos de golf, spas de aguas termales y cenas al aire libre bajo el arrullo de las olas.

Sasuke Uchiha caminaba por la terraza de madera de teca que bordeaba la piscina infinita. Vestía una camisa de lino entreabierta y pantalones oscuros, una imagen de informalidad calculada. A su lado, Sakura lucía un sombrero de ala ancha y un vestido vaporoso, manteniendo una conversación animada con Ino Yamanaka sobre la nueva línea de cosméticos que planeaban lanzar.

—Es un ambiente tan refrescante, ¿no crees, Sasuke-kun? —preguntó Sakura, rozando el brazo de su esposo con afecto.

—Demasiado sol —respondió él con su parquedad habitual, aunque sus ojos vagaban por la multitud de empresarios que reían con copas de cristal en la mano.

Sasuke no buscaba sol, ni descanso. Buscaba una silueta. Desde que llegaron a la isla, el rumor de que la delegación de la Arena estaría presente había corrido como pólvora. Y donde estaba la Arena, estaba él.

—¡Vaya, qué sorpresa encontrarte en el buffet de ensaladas, Uchiha! Pensé que te alimentabas de almas y contratos de exclusividad.

Suigetsu apareció detrás de una palmera decorativa, sosteniendo un plato rebosante de mariscos y una bebida de color azul eléctrico.

—Suigetsu —gruñó Sasuke, deteniéndose—. Pensé que no tenías el nivel adquisitivo para entrar en este retiro.

—Oh, no lo tengo. Pero Orochimaru sí, y alguien tiene que cargarle el protector solar y vigilar sus intereses —Suigetsu soltó una risita y se acercó más, bajando la voz—. ¿Ya lo viste? Llegaron hace una hora en el hidroavión privado.

Sasuke sintió un vuelco en el estómago, pero mantuvo su máscara de indiferencia.

—¿A quién te refieres?

—No te hagas el tonto. Hablo de tu "sol" personal, aunque ahora orbite otro planeta. Están en la zona de las villas privadas, lejos de la plebe millonaria. Gaara no quiere que nadie toque su juguete nuevo. Pero... —Suigetsu hizo una pausa dramática, masticando un trozo de calamar—, dicen que el estado de Naruto es... delicado.

—¿Delicado? —Sasuke apretó los dientes—. Está embarazado, Suigetsu. Es normal que esté cansado.

—No es cansancio, Sasuke. Es algo más. Mi fuente, esa que trabaja en el servicio de limpieza de las villas, dice que Naruto apenas puede caminar. Y no es por el peso del bebé. Dicen que tiembla todo el tiempo. Como un animalito que espera el golpe incluso cuando le dan una caricia.

Sasuke no pudo evitarlo. Dejó a Sakura hablando con Ino y se alejó hacia el sendero que conducía a las villas de lujo. Necesitaba verlo. No era curiosidad, era una necesidad visceral, una deuda pendiente con su propia conciencia que no lo dejaba dormir.

El sendero estaba rodeado de flores exóticas y el aire olía a sal y jazmín. Al llegar a la villa número siete, la más apartada de todas, Sasuke se ocultó tras una fila de arbustos de buganvilla. El jardín privado de la villa daba directamente a una pequeña cala de arena blanca.

Allí estaba él.

Naruto estaba sentado en una mecedora de mimbre, envuelto en una túnica de seda blanca que parecía demasiado grande para su cuerpo ahora menudo. Tenía una manta sobre las piernas a pesar del calor tropical. Pero lo que detuvo el corazón de Sasuke fue la barriga. Era prominente, una curva perfecta que contrastaba con la delgadez de sus brazos y la palidez de su rostro. Naruto tenía las manos entrelazadas sobre su vientre, moviendo los pulgares de forma rítmica, casi compulsiva.

—Ya casi, ya casi... —susurraba Naruto. Sasuke alcanzó a oírlo gracias al silencio de la tarde—. Naru va a ser bueno. Si el bebé nace pronto, Gaara-kun dejará de estar enojado. Naru no volverá a llorar, lo prometo.

Sasuke sintió un nudo de hierro apretándole la garganta. La voz de Naruto no tenía la alegría infantil de antes; era una imitación rota, una regresión forzada por el miedo.

En ese momento, Gaara salió de la villa. Vestía un traje ligero pero impecable. Se acercó a Naruto y le puso una mano en la cabeza. El rubio dio un respingo violento, cerrando los ojos con fuerza, antes de forzar una sonrisa temblorosa.

—¿Estás cómodo, Naruto? —preguntó Gaara. Su voz era suave, casi melódica, pero para Sasuke sonaba como el siseo de una serpiente.

—Sí, Gaara-kun... Naru está muy feliz de ver el mar —respondió el rubio, sin levantar la vista del suelo.

—Recuerda lo que hablamos. No quiero que hables con extraños. La gente de aquí es malvada, Naruto. Solo yo puedo protegerte a ti y al bebé. ¿Entiendes?

—Sí... solo Gaara-kun es bueno. Los demás son malos. Sasuke-teme fue malo... —Naruto sollozó bajito, una sola lágrima rodando por su mejilla.

Gaara le limpió la lágrima con el pulgar, apretando un poco más de lo necesario la mandíbula del rubio.

—Exacto. Sasuke te tiró a la basura. Yo te recogí y te arreglé. Ahora descansa. Iré a la reunión de apertura. No te muevas de aquí.

Sasuke esperó a que Gaara se alejara por el sendero principal. Cuando estuvo seguro de que el pelirrojo no volvería, salió de su escondite. Caminó sobre la arena, sus pasos amortiguados, hasta quedar a unos metros de la mecedora.

—¿Naruto? —susurró.

El rubio se tensó. Sus ojos azules, antes llenos de chispas, ahora parecían cristales empañados. Miró a Sasuke y el terror absoluto se reflejó en sus facciones. Intentó levantarse, pero su estado y su debilidad se lo impidieron.

—¡No! ¡Vete! —chilló Naruto, cubriéndose el vientre con los brazos—. ¡Naru no puede hablar contigo! ¡Gaara-kun se va a enojar! ¡Me va a quitar al bebé!

—Naruto, soy yo... Sasuke —dijo el pelinegro, dando un paso más, con las manos en alto en señal de paz—. No voy a hacerte daño. Solo... solo quería verte.

Naruto empezó a hiperventilar. Sus manos temblaban tanto que la manta resbaló al suelo.

—¡Malo! ¡Sasuke es malo! —repetía Naruto, balanceándose en la mecedora—. Me dejaste solo en la lluvia... dijiste que Naru no servía... ¡Ahora Naru sirve! ¡Mira! ¡Tengo un bebé! ¡Gaara-kun dice que soy útil!

Sasuke sintió que el mundo se le caía encima. Escuchar sus propias palabras de odio devueltas por la boca de un Naruto roto era el castigo más cruel que podía imaginar. Se arrodilló sobre la arena frente a él, intentando buscar su mirada.

—Perdóname, Naruto. Fui un idiota. No debí dejarte... no debí decirte esas cosas.

Naruto se detuvo. Miró a Sasuke con una confusión dolorosa. Por un segundo, el velo de la regresión pareció rasgarse y el antiguo Naruto, el hombre que lo amaba por encima de todo, asomó por sus ojos.

—¿Sasuke-teme... de verdad eres tú? —preguntó con voz quebrada, ya no hablando en tercera persona.

—Soy yo, dobe. Estoy aquí.

Naruto estiró una mano temblorosa, rozando la mejilla de Sasuke. Sus dedos estaban helados.

—Me duele mucho, Sasuke... —susurró Naruto, y las lágrimas empezaron a caer sin control—. Todo el tiempo me duele. El tratamiento, las medicinas... y Gaara... él no es como tú. Él me mira como si fuera un trofeo, no como si fuera una persona. Tengo miedo. Tengo mucho miedo de que, cuando nazca el bebé, yo ya no sirva para nada y me encierre para siempre.

—No voy a dejar que eso pase —prometió Sasuke, aunque sabía que sus palabras eran casi vacías frente al poder legal de Gaara—. Escúchame, Naruto, tengo que sacarte de aquí.

—¡No puedes! —Naruto retiró la mano como si se hubiera quemado—. Él tiene mis papeles, tiene a mis padres... mi mamá dice que debo ser agradecido porque Gaara me aceptó siendo "usado". Si me voy, no tengo a dónde ir.

Sasuke iba a responder, a decirle que podía venir con él, que quemaría el mundo entero si fuera necesario, pero el sonido de unos pasos rápidos sobre la madera de la terraza lo obligó a ponerse de pie.

—¡Uchiha! ¿Qué demonios haces aquí?

Suigetsu llegó corriendo, jadeando, con una expresión de pánico que rara vez se veía en él. Detrás de él, Sakura caminaba a paso rápido, buscándolo.

—Sasuke, tenemos que irnos. ¡Ahora! —Suigetsu lo agarró del brazo, intentando tirar de él—. Gaara no fue a la reunión. Fue una trampa para ver quién se acercaba a la villa. Sus guardias vienen hacia aquí. Si te encuentran con Naruto, habrá un incidente diplomático que hundirá a tu familia.

—¡No me importa la familia! —rugió Sasuke, zafándose del agarre.

—¡A él sí le importa! —Suigetsu señaló a Naruto, que se había encogido de nuevo en la mecedora, sollozando y susurrando "Naru es bueno" una y otra vez—. Si te encuentran aquí, Gaara se desquitará con él. ¿Quieres eso? ¿Quieres que pague por tu culpa otra vez?

Sasuke miró a Naruto. El rubio estaba escondiendo el rostro entre sus manos, temblando violentamente. Suigetsu tenía razón. Su presencia solo empeoraba el tormento de Naruto.

—Sasuke-kun, ¿qué está pasando? —Sakura llegó a la terraza, mirando la escena con horror—. ¿Por qué estás con él? ¡Vámonos antes de que alguien nos vea!

Sasuke apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. Miró a Naruto una última vez.

—Volveré por ti —susurró, aunque no estaba seguro de si Naruto lo escuchó.

Suigetsu y Sakura lo arrastraron lejos de la villa justo cuando los hombres de seguridad de la Arena aparecían por el otro extremo del jardín. Sasuke caminó de regreso al área común de la isla con la mente en llamas.

—Eres un idiota, Sasuke —le susurró Suigetsu mientras caminaban—. Casi haces que lo maten de un susto. Pero bueno, ya que estás de humor para tragedias, déjame decirte el último chisme que escuché en la cocina antes de salir corriendo a buscarte.

—No quiero oír nada, Suigetsu.

—Deberías. Porque esto explica por qué Gaara tiene tanta prisa —Suigetsu se detuvo y lo miró con una seriedad inusual—. El tratamiento que le hicieron a Naruto para volverlo fértil... fue experimental y agresivo. Demasiado.

—¿Y qué? El doctor dijo que funcionó.

—Funcionó para el embarazo, sí. Pero el cuerpo de Naruto no lo está resistiendo. Mi fuente dice que los médicos de la Arena le dieron un informe a Gaara la semana pasada. Naruto tiene el corazón débil por las hormonas y las cirugías. Dicen que... —Suigetsu tragó saliva—, dicen que es muy probable que Naruto no sobreviva al parto. Gaara lo sabe. Por eso no lo deja solo ni un segundo. Quiere asegurarse de que el bebé nazca sano, no le importa lo que pase con el envase.

Sasuke se detuvo en seco. El mundo a su alrededor pareció perder el color. El sonido de las olas, las risas de los empresarios a lo lejos, la voz de Sakura llamándolo... todo se convirtió en un zumbido blanco.

Naruto se estaba muriendo.

El niño que hacía flores de papel, el que hablaba de "casita" y "besitos", el que se había dejado mutilar y reconstruir solo para ser amado, estaba entregando su última pizca de vida por un hijo que sería entregado a un monstruo.

—No... —susurró Sasuke, sintiendo un dolor tan agudo en el pecho que tuvo que apoyarse en una columna de piedra—. No puede ser verdad.

—Es la verdad corporativa, Sasuke —dijo Suigetsu con amargura—. Naruto fue un contrato desde el principio. Y los contratos se cumplen hasta que el activo se agota.

Esa noche, bajo el cielo estrellado de la isla privada, se celebró una gran cena de despedida. Sasuke estuvo sentado a la mesa principal, al lado de Sakura, frente a frente con Gaara. El pelirrojo lucía una sonrisa triunfal, brindando por el futuro y por la "prosperidad de las familias".

Naruto no estaba presente. Gaara se disculpó diciendo que su esposo necesitaba "reposo absoluto".

Sasuke miraba su copa de vino tinto, viendo su propio reflejo en el líquido oscuro. Comprendió que toda su vida, su orgullo y su frialdad lo habían llevado a ese momento. Tenía el éxito que siempre quiso, pero el precio había sido la vida del único ser que le había dado calor humano.

—¿Estás bien, Sasuke-kun? —preguntó Sakura, notando su palidez.

—Nunca he estado mejor —respondió él, su voz sonando como el crujido de una tumba.

Se levantó de la mesa sin pedir permiso, ignorando las miradas confusas de su padre y de los invitados. Caminó hacia la playa, lejos de las luces y la música. Se adentró en el agua hasta que las olas le llegaron a las rodillas.

Allí, en la oscuridad, Sasuke Uchiha lloró. Lloró por el niño de pijama naranja que nunca volvería, lloró por el hombre roto que acababa de ver en la mecedora, y lloró por el bebé que nunca conocería a su padre porque su padre era un cobarde que prefirió los negocios al amor.

—Perdóname, Naruto... —susurró al viento del mar—. Perdóname por ser el hombre que te enseñó que el amor era un precio que tenías que pagar con tu vida.

En la villa número siete, Naruto miraba la luna desde su cama, acariciando su barriga mientras una enfermera le ponía una nueva inyección.

—Sasu-kun... —susurró el rubio, cerrando los ojos—. Naru tiene sueño... mañana... mañana seré muy bueno... y tal vez... tal vez me dejes volver a casita.

Pero en el silencio de la noche, solo se escuchaba el monitor cardíaco, marcando el ritmo lento y agonizante de un corazón que, después de tanto dar, finalmente se estaba quedando sin razones para seguir latiendo.