Volver al resumen

Bebe

Entre la espada y el cristal roto

El silencio en el consultorio del doctor Yamanaka no era como el silencio de la mansión Uchiha. El de la casa era frío y elegante; este, en cambio, se sentía pesado, como si el aire se hubiera convertido en plomo dentro de los pulmones de Naruto. El rubio estaba sentado en la silla de cuero, balanceando sus pies que no llegaban a tocar el suelo, mientras sus manos apretaban con fuerza el dobladillo de su suéter amarillo.

Sasuke estaba de pie a su lado, con los brazos cruzados y la mandíbula tan tensa que parecía que sus dientes se quebrarían en cualquier momento. No había mirado a Naruto ni una sola vez desde que entraron.

—Lo lamento mucho, señores Uchiha —dijo el médico, ajustándose las gafas mientras revisaba los resultados de los análisis por tercera vez—. Los exámenes de Naruto muestran una condición congénita que no habíamos detectado en las pruebas preliminares de la unión. Sus niveles hormonales son estables, pero su capacidad para concebir es extremadamente baja.

Naruto sintió que el mundo se detenía. Sus ojos azules se abrieron de par en par, llenándose de una humedad que luchaba por no desbordarse.

—¿Baja? —preguntó Naruto con voz pequeñita, casi como la de un niño que acaba de romper su juguete favorito—. ¿Pero... pero Naru tomó todas sus vitaminas, doctor. Sasu me las dejó cada mañana. Naru fue un niño bueno y se las tomó todas.

Sasuke soltó un suspiro cargado de una irritación gélida.

—Ve al grano, Yamanaka —espetó el pelinegro, ignorando el tono quebrado de su esposo—. ¿Qué posibilidades reales hay? Tengo una agenda que cumplir y este "contrato" depende de un resultado biológico.

El doctor suspiró, mirando con cierta lástima al joven rubio antes de dirigirse a la frialdad de Sasuke.

—Existe un tratamiento hormonal intensivo, Sasuke. Sin embargo, es riesgoso. Puede causar cambios de humor severos, fatiga crónica y otros efectos secundarios en el organismo de Naruto. Y aun así... las probabilidades de éxito son de apenas un diez por ciento. Hay un noventa por ciento de posibilidades de que nunca logre quedar embarazado.

—¿Diez por ciento? —Sasuke soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor—. Es una pérdida de tiempo. Es un fallo en la inversión.

Naruto agachó la cabeza. Las lágrimas finalmente cayeron, empapando la lana de su suéter. Él quería ese bebé. Quería un pequeño Sasuke con ojos brillantes a quien poder darle todo el amor que su esposo rechazaba. Quería que su familia estuviera completa para que, tal vez, Sasuke tuviera una razón para volver a casa con una sonrisa en lugar de un ceño fruncido.

—Naru quiere intentarlo... —susurró el rubio, limpiándose los ojos con el dorso de la mano—. Sasu, por favor. Naru puede aguantar las medicinas feas. Naru puede ser valiente.

—No seas ridículo —le cortó Sasuke, dándose la vuelta para salir del consultorio—. Un diez por ciento no justifica el gasto de energía ni las complicaciones. Vámonos. Tenemos que informar a las familias.

El viaje de regreso en el coche fue un suplicio. Naruto intentó buscar la mano de Sasuke sobre la palanca de cambios, pero el pelinegro la retiró de inmediato para ajustar el aire acondicionado.

—Sasu... ¿estás enojado con Naru? —preguntó el rubio, haciendo un puchero mientras se encogía en su asiento—. Naru no sabía que su cuerpo estaba rotito. Naru quería darte un bebé bonito...

—Cállate, Naruto. Simplemente cállate —respondió Sasuke sin apartar la vista de la carretera. Su voz era como una cuchilla—. Este matrimonio se basaba en una sucesión. Ahora, gracias a tu "condición", todo el plan de negocios está en el aire. No tengo tiempo para tus lamentos infantiles.

Al llegar a la mansión, los padres de ambos ya los esperaban en el gran salón. La atmósfera era tensa. Fugaku Uchiha y Minato Namikaze estaban de pie frente al ventanal, mientras Kushina y Mikoto compartían un té que nadie parecía disfrutar.

Cuando Sasuke explicó la situación, el silencio que siguió fue sepulcral. Fugaku cerró los ojos, decepcionado, mientras Minato suspiraba con pesadez.

—Es una lástima —dijo Fugaku finalmente—. Los Uchiha necesitan sangre nueva para asegurar el control de las acciones en el extranjero.

—Sin embargo —intervino Minato, mirando unos documentos en su tableta—, las acciones de la fusión han subido un veinte por ciento desde que se anunció el matrimonio. El mercado ha reaccionado mejor de lo esperado a la unión de nuestras marcas.

—Es cierto —asintió Fugaku, mirando a su hijo—. Por ahora, la estabilidad de la empresa es lo primordial. Si nos divorciamos ahora o buscamos una nulidad, las acciones caerán por la incertidumbre. Sasuke, Naruto se quedará contigo por el momento. Al menos hasta que la fusión esté consolidada y decidamos qué hacer con el vacío sucesorio.

Naruto, que estaba escondido detrás de una columna escuchando cómo hablaban de él como si fuera un mueble defectuoso, sintió un alivio amargo. No lo iban a echar. Podía quedarse con su Sasu. Pero la mirada que su suegro y su propio padre le lanzaron al salir de la habitación le dolió más que cualquier regaño: era una mirada de absoluta irrelevancia. Ya no era el "heredero", era solo un adorno caro que no cumplía su función.

Esa noche, la cena fue más silenciosa que nunca. Naruto ni siquiera intentó hablar de su día. Se limitó a remover la sopa con la cuchara, mirando de reojo a Sasuke, quien revisaba correos en su iPad mientras comía.

—Sasu... —susurró Naruto después de un rato—. ¿Todavía me quieres un poquito? Aunque no pueda tener bebés...

Sasuke dejó el iPad sobre la mesa y lo miró con una frialdad que hizo que Naruto quisiera hacerse pequeño hasta desaparecer.

—Nunca se trató de querer, Naruto. Se trató de un acuerdo. Ahora ese acuerdo está incompleto. Deberías estar agradecido de que la empresa vaya bien, de lo contrario, estarías de vuelta en la casa de tus padres esta misma noche.

—Pero Naru te ama mucho —insistió el rubio, levantándose para rodear la mesa y tratar de abrazar a Sasuke por la espalda—. Naru puede hacer otras cosas. Naru puede ser la mejor esposa del mundo. Te haré masajes, te cocinaré todo lo que quieras...

—Suéltame —Sasuke se zafó del abrazo con un movimiento brusco, poniéndose de pie—. Me voy a dormir. Mañana tengo que viajar a Osaka para arreglar el desastre que tu falta de capacidad reproductiva podría causar en la junta de accionistas.

Naruto se quedó de pie en medio del comedor, con los brazos extendidos hacia la nada. Miró sus manos, sintiéndose vacío. Caminó lentamente hacia la cocina y comenzó a lavar los platos. Sus movimientos eran mecánicos.

—Naru no está roto... —se decía a sí mismo, mientras una lágrima caía en el agua jabonosa—. Naru solo necesita esforzarse más. Si soy muy, muy, muy bueno, Sasu no se irá.

Subió a la habitación horas después. Sasuke ya estaba en la cama, dándole la espalda como siempre. Naruto se cambió al pijama de zorritos, pero esta vez no se sintió tierno. Se sintió ridículo. ¿Por qué usaba ropa de niño si se suponía que debía ser un hombre capaz de dar un heredero?

Se deslizó en la cama con cuidado de no tocar a Sasuke. El pelinegro parecía una estatua de mármol.

—Sasu... —susurró Naruto en la oscuridad—. ¿Puedo... puedo dormir cerquita de ti? Tengo frío.

—No —fue la respuesta seca de Sasuke—. Quédate en tu lado. Mañana salgo temprano.

Naruto se mordió el labio para no sollozar. Se hizo un ovillo en el borde del colchón, sintiendo que el espacio entre él y su esposo era un abismo que ninguna cantidad de amor podría cruzar.

A la mañana siguiente, Naruto despertó antes de que sonara la alarma de Sasuke. Se levantó en silencio, bajó a la cocina y preparó un desayuno elaborado: huevos en forma de corazón, tostadas perfectamente doradas y café recién molido. Cuando Sasuke bajó, ya vestido con su traje impecable, ni siquiera se sentó. Tomó un sorbo de café de pie y recogió su maletín.

—Sasu, te hice corazoncitos —dijo Naruto, señalando el plato con una sonrisa temblorosa—. Para que tengas energía en tu viaje.

—No tengo tiempo para esto, Naruto —dijo Sasuke, caminando hacia la puerta—. Regresaré en tres días. No me llames a menos que sea una emergencia real. Y con real me refiero a algo que no sea "te extraño" o "el gato del vecino me miró feo". ¿Entendido?

—Entendido... —respondió Naruto, bajando la mirada—. Que te vaya bien, Sasu-kun. Naru te esperará con una sorpresa.

Sasuke no respondió. La puerta principal se cerró con un sonido metálico que resonó en toda la casa.

Los tres días fueron un tormento de soledad. Naruto limpió la casa cinco veces, aunque ya estaba impecable. Intentó leer libros sobre negocios para tratar de entender de qué hablaba Sasuke, pero las palabras se mezclaban en su mente y terminaba llorando sobre las páginas.

El tercer día, Naruto decidió que no se rendiría. Si el doctor dijo que había un diez por ciento de probabilidad, él se aferraría a ese diez por ciento con uñas y dientes. Fue a la farmacia y compró pruebas de ovulación, vitaminas nuevas y aceites esenciales que, según internet, ayudaban a la fertilidad.

Cuando escuchó el coche de Sasuke en la entrada esa noche, su corazón saltó de alegría. Corrió a la puerta, pero se detuvo antes de lanzarse sobre él. Recordó que a Sasuke no le gustaba el contacto físico inmediato.

—¡Bienvenido, Sasu! —dijo Naruto, manteniendo una distancia prudente pero con los ojos brillando—. ¿Cómo te fue en Osaka? ¿Dormiste bien? ¿Comiste tus vegetales?

Sasuke entró, dejando su abrigo en manos de la mucama que acababa de llegar para ayudar con la limpieza pesada. Se veía exhausto, con ojeras marcadas bajo sus ojos oscuros.

—Fue agotador —dijo Sasuke, caminando hacia el salón—. Los accionistas están nerviosos. Creen que la falta de un heredero es una señal de inestabilidad en la pareja.

Naruto sintió que su pecho se apretaba. Se acercó a Sasuke y, con una valentía que no sabía que tenía, le tomó la mano. Sasuke intentó retirarla, pero Naruto la sostuvo con firmeza.

—Sasu... Naru estuvo pensando —dijo el rubio, hablando con ese tono infantil que usaba para suavizar las cosas—. El doctor dijo diez por ciento. ¡Eso es mucho! Si lo intentamos muchas, muchas veces, ese diez por ciento se volverá un cien por ciento, ¿verdad? Naru quiere el tratamiento. No importa si me pongo malito o si me duele. Quiero intentarlo por ti.

Sasuke lo miró con una mezcla de incredulidad y desprecio.

—¿Eres tonto? —le preguntó directamente—. El tratamiento cuesta una fortuna y las probabilidades son ridículas. No voy a someter mi agenda y mi vida a un proceso que probablemente fracasará solo porque tienes una fantasía de familia feliz.

—¡No es una fantasía! —exclamó Naruto, y por primera vez, hubo una chispa de enojo en su voz—. ¡Es amor, Sasuke! Yo te amo. Quiero que tengamos algo que sea nuestro, no solo de las empresas.

—Nada es nuestro, Naruto —dijo Sasuke, soltándose por fin—. Todo es de la empresa. Tú eres de la empresa. Yo soy de la empresa. Si no puedes entender eso, entonces realmente eres más infantil de lo que pensaba.

Sasuke se dirigió a su despacho y cerró la puerta con llave. Naruto se quedó solo en el pasillo, mirando la madera oscura de la puerta. Se dejó caer al suelo, abrazando sus rodillas.

—Naru solo quiere que me mires... —susurró, ocultando el rostro entre sus piernas—. Solo una vez, Sasu. Solo una vez mírame como si fuera importante.

Pasó una hora antes de que Naruto se levantara. Se limpió las lágrimas y caminó hacia la cocina. Vio el calendario en la pared. Hoy era viernes. El día de su "obligación".

Se preparó con más esmero que nunca. Se bañó con sales de mandarina, se puso un perfume suave que sabía que a Sasuke no le molestaba y se acostó en la cama, esperando en la penumbra.

Cuando Sasuke entró en la habitación, el ambiente estaba cargado. El pelinegro se desvistió en silencio, pero sus movimientos eran más pesados de lo habitual. Se acostó y, antes de que Naruto pudiera decir algo, Sasuke lo atrajo hacia él con brusquedad. No fue un abrazo cariñoso; fue un agarre posesivo y frío.

—Si tanto quieres intentarlo, hazlo —dijo Sasuke cerca de su oído, su voz era un gruñido—. Pero no quiero quejas. Si te sientes mal por las medicinas, te quedarás en tu habitación. No quiero ver tus caras tristes por la casa.

Naruto sintió un escalofrío. No era la forma en la que quería que Sasuke aceptara, pero era una oportunidad.

—Gracias, Sasu... —susurró Naruto, buscando sus labios—. Naru te hará muy feliz, ya verás.

Esa noche, el acto fue diferente. Sasuke fue más exigente, más duro. Naruto se esforzó por complacerlo en cada detalle, ignorando el dolor en su cadera o la falta de aire. Se movía con una desesperación que bordeaba la agonía, susurrando palabras de amor que se perdían en el silencio de la habitación.

Al terminar, Sasuke se apartó de inmediato, yéndose al baño sin decir una palabra. Naruto se quedó tumbado, mirando el techo. Sentía un vacío inmenso en el estómago, una sensación de que, aunque lograra quedar embarazado, algo esencial se estaba rompiendo dentro de él.

A la mañana siguiente, Naruto comenzó el tratamiento. Las inyecciones eran dolorosas y las pastillas le daban náuseas constantes. Pasaba las tardes recostado en el sofá, pálido y mareado, pero cada vez que escuchaba el coche de Sasuke, se levantaba de un salto, se ponía un poco de rubor en las mejillas para no parecer enfermo y lo recibía con la mejor de sus sonrisas.

—¡Sasu! ¡Mira! —le dijo una tarde, mostrándole un dibujo que había hecho—. Es nuestra casa, y aquí estamos tú, yo y un pequeño zorrito. ¿Verdad que es lindo?

Sasuke ni siquiera miró el papel. Pasó de largo hacia las escaleras.

—Tira esa basura. Pareces un niño de cinco años.

Naruto bajó el papel, arrugándolo un poco con sus dedos. Sus náuseas empeoraron de repente, y tuvo que correr al baño para vomitar. Cuando salió, débil y tembloroso, vio a Sasuke de pie en el pasillo, observándolo con una expresión indescifrable.

—¿Estás bien? —preguntó Sasuke. Su voz no era cariñosa, pero por un segundo, no fue tan cortante.

—¡Sí! —exclamó Naruto con un hilo de voz, tratando de mantenerse firme—. Es solo el tratamiento. ¡El doctor dijo que esto significa que está funcionando! Naru es fuerte, ¿viste?

Sasuke lo miró por un momento más, sus ojos deteniéndose en la palidez de los labios de Naruto y en cómo sus manos temblaban ligeramente. Por un instante, Sasuke sintió una extraña presión en el pecho, algo parecido a la culpa, pero la desechó rápidamente.

—No te esfuerces tanto —dijo Sasuke, dándose la vuelta—. Si te mueres, tendré que explicarle a tu padre por qué perdí su inversión.

Naruto sonrió, aunque le dolía el alma.

—Sasu es tan gracioso —susurró para sí mismo, mientras veía a su esposo alejarse—. Siempre bromeando con que Naru es una inversión.

Pero mientras Naruto regresaba al sofá, sintió una punzada de dolor en el vientre que lo hizo encogerse. Cerró los ojos con fuerza, acariciando su estómago.

—Por favor, pequeño... —murmuró—. Quédate aquí. Mamá te necesita. Si tú vienes, tal vez papá aprenda a sonreír.

Días después, la mansión Uchiha se preparaba para una gran gala de caridad. Era el evento del año y la oportunidad perfecta para demostrar la solidez de la unión Namikaze-Uchiha. Naruto se sentía terriblemente mal; el tratamiento estaba haciendo estragos en su cuerpo, pero se puso su mejor traje blanco con detalles dorados.

—Te ves aceptable —dijo Sasuke, ajustándose la corbata frente al espejo.

—¡Naru se siente como un príncipe! —exclamó el rubio, aunque sus piernas flaqueaban—. ¿Sasu me dará la mano en la fiesta? Para que todos vean que me quieres mucho.

—Te daré la mano porque es el protocolo —respondió Sasuke con frialdad—. Camina. No quiero llegar tarde.

La gala era un mar de luces, joyas y conversaciones hipócritas. Naruto se mantuvo al lado de Sasuke todo el tiempo, sonriendo hasta que le dolieron las mejillas. Sin embargo, a mitad de la noche, el calor del salón y el fuerte olor a perfumes caros se volvieron insoportables.

—Sasu... Naru se siente un poquito mareado —susurró, apretando el brazo de su esposo.

—Aguanta, Naruto. Solo faltan dos horas —respondió Sasuke sin mirarlo, mientras conversaba con un inversor extranjero.

Naruto asintió, tratando de respirar profundamente. Pero de repente, una ola de frío recorrió su cuerpo. El suelo pareció inclinarse.

—Sasu... —alcanzó a decir antes de que sus ojos se pusieran en blanco.

Sasuke reaccionó justo a tiempo para atraparlo antes de que golpeara el suelo de mármol. El salón quedó en silencio. El pelinegro miró el rostro pálido de su esposo, que ahora lucía más pequeño y frágil que nunca entre sus brazos.

—Naruto... —susurró Sasuke, y por primera vez en mucho tiempo, hubo una nota de algo parecido al miedo en su voz.

Lo cargó en brazos y salió de la gala, ignorando los flashes de las cámaras y los murmullos de la gente. En el coche, camino al hospital, Sasuke miraba a Naruto. El rubio respiraba con dificultad y, en sueños, murmuró algo que rompió la coraza de Sasuke más que cualquier grito.

—Perdón, Sasu... Naru no quiere estar roto...

Sasuke apretó los puños, mirando por la ventana. En ese momento, se dio cuenta de que el contrato, las acciones y la herencia eran solo números, pero el peso de Naruto en sus brazos se sentía dolorosamente real.

Al llegar al hospital, el doctor Yamanaka los recibió de urgencia. Tras una hora de espera, el médico salió con una expresión seria.

—El tratamiento es demasiado para él, Sasuke. Su cuerpo está rechazando las hormonas. Si continúa, su salud se verá comprometida permanentemente.

—¿Y el heredero? —preguntó Sasuke, aunque su voz sonó extrañamente hueca.

—No hay heredero, Sasuke —dijo el doctor con firmeza—. Y si sigues presionándolo así, no habrá Naruto tampoco.

Sasuke entró en la habitación. Naruto estaba despierto, con una vía intravenosa en el brazo y los ojos rojos de tanto llorar.

—Sasu... —sollozó el rubio en cuanto lo vio—. Naru falló de nuevo. El doctor dijo que no podemos seguir con las medicinas feas. Ahora sí te vas a ir, ¿verdad? Ahora que Naru no sirve para el contrato...

Sasuke se acercó a la cama. Se quedó de pie, mirando a ese chico que le había dado todo su amor a cambio de nada más que desprecio. Lenta, muy lentamente, Sasuke se sentó en el borde de la cama y, por primera vez en su vida matrimonial, tomó la mano de Naruto con suavidad.

—No digas estupideces —dijo Sasuke. Su voz seguía siendo seca, pero ya no era cortante—. Mis padres dijeron que nos quedaríamos juntos hasta que ellos decidieran. Y yo soy el que toma las decisiones en esta familia ahora.

—¿Eso significa que... Naru se queda en casita? —preguntó el rubio con esperanza.

—Significa que el tratamiento se acaba hoy —sentenció Sasuke, mirando los ojos azules de su esposo—. No necesito un heredero que mate a su madre antes de nacer.

Naruto sollozó, pero esta vez fue de alivio. Se lanzó hacia adelante y abrazó a Sasuke con todas sus fuerzas. El pelinegro se tensó, como siempre, pero esta vez no lo apartó. Dejó que Naruto llorara en su hombro, y aunque no le devolvió el abrazo, tampoco se movió.

—Naru te ama, Sasu... —susurró el rubio contra su cuello.

Sasuke cerró los ojos, sintiendo el calor del cuerpo de Naruto. No sabía cómo amar, no sabía cómo ser cariñoso y seguía siendo un hombre frío y calculador. Pero en ese momento, en esa habitación de hospital, decidió que quizás, solo quizás, el diez por ciento de probabilidad de ser feliz con Naruto era mejor que el cien por ciento de éxito en un mundo de soledad de mármol.

—Duérmete, Naruto —dijo Sasuke en un susurro casi inaudible—. Mañana volveremos a casa.

Naruto sonrió entre lágrimas. No había bebé, no había contrato cumplido y Sasuke seguía siendo un amargado, pero por primera vez, Naruto sintió que el hielo que rodeaba el corazón de su esposo tenía una pequeña, casi invisible, grieta. Y él se encargaría de llenarla con todo el amor del mundo.