Bebe
Lágrimas de cristal y promesas de ceniza
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de seda de la habitación, bañando el rostro de Naruto con una luz dorada que contrastaba cruelmente con la sombra que habitaba en su pecho. Hacía apenas unas semanas que habían abandonado el hospital. Sasuke, a su manera fría y distante, había mostrado destellos de algo que Naruto, en su infinita esperanza, interpretó como cuidado. Pequeños gestos: permitir que Naruto se sentara a su lado en el sofá mientras leía informes, no apartar la mano de inmediato cuando el rubio lo tocaba, o incluso preguntar una vez si tenía hambre antes de pedir la cena.
Esos fragmentos de atención fueron suficiente combustible para que Naruto, ignorando las advertencias del médico y su propio cansancio, decidiera retomar un tratamiento de fertilidad más suave. Quería darle a Sasuke ese heredero; quería ser el esposo perfecto que finalmente derretiría el iceberg.
—¡Sasu-kun! —exclamó Naruto, entrando al comedor con un saltito, aunque sus piernas se sentían pesadas por las nuevas hormonas—. ¡Hoy es un día muy, muy especial! ¿Sabes qué día es?
Sasuke levantó la vista de su periódico, su expresión tan impasible como una máscara de piedra.
—Es jueves, Naruto. Y tengo una reunión con los accionistas de Hyuga a las diez.
Naruto hizo un puchero, juntando sus dedos índices mientras se balanceaba sobre sus talones.
—¡Nooo! Bueno, sí es jueves, pero hoy cumplimos nuestro primer aniversario de bodas. ¡Un año entero desde que Naru es un Uchiha!
Sasuke guardó silencio por un momento. No había ni un rastro de reconocimiento en sus ojos, ni una chispa de afecto. Para él, ese año había sido una transacción comercial que, hasta ahora, no había dado los frutos esperados.
—No tengo tiempo para celebraciones sentimentales —dijo Sasuke, poniéndose de pie y ajustándose el saco—. Regresaré tarde. No me esperes despierto.
—Pero... Naru preparó una reservación en ese restaurante que tiene luces en el techo —susurró el rubio, su voz perdiendo parte de su brillo—. Y compré un vino que no es amargo para que podamos brindar.
—He dicho que no —sentenció Sasuke, caminando hacia la salida sin mirar atrás—. Tengo una cena de negocios. Es más importante que tus juegos de casita.
La puerta se cerró. Naruto se quedó solo en el inmenso comedor, rodeado de una opulencia que se sentía cada vez más como una jaula de oro. Susurró un "feliz aniversario" al aire vacío y se sentó a desayunar sus vitaminas, sintiendo que el sabor a metal se instalaba en su garganta.
La noche llegó con una lluvia fina que golpeaba los cristales de la mansión. Naruto, incapaz de rendirse, se había puesto su mejor traje azul, el que Sasuke una vez dijo que "no era tan molesto a la vista". Estaba sentado en el sofá, mirando el teléfono, esperando un mensaje que dijera que la reunión había terminado temprano.
El teléfono vibró. El corazón de Naruto dio un vuelco, pero no era Sasuke. Era un mensaje de Suigetsu, un antiguo compañero de universidad de Sasuke que siempre había sido un poco imprudente.
"¡Oye, Sasuke! Te vi entrando al reservado del 'Blue Moon' con una joyita de primera. Jajaja, Sakura debe estar buenísima para que te hayas escapado de la oficina. ¡Disfruta, semental!", decía el texto, seguido de varias fotografías.
Naruto sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Suigetsu se había equivocado de número o de contacto, pero las fotos no mentían. Eran nítidas. En la primera, se veía a Sasuke de espaldas, entrando a un hotel de lujo junto a una mujer de cabello rosado y vestido ajustado. En la segunda, estaban sentados en una mesa íntima; Sasuke, el hombre que nunca sonreía, tenía una expresión relajada, casi suave, mientras ella le sostenía la mano sobre el mantel.
El teléfono resbaló de las manos de Naruto, cayendo sobre la alfombra.
—No... no es lo que parece —se dijo a sí mismo, su voz rota y aguda—. Sasu está trabajando. Es una cliente. Sí, es una cliente muy importante.
Pero su mente, esa parte de él que no era infantil y que sabía perfectamente cómo funcionaba el mundo de los negocios y las traiciones, le gritó la verdad. Sasuke no estaba borracho. Sasuke era un hombre que controlaba cada gramo de alcohol que entraba en su sistema. Si estaba allí, con ella, en su aniversario, era porque quería estar.
Naruto se encogió en el sofá, abrazando sus rodillas. El dolor no era como el de las inyecciones; era un desgarro lento, como si alguien estuviera tirando de los hilos de su corazón uno por uno. Pensó en el nombre que mencionó Suigetsu: Sakura. ¿Quién era ella? ¿Era ella la razón por la que Sasuke nunca lo tocaba con ternura? ¿Era ella el estándar que él, con su actitud empalagosa y su cuerpo "roto", no podía alcanzar?
Lloró en silencio durante horas. Lloró por el bebé que intentaba concebir para un hombre que buscaba calor en otros brazos. Lloró por el aniversario que pasó solo, mirando fotos de su esposo con otra mujer.
Cerca de las tres de la mañana, escuchó el sonido del coche. Rápidamente, Naruto se limpió las lágrimas, corrió al baño para lavarse la cara con agua helada y se puso una bata de seda. No podía enfrentarlo. No tenía la fuerza para que Sasuke le confirmara con su frialdad que no lo amaba.
Cuando Sasuke entró en la habitación, el olor a un perfume floral extraño —no el de Naruto— lo precedió. El pelinegro se veía impecable, ni un solo cabello fuera de lugar, ni un rastro de culpa en sus ojos negros.
—¿Sigues despierto? —preguntó Sasuke, arrojando su maletín sobre la silla—. Te dije que no me esperaras.
Naruto lo miró desde la cama. Sus ojos estaban rojos, pero en la penumbra esperaba que Sasuke no lo notara.
—Naru no podía dormir... —dijo, forzando esa voz suave y aniñada que ahora se sentía como una lija en su garganta—. ¿Te fue bien en tu reunión, Sasu-kun? ¿Hiciste muchos negocios?
Sasuke comenzó a desabotonarse la camisa, dándole la espalda.
—Fue productiva. Cerramos un acuerdo importante.
—Qué bueno... —Naruto se hundió bajo las sábanas, sintiendo que el pecho le ardía—. Naru se alegra mucho por ti. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te traiga algo?
—No. Solo quiero dormir. Ha sido una noche larga.
"Una noche larga con Sakura", pensó Naruto, sintiendo un nudo de bilis en la garganta. Se giró hacia el otro lado, cerrando los ojos con fuerza para que las lágrimas no volvieran a escapar. Sasuke se acostó a su lado, manteniendo la distancia de siempre, ese muro de hielo que Naruto ya no sabía si quería derretir.
A la mañana siguiente, Naruto despertó con la determinación de un mártir. Bajó a la cocina y preparó el desayuno favorito de Sasuke: salmón a la parrilla, arroz blanco y té verde sin azúcar. Cuando el pelinegro bajó, Naruto lo recibió con una sonrisa radiante, como si las fotos en su teléfono no existieran, como si el olor a perfume ajeno no hubiera impregnado sus sueños.
—¡Buenos días, Sasu! —exclamó Naruto, acercándose para darle un beso en la mejilla.
Sasuke se tensó, pero permitió el contacto.
—Buenos días.
—Naru preparó todo lo que te gusta —dijo el rubio, sirviendo el té con manos que temblaban ligeramente—. Hoy tengo que ir al médico para la nueva dosis del tratamiento. ¿Crees que puedas venir conmigo? El doctor dice que sería bueno que estuvieras ahí.
Sasuke bebió un sorbo de té, sus ojos fijos en la nada.
—Tengo una junta a esa hora, Naruto. Ve tú solo. Pídele al chófer que te lleve.
Naruto apretó el borde de su delantal.
—Pero... es una dosis importante. Naru tiene un poquito de miedo de las agujas hoy.
—No seas infantil. Son solo agujas. Si quieres un hijo, tienes que madurar y dejar de quejarte por todo.
Naruto bajó la mirada, su sonrisa tambaleándose por un segundo antes de volver a fijarse en su sitio.
—Tienes razón, Sasu. Naru será un niño muy valiente.
El desayuno transcurrió en el silencio habitual, pero para Naruto, el silencio ahora tenía un eco diferente. Era el eco de la traición. Observó a Sasuke comer con esa elegancia aristocrática y se preguntó qué le habría dicho a esa mujer. ¿Le habría sonreído? ¿Habría susurrado su nombre con la suavidad que a él siempre le negaba?
—Sasuke —dijo Naruto de repente, usando su nombre real en lugar del apelativo cariñoso.
El pelinegro levantó una ceja, sorprendido por el cambio de tono.
—¿Qué?
—¿Eres feliz conmigo? —La pregunta quedó suspendida en el aire, frágil como una burbuja de jabón en un campo de espinas.
Sasuke dejó los palillos sobre el soporte de porcelana. Su mirada se volvió gélida, analítica.
—Tenemos un acuerdo, Naruto. La felicidad es un concepto relativo que no tiene lugar en los negocios. El matrimonio funciona, las empresas crecen. Eso es lo que importa.
—Entiendo... —susurró Naruto, volviendo a su tono alegre de inmediato—. ¡Naru es muy feliz porque tiene al esposo más guapo y exitoso de todo Japón!
Sasuke no respondió. Se levantó, tomó sus cosas y se fue.
En cuanto la puerta se cerró, Naruto se desplomó en la silla. Sacó su teléfono y volvió a mirar la foto. Sasuke y Sakura. Se veía tan natural, tan correcto. Naruto sintió una punzada de autodesprecio. Él era el "esposo" por contrato, el niño que hablaba en tercera persona y que mendigaba besos que siempre eran rechazados.
—Tal vez ella sea lo que él necesita... —murmuró Naruto, acariciando la pantalla con el pulgar—. Pero Naru no puede dejarte, Sasu. Naru te ama demasiado, aunque duela.
Fue al médico solo. La inyección fue más dolorosa que las anteriores, o quizás era su estado de ánimo lo que hacía que cada pinchazo se sintiera como una puñalada. Al salir de la clínica, se encontró con Sai, el amigo de Sasuke que le había enviado los mensajes por error.
—¡Oh, Naruto! —dijo Sai con su habitual sonrisa falsa—. No esperaba verte aquí. ¿Vienes por lo del tratamiento?
Naruto asintió, tratando de mantener su fachada de alegría.
—¡Sí! Naru va a ser mamá pronto, ya verás.
Sai lo miró con curiosidad, ladeando la cabeza.
—Qué extraño. Pensé que Sasuke estaría más ocupado con sus "asuntos personales". Por cierto, ¿recibiste mis mensajes de anoche? Me equivoqué de chat, espero no haberte causado molestias.
Naruto sintió que el mundo se desdibujaba.
—Los vi, Sai —dijo con una voz que no parecía la suya—. No te preocupes. Naru sabe que Sasu tiene muchas reuniones importantes.
—¿Reuniones? —Sai soltó una risita seca—. Naruto, no seas ingenuo. Todos en el círculo sabemos que Sasuke y Sakura Haruno tienen una historia larga. Ella es la única que realmente sabe cómo manejar su temperamento. Pensé que después de la boda eso terminaría, pero parece que Sasuke no puede soltar sus viejos hábitos.
Cada palabra de Sai era como un clavo ardiendo. Naruto apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo.
—Sasu me ama a su manera —logró decir Naruto, aunque las lágrimas ya estaban nublando su vista—. Gracias por las fotos, Sai. Me ayudaron a entender muchas cosas.
Se dio la vuelta y caminó hacia el coche, dejando a Sai con una expresión de desconcierto. Durante el trayecto a casa, Naruto no habló. Miraba por la ventana, viendo pasar los edificios de Tokio como manchas borrosas de color.
Al llegar a la mansión, se encerró en el invernadero, su lugar favorito. Allí, rodeado de flores que él mismo cuidaba, se permitió derrumbarse. Se sentó en el suelo, entre los lirios y las rosas, y sollozó hasta que no quedaron más lágrimas.
—¿Por qué no soy suficiente? —preguntaba al aire—. ¿Por qué mi amor no te alcanza, Sasuke?
Esa noche, cuando Sasuke regresó, encontró la casa en silencio. No hubo un rubio saltarín recibiéndolo en la puerta, ni gritos de "¡Bienvenido a casita!". Naruto estaba en la cocina, terminando de limpiar, con un delantal impecable y una expresión serena que Sasuke nunca había visto en él.
—Llegas temprano —dijo Naruto, sin levantar la vista del plato que secaba. No usó el "Sasu", ni habló de sí mismo en tercera persona.
Sasuke frunció el ceño, dejando su maletín en la barra.
—La reunión se canceló. ¿Dónde está la cena?
—En el horno. Puedes servirte tú mismo, Naru está un poco cansado hoy —dijo el rubio, dejando el plato y caminando hacia la salida de la cocina.
Sasuke lo tomó del brazo al pasar.
—¿Qué te pasa? Estás extraño.
Naruto lo miró directamente a los ojos. Por un momento, Sasuke vio en esos ojos azules una profundidad de dolor tan antigua y vasta que se sintió pequeño. Pero entonces, la máscara de Naruto volvió a colocarse. El rubio sonrió, una sonrisa amplia y brillante que no llegaba a sus ojos.
—¡Nada! Naru solo tiene sueño por las medicinas. ¡Mañana estaré mejor que nunca, Sasu-kun! ¿Me das un besito antes de irme a dormir?
Sasuke, confundido por el cambio repentino pero aliviado de no tener que lidiar con una escena, se inclinó y le dio un beso casto en la frente.
—Ve a descansar.
Naruto subió las escaleras lentamente. Al llegar a la habitación, se sentó frente al tocador y se miró al espejo. Se quitó el maquillaje que ocultaba sus ojeras y se soltó el cabello.
—Un día más —susurró—. Un día más fingiendo que no sé que me rompes el corazón cada noche.
Se acostó en la cama, del lado que siempre permanecía frío. Sabía que Sasuke entraría más tarde, que quizás lo tocaría para cumplir con su "deber" de buscar un heredero, y que él, Naruto, se entregaría con la misma pasión desesperada de siempre. Porque a pesar de Sakura, a pesar de las mentiras y a pesar del desprecio, Naruto era un niño atrapado en un cuento de hadas que se estaba convirtiendo en una tragedia. Y en su mente infantil, todavía creía que si amaba lo suficiente, si aguantaba el dolor con una sonrisa, el príncipe finalmente se daría cuenta de que el tesoro más grande no estaba en las acciones de una empresa o en los brazos de una amante, sino en el corazón que latía solo por él en el silencio de su propia casa.
—Te amo, Sasu —susurró Naruto a la oscuridad, mientras escuchaba los pasos de su esposo acercándose—. Aunque tú solo ames mi silencio.