Bebe
El susurro del perdón en la penumbra
La noche en la mansión Uchiha siempre se sentía como un océano de terciopelo negro, vasto y silencioso. El aire acondicionado mantenía una temperatura perfecta, casi clínica, que Naruto intentaba combatir usando pijamas de franela con estampados de soles y nubes. El rubio dormía profundamente, con la respiración rítmica y una expresión de paz que solo los puros de corazón pueden mantener después de un día de desaires.
Sasuke, sin embargo, estaba despierto. La luz azulina de su teléfono móvil iluminaba sus facciones aristocráticas, acentuando la rigidez de su mandíbula. En la pantalla, un mensaje de Sakura parpadeaba con una insistencia que, por primera vez, le resultó repulsiva.
"Te espero en la suite de siempre, Sasuke-kun. No tardes. El vino ya está servido y tengo ese vestido que tanto te gusta."
Sasuke suspiró, un sonido áspero que rompió el silencio de la habitación. Durante meses, esos encuentros habían sido su vía de escape, una forma de reafirmar su control y de rodearse de alguien que hablaba su mismo idioma de ambición y frialdad, lejos del caos empalagoso de Naruto. Se sentó en el borde de la cama, con la intención de levantarse, vestirse en el vestidor adyacente y salir sin hacer ruido, como tantas otras noches.
Pero, al apoyar el peso para impulsarse, sintió un movimiento a su espalda.
—¿Sasu...? —La voz de Naruto era un hilo de seda, cargada de sueño y de esa inocencia que siempre parecía estar a flor de piel—. ¿Te vas otra vez?
Sasuke se congeló. No respondió. Observó por encima del hombro cómo Naruto, aún con los ojos entrecerrados, extendía una mano temblorosa por el colchón, buscando a ciegas el calor de su esposo. Sus dedos rozaron la sábana fría donde Sasuke debería haber estado descansando. Al no encontrarlo, un pequeño quejido de angustia escapó de los labios del rubio.
—No te vayas... —susurró Naruto, moviéndose de forma instintiva para ovillarse en el espacio que Sasuke acababa de abandonar—. Naru tiene miedo de la oscuridad cuando Sasu no está... Por favor...
Sasuke se quedó inmóvil, con el teléfono aún en la mano. De repente, el mensaje de Sakura le pareció una mancha de suciedad en un lienzo blanco. Miró a Naruto: el chico que había soportado sus silencios cortantes, el que le preparaba cenas que terminaban frías en la mesa, el que se sometía a tratamientos médicos dolorosos solo para darle un heredero que Sasuke ni siquiera estaba seguro de querer por las razones correctas.
Recordó la noche anterior, cuando Naruto le había dado un beso en la mejilla antes de dormir y le había dicho: "Sasu es el hombre más bueno del mundo, por eso Naru lo ama tanto".
Un golpe de realidad, violento y amargo como la hiel, golpeó el pecho de Sasuke. ¿Bueno? Él era un mentiroso. Un adúltero que despreciaba el tesoro que tenía frente a él por la gratificación momentánea de un ego herido.
Bloqueó el teléfono con un movimiento seco y lo arrojó sobre la mesita de noche. No iba a ir. No podía ir.
Se giró hacia Naruto y vio que el rubio había empezado a temblar en sueños. Quizás estaba soñando con la soledad, o con el hielo que Sasuke le lanzaba a diario. Con un impulso que no reconoció como propio, Sasuke se dejó caer de nuevo en la cama, pero no se quedó en su lado. Se deslizó hacia el centro, acortando la distancia que él mismo había construido como una muralla de hierro.
—Naruto —susurró, su voz quebrándose por una emoción que llevaba años enterrada.
El rubio se removió, abriendo sus grandes ojos azules, que incluso en la penumbra brillaban con una devoción absoluta. Al ver a Sasuke allí, tan cerca, una sonrisa débil y soñolienta iluminó su rostro.
—¿Sasu se queda? —preguntó Naruto, estirando sus brazos para rodear el cuello del pelinegro—. ¿Naru fue un niño bueno y por eso Sasu se queda conmigo?
Esa frase fue el detonante. "Un niño bueno". Naruto se veía a sí mismo como alguien que debía ganar el afecto de Sasuke a través de la obediencia y la dulzura, como si el amor fuera un premio y no un derecho.
Sasuke no pudo más. Se hundió en el hueco del cuello de Naruto, aspirando el aroma a jabón de vainilla y a esa calidez humana que él tanto había intentado ignorar. El primer sollozo fue silencioso, una sacudida en sus hombros que Naruto sintió de inmediato.
—¿Sasu? ¿Por qué lloras? —Naruto se incorporó un poco, alarmado, pasando sus manos por el cabello negro de su esposo—. ¿Te duele algo? ¿Naru puede hacer algo para que Sasu no esté triste?
—Perdóname —logró decir Sasuke, su voz ahogada contra la piel del rubio—. Perdóname, Naruto. Soy un monstruo. He sido tan cruel contigo... Te he dejado solo, te he despreciado... y tú sigues aquí.
Naruto parpadeó, confundido por el estallido emocional del hombre que siempre parecía de piedra. Sasuke se separó un poco, solo lo suficiente para deslizarse fuera de la cama y, ante el asombro de Naruto, se arrodilló en la alfombra, frente a él.
—¿Sasu-kun? ¿Qué haces en el suelo? ¡Te vas a enfriar! —exclamó el rubio, intentando bajar de la cama para levantarlo.
—No, quédate ahí —suplicó Sasuke, sosteniendo las manos de Naruto entre las suyas. Sus manos, usualmente firmes y seguras, temblaban visiblemente—. Necesito que me escuches. No he sido el esposo que mereces. He buscado fuera lo que ya tenía aquí, por puro orgullo, por no querer admitir que tu luz me asusta porque me hace ver lo vacío que estoy por dentro. Te he tratado como un objeto, como un contrato... y me odio por eso.
Las lágrimas de Sasuke caían sobre las manos de Naruto. El rubio se quedó mudo, procesando las palabras. No era un niño tonto; sabía a qué se refería Sasuke con "buscar fuera". Lo había sospechado en los aromas extraños y en las llamadas nocturnas, pero había decidido enterrar esa sospecha bajo capas de optimismo infantil porque la realidad era demasiado dolorosa para soportarla.
—Naru sabía que Sasu estaba un poquito distraído con otras personas —susurró Naruto, bajando la cabeza, su voz perdiendo ese tono juguetón para volverse extrañamente madura—. Naru pensó que si era más cariñoso, si hablaba más bonito y si le daba un bebé a Sasu, entonces Sasu ya no necesitaría a nadie más.
Sasuke sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.
—No necesitabas hacer nada de eso —sollozó Sasuke, apretando las manos de Naruto contra su frente—. Tú ya eras suficiente. Tú eres lo único real en mi vida de mentiras. Por favor, Naruto... no me dejes. Sé que no tengo derecho a pedirlo, pero no sé cómo seguir si no estás tú para recibirme cada noche.
Naruto miró al hombre arrodillado a sus pies. El gran Sasuke Uchiha, el multimillonario implacable, el heredero del imperio más grande de Japón, estaba desmoronado por el peso de su propia culpa. Naruto sintió una inmensa compasión. En su corazón no había espacio para el rencor, solo para ese amor expansivo y luminoso que lo definía.
Se deslizó fuera de la cama y se sentó en el suelo, frente a Sasuke, obligándolo a levantar la vista. Con sus pulgares, Naruto secó las lágrimas de las mejillas pálidas de su esposo.
—Sasu es muy tontito —dijo Naruto, volviendo a su tono suave y tierno, mientras le daba un pequeño beso en la punta de la nariz—. Naru nunca se iría. Naru prometió estar con Sasu siempre, siempre.
—¿Incluso después de todo lo que te he hecho? —preguntó Sasuke, incrédulo—. ¿Incluso sabiendo que estuve a punto de irme esta noche?
—Sasu no se fue —sentenció Naruto con firmeza—. Sasu eligió quedarse con Naru. Eso es lo que importa ahora. El corazón de Naru es como una casita con la puerta siempre abierta para Sasu. Si Sasu se perdió un poquito en el camino, Naru solo tiene que encender la luz para que regrese.
Sasuke rodeó a Naruto con sus brazos, abrazándolo con una desesperación que rozaba la agonía. Lo apretó contra su pecho, escondiendo el rostro en su hombro, llorando con la libertad de quien finalmente ha sido redimido.
—Voy a cambiar, Naruto. Te lo juro por mi vida. No más frialdad, no más secretos. Voy a aprender a quererte como tú me quieres a mí, aunque me tome el resto de mis días.
Naruto correspondió al abrazo, acariciando la espalda de Sasuke con movimientos circulares y lentos, calmando las sacudidas de su cuerpo.
—Naru le enseñará a Sasu —dijo el rubio con una risita dulce—. Primero, Sasu tiene que aprender a dar besitos de buenos días. Luego, tiene que aprender a decir "te quiero" sin que le dé vergüenza. Y lo más importante... Sasu tiene que dejar que Naru le dé muchos, muchos mimos.
Sasuke se separó un poco, mirando a Naruto con una adoración que el rubio nunca había visto en él. Era una mirada limpia, despojada de arrogancia.
—Empecemos ahora —murmuró Sasuke.
Se inclinó y capturó los labios de Naruto en un beso que no tenía nada que ver con el sexo mecánico de los viernes. Fue un beso lento, cargado de promesas, de arrepentimiento y de una ternura que hizo que Naruto soltara un suspiro de felicidad pura. Sasuke saboreó la dulzura de su esposo, sintiendo cómo el vacío en su pecho empezaba a llenarse de algo cálido y sólido.
—Te quiero, Naruto —dijo Sasuke contra sus labios, las palabras sonando extrañas pero correctas en su lengua—. Te quiero tanto que me duele.
Naruto chilló de alegría, lanzándose de nuevo a sus brazos y llenándole la cara de besos rápidos y sonoros.
—¡Sasu lo dijo! ¡Sasu dijo que quiere a Naru! —exclamó, desbordando esa energía infantil que ahora Sasuke encontraba adorable en lugar de irritante—. ¡Naru es el esposo más feliz de todo el mundo!
Sasuke rió, una risa corta y genuina que iluminó su rostro de una manera que lo hacía parecer años más joven. Se puso de pie y cargó a Naruto en sus brazos, llevándolo de vuelta a la cama. Esta vez, no hubo muros, no hubo espaldas giradas. Sasuke se acomodó detrás de Naruto, rodeándolo con sus brazos y pegando su pecho a la espalda del rubio, entrelazando sus piernas.
—Duerme, mi pequeño sol —susurró Sasuke al oído de Naruto—. Mañana será el primer día de nuestra verdadera vida.
Naruto se acurrucó contra el calor de su esposo, sintiéndose finalmente seguro, finalmente amado. El tratamiento de fertilidad, los contratos y las familias millonarias pasaron a un segundo plano. En esa habitación, solo quedaban dos almas que finalmente se habían encontrado en medio del hielo.
—Buenas noches, Sasu-kun... —murmuró Naruto antes de caer en un sueño profundo y reparador.
Sasuke se quedó despierto un rato más, velando el sueño de su esposo. Miró su teléfono una última vez, viendo que Sakura había enviado varios mensajes más, llenos de impaciencia. Con un gesto definitivo, bloqueó el número y borró el historial.
Ya no había espacio para sombras en su vida. Naruto era su luz, su perdón y su hogar. Y mientras el sol empezaba a asomar tímidamente por el horizonte de Tokio, Sasuke Uchiha cerró los ojos, agradecido por la misericordia de un corazón infantil que le había enseñado que nunca es tarde para aprender a amar.