Bebe
Lágrimas bajo la lluvia y el perdón del corazón puro
El aire de la noche era inusualmente cálido para ser el inicio de la temporada, pero Naruto se sentía extrañamente inquieto. Estaba frente al espejo de la habitación, ajustándose una chaqueta de mezclilla clara sobre una camiseta naranja vibrante. No era un evento de gala, ni una cena de negocios con accionistas estirados; era una fiesta en casa de Suigetsu, un ambiente casual donde no habría protocolos ni contratos que seguir.
—¡Sasu-kun! ¿Naru se ve bien? —preguntó el rubio, girándose con una sonrisa radiante hacia su esposo, quien terminaba de abotonarse una camisa negra de seda—. Mis pantalones son un poco ajustados, pero el señor de la tienda dijo que me hacían ver como un "modelo juvenil". ¿Tú crees que Naru parece modelo?
Sasuke lo miró de reojo a través del espejo. Naruto era una explosión de color y energía que contrastaba violentamente con su propia sobriedad. A veces, la simple presencia del rubio le resultaba agotadora, como si su brillo le quemara la vista.
—Estás bien, Naruto. Deja de moverte tanto o llegaremos tarde —respondió Sasuke con su habitual tono monocorde.
—¡Es que Naru está emocionado! —exclamó el rubio, acercándose para rodear el brazo de Sasuke con los suyos—. Casi nunca salimos a fiestas normales. ¡Podremos bailar y comer cosas ricas que no sean caviar! ¿Bailarás conmigo, Sasu? ¿Aunque sea una canción chiquitita?
—Veremos —fue la única respuesta de Sasuke mientras se encaminaba hacia la salida.
La fiesta era un caos de música alta, luces de colores y olor a alcohol barato mezclado con perfumes caros. Suigetsu los recibió con una palmada en la espalda y una broma que Sasuke ignoró, pero que hizo que Naruto riera con esa honestidad infantil que lo caracterizaba. Durante la primera hora, Naruto se mantuvo pegado a Sasuke, saludando a todos con entusiasmo, hablando de sus flores y de lo mucho que amaba a su esposo "amargado", provocando risas entre los invitados.
Sin embargo, en un rincón de la sala, unos ojos verdes observaban la escena con un veneno que Naruto no podía detectar. Sakura Haruno estaba allí. Llevaba un vestido rojo que dejaba poco a la imaginación y su mirada estaba fija en la alianza de oro que brillaba en la mano de Sasuke. Para ella, Naruto no era más que un obstáculo, un niño tonto que jugaba a ser esposo de un hombre que no le pertenecía.
—Hola, Sasuke-kun —dijo Sakura, apareciendo frente a ellos como una aparición repentina—. Ha pasado tiempo.
Naruto sintió que el cuerpo de Sasuke se tensaba ligeramente. La sonrisa del rubio vaciló, pero no desapareció.
—¡Hola, señorita de pelo rosa! —dijo Naruto con amabilidad—. Sasu me ha hablado de que eres una socia muy importante.
Sakura ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban clavados en los de Sasuke, desafiándolo, recordándole secretos que Naruto nunca conocería.
—¿Socia? —Sakura soltó una risita melodiosa—. Somos mucho más que eso, ¿verdad, Sasuke? Ven, esta canción me encanta. Tienes que bailar conmigo, por los viejos tiempos.
—Sakura, no es el momento —dijo Sasuke, pero su voz no tenía la firmeza de siempre.
—Oh, vamos. No me digas que tu pequeño "esposito" es tan celoso que no te deja bailar con una amiga. ¿O sí, Naruto?
Naruto sintió un nudo en la garganta. Miró a Sasuke, esperando que negara, que dijera que prefería quedarse con él. Pero el pelinegro, quizás por orgullo o por esa extraña atracción que aún sentía hacia la mujer que representaba su libertad perdida, soltó la mano de Naruto.
—Solo una canción —dijo Sasuke, caminando hacia la pista improvisada.
Naruto se quedó de pie junto a la mesa de las bebidas, apretando un vaso de plástico con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Observó cómo Sakura rodeaba el cuello de Sasuke con sus brazos, cómo se pegaba a él de una forma que Naruto nunca se atrevía a hacer en público por miedo a ser rechazado. La música cambió a una melodía lenta, sensual.
Vio a Sakura susurrar algo en el oído de Sasuke. Vio cómo Sasuke cerraba los ojos por un segundo. Y entonces, ocurrió lo que Naruto nunca pensó que vería en vivo. Sakura se puso de puntillas y presionó sus labios contra los de Sasuke. No fue un beso accidental, fue un beso profundo, provocador, cargado de una posesividad que gritaba victoria.
Lo peor no fue el beso de Sakura. Lo peor fue que Sasuke no la apartó de inmediato. Durante varios segundos interminables, se quedó allí, permitiendo que la traición se consumara frente a los ojos de todo el mundo.
El vaso de Naruto cayó al suelo, derramando el refresco sobre sus zapatos nuevos. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas que nublaron su visión. Sintió que el corazón, ese órgano que siempre había latido con esperanza, se hacía añicos contra las costillas.
—Sasu... —susurró Naruto, pero su voz fue devorada por la música.
Sasuke finalmente se apartó de Sakura, luciendo confundido, quizás un poco molesto, pero ya era tarde. Buscó a Naruto con la mirada y lo encontró allí, pequeño y tembloroso, con el rostro bañado en llanto.
Naruto caminó hacia ellos. Sus pasos no eran los de un niño juguetón, sino los de alguien que acababa de despertar de un sueño hermoso para encontrarse en un cementerio. Se detuvo frente a Sasuke, quien intentó decir algo, pero Naruto levantó una mano, pidiendo silencio.
—Naru ya lo vio, Sasu —dijo con la voz rota, usando su forma de hablar habitual, lo que hizo que la escena fuera aún más dolorosa—. Naru cree que ya no cabe aquí.
—Naruto, escucha, ella simplemente... —empezó Sasuke, pero la frialdad en su voz había desaparecido, reemplazada por una nota de pánico que nunca antes había sentido.
—Naru se va a ir a casita —continuó el rubio, ignorando a Sakura, quien sonreía con triunfo detrás del pelinegro—. Naru te da un besito de despedida hoy, porque me duele mucho el pecho.
Naruto se puso de puntillas, como tantas otras veces, y depositó un beso suave, casi etéreo, en la mejilla de Sasuke. Fue un beso cargado de un perdón prematuro y de una tristeza infinita. Sin decir nada más, se dio la vuelta y corrió hacia la salida.
—¡Naruto! ¡Espera! —gritó Sasuke, intentando seguirlo, pero Suigetsu y otros invitados lo bloquearon, preguntándole qué demonios había pasado.
Naruto salió a la calle. La lluvia había empezado a caer con fuerza, gélida y constante. No buscó al chófer, ni llamó a un taxi. Simplemente empezó a caminar bajo el aguacero, dejando que el agua lavara sus lágrimas pero no el dolor. Su ropa se pegó a su cuerpo, su cabello rubio perdió su brillo y sus pies, en esos zapatos que tanto le gustaban, se empaparon.
—Sasu no me quiere... —sollozaba mientras caminaba—. Naru intentó ser bueno... Naru tomó todas sus medicinas... pero Sasu quiere a la chica de pelo rosa.
Llegó a la mansión horas después, temblando de frío y con los labios morados. Entró por la puerta trasera para no ser visto por el servicio, se quitó la ropa mojada y se metió en la cama, cubriéndose con tres mantas. Se hizo un ovillo, llorando en silencio hasta que el agotamiento físico y emocional lo venció.
A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana con una indiferencia cruel. Naruto despertó con la garganta inflamada y la cabeza pesada, pero lo primero que hizo fue mirar el lado de la cama de Sasuke. Estaba vacío. Su esposo no había regresado en toda la noche, o quizás se había quedado en otra habitación.
Naruto se levantó lentamente. Se lavó la cara, trató de peinar sus cabellos rebeldes y bajó a la cocina. Sus movimientos eran lentos, pero su expresión era extrañamente tranquila. En su corazón infantil, no había espacio para el rencor. El rencor era algo pesado y oscuro, y Naruto solo sabía cargar con amor.
Escuchó la puerta principal. Sasuke entró, luciendo desaliñado, con la misma ropa de la noche anterior y una expresión de derrota total. Se detuvo en la entrada de la cocina, esperando gritos, esperando que Naruto le arrojara algo, esperando que le pidiera el divorcio.
—¡Sasu-kun! ¡Buenos días! —exclamó Naruto con una voz un poco ronca pero llena de la dulzura de siempre—. Naru te estaba esperando. Hice café calentito porque afuera hace mucho frío. ¿Quieres desayunar?
Sasuke se quedó helado. Parpadeó varias veces, procesando la escena. Naruto estaba allí, con su delantal de zorritos, sirviendo café como si la noche anterior no hubiera ocurrido, como si no lo hubiera visto besar a otra mujer.
—Naruto... ¿qué estás haciendo? —preguntó Sasuke, su voz apenas un susurro.
—¡Haciendo el desayuno, tontito! —Naruto se acercó a él y, con una naturalidad que asustó a Sasuke, le tomó la mano para llevarlo a la mesa—. Sasu debe tener mucha hambre. ¿Te fue bien en la fiesta después de que Naru se fue? Espero que te hayas divertido mucho, mucho.
Sasuke se dejó caer en la silla, mirando a su esposo con una mezcla de horror y fascinación.
—¿No vas a decir nada? —preguntó Sasuke, apretando los puños sobre la mesa—. Te besé... ella me besó y yo no la aparté. Te fuiste llorando bajo la lluvia, Naruto. Podrías haber enfermado. Podrías haber muerto.
Naruto dejó el plato de huevos frente a él y se sentó a su lado, apoyando la barbilla en sus manos. Sus ojos azules, aunque un poco apagados por la fiebre que empezaba a subir, lo miraron con una ternura pura.
—Naru estuvo triste anoche —admitió el rubio con sencillez—. Lloré mucho, mucho, y mis zapatos se arruinaron. Pero luego pensé... Sasu es un hombre muy importante y todas las personas quieren besarlo porque es guapo. Naru tiene suerte de que Sasu regrese a casa conmigo.
—Naruto, no es así... yo fui un imbécil —dijo Sasuke, sintiendo que algo se rompía dentro de su pecho. La falta de rencor de Naruto era más dolorosa que cualquier reclamo.
—¡No digas malas palabras! —Naruto le dio un suave golpecito en la mano—. Naru ya te perdonó. El corazón de Naru es muy grande, ¿viste? Cabe todo el amor del mundo y no queda espacio para el enojo. Además, hoy es un día nuevo. Si Naru se enoja, las flores del jardín se ponen tristes.
Sasuke miró el café humeante. Por primera vez en su vida, se sintió pequeño. Él, el gran empresario, el hombre de hielo, se sentía como un criminal frente a la santidad de ese chico infantil que solo sabía dar.
—¿Por qué eres así? —preguntó Sasuke, su voz quebrándose ligeramente—. ¿Por qué me perdonas tan fácil? No me lo merezco.
Naruto se levantó y se sentó en el regazo de Sasuke, rodeando su cuello con sus brazos. El pelinegro, por primera vez en mucho tiempo, no se tensó. Al contrario, rodeó la cintura de Naruto y lo pegó a él, escondiendo el rostro en su cuello.
—Porque Naru te ama, Sasu —dijo el rubio, acariciando el cabello oscuro de su esposo—. El amor de Naru es más fuerte que los besos de la señora de pelo rosa. Si Naru guarda rencor, entonces ya no sería Naru. Y Sasu necesita a Naru para que le enseñe a sonreír, ¿verdad?
Sasuke cerró los ojos con fuerza. Podía sentir el calor de la fiebre en la piel de Naruto, un recordatorio de la noche que pasó bajo la lluvia por su culpa. El sentimiento de culpa se transformó en algo más, algo que Sasuke no sabía nombrar pero que se sentía como un incendio en su interior.
—Lo siento —susurró Sasuke, y esta vez, las palabras no eran un compromiso ni un contrato. Eran reales—. Lo siento tanto, Naruto.
—¡Ya pasó, ya pasó! —Naruto le dio un beso ruidoso en la mejilla—. Ahora come, o la comida se va a poner fría y Naru se pondrá triste.
Sasuke comió en silencio, observando cómo Naruto tarareaba una canción mientras limpiaba la encimera. El rubio se veía pálido y de vez en cuando estornudaba, pero su sonrisa no flaqueaba. Para Naruto, el mundo volvía a ser de colores porque Sasuke estaba en casa.
Sin embargo, para Sasuke, el mundo había cambiado. Ver a Naruto perdonarlo con esa facilidad, ver cómo el rubio prefería ignorar su propio dolor para mantener la paz en su hogar, le hizo darse cuenta de la joya que había estado despreciando. Sakura no era nada. Las empresas no eran nada.
Esa tarde, Naruto se sintió peor. La fiebre subió y terminó recostado en la cama con compresas frías en la frente. Sasuke no fue a la oficina. Se quedó a su lado, cambiando las toallas, dándole de beber agua y leyéndole en voz baja, aunque Naruto no entendía mucho de los informes financieros.
—Sasu... —murmuró Naruto entre sueños—. ¿Naru es un buen esposo?
Sasuke le tomó la mano, entrelazando sus dedos. Miró la alianza en el dedo de Naruto, que ahora se veía un poco más grande debido a que el rubio había perdido peso por el estrés y el tratamiento.
—Eres demasiado bueno para este mundo, Naruto —respondió Sasuke con una suavidad que nunca había usado—. Y eres el mejor esposo que alguien como yo podría tener.
Naruto sonrió, una sonrisa débil pero llena de paz.
—Naru sabía que Sasu me quería... solo que Sasu es un poco lento para darse cuenta.
Sasuke no respondió con palabras, pero se inclinó y besó la frente febril de Naruto con una devoción que no tenía nada que ver con contratos ni herederos. Era el inicio de algo nuevo, una grieta definitiva en el hielo.
Días después, cuando Naruto ya estaba recuperado, recibió un paquete en la puerta. Era una caja enorme llena de chocolates y una nota que decía: "Para el corazón más valiente. Perdón por los zapatos". No tenía firma, pero Naruto sabía que era de Sasuke.
—¡Mira, Sasu! ¡Me mandaron chocolates! —exclamó Naruto, corriendo hacia el despacho de su esposo.
Sasuke levantó la vista de su computadora y, por primera vez en años, una pequeña y casi imperceptible curva apareció en sus labios.
—Disfrútalos, Naruto. Pero no comas demasiados o te dolerá el estómago.
Naruto se lanzó sobre él, llenándole la cara de besos pegajosos de chocolate. Sasuke suspiró, fingiendo molestia, pero sus brazos rodearon al rubio con una firmeza que decía más que mil palabras.
Naruto no guardaba rencores porque su alma era de cristal puro; podía romperse, pero nunca mancharse. Y Sasuke, el hombre de piedra, finalmente estaba aprendiendo que no había mayor poder en el mundo que el perdón de un niño que amaba sin condiciones. La lluvia de aquella noche había limpiado las mentiras, dejando solo la verdad: que Naruto era el dueño de la mansión, no por contrato, sino porque era el único que sabía cómo convertir una casa fría en un hogar lleno de luz.