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Ben Tennyson es traicionado y adoptado por Bunny de Game Shaketd

Un encuentro azucarado en la Gran Manzana

La ciudad de Nueva York nunca dormía, y Ben Tennyson estaba empezando a entender por qué. Después de días de viajar como Fantasmático para evitar los radares de los Plomeros y cruzar estados enteros usando la velocidad de XLR8, finalmente había llegado a la metrópolis de cristal y acero. Para un niño de diez años que acababa de perder a su familia, los rascacielos se sentían como gigantes de cemento que lo observaban con indiferencia.

Ben caminaba por un callejón cerca de Brooklyn, con la capucha de su sudadera puesta para ocultar su rostro. Tenía hambre, mucha hambre. Su estómago rugía con una fuerza que casi rivalizaba con el motor del Rustbucket, un pensamiento que descartó de inmediato con una punzada de amargura. No podía pensar en el abuelo Max ni en Gwen. Ahora era solo él y el Omnitrix.

—Solo un poco de comida, Ben. Eso es todo lo que necesitas —se susurró a sí mismo, apretando los puños dentro de sus bolsillos—. Puedes hacer esto.

Al salir del callejón, el joven héroe se encontró con el bullicio de una calle lateral. El olor a gasoil, basura y, de repente, algo glorioso, inundó su nariz. Era el aroma inconfundible de masa frita y azúcar glaseado. Ben giró la cabeza tan rápido que casi se marea.

A unos metros de él, un hombre corpulento, de hombros anchos y una expresión de concentración absoluta, caminaba con cuidado. Vestía una chaqueta que parecía quedarle un poco pequeña y se movía con una agilidad sorprendente para su tamaño. En sus manos, sostenía una caja de cartón abierta de una manera muy peculiar: solo contenía una dona. Pero no era una dona cualquiera. Era una obra maestra circular, cubierta de chispas de colores y un brillo de azúcar que parecía emitir su propia luz.

—No te caigas, pequeñina —murmuraba el hombre, ignorando por completo el mundo a su alrededor—. El jefe ha tenido un día de perros y si esta dona llega con un solo rasguño, Bunny va a estar en problemas. Y Bunny no quiere problemas, no señor.

Ben se quedó paralizado. El tipo se veía extraño, pero no parecía un alienígena ni un agente del gobierno. Solo parecía... un tipo llamado Bunny que amaba demasiado los dulces. Sin embargo, el hambre de Ben fue más fuerte que su precaución. Sin darse cuenta, dio un paso adelante, y su zapato chocó contra una lata de refresco vacía que rodó por el pavimento con un estrépito metálico.

Bunny se detuvo en seco. Giró sobre sus talones con una rapidez alarmante, protegiendo la caja de la dona contra su pecho como si fuera un escudo de vibranium. Sus ojos se abrieron de par en par al ver al niño pequeño y desaliñado que lo observaba desde las sombras.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Bunny, entrecerrando los ojos—. ¿Eres un espía? ¿Vienes por la dona del jefe? ¡Porque si es así, tendrás que pasar por encima de Bunny!

Ben retrocedió un paso, levantando las manos instintivamente. El miedo, ese viejo conocido que había intentado ocultar desde que huyó del Rustbucket, regresó de golpe.

—¡No! ¡No, no quiero tu dona! —mintió Ben, aunque su estómago lo traicionó con un crujido estruendoso—. Solo... solo estoy de paso.

Bunny bajó un poco la guardia, pero no soltó la caja. Miró a Ben de arriba abajo, notando la ropa sucia, el cabello revuelto y la expresión de cansancio extremo en el rostro del chico.

—Vaya, niño, suenas como si tuvieras un monstruo viviendo en las tripas —dijo Bunny, suavizando su tono—. Y te ves fatal. ¿Dónde están tus padres? No deberías estar solo en este barrio a estas horas. Es peligroso. Hay gente rara por aquí, y no hablo de la gente rara normal de Nueva York, sino de la gente rara de "nosotros".

Ben sintió un escalofrío. ¿A qué se refería con "nosotros"? ¿Acaso este hombre sabía algo del Omnitrix? ¿Era otro enemigo enviado por Vilgax o, peor aún, por su abuelo? El reloj en su muñeca comenzó a emitir un suave pulso verde, reaccionando a su ansiedad.

—No tengo padres. Y no necesito ayuda —espetó Ben, tratando de sonar valiente, aunque su voz tembló al final—. Solo déjame en paz, Bunny.

El hombre parpadeó, sorprendido de que el niño supiera su nombre, hasta que recordó que acababa de hablar de sí mismo en tercera persona.

—Eh, tranquilo, pequeño saltamontes. No soy un poli ni nada de eso. Trabajo para Game Shakers. Bueno, técnicamente trabajo para Double G, pero él es... complicado.

Ben frunció el ceño. El nombre le sonaba vagamente de algún anuncio que había visto en las pantallas de Times Square mientras volaba por encima, pero no estaba seguro.

—¿Game Shakers? ¿Hacen videojuegos? —preguntó Ben, bajando un poco las manos.

—Los mejores —respondió Bunny con orgullo, aunque luego miró la dona con ansiedad—. Pero si no le llevo esto a Double G ahora mismo, probablemente me convierta en el protagonista de un videojuego de terror. Escucha, niño... ¿cómo te llamas?

—Ben —respondió él tras dudar un momento—. Ben Tennyson.

Bunny asintió, rascándose la barbilla.

—Mira, Ben. No pareces un delincuente, solo pareces un niño que ha tenido el peor verano de su vida. Y Bunny sabe identificar eso porque yo también tuve un verano así una vez... aunque el mío involucraba un camión de helados y una persecución policial, pero esa es otra historia. ¿Por qué no vienes conmigo? En el estudio hay pizza fría y probablemente podamos encontrar algo que no sea una dona de diez dólares para que dejes de sonar como una radio vieja.

Ben dio un paso atrás, chocando contra la pared del callejón. La desconfianza era un nudo ciego en su garganta. El abuelo Max también le había ofrecido comida y seguridad, y al final, solo quería quitarle el reloj.

—¡Dije que no! —gritó Ben, y sin querer, golpeó el dial del Omnitrix.

El dispositivo emitió un pitido agudo y la luz verde iluminó el callejón, proyectando sombras alargadas y monstruosas contra los ladrillos rojos. Bunny dio un salto hacia atrás, casi dejando caer la preciada dona.

—¡Santo cielo! —exclamó Bunny, con los ojos como platos—. ¡Tu reloj está brillando! ¡Niño, tu muñeca se va a derretir o algo así! ¡Suéltalo! ¡Tíralo!

—¡No puedo! —Ben entró en pánico. El Omnitrix estaba detectando una amenaza que Ben no veía, o quizás solo estaba respondiendo a su miedo desenfrenado—. ¡Aléjate de mí! ¡No dejes que me atrapen!

—¿Quién te va a atrapar? ¡Solo soy yo! ¡Bunny! ¡El tipo que lleva donas! —El hombre corpulento empezó a sudar, mirando frenéticamente a su alrededor—. ¿Es tecnología coreana? ¿Es un prototipo de Apple? ¡Dime que no va a explotar!

Ben sintió que el mundo se cerraba sobre él. La soledad de los últimos días, el peso de la traición y la responsabilidad de llevar el arma más poderosa del universo lo golpearon de golpe. Sus rodillas fallaron y se desplomó en el suelo, abrazando su brazo izquierdo contra su pecho.

—Por favor... —susurró Ben, con las lágrimas asomando finalmente—. Solo quiero irme a casa, pero ya no tengo casa.

Bunny, a pesar de su apariencia ruda y su miedo inicial a los aparatos que brillan, sintió que algo se le encogía en el pecho. Había visto a mucha gente en Nueva York pasar por momentos difíciles, pero este niño desprendía una tristeza que no era normal. Dejó la caja de la dona con cuidado extremo sobre un cubo de basura limpio y se acercó lentamente, manteniendo las manos a la vista.

—Oye, Ben... tranquilo —dijo con una voz mucho más suave—. Nadie te va a atrapar aquí. Estás en Nueva York. Aquí todo el mundo ignora a todo el mundo, es nuestra superpotencia. Pero Bunny no ignora a los niños que lloran en los callejones.

Ben levantó la vista, hipando.

—¿No vas a intentar quitarme el reloj?

Bunny soltó una carcajada genuina.

—¿Esa cosa? Niño, apenas sé usar mi teléfono inteligente y todavía le hablo a la tostadora cuando se quema el pan. No quiero tu reloj. Solo quiero que dejes de temblar como un chihuahua en invierno.

Ben lo miró fijamente. No detectó la mentira. No había esa frialdad que vio en los ojos del abuelo Max, ni la envidia de Gwen. Solo había una honestidad algo torpe y el olor a azúcar.

—¿De verdad hay pizza? —preguntó Ben con voz pequeña.

—La mejor pizza de la zona —aseguró Bunny, extendiendo una mano—. Y tenemos aire acondicionado. Y a Double G, que es un poco gritón, pero si le dices que te gusta su música, te dejará quedarte un rato. ¿Qué me dices?

Ben miró el Omnitrix. La luz roja de "acceso no autorizado" que había visto en el Rustbucket no apareció. El reloj estaba en verde. Estaba tranquilo.

—Está bien —dijo Ben, aceptando la mano de Bunny para levantarse—. Pero si intentas algo raro, puedo convertirme en algo que te arrepentirás de haber conocido.

Bunny sonrió, recuperando la caja de la dona.

—Niño, he trabajado con estrellas de la música y genios de los videojuegos de doce años. Nada de lo que hagas puede ser más raro que lo que veo todos los días en Game Shakers. Vamos, antes de que la dona se enfríe. El jefe odia las donas a temperatura ambiente.

Mientras caminaban hacia la calle principal, Ben Tennyson sintió, por primera vez en mucho tiempo, que quizás el universo no estaba completamente en su contra. No sabía quiénes eran esos Game Shakers ni qué tipo de locura le esperaba en su estudio, pero cualquier cosa era mejor que el silencio del bosque y el recuerdo de una traición.

—Oye, Bunny —dijo Ben mientras esquivaban a un grupo de turistas.

—¿Sí, Ben?

—¿Qué tipo de dona es esa?

Bunny miró la caja con reverencia.

—Es una "Explosión Galáctica de Caramelo". Solo hacen diez al día.

Ben sonrió débilmente. "Explosión Galáctica". El nombre le resultaba extrañamente apropiado.

—Creo que me va a gustar este lugar —murmuró el niño, ajustándose la capucha mientras se adentraba en el corazón de la ciudad que nunca duerme, llevando consigo el secreto más grande del mundo y, por ahora, un nuevo y extraño aliado.