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Ben Tennyson es traicionado y adoptado por Bunny de Game Shaketd

Luces de neón y códigos de error

El edificio de Game Shakers se alzaba en el corazón de Brooklyn como un monumento a la modernidad caótica. Para Ben, que estaba acostumbrado a dormir en una litera estrecha dentro de una autocaravana que olía a calcetines sucios y comida de dudosa procedencia, el vestíbulo del estudio parecía sacado de una película de ciencia ficción. Había pantallas gigantes por todas partes, prototipos de consolas que zumbaban con luces LED y un tobogán gigante que conectaba los pisos superiores.

Bunny caminaba con una agilidad que Ben todavía encontraba fascinante para un hombre de su tamaño, manteniendo la caja de la dona nivelada como si fuera un giroscopio humano.

—Mantente cerca, Ben —advirtió Bunny mientras presionaba el botón del ascensor con el codo—. El jefe, Double G, es... bueno, digamos que tiene una personalidad "volcánica". Si te ve, no te asustes. Solo dile que te gusta su nueva canción, aunque no la hayas oído. Eso suele calmar a las bestias.

Ben asintió, frotándose la muñeca izquierda de forma nerviosa. El Omnitrix estaba oculto bajo la manga de su sudadera, pero podía sentir su peso, un recordatorio constante de que no era un niño normal buscando refugio. Era un fugitivo.

—¿Y las chicas? —preguntó Ben, recordando haber visto carteles de dos adolescentes en la entrada—. ¿Las dueñas?

—Babe y Kenzie —respondió Bunny mientras las puertas del ascensor se abrían—. Son las cerebros de la operación. Babe es la fuerza de la naturaleza y Kenzie es la que hace que las cosas funcionen. Si tienes suerte, Kenzie no intentará analizar tu reloj. Esa niña puede oler la tecnología avanzada a un kilómetro de distancia.

El ascensor se abrió directamente en el piso principal de Game Shakers. El caos era absoluto. Había probadores de juegos gritando de emoción, música de hip-hop sonando de fondo y, en el centro de todo, un hombre con una chaqueta de cuero brillante y gafas de sol en interiores que gesticulaba salvajemente frente a un micrófono de oro.

—¡No, no, no! —gritaba el hombre, que Ben reconoció como Double G—. ¡El ritmo necesita más... más "fuego"! ¡Más explosiones! ¡Quiero que cuando los niños jueguen a esto, sus cejas se chamusquen por el puro poder de mi voz!

Bunny carraspeó, tratando de llamar su atención sin interrumpir el flujo creativo.

—¡Jefe! ¡La tengo! —anunció Bunny, levantando la caja de la dona—. La Explosión Galáctica de Caramelo. Recién salida del horno de "Donas del Espacio".

Double G se detuvo en seco. Se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos que brillaban con una intensidad casi maníaca. Caminó hacia Bunny con pasos lentos y deliberados, ignorando por completo a Ben, que intentaba fundirse con una de las paredes decoradas con grafitis.

—Bunny... —susurró Double G, abriendo la caja. El aroma a azúcar inundó la sala—. Has salvado mi proceso artístico. Estaba a punto de despedir a todo el mundo y mudarme a una cueva en los Alpes.

—Me alegra oír eso, jefe —dijo Bunny con un suspiro de alivio—. Por cierto, traje a un...

—¡Un momento! —interrumpió una voz femenina. Una chica de cabello oscuro y ojos decididos se acercó a paso rápido, seguida por otra chica con gafas que sostenía una tableta—. Bunny, ¿quién es el niño? Nueva York no es un orfanato gratuito, y tenemos una fecha de entrega para el nuevo nivel de "Sky Whale".

—Es Ben —dijo Bunny, señalando al chico—. Me lo encontré en un callejón. Parecía que no había comido en una década y... bueno, tiene un reloj muy raro que brilla.

Kenzie, la chica de las gafas, se detuvo frente a Ben. Sus ojos se entrecerraron detrás de los cristales mientras escaneaba al niño de arriba abajo.

—Hola —dijo Ben, tratando de sonar casual—. Soy Ben Tennyson. Solo... estoy de paso.

—Esa sudadera está hecha jirones —observó Babe, cruzándose de brazos—. Y hueles a... ¿fuego y barro? ¿Qué estabas haciendo, peleando con un lanzallamas en un pantano?

Ben tragó saliva. No estaba lejos de la realidad, considerando su última pelea como Fuego antes de llegar a la ciudad.

—Algo así —murmuró Ben.

—¿Y qué es eso del reloj que brilla? —preguntó Kenzie, dando un paso más hacia él. Su curiosidad científica era evidente—. Bunny dice que emite luz verde. No hay ningún SmartWatch en el mercado con esa luminiscencia. A menos que sea un prototipo de Industrias Stark o algo de la NASA.

Ben retrocedió, escondiendo la mano tras su espalda. El pánico empezó a burbujear de nuevo.

—No es nada. Solo un juguete —mintió Ben, pero su voz sonó demasiado aguda.

—A ver, déjame ver —insistió Kenzie, extendiendo la mano—. Si es tecnología nueva, tal vez podamos integrarla en la interfaz de usuario de nuestro próximo juego.

—¡He dicho que no! —gritó Ben, y en su agitación, el Omnitrix respondió a su estado emocional.

Un pulso de energía verde emanó del reloj, no lo suficientemente fuerte como para transformar a Ben, pero sí para lanzar una pequeña onda de choque que hizo que las pantallas de las computadoras cercanas parpadearan y que la tableta de Kenzie emitiera un pitido de error crítico.

El silencio cayó sobre el estudio de Game Shakers. Double G, que estaba a punto de morder su dona, se quedó congelado con la boca abierta.

—Vale... —dijo Babe lentamente—. Eso no fue un juguete.

—¡Mi tableta! —exclamó Kenzie, mirando la pantalla llena de estática—. ¡Acaba de freír el procesador con una descarga de pulso electromagnético! ¡Niño, qué tienes en la muñeca!

Ben sintió que el corazón le martilleaba en los oídos. Miró a Bunny, buscando una salida, pero el hombre corpulento estaba igual de sorprendido.

—Yo... yo me voy —dijo Ben, dándose la vuelta para correr hacia el ascensor.

—¡Alto ahí, pequeño saltamontes! —Double G dejó la dona en la mesa y se interpuso en su camino con una agilidad sorprendente—. Nadie rompe el equipo de mi empresa y se va sin dar explicaciones. Además, ese brillo verde... ¡es fantástico! ¡Es el tono exacto de verde que quiero para el logo del nuevo juego! Bunny, cierra las puertas.

—Pero jefe... —empezó Bunny.

—¡Cierra las puertas! —ordenó Double G.

Ben se vio acorralado. A su izquierda, Babe y Kenzie lo observaban con una mezcla de sospecha y fascinación. Frente a él, el excéntrico músico bloqueaba la salida. El Omnitrix comenzó a emitir su característico sonido de recarga, un pitido rítmico que parecía acelerarse con su pulso.

—Escúchenme —dijo Ben, su voz volviéndose más firme a medida que la adrenalina tomaba el control—. No quiero causar problemas. Solo necesitaba un lugar donde esconderme un rato. Hay gente... gente peligrosa buscándome.

—¿Gente peligrosa? —Babe enarcó una ceja—. ¿Como la mafia? ¿O como esos tipos que intentaron robarnos el código de Dirty Blob?

—Peor —respondió Ben—. Mucho peor.

Kenzie se ajustó las gafas, su expresión pasando de la molestia a la preocupación real.

—Ben, esa descarga de energía no fue normal. Si tienes algo ahí que puede interferir con la electrónica a ese nivel, no estás solo en peligro tú, estás poniendo en peligro a cualquiera que esté cerca de ti. ¿Qué es ese reloj?

Ben miró el dial. Sabía que no podía ocultarlo por mucho tiempo. Si quería que lo ayudaran, o al menos que lo dejaran ir, necesitaba demostrar que no era una amenaza para ellos, sino que él mismo estaba siendo amenazado.

—Se llama Omnitrix —confesó Ben, levantando el brazo y dejando que la manga cayera—. Y no es de este planeta.

El silencio que siguió fue casi sepulcral. Los cuatro integrantes de Game Shakers se inclinaron para observar el dispositivo. El diseño negro y gris con el núcleo verde brillante parecía palpitar con una vida propia.

—¿Alienígena? —susurró Double G, rompiendo el silencio—. ¿Me estás diciendo que tengo a un pequeño hombrecito verde en mi estudio? ¡Esto es increíble! ¡Bunny, llama a mi agente! ¡Quiero un contrato para una película! "Double G contra los invasores del espacio".

—¡Papá, cállate! —le espetó Hudson, el hijo de Double G, que acababa de entrar en la sala con una mirada distraída—. Oh, hola niño. Tienes un reloj genial. ¿Da la hora en Marte?

—No es para dar la hora, Hudson —dijo Kenzie, ignorando la tontería del chico—. Es una base de datos de ADN. Si mis teorías sobre la tecnología de energía dirigida son correctas, esto es un transformador molecular.

Ben parpadeó, impresionado.

—Vaya, eres casi tan lista como mi... —Ben se detuvo antes de decir el nombre de Gwen. El dolor regresó, pero lo empujó hacia abajo—. Sí, me permite convertirme en diferentes alienígenas. Diez de ellos, para ser exactos.

—¿Puedes convertirte en un monstruo ahora mismo? —preguntó Babe, con una chispa de emoción en los ojos—. ¡Eso sería la mejor promoción de la historia para Game Shakers!

—¡No es para promocionar juegos! —exclamó Ben, frustrado—. Es para salvar personas. O eso pensaba. Ahora mismo, solo me sirve para que mi propia familia intente traicionarme.

Bunny, que había permanecido en silencio, se acercó y puso una mano pesada pero reconfortante en el hombro de Ben.

—Chicos, dejen de agobiar al niño. No es un experimento, es un chico que está asustado. Ben, dijiste que te buscaban. ¿Quiénes?

Ben suspiró, sintiendo que el peso del secreto era demasiado para llevarlo solo.

—Mi abuelo y mi prima. Son... son parte de una organización llamada los Plomeros. No los que arreglan tuberías, sino una especie de policía intergaláctica. Creen que soy demasiado inmaduro para tener el reloj. Intentaron quitármelo a la fuerza.

—Eso es horrible —dijo Babe, suavizando su expresión—. Nadie debería quitarle algo a alguien así, y menos su propia familia.

—Bueno, técnicamente, si es un arma de destrucción masiva galáctica, el abuelo podría tener un punto legal —comentó Kenzie, recibiendo una mirada fulminante de Babe—. ¡Solo digo! Pero no justifica el uso de la fuerza.

Double G se cruzó de brazos, mirando a Ben con una nueva luz. Ya no veía solo una oportunidad de marketing, sino algo que resonaba con su propio sentido de la rebeldía.

—Escucha, Tennyson. En este edificio sabemos lo que es que los adultos intenten decirnos qué hacer con nuestro talento y nuestras creaciones. Estos niños construyeron un imperio desde un sofá, y yo... bueno, yo soy una leyenda. Si esos "Fontaneros" o como se llamen vienen aquí buscando pelea, se encontrarán con el poder de Game Shakers.

Ben no pudo evitar soltar una pequeña risa.

—No creo que sus consolas de videojuegos puedan hacer mucho contra la tecnología de los Plomeros.

—Tal vez no —dijo Kenzie, volviendo a su tableta y empezando a teclear frenéticamente—. Pero yo puedo ocultar tu señal. Si ese reloj emite energía, puedo crear un inhibidor de frecuencia usando los servidores del estudio. Serás invisible para cualquier escáner que no esté en esta habitación.

Ben sintió una chispa de esperanza.

—¿De verdad podrías hacer eso?

—Soy Kenzie Bell. He hackeado sistemas que harían que tu reloj pareciera una calculadora básica —presumió ella con una sonrisa orgullosa—. Dame una hora y estarás fuera del radar.

—Y mientras tanto —añadió Babe, señalando hacia una mesa al fondo—, Bunny te traerá esa pizza que te prometió. Y nada de pizza fría. Bunny, ve a buscar la de "Tony’s", la que tiene extra de pepperoni.

Bunny asintió con entusiasmo y salió disparado hacia la salida.

Ben se sentó en uno de los sofás de cuero, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus músculos por primera vez en días. El estudio de Game Shakers era ruidoso, caótico y estaba lleno de gente extraña, pero por primera vez desde que huyó del Rustbucket, no se sentía como una presa siendo cazada.

—Gracias —dijo Ben, mirando a los presentes—. No tenía a dónde ir.

—Nueva York es un buen lugar para desaparecer, Ben —dijo Double G, sentándose a su lado y ofreciéndole finalmente un trozo de su preciada dona—. Y mientras estés con nosotros, eres parte del equipo. Pero eso sí, si te conviertes en algo con muchos brazos, vas a tener que ayudarnos a mover unos muebles nuevos que llegan mañana.

Ben tomó el trozo de dona, sintiendo el azúcar glaseado en sus dedos.

—Trato hecho —respondió Ben, y después de días de oscuridad, finalmente sonrió de verdad.

Sin embargo, en la muñeca de Ben, el Omnitrix emitió un parpadeo amarillo casi imperceptible. Una nueva función se estaba cargando en segundo plano, algo que ni siquiera Azmuth había mencionado. El reloj estaba evolucionando, adaptándose a su nuevo entorno, preparándose para los desafíos que una ciudad como Nueva York podía lanzar contra un héroe de diez años.

Mientras Ben disfrutaba de su primer momento de paz, lejos de allí, en una carretera oscura a las afueras de la ciudad, un vehículo familiar avanzaba a toda velocidad. El Rustbucket rugía bajo la lluvia nocturna, y dentro, Max Tennyson observaba una pantalla que mostraba una señal intermitente en el mapa de Nueva York.

—Lo tengo, Gwen —dijo Max, su voz llena de una determinación sombría—. Está en Brooklyn.

—No escapará esta vez, abuelo —respondió Gwen, apretando un dispositivo de rastreo en sus manos—. Es por su propio bien.

La persecución no había terminado, pero Ben Tennyson ya no era el mismo niño que había salido corriendo del bosque. Ahora tenía nuevos aliados, un estómago lleno de pizza y una ciudad entera como su campo de batalla. La verdadera aventura en la Gran Manzana apenas estaba comenzando.