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Ben Tennyson es traicionado y adoptado por Bunny de Game Shaketd

El rugido del estómago de un héroe

Ben Tennyson nunca se había sentido tan pequeño como en ese momento, rodeado por las luces de neón de Brooklyn y el aroma a azúcar industrial que desprendía la caja que Bunny sostenía como si fuera un tesoro nacional. El hombre gordo, cuyo nombre Ben todavía encontraba extrañamente tierno para alguien de su envergadura, lo miraba con una mezcla de sospecha y una amabilidad que Ben no sabía si podía permitirse aceptar.

—A ver, pequeño saltamontes —dijo Bunny, acomodándose la caja de la dona bajo el brazo—, no me mires como si fuera a comerte. Bunny no come niños, solo donas. Y esta de aquí es para el jefe, así que si intentas un movimiento ninja, tendremos problemas.

Ben retrocedió un paso, sintiendo el frío metal del Omnitrix contra su muñeca. Después de la traición del abuelo Max y Gwen, su primer instinto era transformarse en algo con garras y salir huyendo hacia los tejados. Pero estaba cansado. Sus piernas se sentían como si estuvieran hechas de gelatina y el hambre era un agujero negro en su interior que amenazaba con devorarlo antes que cualquier alienígena.

—No soy un ninja —respondió Ben, tratando de que su voz no temblara—. Solo... estoy perdido. Y tengo mucha hambre.

Bunny entrecerró los ojos, observando la ropa sucia de Ben y su cabello revuelto. En Nueva York se veía de todo, pero había algo en la mirada de ese niño que no encajaba con un simple vagabundo. Había una chispa de arrogancia herida, la mirada de alguien que solía tener el control y lo había perdido todo en una noche de lluvia.

—Ya veo. El clásico caso de "me escapé de casa porque no me dejaron jugar videojuegos" —comentó Bunny con un suspiro—. Mira, Ben, ¿verdad? Te llevaré al estudio. Tenemos pizza, aire acondicionado y un jefe que probablemente te use para probar algún nivel de dificultad extrema si no le llevas la contraria.

—¿Estudio? —preguntó Ben, curioso a pesar de su miedo—. ¿Qué clase de estudio?

—Game Shakers, niño. ¿Has vivido bajo una piedra? Hacemos los juegos que hacen que tus dedos sangren de pura diversión — Bunny empezó a caminar, haciéndole una señal para que lo siguiera—. Vamos, muévete. Si la glasa de esta dona se agrieta por el cambio de temperatura, Double G me hará bailar claqué hasta el amanecer.

Ben dudó. Su mente le gritaba que corriera en dirección opuesta, que el abuelo Max podría estar rastreando cualquier señal de tecnología o contacto humano. Pero el olor a pepperoni imaginario fue más fuerte. Siguió a Bunny a través de un laberinto de calles hasta llegar a un edificio que parecía demasiado moderno para el barrio.

Al entrar, el caos lo golpeó de frente. Música a todo volumen, pantallas gigantes mostrando ballenas voladoras y gente joven corriendo de un lado a otro con tabletas. En el centro de todo, un hombre con una chaqueta de cuero que brillaba más que el sol de mediodía gritaba órdenes a un micrófono de oro.

—¡Bunny! —rugió el hombre, girándose dramáticamente—. ¡Dime que traes el círculo de la felicidad o juro por mi próximo disco de platino que te despido!

—Aquí está, jefe —dijo Bunny, entregando la caja con una reverencia exagerada—. Y traje a un invitado. Se llama Ben. Lo encontré en un callejón pareciendo un extra de una película de zombis.

Double G se quitó las gafas de sol y clavó su mirada en Ben. El niño se tensó, ocultando su muñeca izquierda tras su espalda.

—¿Un niño? Bunny, te envié por azúcar, no por una responsabilidad fiscal —exclamó Double G, aunque luego sonrió de forma depredadora—. Aunque... tiene un look interesante. Desaliñado, rebelde... ¡Es perfecto para el arte conceptual del nuevo villano de "Sky Whale"!

—¡Papá, deja de asustar al niño! —Una chica de cabello oscuro y mirada afilada se acercó, seguida por otra chica con gafas que no despegaba la vista de una tableta—. Hola, soy Babe. Ella es Kenzie. Y el que grita es Double G. ¿Qué te pasa? Pareces haber visto un fantasma.

—He visto cosas peores que fantasmas —murmuró Ben, relajándose un poco al ver que eran solo adolescentes.

—Vaya, qué intenso —comentó Kenzie, levantando finalmente la vista. Sus ojos se fijaron de inmediato en el bulto bajo la manga de Ben—. Oye, ¿qué tienes ahí? Mi escáner de frecuencia está detectando una anomalía electromagnética que viene directamente de tu brazo.

Ben sintió un escalofrío. El abuelo le había advertido que el Omnitrix atraía la atención, pero no esperaba que una chica con gafas en Brooklyn fuera tan rápida en detectarlo.

—Es solo un reloj —dijo Ben, dando un paso atrás—. Un prototipo. Muy caro. No se toca.

—¿Un prototipo? —Kenzie se acercó con una curiosidad científica casi peligrosa—. No reconozco esa firma de energía. No es Apple, no es Samsung... ¡Ni siquiera parece terrestre!

—¡Kenzie, déjalo en paz! —le regañó Babe—. El pobre chico se cae de hambre. Bunny, ve por la pizza que sobró de la reunión de las tres.

Mientras Bunny se alejaba hacia la cocina, Ben se sentó en un sofá de cuero que se sentía como una nube comparado con el suelo del bosque donde había dormido la noche anterior. El ambiente en Game Shakers era eléctrico, ruidoso y extrañamente acogedor. Por un momento, el peso de ser el portador del arma más poderosa del universo pareció desvanecerse bajo las luces de neón.

—Entonces, Ben —dijo Babe, sentándose frente a él—, ¿cuál es tu historia? Nadie termina en un callejón de Brooklyn con un "reloj prototipo" y esa cara de haber huido de una guerra intergaláctica sin una buena razón.

Ben miró a su alrededor. Vio a Hudson, un chico rubio que intentaba lamer un poste de luz decorativo por alguna razón desconocida, y a Double G, que ahora devoraba su dona con una felicidad casi religiosa. No parecían agentes de los Plomeros. No parecían peligrosos.

—Mi familia... —empezó Ben, y su voz se quebró un poco—. Mi familia no es lo que yo pensaba. Me traicionaron. Querían quitarme lo único que me hace especial porque dicen que no soy responsable.

—¡Oh, eso me suena! —gritó Double G con la boca llena de glaseado—. ¡Mi tía abuela intentó quitarme los derechos de mi primera canción porque decía que "incitaba a los jóvenes a saltar sobre los muebles"! ¡La familia es el primer enemigo del artista, niño!

—No es exactamente lo mismo —suspiró Ben—, pero sí. Me querían quitar esto —levantó su brazo y, tras dudar un segundo, deslizó la manga hacia arriba.

El Omnitrix brilló con una luz verde tenue, el símbolo del reloj de arena resplandeciendo en la penumbra del estudio. Kenzie soltó un grito ahogado y casi deja caer su tableta.

—¡Eso es tecnología de nivel 20! —exclamó Kenzie, arrodillándose para verlo de cerca—. Los circuitos están integrados orgánicamente con tu sistema nervioso. Ben... ¿qué es esto realmente?

—Se llama Omnitrix —confesó Ben, sintiendo un alivio extraño al decirlo en voz alta—. Me permite convertirme en diez alienígenas diferentes. Bueno, a veces más, si el reloj decide colaborar.

Babe y Kenzie se miraron entre sí. En cualquier otro lugar de Nueva York, las habrían tomado por locas o habrían llamado a la policía, pero en Game Shakers, lo imposible era el pan de cada día.

—¿Puedes convertirte en algo ahora mismo? —preguntó Hudson, apareciendo de la nada con los ojos muy abiertos—. ¿Puedes ser un perro con dos cabezas? ¿O un tipo hecho de queso?

—No soy un buffet, Hudson —replicó Ben con una pequeña sonrisa—. Pero puedo hacer cosas mejores que eso.

—¡Espera! —gritó Double G, poniéndose en pie de un salto—. Si este niño puede transformarse en alienígenas, ¡tenemos el mejor departamento de captura de movimiento de la historia! ¡Imagina los ahorros en CGI!

—¡Papá, no vas a usar a un niño fugitivo para ahorrar dinero en animadores! —le gritó Babe, aunque luego miró a Ben con una chispa de interés—. Aunque... si alguien te está buscando, este es el mejor lugar para esconderse. Nadie sospecharía que un héroe intergaláctico está trabajando como probador de juegos en Brooklyn.

Ben consideró la oferta. El hambre estaba siendo aplacada por Bunny, que regresaba con una caja de pizza humeante. El calor del lugar, la risa de Hudson y la actitud protectora de Babe se sentían como algo que Ben no sabía que necesitaba: un hogar que no le exigiera ser perfecto, solo ser él mismo.

—¿De verdad puedo quedarme? —preguntó Ben, tomando una porción de pizza con una avidez casi alienígena.

—Claro —dijo Babe, suavizando el tono—. Aquí todos somos un poco raros. Encajarás perfectamente.

—Pero hay una condición —añadió Kenzie, ajustándose las gafas con una sonrisa traviesa—. Tienes que dejarme escanear ese reloj una vez al día. Solo por curiosidad científica.

Ben soltó una carcajada, la primera en mucho tiempo.

—Trato hecho. Pero si el reloj empieza a pitar y se pone rojo, os sugiero que corráis muy rápido.

Mientras Ben disfrutaba de su pizza, ajeno por un momento al Rustbucket que recorría las autopistas buscándolo, sintió que tal vez, solo tal vez, Nueva York no era tan mala después de todo. Tenía nuevos amigos, un escondite tecnológico y, lo más importante, nadie estaba intentando quitarle el reloj.

Sin embargo, en un rincón oscuro de la sala, una de las pantallas de monitoreo de Kenzie parpadeó. Una señal de radio de alta frecuencia, una que no pertenecía a ninguna torre de telefonía local, estaba barriendo la zona. Los Plomeros estaban cerca, y la paz de Ben Tennyson estaba a punto de ser puesta a prueba por la ciudad que nunca duerme.

—Oye, Ben —dijo Bunny, sentándose a su lado con un suspiro de cansancio—, ¿esa cosa del reloj tiene algún alienígena que sepa cómo limpiar manchas de glasa de una chaqueta de cuero? Porque si es así, serás mi mejor amigo para siempre.

Ben sonrió, mirando el Omnitrix.

—Tengo uno que escupe baba pegajosa, ¿te sirve?

—Me sirve —rio Bunny—. Bienvenido a la familia más loca de Nueva York, niño.

Y así, entre trozos de pizza y códigos de programación, el héroe más buscado de la galaxia encontró un respiro inesperado, sin saber que su verdadera batalla por la libertad apenas estaba comenzando en el corazón de los Game Shakers.