Bendita sea esta Paladín Pervertida
Fantasías Prohibidas y Realidades Inevitables
***
Mi cordura era un recurso finito. Como los puntos de maná de Megumin después de una explosión o la cartera de Aqua después de una visita a la taberna. Y en ese preciso instante, mi barra de cordura estaba parpadeando en rojo, acompañada de una alarma sonora que solo yo podía oír. Sonaba sospechosamente como los gritos de mi yo futuro.
Diez años.
La cifra rebotaba en mi cráneo como una pelota de goma en una habitación vacía. Diez años atado a Darkness. Diez años de cenas nobles, de bailes forzados, de conversaciones sobre el clima con duques calvos. Diez años de esquivar sus torpes espadazos en el entrenamiento y sus aún más torpes insinuaciones masoquistas en la vida diaria. Era una condena. No, era peor que una condena. En la cárcel al menos te dan tiempo para estar solo.
Los últimos días habían sido un infierno de felpa. Lord Aldred, en su feliz ignorancia, había convertido nuestra caótica mansión en una especie de comité de planificación de bodas. Cada mañana, en el desayuno, nos bombardeaba con preguntas sobre flores, colores de manteles y la genealogía de invitados cuyo nombre sonaba como una enfermedad venérea. Aqua se había autoproclamado «catadora de vinos oficial de la boda», un título que se tomaba tan en serio que ya había vaciado la mitad de la bodega de mi futuro suegro. Megumin, por su parte, había redactado un memorándum de doce páginas sobre la «integración segura de la pirotecnia mágica en ceremonias civiles», que incluía diagramas de zonas de exclusión y cálculos de daños colaterales.
Y Darkness… Darkness flotaba en una nube de pánico y éxtasis. Por un lado, estaba aterrorizada. Por otro, la idea de una boda forzada y un matrimonio «condenado» era el combustible de sus fantasías más retorcidas. Me dirigía miradas que eran una mezcla de «sálvame» y «arruíname la vida, por favor». Era agotador.
Necesitaba un respiro. No, necesitaba una lobotomía. Pero como la segunda opción era difícil de conseguir, me conformaría con la primera. Necesitaba desestresarme. Necesitaba una vía de escape, un lugar donde mi cerebro pudiera apagarse y mis instintos más básicos pudieran tomar el control sin consecuencias.
Solo había un lugar en Axel que ofrecía ese tipo de servicio. Un santuario para los oprimidos, un paraíso para los desesperados.
El Disneyland para los degenerados.
El bar de súcubos.
Esperé a que la noche envolviera la mansión en su manto de silencio. Esperé a que Lord Aldred se retirara a sus aposentos, a que Aqua cayera en un coma etílico en el sofá y a que Megumin se durmiera abrazada a su báculo. Con la habilidad `Lurk` activada, me deslicé fuera de la mansión como un ladrón en su propia casa. El aire nocturno era fresco y olía a libertad. O quizás solo a estiércol de caballo, pero en ese momento me pareció lo mismo.
El local era tal y como lo recordaba: una fachada discreta que ocultaba un mundo de terciopelo rojo, luces tenues y promesas susurradas. El aire estaba cargado de un perfume dulce y embriagador, una mezcla de feromonas y desesperación masculina. Era cutre. Era vulgar. Y era exactamente lo que necesitaba.
Una súcubo con un vestido que desafiaba la gravedad y el buen gusto me recibió con una sonrisa profesional.
—Bienvenido, cliente-sama. ¿Busca compañía para la noche o uno de nuestros famosos servicios de ensueño?
—El servicio de ensueño —dije, mi voz más áspera de lo normal. No tenía tiempo para charlas—. El paquete «Anti-estrés Deluxe». Sin complicaciones. Sin dramas. Solo… alivio. ¿Entendido?
La súcubo me guiñó un ojo.
—Entendido, cliente-sama. El deseo de su corazón, entregado directamente a su subconsciente. Sin preguntas, sin juicios. Solo pura y absoluta satisfacción. Sígame para formalizar el pago y el contrato.
El contrato. La palabra me provocó un escalofrío. Firmé el papel sin leer la letra pequeña, le entregué una bolsa de monedas que pesaba más que mi dignidad y salí de allí. El trato estaba hecho. Esa noche, una súcubo visitaría mis sueños y me daría exactamente lo que mi corazón deseaba.
Mi corazón deseaba una chica genérica, anónima y sin complicaciones. Una cara bonita, un cuerpo de infarto y cero personalidad. Un lienzo en blanco sobre el que proyectar mi frustración. Estaba seguro de ello. Completamente seguro.
Volví a la mansión y me metí en mi cama destrozada. Mientras me quedaba dormido, una sonrisa de anticipación se dibujó en mis labios. Por fin, un respiro. Unas horas de paz. Unas horas lejos de rubias masoquistas y contratos matrimoniales.
Qué ingenuo fui.
***
El sueño comenzó a la perfección.
Me encontraba en una habitación lujosa, iluminada por la luz de las velas. Sábanas de seda cubrían una cama enorme y yo estaba en el centro, sintiéndome como un rey. Frente a mí, una silueta femenina se movía con una gracia hipnótica. Era alta, con curvas que podrían hacer que un santo se replanteara su vocación. Su rostro estaba en la penumbra, un misterio tentador. Perfecto. Justo lo que había pedido.
—Te he estado esperando… —su voz era un susurro melódico, la promesa de todos los placeres del mundo.
Se acercó, la luz de las velas revelando poco a poco sus rasgos. Pelo largo y oscuro, ojos exóticos… No, espera.
El pelo no era oscuro. Bajo la luz parpadeante, parecía más bien… dorado. Un rubio intenso y familiar.
*No pasa nada*, me dije a mí mismo. *Es un sueño. A veces los colores son raros. Sigue siendo una súcubo genérica.*
Se sentó en el borde de la cama. Era alta. Sorprendentemente alta. Y su físico… no era el de una súcubo delgada y etérea. Era un físico más… robusto. Hombros fuertes, una espalda tonificada. El cuerpo de alguien acostumbrado al esfuerzo físico. El cuerpo de una guerrera.
Una alarma empezó a sonar en el fondo de mi mente.
—¿Estás listo para recibir tu recompensa? —preguntó, inclinándose sobre mí. Su rostro quedó finalmente iluminado. Ojos azules. Una mandíbula ligeramente cuadrada. Un lunar casi imperceptible junto a sus labios.
El aire se me escapó de los pulmones.
—¿Darkness? —grazné, mi voz un hilo de incredulidad y horror.
La mujer sonrió.
—¿Quién es Darkness? Mi nombre es Lalatina. Y estoy aquí para servirte, mi señor.
Mi cerebro hizo cortocircuito. ¡No! ¡No, no, no! ¡Esto era un error! ¡Un fallo en el sistema! ¡Había pedido el paquete anti-estrés, no el «paquete de crisis existencial con temática de paladín»!
—¡Tú no deberías estar aquí! —grité, intentando retroceder, pero la cama parecía infinita—. ¡Esto es mi sueño! ¡Mi fantasía! ¡He pagado por una profesional, no por una aficionada con problemas de puntería!
Ella ladeó la cabeza, su expresión una mezcla de confusión y una extraña sumisión.
—Pero, mi señor… yo soy una profesional. Y estoy aquí porque tú me has llamado. El contrato es claro: la súcubo debe adoptar la forma del deseo más profundo del corazón del cliente.
La frase me golpeó como un puñetazo de un troll. *El deseo más profundo del corazón del cliente*.
No. Imposible. Era una mentira. Una treta publicitaria. Mi deseo más profundo era una vida tranquila, dinero y quizás una chica linda que no intentara ser golpeada por monstruos. No… esto.
—¡Mientes! —la acusé—. ¡Mi deseo más profundo no eres tú! ¡Mi deseo más profundo es probablemente un cofre del tesoro que se rellena solo!
Ella se rio, una risa suave y melódica. La risa de Lalatina, no los jadeos de Darkness.
—Los tesoros son efímeros, mi señor. Pero el anhelo… el anhelo es eterno. Y tu corazón anhela… esto.
Se inclinó aún más, su aliento cálido en mi mejilla. El olor de su pelo, una mezcla de flores y acero limpio, inundó mis sentidos. Era demasiado real.
—No… —susurré, mi negación perdiendo fuerza.
—Sí… —respondió ella, sus labios rozando mi oreja—. Anhelas a la mujer que te desafía. A la que te protege. A la que te saca de quicio, pero por la que serías capaz de arruinarte. Anhelas a tu escudo. A tu paladín.
Su mano se posó en mi pecho. Era un toque suave, pero sentí el poder contenido en sus dedos, la fuerza de la mujer que podía detener a un ejército.
—¡Basta! —grité, desesperado—. ¡Esto no es lo que quiero! ¡Quiero lujuria sin sentido! ¡Quiero placer sin complicaciones!
—¿De verdad? —preguntó, y su voz se volvió juguetona. Una chispa familiar brilló en sus ojos—. ¿Quieres que te domine? ¿Quieres que te someta a mis caprichos? ¿Quieres que te trate con rudeza y te obligue a…
—¡No, no de esa manera! —la interrumpí, horrorizado—. ¡Se supone que tengo que dominar yo!
—Como desees, mi señor —dijo, y en un movimiento fluido, se tumbó a mi lado, su cuerpo una invitación abierta—. Soy tuya. Puedes hacerme lo que quieras. Puedes… castigarme por mi insolencia. Puedes humillarme. Puedes…
Y ahí estaba. El masoquismo. Incluso en mi fantasía subconsciente, no podía escapar de él. Pero era… diferente. No era el masoquismo desesperado y público de la Darkness real. Era más íntimo, más juguetón. Una parte retorcida de nuestro extraño lenguaje.
Me quedé mirándola, paralizado por la confusión. ¿Era esto realmente lo que quería? ¿Esta mezcla de belleza, fuerza, lealtad y una perversión perfectamente compatible con mi propia vena sádica?
Mi cuerpo traidor respondió antes que mi cerebro. Me incliné sobre ella, una parte de mí rindiéndose a la inevitable lógica del sueño. Si esto era lo que mi subconsciente quería, ¿quién era yo para discutir?
Nuestros labios estaban a punto de tocarse. El momento era perfecto. La culminación de mi retorcido deseo.
Y entonces, el sueño cambió.
***
La lujosa habitación se disolvió como tinta en el agua. La luz de las velas fue reemplazada por el cálido resplandor de una chimenea. Las sábanas de seda dieron paso a una manta de lana áspera. Ya no estábamos en una cama, sino en un sofá gastado frente a un fuego crepitante.
Parpadeé, desorientado. El ambiente había cambiado por completo. La tensión erótica había sido reemplazada por una sensación de… paz. De calidez. De hogar.
Miré a mi lado. Darkness seguía allí, pero ya no llevaba un vestido seductor. Llevaba un simple suéter de lana y unos pantalones cómodos. Su pelo rubio estaba recogido en una trenza desordenada. Su cabeza descansaba sobre mi hombro y dormitaba con una expresión serena.
Mi brazo estaba alrededor de sus hombros. No de una forma posesiva o lujuriosa. Era un gesto casual, cómodo. El gesto de alguien que ha compartido un sofá miles de noches.
—¿Qué… qué está pasando? —murmuré.
El sueño-Darkness se removió, despertando. Me sonrió, una sonrisa somnolienta y llena de un afecto que me revolvió el estómago.
—Te quedaste dormido, vago —dijo, su voz una burla cariñosa—. Te dije que esa misión de matar goblins te dejaría agotado.
Miré a mi alrededor. Estábamos en una cabaña. Una cabaña de madera, pequeña y acogedora. Por la ventana se veía un bosque cubierto de nieve. No era nuestra mansión. No había sirvientes, ni oro, ni caos. Solo silencio, el crepitar del fuego y nosotros dos.
El pánico empezó a burbujear de nuevo. Esto era aún peor que la fantasía erótica. La fantasía erótica al menos podía achacarla a mis hormonas. ¿Pero esto? ¿Esta escena de domesticidad empalagosa? ¿De dónde coño había salido?
—¿Dónde estamos? —pregunté, mi voz un hilo.
—En casa, tonto —respondió ella, acurrucándose más contra mí—. ¿Dónde íbamos a estar?
Me aparté de ella como si me hubiera quemado.
—¡No! ¡Esto no es mi casa! ¡Mi casa es una mansión caótica llena de inútiles! ¡Y tú y yo no… no nos acurrucamos! ¡Nos gritamos! ¡Yo te insulto y tú lo disfrutas de forma rara! ¡Esa es nuestra dinámica!
Ella me miró con una expresión de genuina preocupación.
—Kazuma, ¿te encuentras bien? Has estado actuando raro todo el día. ¿Es por el contrato?
—¿El contrato? —repetí, mi corazón dando un vuelco—. ¿El contrato de matrimonio de diez años?
Ella se rio.
—¿Qué contrato de diez años? Hablo del contrato de la cabaña. El que firmamos para retirarnos aquí después de derrotar al Rey Demonio. ¿No lo recuerdas?
*¿Derrotar al Rey Demonio? ¿Retirarnos?* Mi cerebro no podía procesar la información. ¿Era esto un futuro alternativo? ¿Una fantasía de «y si…»?
—Derrotamos al Rey Demonio… —repetí, como un idiota.
—Sí. Hace cinco años —dijo ella, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Megumin se encargó del último general, Aqua purificó el castillo y tú… bueno, tú le robaste la fuente de su poder con `Steal` mientras estaba distraído. Fue muy… tú.
Sonaba plausible. Dolorosamente plausible.
—Y después… ¿nos retiramos? ¿Aquí? —pregunté, señalando la humilde cabaña.
—Era tu idea —dijo—. Dijiste que estabas harto de los nobles, de las misiones y de la gente. Que solo querías un lugar tranquilo donde pudieras ser un vago en paz. Y yo… yo te seguí.
Me quedé mirándola. La idea era mía. Tenía sentido. ¿Pero por qué estaba ella aquí? ¿Por qué la había traído conmigo a mi paraíso de la pereza?
—¿Y Aqua y Megumin?
—Aqua tiene un templo en la capital donde la adoran como la «Diosa Heroica». Pasa la mitad del tiempo dando bendiciones y la otra mitad intentando que el templo no se declare en bancarrota por sus gastos en vino. Megumin es la directora de la Academia de Magia. Pasa sus días aterrorizando a los nuevos estudiantes y lanzando una explosión diaria en un campo de pruebas designado. Nos visitan en vacaciones.
Una vida perfecta. Una vida donde todos eran felices y estaban lejos de mí. Excepto ella. Ella se había quedado.
—¿Por qué? —le pregunté, la pregunta escapando de mis labios antes de que pudiera detenerla—. ¿Por qué te quedaste conmigo?
Ella me miró, y en sus ojos vi una profundidad de afecto que me asustó más que cualquier monstruo.
—Porque mi lugar está a tu lado, Kazuma. Siempre lo ha estado. Eres mi líder. Mi compañero. Mi…
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Mirad lo que he encontrado!
La vocecita infantil cortó el aire como un cuchillo.
Ambos nos giramos hacia la puerta. Una niña pequeña, de unos cuatro años, estaba allí de pie, con las botas cubiertas de nieve y las mejillas sonrosadas por el frío. Llevaba un abrigo de lana y un gorro del que asomaban unos mechones de un inconfundible pelo rubio. Sostenía un piña en la mano como si fuera un tesoro.
Y cuando levantó la vista, vi sus ojos.
Eran verdes. Mis ojos.
El universo se detuvo. El tiempo se congeló. El sonido se desvaneció. Mi cerebro no solo hizo cortocircuito. Se derritió, se evaporó y dejó un cráter humeante.
Una… hija.
Teníamos una hija.
La niña corrió hacia nosotros. Tropezó con la alfombra, igual que haría su madre, pero se recuperó con una agilidad sorprendente, igual que haría yo.
—¡Mira, papá! ¡Es una piña explosiva! —dijo, mostrándome la piña con una seriedad mortal—. La tía Megumin dice que si la lanzas lo suficientemente fuerte, puede hacer un pequeño ¡boom!
Me quedé mirando a la niña. Era una mezcla perfecta y aterradora de nosotros dos. El pelo de Darkness, mis ojos. La torpeza de Darkness, mi cinismo incipiente.
Miré a la Darkness del sueño. Estaba sonriendo, una sonrisa de pura felicidad maternal.
—Ya hemos hablado de esto, cariño —dijo, su voz suave—. Nada de piñas explosivas dentro de casa.
—Jo… —se quejó la niña, haciendo un puchero que era idéntico al mío cuando me negaban algo—. Eres un aguafiestas, mamá. Papá me habría dejado.
Se giró hacia mí, sus ojos verdes llenos de esperanza.
—¿Verdad, papá?
No pude responder. No podía respirar. Esto era demasiado. Demasiado real. Demasiado… deseable.
Esta vida tranquila. Esta calidez. Esta familia extraña y disfuncional, destilada en una versión concentrada y pacífica. Era todo lo que había dicho que no quería. Y mi subconsciente, ese traidor absoluto, me lo estaba mostrando como el premio final.
Esto era lo que anhelaba mi corazón. No la lujuria sin sentido. No el dinero. No el poder.
Esto.
Ella.
Y la pequeña niña con mis ojos.
La comprensión me golpeó con la fuerza de una `Explosion`. El pánico, la negación, la confusión… todo se desvaneció, reemplazado por una única y aterradora verdad.
Yo amaba a Darkness.
No como un activo. No como un escudo. La amaba. Amaba a la mujer torpe, a la noble frustrante, a la masoquista insufrible. La amaba lo suficiente como para imaginar un futuro con ella. Un futuro donde derrotaba al Rey Demonio no por la gloria, sino para poder retirarme a una cabaña con ella. Un futuro donde teníamos una hija que heredaba nuestros peores y mejores rasgos.
Era la revelación más horrible de mi vida.
—Papá… ¿estás bien? —preguntó la vocecita, tirando de la manga de mi camisa—. Te has quedado muy pálido.
Extendí una mano temblorosa, queriendo tocar su pelo, queriendo asegurarme de que era real.
Y entonces, desperté.
***
Mi propio grito me sacó del sueño. Me incorporé en la cama, empapado en sudor frío, el corazón martilleándome en el pecho como si quisiera escapar. La luz gris del alba se filtraba por el agujero de mi pared. Estaba en mi habitación. Solo.
No había cabaña. No había chimenea. No había niña.
El alivio que debería haber sentido no llegó. En su lugar, un vacío inmenso y doloroso se instaló en mi pecho. La calidez del sueño se desvaneció, dejando tras de sí el frío y la cruda realidad de mi vida.
Me pasé las manos por la cara. El sueño… se había sentido tan real. El peso de la cabeza de Darkness en mi hombro. El olor de la madera quemada. La manita de la niña en la mía.
El servicio de súcubos era una estafa. Una trampa. Había ido buscando un escape, una distracción. Y en su lugar, me habían dado una dosis de verdad tan concentrada que me había envenenado el alma. Me habían mostrado el deseo más profundo de mi corazón, un deseo que ni siquiera sabía que tenía, un deseo que ahora, consciente de él, me destrozaría.
Porque esa vida, esa vida tranquila y feliz, no era mi futuro. Mi futuro eran diez años de un matrimonio falso, de responsabilidades nobles y de caos constante. La cabaña en el bosque era solo eso: un sueño.
Me levanté y caminé hacia el agujero en la pared. Miré hacia fuera, a la mansión que empezaba a despertar. Pronto, oiría los gritos de Aqua, los planes de Megumin, los pasos nerviosos de Darkness. Mi vida real.
Había entrado en ese sueño siendo Kazuma Satō, el aventurero cínico y oportunista que estaba siendo forzado a un matrimonio que odiaba.
Y había salido siendo Kazuma Satō, el idiota que acababa de descubrir que estaba siendo forzado a casarse con la mujer que amaba, condenado a una versión retorcida y caótica de la vida que realmente deseaba.
No sabía qué era peor.
Me apoyé en el marco de la pared rota, mi cuerpo temblando. El Disneyland para los degenerados me había roto. Me había mostrado el paraíso y luego me había arrojado de vuelta al infierno, pero ahora, el infierno tenía un nombre. Y era «realidad».
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Cómo podía seguir adelante, sabiendo lo que sabía? ¿Cómo podía mirarla a la cara, sabiendo que en el fondo de mi patético corazón, no quería escapar de ella, sino con ella?
La súcubo no me había dado una fantasía. Me había dado una brújula. Una brújula que apuntaba directamente a un futuro imposible.
Y yo, por primera vez en mi vida, estaba completamente perdido.