Bendita sea esta Paladín Pervertida
Análisis de Coste-Beneficio de una Paladín
La mañana de mi primer día como hombre prometido olía a tocino frito y a desesperación. Me desperté en mi habitación en ruinas con la sensación de que un golem de piedra dormía sobre mi pecho. Me llevó un momento darme cuenta de que no era un golem, sino el peso existencial de mi inminente matrimonio. La luz del sol se filtraba a través del agujero en la pared, iluminando partículas de polvo que bailaban alegremente, burlándose de mi miseria.
Bajé las escaleras arrastrando los pies, mi alma tan destrozada como el muro de mi cuarto. Esperaba encontrar la mansión sumida en un silencio fúnebre, un velatorio por mi vida de soltero. En cambio, me encontré con una escena de una domesticidad tan alegre y surrealista que me provocó náuseas.
En el comedor, Lord Aldred Dustiness estaba sentado a la cabecera de la mesa, con un aspecto sorprendentemente rejuvenecido. A su derecha, Aqua, con una servilleta atada al cuello como un babero, devoraba una montaña de tortitas con una velocidad que desafiaba las leyes de la física. A su izquierda, Megumin le explicaba seriamente a mi futuro suegro las ventajas aerodinámicas de un velo de novia corto en caso de una evacuación de emergencia por ataque de dragón.
—…y por eso, Lord Dustiness, un velo de seda tradicional actuaría como un paracaídas defectuoso, aumentando la resistencia al viento y ralentizando la huida —decía Megumin, gesticulando con un tenedor—. Un diseño más corto y minimalista, sin embargo, permitiría a la novia alcanzar la velocidad máxima de carrera en menos de tres segundos. Es pura eficiencia táctica.
—Una observación fascinante, jovencita —respondió Lord Aldred, sorbiendo su té con una sonrisa radiante—. Tomaré nota para hablarlo con los diseñadores. ¡Todo debe ser perfecto para el gran día de mi Lalatina!
Mi Lalatina. El posesivo me recorrió como una descarga eléctrica.
—¡Y el vino! —exclamó Aqua, con la boca llena de tortitas—. ¡No podemos escatimar en el vino! ¡Un evento de esta magnitud requiere caldos de al menos doscientos años! ¡Es una cuestión de respeto a los dioses! ¡Principalmente a mí!
—Por supuesto, por supuesto, Arcipreste-dono —asintió el anciano, completamente encantado con mis parásitas—. ¡Solo lo mejor para la familia y los amigos de mis hijos! ¡Kazuma, hijo mío, siéntate! ¡El desayuno está delicioso! ¡Hacía años que no me sentía con tanto apetito!
Me dejé caer en una silla, sintiéndome como un prisionero al que le sirven su última comida. La mesa estaba repleta de comida. Tocino, huevos, fruta fresca, pasteles… La riqueza de la casa Dustiness ya había empezado a filtrarse en nuestra pocilga. Una parte de mí, la parte más básica y hambrienta, quería llorar de alegría. Pero la parte que aún conservaba un mínimo de instinto de supervivencia estaba gritando.
—Veo que os estáis llevando bien —mascullé, pinchando un trozo de tocino con desgana.
—¡Tu familia es encantadora, Kazuma! —dijo Lord Aldred—. ¡Tan llena de vida y de opiniones firmes! ¡Y tu prometida! ¡Mi Lalatina! Se despertó al alba para supervisar que todo estuviera perfecto para mi desayuno. ¡Está radiante! ¡El amor te ha convertido en una mujer responsable, hija mía!
Miré hacia la cocina. Darkness estaba allí, con un delantal puesto, dirigiendo a un par de sirvientas que su padre había traído consigo. Tenía ojeras, pero su rostro estaba iluminado por una mezcla de pánico y un extraño orgullo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, me dedicó una sonrisita temblorosa y culpable.
Esto era un infierno. Un infierno cómodo, bien alimentado y con aroma a cera de abejas, pero un infierno al fin y al cabo. Necesitaba pensar. Necesitaba un plan.
—Si me disculpan —dije, levantándome abruptamente—, tengo que… uh… inspeccionar los daños estructurales de mi habitación. Cosas de líder.
Escapé de allí antes de que pudieran hacerme más preguntas sobre flores o colores para los manteles. Subí a mi cuarto y cerré lo que quedaba de la puerta. Me senté en el suelo polvoriento, la espalda contra la cama, y me obligué a hacer lo que mejor se me daba después de quejarme: analizar la situación desde un punto de vista puramente egoísta.
Era hora de hacer un análisis de coste-beneficio.
**Tema del análisis:** Matrimonio con Lalatina Dustiness Ford.
**Costes (Las razones por las que quería saltar de un acantilado):**
1. **El Factor Masoquista:** Este era el coste principal, el que eclipsaba a todos los demás. Casarme con Darkness significaba una vida de jadeos, sonrojos y susurros sobre humillación en los momentos más inoportunos. Imaginarla disfrutando de que se me cayera la sopa encima en una cena de estado, o gimiendo de placer porque un noble rival me insultara… era una perspectiva agotadora. Mi paciencia tenía un límite, y ese límite estaba muy por debajo del umbral de placer de Darkness.
2. **La Inutilidad Crónica:** Como escudo humano, era inigualable. Como cualquier otra cosa que requiriera coordinación mano-ojo, era una catástrofe. Estaría legalmente atado a una mujer que podía fallar un golpe contra un granero desde dentro. Cada batalla, cada misión, seguiría siendo un ejercicio de frustración.
3. **Pérdida Total de Libertad:** Esto era casi tan malo como el punto uno. Adiós a mis días de vago. Adiós a mi capacidad de decisión unilateral. Como yerno de una de las casas nobles más importantes del reino, tendría responsabilidades. Cenas. Bailes. Reuniones aburridas sobre política y cosechas. Tendría que llevar ropa limpia. Probablemente tendría que bañarme a diario. Era la muerte de mi estilo de vida NEET.
4. **El Paquete Completo:** Casarme con Darkness no era solo casarme con ella. Era casarme con su padre, su estatus, sus enemigos. Era firmar un contrato para ser el «héroe que salvó a la doncella» por el resto de mi vida. Me convertiría en una figura pública. La gente me reconocería. ¡Me saludarían por la calle! Era mi peor pesadilla.
La lista de costes era deprimente. Era un argumento sólido para fingir mi propia muerte y huir a un país lejano para vivir como un ermitaño.
Pero entonces, mi cerebro, ese traidor pragmático, empezó a susurrar los beneficios.
**Beneficios (Las razones por las que una pequeña y pervertida parte de mí no estaba completamente horrorizada):**
1. **Dinero. Montañas de Dinero:** Seamos sinceros. Este era el beneficio con mayúsculas, en negrita y subrayado. La casa Dustiness estaba podrida de dinero. Casarme con Darkness significaba el fin de mis problemas financieros para siempre. No más trabajos manuales agotadores. No más misiones para matar repollos por cuatro monedas. Podría comprar lo que quisiera, cuando quisiera. Podría llenar la bodega de Aqua con vino caro solo para que se callara. Podría financiar las explosiones de Megumin en un campo de pruebas privado y lejano. Y lo más importante: podría permitirme la vida de lujo y pereza con la que siempre había soñado. Podría pasarme los días tumbado en un sofá de seda, comiendo uvas que me diera una sirvienta. Era el paraíso NEET.
2. **Poder e Influencia:** Como marido de la heredera Dustiness, tendría un poder que nunca había imaginado. ¿Un noble arrogante me mira mal? Podría arruinarlo. ¿El gremio me pone una misión de mierda? Podría hacer que despidieran al encargado. Era una herramienta de venganza y manipulación de un potencial casi ilimitado. Mi vena sádica se relamió ante la idea.
3. **El Activo Físico (AKA Darkness está buenísima):** No podía ignorarlo. Yo era un hombre joven con necesidades. Y Darkness era… bueno, era Darkness. Una belleza de libro de texto. Pelo rubio, ojos azules, un cuerpo con curvas que podrían causar accidentes de tráfico. La idea de tener acceso legal y exclusivo a ese cuerpo… era un argumento muy, muy persuasivo. La parte más primitiva de mi cerebro estaba haciendo palmas con las orejas.
4. **Sumisión Absoluta (con un giro pervertido):** Ella haría cualquier cosa que yo le dijera. Cualquier cosa. Podría pedirle que limpiara mis botas con la lengua y lo haría… probablemente disfrutándolo demasiado, pero lo haría. Podría ser el rey absoluto de mi casa. Sus tendencias masoquistas, que eran un coste en la vida pública, podrían ser… un beneficio en la privada. Era una idea peligrosa y tentadora.
Me quedé en silencio, sopesando las dos listas. Los costes eran sobre mi salud mental y mi libertad. Los beneficios eran sobre mi comodidad, mi poder y mi libido. Era una batalla entre mi yo idealista y vago y mi yo pragmático y pervertido.
Y entonces, como un rayo de luz divina (o más bien, un chispazo de genialidad cínica), la solución apareció en mi mente. Una solución tan perfecta, tan elegante, tan… Kazuma.
¿Por qué tenía que ser una cosa o la otra? ¿Por qué tenía que elegir entre la libertad y la riqueza? ¿Quién dijo que el matrimonio tenía que ser para siempre?
El plan floreció en mi mente, completamente formado. Era una obra maestra de la manipulación y el oportunismo.
**El Gran Plan de Escape Matrimonial de Kazuma Satō:**
**Fase 1: La Boda.** Seguiríamos adelante con la farsa. Nos casaríamos. Yo sonreiría, diría «Sí, quiero», besaría a la novia. Lord Aldred sería feliz, su corazón no explotaría, y el honor de la familia Dustiness quedaría intacto.
**Fase 2: La Luna de Miel (Financiera).** Tras la boda, como yerno amado, convencería a Lord Aldred de que, para empezar nuestra nueva vida, necesitábamos una considerable «inversión inicial». Un capital para establecer nuestro propio hogar, para nuestros futuros hijos, bla, bla, bla. Una suma lo bastante grande como para que no tuviera que volver a trabajar en mi vida.
**Fase 3: El Divorcio Silencioso.** Una vez que el dinero estuviera a buen recaudo en una cuenta a mi nombre y Lord Aldred hubiera vuelto a su mansión, feliz y tranquilo, ejecutaríamos la parte final del plan. Nos divorciaríamos. En secreto. Le explicaríamos que, aunque nos respetábamos, éramos incompatibles. Que nuestro amor de aventureros no había sobrevivido a la vida doméstica. Sería un divorcio amistoso. Ella volvería a ser Lalatina Dustiness Ford, soltera y libre. Yo sería Kazuma Satō, soltero, libre y asquerosamente rico.
¡Era perfecto! ¡Absolutamente perfecto! Todos ganaban. Darkness se libraba de un matrimonio que no quería, su padre moría feliz sin saber la verdad, y yo obtenía la vida de lujo que me merecía por todas mis penas y sufrimientos. Era un plan sin fisuras.
Una risa loca y triunfante escapó de mis labios. ¡Todavía era yo! ¡Todavía era el rey de las soluciones rastreras! ¡No había trampa de la que no pudiera escapar!
Ahora solo quedaba un pequeño detalle: convencer a la otra parte contratante.
Bajé las escaleras, mi paso ligero y lleno de una nueva confianza. Encontré a Darkness en el jardín, arrancando malas hierbas con una ferocidad que sugería que se imaginaba que eran sus propias decisiones vitales.
—Darkness —la llamé, mi voz tranquila y llena de la autoridad de un hombre con un plan.
Se sobresaltó y se giró. Tenía tierra en la cara y los ojos enrojecidos.
—Kazuma… lo siento por lo del desayuno. Mi padre puede ser… abrumador.
—No te preocupes por eso. Tenemos que hablar. En privado.
La guié hasta un banco de piedra alejado de la casa, asegurándome de que ni Aqua ni Megumin pudieran oírnos. Se sentó, sus manos retorciendo nerviosamente el delantal.
—Mira, sé que estás asustada —empecé, adoptando un tono de comprensión y madurez que era completamente falso—. Y yo también. Esta situación… se nos ha ido de las manos.
Ella asintió, sin mirarme.
—Es mi culpa.
—Es culpa de todos —la corregí, magnánimo—. Pero culparnos no nos llevará a ninguna parte. Lo que necesitamos es una estrategia. Una solución pragmática.
Se giró para mirarme, la curiosidad venciendo a su miseria.
—He estado pensando —continué, inclinándome hacia ella como si le fuera a confiar un secreto de estado—. Esta boda. No podemos evitarla. Tu padre… bueno, ya sabes. Pero, ¿quién dice que tiene que ser el final de la historia?
Ella frunció el ceño, confundida.
—¿A qué te refieres?
—Piénsalo, Darkness. ¿Qué es un matrimonio, en el fondo? Es un contrato. Un acuerdo social y legal entre dos partes. Y como cualquier contrato, puede tener… cláusulas de rescisión.
Sus ojos se abrieron un poco más. Empezaba a entenderlo.
—Nos casaremos —declaré—. Haremos el espectáculo. Haremos feliz a tu padre. Cumpliremos con nuestro deber. Pero lo haremos bajo nuestros propios términos. Será una misión, Darkness. La misión más importante de nuestras vidas: «Operación Felicidad Paterna».
—¿Operación… Felicidad Paterna? —repitió, la palabra sonando extraña en sus labios.
—Exacto. El objetivo es simple: asegurar la felicidad y la salud de Lord Aldred. Una vez que el objetivo esté cumplido, una vez que él esté tranquilo y la situación se haya estabilizado… la misión termina. Y el contrato se disuelve.
La palabra clave flotaba entre nosotros. *Disuelve*.
—¿Disolver? —susurró, y su voz tembló—. Quieres decir… ¿divorcio?
—Un divorcio silencioso y amistoso —aclaré rápidamente—. Sin dramas, sin escándalos. Simplemente, dos personas que se dieron cuenta de que no estaban hechas la una para la otra. Tú recuperarás tu libertad. Yo… también. Y tu padre nunca tendrá por qué saberlo. Morirá pensando que su hija es feliz y que su linaje está seguro. Es la solución perfecta.
Me recliné, esperando que viera la brillantez de mi plan. Esperaba alivio, quizás incluso gratitud.
Lo que no esperaba fue la expresión de su rostro. La confusión se había desvanecido, reemplazada por algo que se parecía mucho al dolor. Un dolor genuino y punzante.
—Así que… eso es todo para ti —dijo en voz baja, su mirada perdida en el suelo—. Un contrato. Una misión. Una transacción de negocios.
—Es la forma más lógica de verlo —respondí, un poco a la defensiva—. Nos saca a ambos de este lío.
—¿Y el dinero? —preguntó, su voz ahora teñida de una frialdad que rara vez usaba—. El «capital inicial» del que sin duda le hablarás a mi padre. ¿Eso también forma parte del contrato? ¿Tu indemnización por las molestias?
Me quedé helado. Mierda. Me había olvidado de lo perceptiva que podía ser cuando no estaba en medio de un ataque masoquista.
—Es una compensación justa por el riesgo y el daño a mi reputación —argumenté, aunque sonaba débil incluso para mí.
Ella soltó una risa. Una risa corta, amarga y completamente desprovista de humor.
—Por supuesto. Siempre es por el dinero, ¿verdad, Kazuma? Te saqué de la bancarrota para que no tuvieras que casarte conmigo, y ahora planeas casarte conmigo para sacarme de la bancarrota a mí. Es casi poético.
Se levantó y se alejó unos pasos, dándome la espalda.
—¿Sabes? Por un momento, anoche, en el tejado… pensé que lo entendías. Pensé que, a pesar de todo, éramos un equipo. Compañeros atrapados en el mismo desastre.
—¡Lo somos! —protesté, levantándome también—. ¡Este plan nos salva a los dos!
—¡No! —se giró para encararme, y había fuego en sus ojos—. ¡Este plan te salva a ti! ¡Te da una salida fácil y un bolsillo lleno de oro! ¿Y a mí? ¿Qué me deja a mí? Vuelvo a ser la «noble fallida». La divorciada. La mujer que ni siquiera el gran Kazuma Satō pudo soportar. ¿Te imaginas la humillación?
Y entonces, su expresión cambió. El fuego se apagó, reemplazado por ese brillo familiar y aterrador. Su respiración se aceleró.
—Ah… —jadeó, una mano subiendo a su pecho—. La idea… una boda que todo el mundo cree real… pero que es una farsa. Un matrimonio secreto que está condenado desde el principio. Tener que fingir amor delante de todos, sabiendo que es una mentira… y que al final, seré desechada… como un escudo roto… ¡Qué… qué clase de humillación tan elaborada y cruel es esta!
Estaba perdiendo el control de la conversación. Mi plan perfecto se estaba convirtiendo en el guion de su nueva fantasía pervertida.
—¡No! ¡No es así! —intenté razonar, entrando en pánico—. ¡No serás desechada! ¡Serás liberada! ¡Es diferente!
—¡Pero el resultado es el mismo! —exclamó, sus mejillas sonrojadas, sus ojos brillantes—. ¡La vergüenza pública! ¡El estigma de ser una mujer divorciada! ¡Mi padre nunca me lo perdonaría si se enterara! ¡Y tú… tú te irías, libre y rico, dejándome atrás para lidiar con las consecuencias! ¡Es el acto más egoísta, calculador y despiadado que podrías haber concebido!
Hizo una pausa, temblando de pies a cabeza.
—¡Es… es perfecto! ¡Acepto!
Mi cerebro hizo cortocircuito. ¿Había dicho… que aceptaba?
—¿A-aceptas?
—¡Sí! —confirmó, su voz una mezcla de éxtasis y agonía—. ¡Acepto tu cruel y desalmado contrato! ¡Seré tu esposa de mentira! ¡Fingiré amarte! ¡Y esperaré con el corazón en un puño el día en que me entregues los papeles del divorcio y me abandones a mi suerte! ¡Ah, Kazuma, eres un verdadero demonio!
Se abanicó la cara con la mano, como si estuviera a punto de desmayarse de la emoción.
Me quedé mirándola, sin palabras. Mi plan, mi obra maestra de la lógica cínica, había sido interpretado como el guion de una tragedia romántica para masoquistas. Había conseguido lo que quería, pero de la peor manera posible. No me sentía como un genio. Me sentía como un monstruo.
—Tú… no lo entiendes, Darkness —dije, mi voz cansada—. No se trata de humillarte. Se trata de…
—¿Kazuma? ¿Lalatina? ¿Interrumpo algo?
La voz de Lord Aldred nos hizo dar un respingo. Se acercaba desde la casa, sonriendo.
—No, padre. Nada —respondió Darkness, recomponiéndose a una velocidad impresionante. Se secó una lágrima imaginaria y me dedicó una mirada que era una mezcla de adoración y resentimiento—. Kazuma y yo solo estábamos… discutiendo los detalles de nuestro futuro.
—¡Maravilloso! —dijo el anciano, llegando a nuestro lado—. De eso precisamente quería hablaros. He estado revisando los planes de la boda y hay una pequeña cuestión que debemos resolver.
Nos miró a ambos, su expresión seria por primera vez en toda la mañana.
—El contrato matrimonial.
Mi corazón dio un vuelco. El contrato. Por supuesto. Una boda noble tendría un contrato legal.
—Como sabéis, el matrimonio es una unión de familias. Y la ley exige un contrato que estipule la división de bienes, los títulos y, lo más importante, las condiciones para la disolución del vínculo.
Sentí que Darkness se tensaba a mi lado.
—Normalmente, es un documento estándar —continuó Lord Aldred—. Pero dada mi… delicada salud, y mi deseo de asegurar el futuro de Lalatina, he pedido a mis abogados que redacten una cláusula especial.
Sacó un documento de su bolsillo y nos lo tendió. Lo tomé con manos temblorosas. Darkness se inclinó para leer por encima de mi hombro.
Era un texto legal denso y aburrido, pero mis ojos encontraron la cláusula resaltada rápidamente. La leí en voz alta, mi voz apenas un susurro.
—«Cláusula de Estabilidad del Linaje Dustiness: En reconocimiento del frágil estado de salud de Lord Aldred Dustiness y para asegurar la estabilidad emocional y social de su única heredera, Lady Lalatina, el presente vínculo matrimonial se declara indisoluble por un periodo mínimo de diez (10) años, o hasta el nacimiento de un heredero varón que alcance la mayoría de edad, lo que ocurra más tarde. Cualquier intento de disolución antes de dicho plazo se considerará una violación del contrato, resultando en la desheredación completa de Lady Lalatina y la confiscación de todos los bienes aportados al matrimonio por la casa Dustiness».
El mundo se detuvo. Indisoluble. Diez años. O hasta tener un hijo.
El papel se me resbaló de los dedos y cayó al suelo. Mi plan perfecto. Mi obra maestra. Mi salida de emergencia. Todo se había convertido en cenizas.
No era una trampa de la que pudiera escapar. Era una jaula. Una jaula de oro macizo con un cerrojo de diez años.
—Es solo una formalidad, por supuesto —dijo Lord Aldred, ajeno a mi crisis existencial—. Una medida para asegurar que mi hija esté protegida, incluso después de que yo me haya ido. Sé que vosotros dos os amáis de verdad y que nunca la necesitaréis. Pero a un padre le gusta estar seguro.
Me miró, esperando mi aprobación.
—¿Verdad, Kazuma?
No pude hablar. Mi boca estaba seca. Mi mente era un desierto.
Fue Darkness quien respondió. Su voz era extrañamente tranquila, casi serena.
—Por supuesto, padre. Es una cláusula muy… sensata.
Se agachó y recogió el contrato. Su mirada se cruzó con la mía. El éxtasis había desaparecido de sus ojos. La agonía también. En su lugar, había algo nuevo. Algo que se parecía terriblemente a la piedad.
Ella sabía lo que esta cláusula significaba. Sabía que mi plan de escape había sido destruido. Sabía que estaba atrapado. Completamente atrapado.
Y en su mirada, vi la verdad. La verdad que mi propio cinismo me había impedido ver. Ella no quería esta boda tanto como yo. Pero estaba dispuesta a pasar por ella para proteger a su padre. Y ahora, estaba atrapada conmigo. De verdad.
—Bueno, os dejo para que sigáis planeando vuestro futuro —dijo Lord Aldred, dándome una palmada en el hombro—. ¡Hay mucho que hacer! ¡Diez años pasan volando cuando se está enamorado!
Se alejó, tarareando de nuevo, dejándonos solos con las ruinas de mi plan y el peso de una década de matrimonio forzado sobre nuestros hombros.
—Diez años… —murmuré, mi voz vacía.
—O hasta que tengamos un hijo —añadió Darkness en voz baja, como si eso fuera un consuelo.
No lo era.
Me dejé caer en el banco, derrotado. Mi brillante análisis de coste-beneficio era ahora papel mojado. Los costes se habían disparado hasta el infinito. La libertad no era solo una pérdida temporal, era una condena a largo plazo.
Darkness se sentó a mi lado. No dijo nada. Simplemente se quedó allí, mirando el contrato en sus manos.
Levanté la vista hacia el cielo azul y sin nubes. Mi oración a Eris no solo no había sido respondida. Parecía que la diosa me había escuchado y había decidido castigarme por mi arrogancia, diseñando la trampa más perfecta y cruel imaginable.
No iba a casarme y divorciarme. Iba a casarme. Punto.
Miré a la mujer a mi lado. Mi futura esposa. Mi compañera de celda durante los próximos diez años.
Y por primera vez, no vi a una masoquista, a una inútil o a un activo. Vi a otra prisionera.
—Estamos jodidos —dije, resumiendo la situación con la elocuencia que me caracterizaba.
—Sí —respondió ella, su voz apenas un susurro—. Lo estamos.
Y en ese momento de mutua y absoluta desesperación, sentí una extraña conexión con ella. No era amor. No era lujuria. Era la camaradería de dos condenados mirando juntos al abismo.
El análisis de coste-beneficio había concluido. El resultado era claro: bancarrota emocional total. Y la boda era en cinco semanas.