Bendita sea esta Paladín Pervertida
Vapor, Silencio y Piel
***
La normalidad, o la versión de Axel de esa palabra, había regresado a la mansión. Era una normalidad con un nuevo matiz, una tensión subyacente que vibraba en el aire como la cuerda de un laúd a punto de romperse. Por fuera, todo parecía igual. Aqua seguía siendo un desastre etílico andante, capaz de encontrar una botella de vino escondida con la misma precisión con la que un sabueso encuentra una trufa. Esta mañana, por ejemplo, la había encontrado intentando «purificar» el estanque del jardín para convertirlo en vino de alta calidad, un plan que solo resultó en peces muy confundidos y un olor a alcohol barato que tardaría días en disiparse.
Megumin, por su parte, había vuelto a su rutina de acoso explosivo. Con la nueva inyección de capital —cortesía del sacrificio casi mortal de Darkness—, ya no tenía la excusa de la pobreza extrema para negarme. Así que cada tarde, como un ritual sagrado, caminábamos hasta una llanura cercana para que ella pudiera desatar su único y devastador hechizo sobre alguna formación rocosa inocente o un árbol particularmente feo. Luego, por supuesto, tenía que cargarla de vuelta a casa, con su cuerpo inerte sobre mi espalda y una sonrisa de satisfacción beatífica en su rostro. Era agotador, era repetitivo, pero era familiar. Era normal.
Y luego estaba Darkness.
No había vuelto a desaparecer. No había aceptado más misiones suicidas. Estaba presente, participando en las cenas, soportando las estupideces de Aqua y los monólogos de Megumin sobre el arte de la explosión. Pulía su armadura reparada con una diligencia casi febril y se unía a nuestros escasos entrenamientos en el jardín. Pero algo había cambiado entre nosotros. La conversación en la entrada de la ciudad había demolido un muro, pero en su lugar había dejado un campo de minas de incomodidad y miradas furtivas.
A veces, la sorprendía mirándome desde el otro lado de la habitación con una expresión indescifrable, una mezcla de gratitud, curiosidad y algo más, algo más profundo que no me atrevía a nombrar. Cuando nuestras miradas se cruzaban, ella apartaba la vista, un ligero rubor coloreando sus mejillas. No era el rubor pervertido de antes. Era… tímido. Y eso, de alguna manera, era infinitamente más desconcertante.
Yo tampoco era inocente. Me encontraba observándola más de lo debido. Mi mente, en contra de mi voluntad, volvía una y otra vez a ese momento. No a la confrontación en la puerta, sino al momento anterior, en su mansión. El recuerdo era vívido, casi tangible. La sensación de su peso en mis brazos mientras la sacaba de allí, huyendo de su padre y de ese petulante Alderp. En ese instante, rodeado de guardias y con el pánico arañando mi garganta, ella no era la paladín masoquista ni la noble problemática. Era solo Darkness, y era mi deber, mi impulso irracional, protegerla. La había sostenido como si fuera lo más preciado del mundo, como si su seguridad fuera la única misión que importaba.
¿Por qué? ¿Por qué había sentido eso con tanta fuerza?
El dinero, por supuesto. Perder a mi única tanquista sería un desastre financiero y táctico. Era la respuesta lógica, la respuesta de Kazuma. Pero en el silencio de la noche, esa respuesta sonaba hueca. Yo sabía que era hermosa. Objetivamente, era una belleza de primer nivel, de esas que aparecen en los cuentos de hadas. Pelo rubio como el oro, ojos azules como zafiros, y un cuerpo que podría hacer que un santo pecara siete veces antes del desayuno. Pero su personalidad… ah, su personalidad. Era el gran ecualizador. Su masoquismo retorcido, sus jadeos de placer en los momentos más inoportunos, eran un cubo de agua helada sobre cualquier atisbo de lujuria.
Sin embargo… esos otros momentos. Los momentos de sinceridad. Cuando sus defensas caían y la noble Lalatina Dustiness Ford, con todas sus inseguridades y su torpe amabilidad, salía a la luz. La forma en que su voz se suavizaba, la vulnerabilidad en sus ojos… esos momentos eran cautivadores. Peligrosamente cautivadores. Me hacían olvidar a la pervertida y ver a la mujer. Y eso me asustaba más que cualquier Rey Demonio.
Todos estos pensamientos se arremolinaban en mi cabeza mientras me sumergía en el agua caliente del gran baño de la mansión. Era mi santuario, el único lugar donde podía escapar del caos de mis compañeras. El vapor se elevaba, empañando las baldosas y creando una atmósfera de paz y aislamiento. Suspiré, dejando que el calor relajara los músculos tensos por cargar a Megumin. El dinero de Darkness había pagado las deudas, había llenado la despensa y había permitido lujos como este: un baño caliente con sales aromáticas que Aqua probablemente intentaría beberse si las encontraba.
Cerré los ojos, recostando la cabeza en el borde de la bañera. ¿Qué se suponía que debía hacer con Darkness? ¿Ignorar esta nueva tensión hasta que desapareciera? ¿Volver a tratarla con mi habitual sarcasmo y esperar que las cosas volvieran a ser como antes? Pero, ¿realmente quería eso? La imagen de su rostro magullado y agotado en la entrada de la ciudad apareció en mi mente. No, no quería volver a verla así. La ira que sentí en ese momento no era solo por su estupidez; era protectora. Mierda. Era una emoción complicada y molesta.
El suave chirrido de la puerta del baño me sacó de mi ensimismamiento.
—¡Estoy ocupado! —gruñí por instinto, asumiendo que era Aqua buscando un nuevo lugar para esconder su alcohol o Megumin para anunciarme que había descubierto un nuevo ángulo para su próxima explosión.
Pero no hubo respuesta. Solo el sonido de la puerta cerrándose suavemente. Abrí un ojo, irritado. El vapor era denso, pero pude distinguir una silueta en la entrada. Una silueta alta y esbelta. Demasiado alta para ser Megumin, demasiado… compuesta para ser Aqua.
Mi corazón dio un vuelco estúpido.
A medida que la figura avanzaba lentamente, el vapor se arremolinaba a su alrededor, revelando detalles. Pelo largo y rubio, suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros y espalda. No llevaba su habitual cola de caballo. Y no llevaba… nada más.
Me incorporé de golpe en el agua, provocando una pequeña ola que salpicó fuera de la bañera. Mis ojos se abrieron como platos. Era Darkness. Completamente desnuda. Su piel, normalmente pálida, estaba enrojecida por un rubor que se extendía desde su cuello hasta sus mejillas. Se abrazaba a sí misma con una toalla, pero no era suficiente para ocultar nada. Sus ojos, fijos en el suelo de baldosas, evitaban los míos.
Mi cerebro entró en cortocircuito. Mil pensamientos contradictorios se atropellaron en mi cabeza. ¡Es Darkness! ¡Está desnuda! ¡En el baño! ¡Conmigo! ¡Es el sueño de todo adolescente hecho realidad! ¡Espera, es una trampa! ¡Seguro que quiere que la insulte para poder tener un orgasmo! ¡No caigas, Kazuma! ¡Mantén la calma! ¡Pero está desnuda! ¡Y su pelo está suelto! ¡Se ve… diferente!
No había lujuria pervertida en su postura. No había jadeos ni respiración agitada. Solo una vulnerabilidad abrumadora. Se detuvo a unos pasos de la bañera, todavía sin mirarme. El silencio se hizo denso, cargado de una tensión que casi podía saborear. Podía oír el latido de mi propio corazón en mis oídos.
Finalmente, levantó la cabeza. Sus ojos azules se encontraron con los mío. Estaban llenos de una determinación temblorosa, como un soldado novato yendo a su primera batalla. Tragó saliva, y luego, con una voz que era apenas un susurro, tan suave que el sonido del agua goteando casi la ahogó, hizo la pregunta que destrozó todas mis defensas.
—¿Podemos… bañarnos juntos?
Mi mente se quedó en blanco. Todas las respuestas sarcásticas, todos los insultos, todas las estrategias de evasión que mi cerebro había preparado se evaporaron como el vapor a nuestro alrededor. No era una petición lasciva. No era una provocación masoquista. Sonaba… solitario. Sonaba como una petición de tregua, una solicitud de cercanía en el único lugar donde ambos parecían poder bajar la guardia.
La Darkness que tenía delante no era la paladín impenetrable. Era la mujer que se había ofrecido a sacrificarse en un matrimonio sin amor por su gente. La mujer que se había enfrentado sola a monstruos terribles para saldar una deuda que solo ella creía tener. La mujer que, a pesar de su extraña naturaleza, tenía un corazón noble y terriblemente frágil.
Y ante esa mujer, el cínico, sarcástico y pervertido Kazuma Satō no tuvo respuesta.
Solo pude asentir. Un movimiento de cabeza lento y casi imperceptible.
Lentamente, me moví hacia un lado de la gran bañera, creando un espacio. La vi exhalar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. La toalla cayó al suelo con un suave ruido. Por un instante, mi lado más primario luchó por tomar el control, pero la expresión de su rostro lo mantuvo a raya. Con una gracia que contrastaba con su habitual torpeza, bajó los escalones de la bañera y se sumergió en el agua caliente.
Un siseo suave escapó de sus labios al contacto con el calor. Se sentó en el extremo opuesto, de cara a mí, abrazando sus rodillas contra el pecho como un escudo. El agua, ahora turbia por las sales de baño, ocultaba la mayor parte de su cuerpo, pero sus hombros, su cuello y su rostro estaban a la vista. Las cicatrices. Vi las tenues líneas blancas en sus hombros y clavícula, testimonios de batallas pasadas. Eran diferentes a las heridas frescas que había traído de sus misiones en solitario. Eran parte de ella, como su armadura.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era diferente. No era hostil. Era un silencio de expectación, de fragilidad compartida. El vapor nos envolvía en nuestro propio mundo privado.
Fue ella quien lo rompió, su voz todavía baja.
—Gracias.
—No he hecho nada —respondí, mi voz sonando ronca. Me aclaré la garganta—. Todavía.
Una pequeña sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—No me refiero a esto. Bueno, a esto también. Pero… me refiero a lo del otro día. En la puerta.
Se mordió el labio inferior, una costumbre que tenía cuando estaba nerviosa o insegura.
—Dijiste… dijiste cosas que… nadie me había dicho antes.
—Dije que eras una carga inútil y una pervertida —repliqué, mi sarcasmo volviendo como un reflejo—. No es exactamente un soneto de amor.
—También dijiste que era tu escudo —contraatacó suavemente—. Que ese era mi papel, y que lo hacía… jodidamente bien.
Desvió la mirada, y el rubor en sus mejillas se intensificó.
—Nadie… nadie había reconocido mi función de esa manera. Siempre me ven como la noble torpe o… o la masoquista extraña. Pero tú… lo viste como una parte valiosa del grupo. Como mi fuerza.
Mierda. Estaba haciendo que sonara como si yo fuera un líder profundo y perspicaz, cuando en realidad solo había estado tratando de evitar que se matara.
—Era la verdad —dije, encogiéndome de hombros, intentando parecer indiferente—. Eres una tanquista demente que atrae todos los ataques. Es una habilidad muy útil cuando el resto de nosotros somos tan frágiles como el cristal. Es pura pragmática.
—Quizás —admitió—. Pero aun así… gracias. Por detenerme. Estaba… estaba siendo una tonta.
Se llevó una mano a la mejilla, donde el corte ya se había convertido en una costra delgada.
—Me dejé llevar por el honor de mi familia, por la culpa… y no pensé en lo que significaría para el grupo. Para ti.
La miré. El vapor se arremolinaba entre nosotros, suavizando sus rasgos. Su pelo mojado se pegaba a su cuello y hombros, haciéndola parecer más joven, más vulnerable.
—Bueno, yo también me dejé llevar —admití, para mi propia sorpresa. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. Estaba furioso. No por el dinero, no del todo. Estaba furioso porque estabas siendo estúpidamente imprudente. Porque podrías no haber vuelto. Y encontrar a otra paladín que esté dispuesta a recibir un golpe directo de un golem mientras jadea de placer es… imposible.
Ella soltó una risa suave, acuosa.
—Supongo que soy única en mi especie.
—No tienes idea —murmuré.
Nos quedamos en silencio de nuevo. Esta vez, era un silencio cómodo. La tensión inicial se había disuelto en el agua caliente. Me permití relajarme un poco, observándola con más detenimiento. Sin su armadura, sin su peinado rígido, sin su máscara de éxtasis masoquista, era simplemente… hermosa. Una belleza serena y tranquila que me dejaba sin aliento.
—Kazuma… —dijo de repente, su tono volviéndose serio.
—¿Mmm?
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó, y sus ojos azules me buscaron a través del vapor—. Realmente. ¿Por qué me sacaste de allí? El dinero que gastaste… era la fortuna de toda una vida. Podrías haberte comprado un castillo, vivir como un rey por el resto de tus días. En cambio, lo tiraste todo por… por mí.
La pregunta flotó en el aire, pesada y directa. La pregunta que había estado evitando incluso en mi propia mente.
Mi respuesta automática estaba en la punta de mi lengua: *¡Porque eres mi tanquista! ¡Porque no quería buscar a otra! ¡Porque era un fastidio!* Pero al mirarla a los ojos, tan sinceros y expectantes, las mentiras cínicas se atascaron en mi garganta.
Suspiré, pasándome una mano por el pelo mojado.
—No lo sé —dije, y la honestidad en mi propia voz me sorprendió—. Al principio, era por eso. Porque eres parte del grupo. Porque somos un equipo, por disfuncional que sea. Pero cuando te vi allí, con ese vestido, a punto de ser entregada a ese cerdo de Alderp…
Me detuve, recordando la escena. La expresión resignada en su rostro, la forma en que se mantenía erguida y orgullosa, lista para sacrificarse.
—Simplemente… no estaba bien —continué en voz baja—. Tú, que siempre te lanzas de cabeza al peligro para protegernos, que soportas nuestras locuras… verte sacrificándote de esa manera, no en una batalla, sino en un salón, por política y dinero… me enfermó.
»Y te cargué, y corrimos, y todo en lo que podía pensar era en sacarte de allí. Lejos de él, lejos de tu padre, lejos de todo eso. Por un momento, olvidé el dinero, olvidé al Rey Demonio, olvidé todo. Solo importaba que tú no terminaras en esa jaula dorada.
El silencio que siguió a mi confesión fue absoluto. Darkness me miraba con los ojos muy abiertos, sus labios ligeramente separados. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, mezclándose con las gotas de agua del vapor.
—Kazuma… —susurró, su voz rota.
—¡No te pongas sentimental! —dije rápidamente, sintiendo el calor subir a mis propias mejillas—. Fue un impulso estúpido. ¡Un completo error de cálculo financiero! ¡Todavía me arrepiento de cada moneda!
Pero mi arrebato sonó falso incluso para mis propios oídos.
Ella sonrió, una sonrisa genuina y radiante que iluminó su rostro. No era una sonrisa pervertida ni una sonrisa noble y distante. Era la sonrisa de Darkness. Y era lo más hermoso que había visto en mi vida.
—Eres una buena persona, Kazuma Satō —dijo suavemente.
—¡No lo soy! —protesté, salpicando agua en su dirección con un manotazo.
Ella apenas se inmutó, su sonrisa no vaciló.
—Lo eres. Eres egoísta, pervertido, cínico y perezoso. Pero debajo de todo eso, cuando realmente importa, eres la persona más honorable y valiente que conozco.
Se deslizó por el agua, acercándose. Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mis costillas. Se detuvo a un brazo de distancia, el agua arremolinándose entre nosotros.
—Por eso vine —dijo, su voz volviendo a ser un susurro íntimo—. Quería que entendieras. No te estaba pagando por una transacción financiera. Estaba tratando de ser digna de la persona que me salvó. Estaba tratando de demostrar que no te equivocaste al apostar todo por mí.
Extendió una mano a través del agua y la posó suavemente sobre mi antebrazo. Su toque era cálido y firme. No era el agarre torpe de una guerrera, sino el contacto delicado de una mujer.
—Pero tenías razón —continuó—. Esa no es la manera. La manera de ser digna de tu confianza es estar aquí, a tu lado. Como tu escudo. Como tu compañera. No como tu deudora.
Miré su mano sobre mi brazo, luego subí la mirada a su rostro. La sinceridad en sus ojos era abrumadora. Todo el sarcasmo, toda la ironía, se desvaneció de mí. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué decir.
Así que no dije nada. Simplemente cubrí su mano con la mía.
Nos quedamos así, en silencio, en el agua caliente y el vapor arremolinado. No era una solución. No era una declaración de amor. No cambiaba el hecho de que ella era una masoquista y yo un canalla. Pero era… un entendimiento. Un nuevo punto de partida.
Después de lo que pareció una eternidad, ella retiró su mano lentamente.
—Me… me estoy convirtiendo en una pasa —dijo, con un toque de su torpeza habitual volviendo a su voz.
Solté una risa ahogada.
—Ya eras medio rara, no notaríamos la diferencia.
Ella me lanzó una mirada de falsa indignación antes de sonreír de nuevo.
—Gracias, Kazuma. Por el baño.
—No hay de qué —respondí—. Pero la próxima vez, al menos trae tu propia toalla.
Se levantó, y esta vez, deliberadamente, mantuve mi mirada fija en su rostro. Aunque una parte muy ruidosa de mi cerebro gritaba en protesta. Salió de la bañera con la misma gracia con la que había entrado, recogió su toalla y, sin mirar atrás, salió del baño, cerrando la puerta suavemente tras de sí.
Me quedé solo de nuevo, en el agua que ahora parecía un poco más fría. El vapor comenzó a disiparse. Me recosté contra el borde de la bañera, sintiéndome completamente agotado, pero de una manera extrañamente pacífica.
Mi vida seguía siendo un caos. Mis compañeras seguían siendo un trío de desastres andantes. Y mis finanzas, aunque mejoradas, seguían siendo una fuente de ansiedad.
Pero mientras miraba el lugar vacío donde Darkness había estado sentada, una sonrisa tiró de mis labios.
Ser una carga, ser inútil, ser un desastre… esa era la esencia de nuestro grupo. Pero tal vez, solo tal vez, compartir esas cargas en un baño caliente de vez en cuando no era tan malo.
Mierda. Esto era mucho más complicado que luchar contra sapos gigantes. Y, por alguna razón estúpida, no me importaba en absoluto.