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Bendita sea esta Paladín Pervertida

Pacto Doméstico

***

Desastroso era un eufemismo. La escena que se desarrollaba en el salón principal de la mansión podría haber sido catalogada como un desastre natural de categoría tres. El epicentro del caos era, como de costumbre, Aqua. Había tenido la brillante idea de que el bastón de Megumin, con su forma convenientemente alargada y su orbe rojo en la punta, sería el tendedero perfecto. Y no para cualquier ropa, no. Allí, colgando con una falta de respeto casi sacrílega, estaba su divino atuendo celestial, goteando agua del estanque sobre la alfombra cara.

Megumin, por supuesto, no se había tomado bien la profanación de su artefacto sagrado.

—¡Quita tus harapos de mi Báculo de la Destrucción Carmesí! —chillaba, su voz alcanzando un tono que solo los murciélagos y los perros podían apreciar plenamente—. ¡Estás mancillando su poder arcano con el olor a agua estancada y a diosa inútil!

—¡No es un harapo! ¡Es una vestidura sagrada imbuida de mi poder divino! —replicaba Aqua, intentando defender su improvisado tendedero mientras se retorcía de la risa—. ¡Además, le da un toque elegante! ¡Mira cómo brilla el orbe con las gotas de agua bendita!

La paciencia de Megumin, ya de por sí minúscula, se hizo polvo. Se abalanzó sobre Aqua, no con la intención de hacerle daño físico —sabía que era una batalla perdida—, sino con el arma más temida por la archisacerdote: las cosquillas.

El salón se llenó de un coro de chillidos agudos y risas histéricas que me taladraban el cráneo. Aqua se desplomó en el suelo, retorciéndose como un gusano mientras Megumin atacaba sin piedad sus costados y axilas.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Me rindo! ¡Jajajaja! ¡Mi divinidad no puede soportar este asalto! —suplicaba entre carcajadas.

Yo estaba sentado en el sofá, con la cabeza entre las manos, sintiendo cómo una vena en mi frente comenzaba a palpitar al ritmo de los gritos de Aqua. Había dormido mal, preocupado por las finanzas a pesar de la reciente inyección de capital, y este pandemonio matutino era la última gota. El baño con Darkness, esa extraña tregua de vapor y sinceridad, parecía un sueño lejano, una fantasía de paz que se había evaporado con la primera luz del día.

Estaba a punto de levantarme. A punto de desatar un torrente de insultos y amenazas que habría hecho sonrojar a un súcubo. Iba a gritarles que si no se callaban, usaría el bastón de Megumin para desatascar el retrete y vendería hasta la última botella de vino de Aqua para comprar tapones para los oídos. Mi boca ya se estaba abriendo, el aire ya llenaba mis pulmones para el primer grito…

Pero una voz, tranquila y firme, se me adelantó.

—Suficiente.

El sonido cortó el caos como un cuchillo caliente en la mantequilla. No fue un grito. No fue una orden marcial. Fue una declaración de hechos, pronunciada con una autoridad serena que ninguna de nosotras esperaba.

Aqua y Megumin se congelaron. Lentamente, giraron la cabeza.

Darkness estaba de pie en el umbral de la cocina, con un delantal puesto sobre su ropa de diario y las manos en las caderas. Su expresión no era de ira, ni de éxtasis masoquista ante el conflicto. Era una de pura y simple desaprobación. La clase de mirada que una madre le dirige a sus hijos cuando los pilla pintando las paredes con mermelada.

—Megumin, suelta a Aqua. Aqua, levántate del suelo, estás mojando la alfombra. Y ambas, ahora mismo, vais a quitar esa ropa del bastón y a llevarlo a secar al jardín, como la gente normal.

El silencio fue atronador. Vi a Megumin tragar saliva. Vi a Aqua parpadear, confundida, como si la orden hubiera sido dada en un idioma antiguo que apenas recordaba.

—Pero… ¡profanó mi bastón! —se quejó Megumin, aunque su voz había perdido todo su filo.

—Y tú la estás atacando en medio del salón como una niña pequeña —replicó Darkness, sin alzar la voz—. No me importa quién empezó. Lo terminaré yo. Tenéis hasta que cuente tres para empezar a ordenar este desastre. Uno…

Fue como si hubiera lanzado un hechizo de parálisis. Megumin se apartó de Aqua de un salto. Aqua se puso en pie de un brinco, mirando a Darkness con los ojos muy abiertos.

—Dos…

Con una velocidad que rara vez demostraban fuera del campo de batalla, Aqua descolgó su ropa del bastón mientras Megumin lo recuperaba, abrazándolo protectoramente contra su pecho y limpiando el orbe con la manga de su túnica.

Me quedé boquiabierto. No había habido gritos (aparte de los suyos), ni violencia, ni amenazas de castigos pervertidos. Solo calma, autoridad y una cuenta atrás. Y había funcionado. Había funcionado mejor que cualquiera de mis diatribas.

Miré a Darkness, que ahora supervisaba cómo las otras dos, murmurando entre dientes, salían al jardín. Había algo en su postura, en la forma en que mantenía la calma en medio de nuestra locura habitual, que era… nuevo. O tal vez siempre había estado ahí, enterrado bajo capas de masoquismo y torpeza, y yo no lo había visto hasta ahora. Era una autoridad calmada, casi… maternal. Era extrañamente atractivo. Era, por usar una palabra que mi yo cínico odiaría, lindo.

Aprovechando el impulso que ella había creado, me levanté y crucé los brazos, adoptando mi mejor pose de líder hastiado.

—Y que sea la última vez —dije, mi voz sonando más grave de lo normal para respaldar su autoridad—. La próxima vez que vea una pelea tan estúpida, no habrá advertencias. Venderé ese palo glorificado a un mago novato que lo usará para remover pociones, Megumin. Y Aqua, donaré toda tu colección de alcohol al gremio de ladrones. ¡A ver qué tan rápido te hacen «purificar» su agua de alcantarilla a cambio de un trago!

El terror puro en sus rostros fue una visión gloriosa. Ambas asintieron frenéticamente, sin atreverse a decir una palabra, antes de escabullirse por la puerta del jardín como un par de goblins asustados.

Un suspiro de alivio escapó de mis labios. El silencio, bendito y glorioso silencio, llenó la mansión. Solo se oía el suave goteo de agua en el suelo, un recordatorio del caos recién sofocado.

Darkness se giró hacia mí, y una pequeña sonrisa, una genuina y no pervertida, jugó en sus labios.

—Funcionó.

—Claro que funcionó —dije, intentando sonar como si todo hubiera sido mi plan—. La amenaza a sus posesiones más preciadas siempre funciona. Es la regla número uno para tratar con ellas.

—Supongo que sí —asintió—. Iré a por un trapo para secar esto. El desayuno estará listo en diez minutos.

La vi caminar de regreso a la cocina, su paso tranquilo y seguro. Me quedé solo en el salón, mirando el punto húmedo en la alfombra. Una extraña sensación se instaló en mi pecho. Por un momento, todo había encajado de una manera nueva y peculiar. El caos de Aqua y Megumin. La intervención tranquila pero firme de Darkness. Mi amenaza de respaldo. La resolución pacífica.

Era… era como si fuéramos una familia.

Una familia increíblemente disfuncional, sí. Pero una familia al fin y al cabo. Y en esa extraña dinámica, los roles se habían vuelto dolorosamente claros. Aqua y Megumin eran las hijas malcriadas y revoltosos, siempre peleando y causando problemas.

Y nosotros… Darkness y yo… éramos el papá y la mamá.

La idea me golpeó con la fuerza de un hechizo de Explosión. Ella, con su autoridad tranquila y su instinto protector, era la madre que ponía orden. Y yo, con mi sarcasmo, mis amenazas y mi cansancio existencial, era el padre gruñón que solo quería leer el periódico en paz.

Empecé a reír. Al principio fue una risa ahogada, pero pronto se convirtió en una carcajada abierta y sincera. ¡Qué ridículo! ¡Qué absurdo! ¡Kazuma Satō, el aventurero NEET, convertido en una figura paterna! Era la cosa más estúpida que había pensado en mi vida.

Y, sin embargo… no me desagradaba del todo.

***

La dinámica familiar persistió durante todo el día, como un hechizo de área de efecto que nadie sabía cómo disipar. En el desayuno, Darkness sirvió una comida sorprendentemente equilibrada. Había huevos, pan tostado y algo parecido a tocino. Aqua intentó verter vino en su zumo de naranja, pero una sola mirada de Darkness bastó para que dejara la botella en la mesa con un puchero. Megumin, por su parte, comió en un silencio casi respetuoso, lanzándome miradas de reojo como si esperara que le confiscara el bastón en cualquier momento. Yo me senté a la cabeza de la mesa, bebiendo mi café, sintiéndome extrañamente como mi propio padre.

Más tarde, en el gremio, la sensación se intensificó.

—Necesitamos una misión que pague bien pero que no implique un riesgo de muerte inminente —dije, estudiando el tablón de anuncios.

—Nada de monstruos subterráneos —añadió Darkness, de pie a mi lado—. Megumin no puede usar su magia, y mi armadura se llena de barro. Es muy difícil de limpiar.

—Y nada de misiones acuáticas —mascullé, recordando con un estremecimiento el ataque del kraken—. La última vez casi nos ahogamos todos por culpa de la diosa de las fiestas.

Aqua, que estaba intentando convencer a Luna de que le fiara una jarra de cerveza, nos oyó y gritó:

—¡Fue un bautismo táctico!

—Parecía más bien un intento de ahogamiento —dijo Megumin, y la pelea habría comenzado de nuevo si Darkness no se hubiera aclarado la garganta significativamente. Ambas se callaron al instante.

Luna nos miraba desde detrás del mostrador con una expresión de diversión.

—Parecéis un matrimonio discutiendo las vacaciones familiares, Kazuma-san.

Sentí el calor subir a mis mejillas. A mi lado, Darkness se sonrojó violentamente, pero no dijo nada para negarlo.

—¡Solo estamos siendo prácticos! —espeté, arrancando un cartel del tablón—. ¡Esto servirá! «Se busca grupo de aventureros para recolectar diez unidades de ‘Musgo Lunar Susurrante’ del Bosque de los Ecos. Recompensa: 300,000 eris». Suena fácil. Aburrido, pero fácil.

—El Bosque de los Ecos… —murmuró Luna, pensativa—. Tened cuidado. No hay monstruos peligrosos, pero está lleno de Pixies y Gremlins. Les encanta robar objetos brillantes y gastar bromas. Son más una molestia que una amenaza.

—Una molestia es nuestra especialidad —dije con una sonrisa torcida—. Vámonos, equipo.

El viaje al Bosque de los Ecos fue… tranquilo. Demasiado tranquilo. Aqua y Megumin caminaban unos pasos por delante, discutiendo en susurros sobre cuál de sus habilidades era más impresionante. Darkness caminaba a mi lado, en silencio.

—¿Estás bien? —le pregunté, rompiendo el silencio—. Estás muy callada.

—Estoy bien —respondió ella, mirando al frente—. Solo… pensaba en lo que dijo Luna-san.

—Ah, eso. No le hagas caso. Siempre está diciendo tonterías.

—Aun así… —dijo, y pude ver el rubor en sus mejillas de nuevo—. Es extraño. Esta mañana… sentí que todo encajaba. Que sabía exactamente qué hacer.

—Lo llaman ‘madurez’ —bromeé—. Es una enfermedad terrible. Los síntomas incluyen responsabilidad y menos ganas de ser golpeada por monstruos.

Ella soltó una risita suave.

—Quizás. O quizás es que por fin entiendo mi papel. Como dijiste, mi trabajo es proteger al grupo. Y a veces, el mayor peligro para el grupo… somos nosotros mismos.

La miré. Esa simple frase contenía una sabiduría que no esperaba de ella. La Darkness que se dejaba llevar por sus impulsos parecía haberse tomado un descanso, reemplazada por esta versión más serena y centrada. El baño. Esa conversación había cambiado algo fundamental entre nosotros, en ella. Le había dado un ancla, un propósito más allá de su perversión. Y ese propósito la hacía… formidable.

El Bosque de los Ecos era hermoso y exasperante a partes iguales. Árboles ancestrales formaban un dosel que filtraba la luz del sol en haces dorados. El aire olía a tierra húmeda y a flores silvestres. Y por todas partes, se oían risitas agudas y el revoloteo de pequeñas alas.

El Musgo Lunar Susurrante crecía en las cortezas de los árboles más viejos, brillando con una suave luz plateada. La tarea era sencilla: encontrarlo y recolectarlo. Pero con los Pixies de por medio, nada era sencillo.

—¡Ah! ¡Mi cinta para el pelo! —gritó Aqua, cuando una pequeña criatura alada pasó zumbando y se la arrebató de la cabeza.

—¡Mi grimorio! —exclamó Megumin, viendo cómo otro ser travieso intentaba llevarse el libro que guardaba en su cinturón.

Era un caos de bajo nivel. Un enjambre de molestias. Intentar atraparlos era como intentar coger humo con las manos.

—¡Muy bien, ya basta! —dije, harto de las risitas—. ¡Plan de acción! Darkness, tú eres la que más brilla. Tu armadura es como un faro para estas polillas molestas. Quiero que vayas al centro de ese claro y te quedes quieta. Atrae su atención.

Por un instante, vi un destello de su antiguo yo en sus ojos. La idea de ser el centro de atención, el cebo, le provocó un ligero temblor.

—¿Q-Quieres que me exponga… para que todas esas pequeñas criaturas se centren en mí? —jadeó suavemente.

—Sí, pero no para que te golpeen, pervertida —aclaré rápidamente—. Solo para que te miren. Mientras están distraídas contigo, Megumin, Aqua, os quedáis detrás de mí. Y nadie, bajo ninguna circunstancia, usa un hechizo. ¿Entendido?

Asintieron a regañadientes.

Darkness caminó hacia el centro del claro. Se irguió, su armadura pulida reflejando los rayos de sol. Era magnífica. Inmediatamente, docenas de Pixies y Gremlins dejaron de molestar a Aqua y Megumin y se arremolinaron a su alrededor, fascinados por el brillo.

—¡Ahora! —susurré.

Activé mi habilidad `Lurk` y me volví casi invisible. Me deslicé por el borde del claro, localizando los parches de musgo brillante mientras el ejército de bichos estaba completamente cautivado por la «mamá» brillante. Con mi habilidad `Steal`, no necesitaba ni acercarme del todo. Un gesto rápido de mi mano, y un trozo de musgo volaba por el aire y aterrizaba en la bolsa que llevaba. Uno, dos, cinco, ocho…

Fue el plan más fácil y efectivo que habíamos ejecutado nunca.

Cuando tuve las diez unidades, le hice una seña a Darkness. Ella asintió y, con un movimiento deliberadamente torpe, tropezó y cayó al suelo con un gran estrépito de metal. El ruido asustó a las criaturas, que se dispersaron en todas direcciones, dejando caer los objetos que habían robado.

Aqua recuperó su cinta y Megumin su libro. Cuando Darkness se levantó, sacudiéndose el polvo, tenía una sonrisa de satisfacción en el rostro.

—Buen trabajo, escudo humano —dije, dándole una palmada en la hombrera.

—Fue un plan excelente, Kazuma —respondió ella, su mirada encontrándose con la mía por un segundo más de lo estrictamente necesario.

El camino de vuelta fue diferente. Aqua y Megumin, impresionadas por la eficiencia del plan (y probablemente aliviadas de no haber tenido que hacer nada), caminaban en un silencio casi asombrado.

—Eso ha sido… profesional —dijo Megumin finalmente.

—Kazuma a veces tiene buenas ideas, cuando no está siendo un pervertido perezoso —añadió Aqua.

—¡Oye! ¡Os acabo de conseguir 300,000 eris sin que movierais un dedo! ¡Un poco de respeto! —protesté.

—Gracias, Kazuma —dijo Darkness a mi lado, su voz suave ahogando mis quejas—. Y gracias a vosotras también, chicas, por seguir el plan.

Aqua y Megumin se miraron, sorprendidas por el elogio.

—Bueno… supongo que no ha estado tan mal —admitió Megumin.

Esa noche, la atmósfera en la mansión era pacífica. La cena transcurrió sin incidentes. El dinero de la misión había elevado el ánimo general, y el cansancio de la caminata había aplacado la energía caótica de Aqua y Megumin. Después de comer, se retiraron a sus habitaciones temprano, una para estudiar su grimorio y la otra probablemente para abrazar una botella de vino en la intimidad de su cuarto.

Darkness y yo nos quedamos en el salón, junto a la chimenea que había encendido para combatir el frescor de la noche. Ella estaba puliendo una de sus grebas, el paño moviéndose en círculos rítmicos sobre el metal. Yo estaba recostado en el sofá, con los brazos detrás de la cabeza, mirando las llamas.

—Hoy ha sido… menos desastre de lo habitual —comenté, rompiendo el cómodo silencio.

Ella dejó de pulir y me miró. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Fueron sorprendentemente obedientes. Una vez que amenazaste con vender sus posesiones más preciadas, claro.

—La táctica del padre desesperado —dije con una sonrisa irónica—. Funciona en todos los mundos, al parecer.

Ella dejó la greba a un lado y se apoyó en el respaldo de su silla, su rostro iluminado por el fuego.

—Manejaste bien la situación esta mañana, Kazuma.

Me encogí de hombros, sintiéndome extrañamente cohibido por el cumplido.

—Tú fuiste la que las detuvo. Yo solo añadí los fuegos artificiales. Parecías… saber qué hacer.

—Solo hice lo que sentí que era correcto —dijo en voz baja—. Proteger al grupo. Incluso de sí mismo.

Ahí estaba otra vez. Esa frase. Me incorporé, apoyando los codos en las rodillas, y la miré más seriamente.

—¿Sabes? Por un momento hoy, he tenido un pensamiento realmente estúpido.

—¿Más estúpido de lo habitual? —preguntó, con un brillo divertido en los ojos.

—Mucho más. —Hice una pausa, buscando las palabras—. He pensado que parecíamos una familia. Ellas dos, las niñas problemáticas. Y nosotros…

No terminé la frase, pero no era necesario. El rubor que se extendió por sus mejillas me dijo que ella había entendido. Y probablemente, había pensado lo mismo.

—Es una idea… extraña —dijo finalmente, apartando la mirada hacia el fuego.

—Es una idea de pesadilla —corregí, volviendo a mi cinismo habitual—. Imagíname intentando enseñar a Megumin sobre la gestión responsable del maná o a Aqua sobre los peligros del alcoholismo. Me volvería loco en una semana.

—Y yo tendría que asegurarme de que comierais verduras y os fuerais a la cama a una hora decente —añadió ella, siguiendo el juego. Una sonrisa más amplia se dibujó en su rostro—. Sí, una pesadilla.

Nos quedamos en silencio, ambos sonriendo ante la ridícula imagen. Pero debajo de la broma, había algo más. Algo cálido y real.

—Pero… —dijo ella, su voz perdiendo el tono de broma—, por muy de pesadilla que sea, hoy ha sido un buen día. Hemos trabajado juntos. Como un verdadero equipo. Sin… complicaciones.

—Sin complicaciones —repetí, probando las palabras. Era cierto. Por primera vez en mucho tiempo, todo había fluido. Nuestra extraña dinámica familiar, este pacto doméstico no hablado, había traído una especie de orden a nuestro caos.

La miré. A Darkness. A Lalatina. La paladín masoquista, la noble torpe, la mujer que se había roto para intentar pagarme una deuda de honor. Y ahora, la madre improvisada de nuestro grupo de inadaptados. La otra mitad de una extraña unidad parental que mantenía unido nuestro pequeño y frágil mundo.

Mierda. Esto se estaba volviendo complicado. Emocionalmente complicado.

—Supongo que mientras la «mamá» del grupo esté ahí para poner orden, el «papá» puede permitirse ser un poco más perezoso —dije, recostándome de nuevo en el sofá y cerrando los ojos.

No vi su reacción, pero escuché el suave sonido de su risa, una melodía cálida en el silencio de la noche.

No, no éramos una familia normal. Éramos un desastre, un accidente, una broma cósmica. Pero mientras el fuego crepitaba y el calor llenaba la habitación, por primera vez, sentí que estaba exactamente donde tenía que estar. En el corazón de este extraño, caótico y disfuncional hogar. Y por alguna razón completamente estúpida, la idea de ser el «papá» de este manicomio, con ella como la «mamá», ya no me parecía tan aterradora. De hecho, era casi… reconfortante.