Besitos
Entre Píxeles y Caricias
El zumbido constante del aire acondicionado en dieciséis grados era el único sonido que competía con la respiración pausada de Joshua. Estaba tirado a lo largo de la cama, con los brazos detrás de la nuca, observando a Mariana. Ella estaba sentada en el borde del colchón, de espaldas a él, con la espalda encorvada de esa manera que a él le daban ganas de enderezarla a puros besos. Tenía el iPad entre las manos y la luz de la pantalla iluminaba su carita dulce, concentrada, con la punta de la lengua asomando apenas por la comisura de sus labios.
Joshua llevaba diez minutos tratando de llamar su atención solo con la mirada, pero Mariana estaba en otro mundo. Un mundo de bloques, colores brillantes y avatares cabezones que él no terminaba de entender, pero que a ella la entretenía por horas.
—Mami... —soltó él, arrastrando la voz con ese acento pesado, cargado de pereza y ganas de cariño—. ¿Qué es lo que tanto tú miras en esa pantalla, nena? Llevas media hora ahí metida y me tienes aquí pasando frío solo.
Mariana ni siquiera parpadeó. Sus dedos se movían con agilidad sobre el cristal.
—Espera, Joshua, que estoy en medio de una partida de "Dress To Impress" y tengo que terminar el "outfit" antes de que se acabe el tiempo —respondió ella con esa voz finita que a él lo derretía, aunque ahora le causara un poquito de frustración.
Joshua se incorporó sobre los codos, entrecerrando sus ojos achinados. Se arrastró por la cama como un depredador silencioso hasta quedar justo detrás de ella. Apoyó la barbilla en su hombro, sintiendo el aroma a vainilla de su piel, y miró la pantalla por encima de su brazo.
—¿Roblox otra vez? —preguntó él, su voz vibrando cerca del oído de ella—. ¿Tú prefieres estar vistiendo a un muñequito de esos que darme un besito a mí? No me hagas eso, Mariana, que me pongo sentimental.
—No seas exagerado, amor —ella rió bajito, sin soltar el iPad—. Mira, tengo que ponerle las botas y el bolso, la temática es "Gala de Premios" y quiero ganar.
Joshua soltó un suspiro dramático y comenzó a repartir besos cortos y húmedos por el cuello de la joven, justo donde sabía que ella tenía más sensibilidad.
—¿Gala de premios? —repitió él, metiendo la mano por debajo de la camiseta de seda de Mariana para acariciar su cintura—. Para gala de premios la que te voy a dar yo cuando gane el próximo Billboard y te lleve conmigo. Pero ahora mismo, el único premio que importa soy yo, ¿viste?
—¡Joshua, para! —Mariana soltó una risita nerviosa, encogiéndose de hombros para protegerse de las caricias—. Me haces cosquillas y voy a ponerle el color que no es al vestido. Déjame ganar esta, por favor.
—No quiero —sentenció él con una sonrisa traviesa—. Tú me tienes enviciado con esa boquita tuya y ahora me ignoras por un juego de nenes chiquitos. Eso no se le hace a un hombre como yo.
Joshua decidió que la sutileza no estaba funcionando. Con un movimiento rápido, rodeó la cintura de Mariana con sus brazos fuertes y la jaló hacia atrás, haciendo que ella cayera de espaldas sobre su pecho, todavía con el iPad en alto.
—¡Ay! —exclamó ella, aunque no dejó de reír—. ¡Joshua, que me mataste el avatar!
—Que se muera el avatar, yo te revivo aquí mismo —él la apretó contra sí, enterrando la cara en su pelo rulo—. Mira eso, estás toda fría por estar fuera de las sábanas. Ven acá, métete conmigo.
—Solo un minuto más, de verdad —suplicó ella, tratando de recuperar el equilibrio mientras Joshua le mordisqueaba el lóbulo de la oreja—. Mira, ya están votando. Tengo que ver si gané.
Joshua miró la pantalla con desdén fingido. Veía un montón de personajes caminando por una pasarela virtual mientras otros usuarios escribían cosas en un chat que subía a toda velocidad.
—Esa nena de ahí te copió el estilo, mami —dijo él, señalando a una monigote con un vestido rosado—. Pero la tuya se ve mejor. Tiene más "flow", como tú.
Mariana se giró un poco para mirarlo a los ojos, con una chispa de alegría en la mirada.
—¿Viste? Te dije que me estaba quedando lindo.
—Todo lo que tú tocas se pone lindo, nena —él le acarició la mejilla con el pulgar, suavizando el tono—. Pero ya, apaga eso. Me tienes el cuarto lleno de luces de colores y yo lo que quiero es oscuridad y que me hables suavecito al oído.
—Eres un malcriado, Joshua Omar —murmuró ella, dejando finalmente el iPad sobre la mesa de noche, aunque con un poco de resistencia—. Siempre quieres que se haga lo que tú digas.
—Porque yo sé lo que nos conviene —replicó él, acomodándola para que quedara encima de él, tal como a él le gustaba—. Aquí, bajo la sabana, con el aire en dieciséis y tú dándome besitos... dime si hay un plan mejor que ese en todo Puerto Rico.
Mariana se dejó querer, apoyando las manos en el pecho firme de Joshua. Lo miró con esa devoción que a él le inflaba el ego y le ablandaba el corazón al mismo tiempo.
—No hay plan mejor —admitió ella en un susurro—. Pero a veces me gusta jugar, Joshua. No puedo estar las veinticuatro horas del día solo mirándote a ti, aunque seas muy guapo.
Joshua frunció el ceño, sus celos juguetones asomando de nuevo.
—¿Y por qué no? Yo podría estar toda la vida mirándote a ti sin cansarme. Es más, si por mí fuera, mandaba a quitar el internet del apartamento para que no tengas más remedio que hacerme caso a mí.
—Eso es ser un dictador —bromeó ella, dándole un toquecito en la nariz—. Y tú no eres así. Tú eres mi nene consentido.
—Soy tu nene y soy tu dueño, no se te olvide —él la tomó por la nuca, atrayéndola hacia su rostro—. Dame un beso de esos que me quitan el sueño, anda. Que me dejaste seco esperando por el jueguito ese.
Mariana se inclinó y lo besó. Fue un beso lento, dulce, de esos que sabían a calma y a pertenencia. Joshua cerró los ojos, disfrutando del contacto, sintiendo cómo la tensión de ser "Omar", el artista, el hombre que todos querían un pedazo de él, se desvanecía por completo. Con ella no había cámaras, no había contratos, no había presiones. Solo estaba el frío de la habitación y el calor de su nena.
Sin embargo, el silencio duró poco. Un sonido de notificación electrónico volvió a sonar desde la mesa de noche. *Ding*.
Joshua gruñó contra los labios de Mariana.
—No me digas que el muñeco ese tiene hambre ahora —dijo él sin soltarla.
—Es Sofía... —dijo Mariana, tratando de estirarse para alcanzar el iPad—. Me está escribiendo por el chat del juego, dice que me meta a otro servidor.
Joshua la apretó más fuerte contra su cuerpo, impidiéndole el movimiento.
—Sofía lo que tiene es que buscarse un novio y dejar de estar molestando a la mujer ajena —sentenció él con voz ronca—. Dile que estás ocupada con un asunto de estado.
—¿Asunto de estado? —ella soltó una carcajada cristalina.
—Sí, el estado de tu hombre, que necesita atención urgente —Joshua se giró, quedando ahora él sobre ella, atrapándola entre el colchón y su cuerpo—. A ver, nena... ¿quién es el que te compra todos los gustos? ¿Quién es el que te cuida? ¿El Roblox ese o yo?
—Tú, Joshua. Siempre tú —respondió ella, rodeándole el cuello con los brazos, rindiéndose a su intensidad.
—Pues entonces olvídate de la pantalla un rato —él le bajó el tono de voz, volviéndose más íntimo—. Me gusta cuando me hablas así, bajito. Me gusta que seas tan dulce conmigo. Pero no me gusta compartirte, ni con tus amigas, ni con un juego de video. Soy un egoísta con lo mío, y tú eres lo más mío que tengo.
Mariana suspiró, sintiendo el peso reconfortante de Joshua sobre ella. Sabía que él podía ser un poco asfixiante a veces, pero su forma de quererla era tan pura, tan dedicada, que no podía evitar sentirse la mujer más afortunada del mundo.
—Está bien, amor. Ya no juego más por hoy —prometió ella, dándole un besito en la frente—. Me quedo aquí contigo, encerradita.
—Así me gusta —Joshua sonrió, mostrando esos dientes perfectos—. Y mañana, si te portas bien y no me ignoras más, te llevo a la joyería esa que te gustó en el Mall of San Juan. Te compro lo que tú quieras.
—No quiero joyas, Joshua. Solo quiero que no te molestes cuando quiero jugar un ratito —dijo ella con sinceridad, mirándolo fijamente.
Joshua suspiró, pasando una mano por sus rulos oscuros. Sabía que a veces se pasaba de intenso. El miedo a que ella se aburriera de él, a que encontrara algo más interesante fuera de esas cuatro paredes, siempre estaba ahí, latente.
—No me molesto, mami... es que... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Es que cuando te veo tan metida en eso, siento que te vas a otro lado donde yo no puedo entrar. Y yo quiero estar en todos tus lados. ¿Me entiendes?
Mariana le acarició el rostro, delineando su mandíbula con ternura.
—Siempre estoy aquí, Joshua. Aunque esté jugando, mi corazón está sentado aquí mismo contigo. No tienes que tener celos de un juego.
Joshua asintió, sintiéndose un poco tonto, pero reconfortado. Se acomodó a su lado, abrazándola por la espalda, pegando su pecho a su espalda y entrelazando sus piernas.
—Te quiero tanto, nena. A veces pienso que te tengo en una jaula de oro con este frío y este encierro, pero es que afuera el mundo es tan feo y tú eres tan bonita...
—No es una jaula si yo quiero estar aquí —respondió ella, acomodándose en el hueco de su brazo—. Me gusta nuestro frío. Me gusta que me cuides.
Se quedaron un rato en silencio, escuchando solo el zumbido del aire acondicionado. Joshua empezó a trazar círculos imaginarios en el brazo de Mariana, disfrutando de la paz que solo ella sabía darle. Pero la naturaleza inquieta del cantante no tardó en volver a salir.
—Oye, Mariana... —susurró él.
—¿Mmm?
—¿Y de qué trata el otro juego ese que dijo Sofía? ¿El de los servidores?
Mariana se rió, dándose la vuelta para quedar frente a él.
—¿Ahora tienes curiosidad?
—No es curiosidad, es que si vas a estar ahí, yo quiero saber qué es lo que hay. A lo mejor me creo una cuenta yo también y entro a vigilar que ningún nene te esté escribiendo cosas que no debe.
—¡Joshua! —ella estalló en risas, golpeándolo suavemente con la almohada—. ¡No puedes entrar a Roblox a ser celoso!
—¿Que no puedo? Tú no me conoces —él sonrió con malicia—. Me pongo un nombre así bien calle, me compro ropa de esa con los diamantes que tú dices, y me paro al lado tuyo para que todo el mundo sepa que esa nena tiene dueño. "Omar_ElDueño", así me voy a poner.
—Eres un caso perdido —dijo ella, negando con la cabeza, pero con los ojos brillando de amor—. Pero si te vas a crear una cuenta, tienes que dejarme escoger tu ropa, porque no tienes ni idea de cómo funciona eso.
—Trato hecho —Joshua la atrajo para otro beso—. Pero eso será mañana. Ahora mismo, el único servidor que está abierto es este cuarto, y el único usuario autorizado soy yo. Dame un besito, nena.
Mariana no necesitó que se lo pidiera dos veces. Se fundieron en un beso largo, mientras afuera el sol de Puerto Rico seguía calentando las calles, ajeno al pequeño universo gélido y perfecto que Joshua Omar Medina había construido alrededor de su nena. Allí, entre sábanas y el frío de los dieciséis grados, no existían los píxeles, ni los juegos, ni la fama. Solo existían ellos dos, enviciados el uno del otro, en una burbuja de dulzura que Joshua no estaba dispuesto a romper por nada del mundo.
—Te amo, mami —murmuró él contra su cuello.
—Y yo a ti, mi celoso —respondió ella, cerrando los ojos y dejándose llevar por el calor que solo él podía darle en medio de tanto frío.