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Besitos

Rojo sobre Piedra Blanca

El sol de la tarde en Condado era una brasa ardiente que derretía el asfalto, pero el patio trasero de la mansión de Joshua era un oasis de diseño, con su piscina de borde infinito y ese suelo de piedra caliza blanca que siempre lucía impecable. Joshua estaba en la cocina, preparándole un batido de fresa a su nena. Estaba de buen humor, tarareando una melodía nueva mientras se miraba de reojo en el reflejo de la nevera de acero inoxidable. Se sentía bien; esa mañana había grabado un verso que iba a romper las listas y ahora solo quería malcriar a Mariana.

—¡Mami, ya casi está! —gritó él hacia el ventanal abierto—. ¡Ven a buscarlo antes de que se caliente, que tú sabes que a ti te gusta frío!

Mariana estaba afuera, caminando descalza por el área de las piedras blancas, disfrutando de la brisa marina que soplaba desde la costa. Llevaba un vestido corto de lino blanco, sencillo y delicado, que la hacía parecer un ángel en medio de tanto lujo. Estaba distraída mirando unas flores cuando, de repente, un estruendo rompió la calma.

El perro de la vecina, un Dóberman joven y lleno de energía que siempre estaba ladrando al otro lado de la cerca, decidió que ese era el día para demostrar su atletismo. Con un impulso potente, el animal saltó la verja de madera y aterrizó con un golpe seco sobre las piedras del patio de Joshua.

Mariana se asustó. El perro no tenía malas intenciones, solo quería jugar, pero su tamaño y la velocidad con la que corrió hacia ella fueron suficientes para que la joven perdiera el equilibrio.

—¡Ay! —gritó ella, tratando de retroceder.

Sus pies resbalaron en la superficie pulida de la piedra caliza. El tiempo pareció detenerse por un segundo mientras el cuerpo menudo de Mariana impactaba con fuerza contra el suelo duro. El sonido del golpe fue seco, un "crack" sordo que hizo que a Joshua se le detuviera el corazón dentro de la cocina.

—¿Mariana? —Joshua soltó el vaso de metal, que cayó al suelo salpicando batido rosa por todas partes. No le importó. Salió disparado hacia el patio, con los ojos achinados abiertos de par en par por el pánico—. ¡Mariana!

Cuando llegó al área de las piedras, el perro ya se había alejado, asustado por el propio estruendo de la caída, y corría de vuelta hacia su cerca. Joshua ni siquiera lo miró. Sus ojos se clavaron en la figura de su nena, que estaba encogida en el suelo, sollozando bajito.

—¡Diantre, mami! No te muevas, no te muevas —dijo él, arrodillándose a su lado con una agilidad desesperada.

Lo primero que vio fue el contraste violento. El blanco inmaculado de las piedras y del vestido de Mariana estaba siendo invadido por un rojo intenso y brillante. La caída había sido fea; se había raspado las rodillas y los codos con la textura abrasiva de la piedra. La piel estaba levantada y la sangre brotaba con rapidez, manchando la tela del vestido y goteando sobre el suelo.

—Joshua... me duele mucho —susurró ella, con la voz rota y las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Lo sé, nena, lo sé. Tranquila, que yo estoy aquí —Joshua sentía que la sangre se le subía a la cabeza. Verla así, tan frágil y herida, le provocaba una mezcla de dolor y una rabia ciega contra todo lo que la rodeaba—. Ese maldito perro... voy a matar al vecino, te lo juro por mi madre.

—No, Joshua... fue un accidente —dijo ella, tratando de incorporarse, pero soltó un quejido agudo al apoyar el codo—. ¡Ahhh!

—¡Quieta! No te apoyes ahí, que tienes eso en carne viva —él pasó sus brazos por debajo de ella con una delicadeza extrema, como si fuera a romperse—. Te voy a cargar, mami. Vamos para adentro.

Joshua la levantó en vilo. A pesar de su cuerpo trabajado, en ese momento sentía que ella no pesaba nada, como si fuera una pluma manchada de carmín. Entró a la casa a zancadas, ignorando el rastro de sangre que quedaba en el piso de mármol, y subió directo al cuarto principal. Necesitaba llevarla a su refugio, al frío de los dieciséis grados donde sentía que podía controlarlo todo.

La depositó con cuidado sobre las sábanas de seda, que pronto empezaron a marcarse con manchas rojas. A Joshua no le importó la cama de miles de dólares; solo tenía ojos para las rodillas de Mariana, que no paraban de sangrar.

—Quédate aquí, no te muevas —le ordenó con ternura, aunque su voz temblaba un poco—. Voy por el botiquín.

Corrió al baño y regresó en segundos con alcohol, gasas, agua oxigenada y unas toallas limpias. El aire acondicionado estaba a tope, y el frío seco empezó a golpear la piel expuesta de Mariana, haciéndola temblar.

—Tengo frío, Joshua... y me arde demasiado —dijo ella, tapándose la cara con las manos para que él no la viera llorar así.

—Es por el aire, nena, pero es mejor así para que no se te inflame tanto —él se sentó en el borde de la cama y empezó a limpiar con cuidado la sangre de sus piernas con una toalla húmeda—. Perdóname, mami. No debí dejarte sola allá afuera.

—Tú no tuviste la culpa —murmuró ella, sollozando—. Solo estaba caminando...

—No hables ahora, déjame curarte —Joshua estaba concentrado. Sus manos, las mismas que sostenían micrófonos frente a miles de personas, ahora temblaban mientras destapaba el agua oxigenada—. Esto te va a arder un poquito, ¿estás lista? Dame la mano, apriétame fuerte si quieres.

Mariana le agarró la mano libre con fuerza. Cuando el líquido tocó las heridas abiertas de sus rodillas, la joven soltó un grito ahogado y se arqueó en la cama.

—¡Sshhh, ya, ya pasó! —Joshua soplaba sobre la herida, tratando de aliviar el escozor con su aliento—. Ya casi está, mami. Eres una valiente, mi nena es bien fuerte.

Él seguía limpiando, con una paciencia que nadie le conocía. Ver la piel de Mariana tan lastimada le revolvía el estómago. Para él, ella era algo sagrado, algo que debía permanecer impecable, y ver esos raspones tan profundos lo hacía sentir que le habían fallado sus instintos de protección.

—Mira cómo te pusiste los codos también —dijo él, moviéndose hacia sus brazos—. Diantre, Mariana, si yo llego a pillar a ese perro antes de que se fuera...

—Joshua, no empieces —le pidió ella con voz débil, abriendo sus ojos llenos de lágrimas—. Solo quiero que pare de doler.

—Ya va a parar, mami. Te voy a poner estas vendas con una pomada que es mágica —él le dio un beso suave en la frente, tratando de calmarla—. Te vas a quedar aquí conmigo, no te vas a levantar para nada. Yo te voy a traer la comida, te voy a bañar, todo.

—No es para tanto, solo son raspones —intentó decir ella, pero Joshua la miró con una seriedad que la hizo callar.

—No son "solo raspones". Estás sangrando, Mariana. Y te caíste porque no estaba yo ahí para aguantarte —Joshua terminó de vendarle las rodillas y los codos con una precisión casi quirúrgica—. Ahora mismo me importa poco el estudio, el disco y la madre de los tomates. Mi prioridad eres tú.

Él se levantó un momento para tirar los restos de gasas ensangrentadas y regresó con una manta pesada de lana. La tapó con cuidado, dejando solo sus extremidades vendadas por fuera para que no rozaran con nada. Luego, se acostó a su lado, abrazándola por la cintura sin apretar demasiado.

—¿Te sientes mejor? —le preguntó, acariciándole los rulos húmedos por el sudor y el llanto.

—Un poquito... el ardor está bajando —ella se acurrucó contra su pecho, buscando su calor—. Gracias, Joshua. Eres bien bueno conmigo.

—Te dije que te iba a cuidar siempre, ¿verdad? —él le dio un beso en la sien—. Me dio un susto cabrón, Mariana. Cuando oí ese golpe... pensé que te habías roto algo peor. Se me fue el alma del cuerpo.

—Eres un exagerado —dijo ella con una pequeña sonrisa, la primera desde el accidente.

—No soy exagerado, es que tú eres mi nena y yo no soporto que nada te toque —Joshua suspiró, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a un cansancio pesado—. Mañana mismo mando a poner una verja de seis pies de metal. Ese perro no vuelve a pisar esta casa, y el vecino va a tener que aprender a tener a sus animales amarrados si no quiere problemas conmigo.

—No busques líos, por favor...

—No voy a buscar líos, voy a buscar seguridad —la cortó él—. Tú no puedes estar tranquila en tu propio patio porque el animal de al lado se salta la cerca. Eso no va. Tú eres muy dulce, Mariana, tú perdonas a todo el mundo, pero yo no soy así. Yo protejo lo mío.

Mariana no discutió más. Sabía que cuando Joshua se ponía en ese plan de "protector", no había quien lo hiciera cambiar de opinión. Además, se sentía tan débil y protegida en sus brazos que solo quería disfrutar de esa sensación.

—¿Me das un besito? —le pidió ella con voz finita, estirando un poco el cuello hacia él.

Joshua sonrió, sus ojos achinados volviéndose dos rayitas de ternura.

—Te doy todos los que tú quieras, mami.

Se inclinó y la besó con una suavidad extrema, como si temiera que sus labios también pudieran lastimarla. Fue un beso largo, que sabía a consuelo y a promesa. Al separarse, él se quedó mirándola fijamente.

—¿Sabes qué? —dijo él—. Me voy a quedar aquí contigo todo el fin de semana. No vamos a salir ni a la sala.

—Pero Joshua, tenías la sesión con los productores mañana...

—Que se busquen a otro para grabar voces de guía, yo no me muevo de aquí —sentenció él, acomodándose mejor en la almohada—. Voy a pedir comida tailandesa, de esa que te gusta, y vamos a ver todas las películas que tú quieras. Pero de esta cama tú no te bajas hasta que esas costras estén secas. ¿Entendiste?

Mariana soltó una risita suave.

—Sí, mi capitán.

—Así me gusta —él le acarició la pierna por encima de la manta, evitando las vendas—. Oye... ¿quieres que te traiga el iPad para que juegues al Roblox ese un rato mientras yo pido la cena?

Mariana abrió los ojos con sorpresa.

—¿De verdad? ¿No te vas a poner celoso?

—Bueno... —Joshua hizo una mueca—. Me pongo celoso, pero prefiero que estés ahí distrayéndote con los muñequitos esos que pensando en el dolor de las rodillas. Pero eso sí, si entra el tal "usuario" ese a hablarte, me avisas para reportarlo.

—Eres increíble —ella se rió, sintiéndose mucho mejor.

Joshua se levantó, le trajo el iPad y se aseguró de que tuviera agua fría y todo lo necesario a mano. Luego, se quedó un momento de pie junto a la cama, observándola. La luz de la tarde entraba por las rendijas de las cortinas, creando un ambiente íntimo en la habitación gélida. Verla ahí, con sus vendas y su carita de ángel, le recordaba por qué trabajaba tanto, por qué aguantaba la presión de la fama. Todo era por ella, para tenerla así, en su burbuja, donde nadie pudiera tocarla.

—Te amo, nena —le dijo de repente, con una sinceridad que le salió del alma.

Mariana levantó la vista del iPad y le regaló una sonrisa dulce, de esas que le hacían olvidar a Joshua todos sus problemas.

—Y yo a ti, Joshua. Gracias por curarme.

Él salió un momento del cuarto para hacer las llamadas necesarias y cancelar sus compromisos. Su equipo de trabajo iba a odiarlo, su manejador iba a pegarse un tiro, pero a Joshua Omar Medina no le importaba nada de eso. Su nena se había caído, había sangrado en sus piedras blancas, y ahora él iba a ser su enfermero, su guardián y su mundo entero hasta que ella volviera a estar bien.

Al regresar al cuarto, el aire acondicionado seguía en dieciséis grados, manteniendo el mundo exterior lejos. Joshua se quitó la camiseta, se quedó en pantalones cortos y se metió de nuevo bajo las sábanas con ella.

—Ven acá, mami. Apóyate en mí —le dijo, convirtiendo su cuerpo en el refugio perfecto para ella.

Mariana se acomodó, con cuidado de no lastimarse, y pronto el sonido del juego de video se mezcló con el susurro de Joshua contándole sus planes para el futuro. A pesar de los raspones, de la sangre y del susto, en ese momento, bajo el frío de la habitación, todo estaba bien. Porque mientras Joshua estuviera ahí, nada malo volvería a saltar la cerca para tocar a su nena.