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Besitos

Lazos de Azúcar y Hielo

El silencio en la habitación de Joshua era diferente al de antes. Ya no era ese silencio de paz absoluta y pereza compartida; ahora era un silencio vigilante, cargado de una tensión que solo él parecía sentir. El aire acondicionado seguía fijo en dieciséis grados, creando esa neblina invisible de frío que tanto le gustaba, pero sus ojos achinados ya no se cerraban con la misma facilidad.

Joshua estaba sentado en el borde de la cama, observando el pequeño monitor de glucosa continuo que Mariana llevaba adherido a la parte posterior de su brazo. Era un círculo blanco, pequeño y discreto, pero para él representaba el eje sobre el cual giraba su vida entera ahora mismo.

—Mami, ya la maquinita me dio la alerta en el celular —susurró él, acercándose a ella con una suavidad extrema—. Estás bajando un poquito. Tienes que despertarte para beberte este juguito.

Mariana se movió entre las sábanas de seda negra, soltando un quejido que le partió el alma a Joshua. Ella abrió los ojos lentamente, luciendo todavía cansada, con esa dulzura que ni la enfermedad había podido arrebatarle.

—¿Otra vez, Joshua? —preguntó ella con su voz finita—. Siento que me la paso comiendo sin hambre.

—Lo sé, nena, pero no quiero que te me pongas mal —Él le pasó la mano por el cabello rulo, apartando un mechón de su cara—. Solo un par de sorbos, anda. Hazlo por mí, que si te veo pálida me da un ataque al corazón.

Mariana se incorporó con esfuerzo y tomó el envase de cartón que él le ofrecía. Joshua la miraba con una intensidad casi asfixiante, observando cada movimiento de su garganta al tragar. Estaba obsesionado con su recuperación, con mantenerla en ese rango perfecto de números que los doctores le habían explicado.

—Ya está —dijo ella, devolviéndole el jugo—. ¿Ahora me das un besito?

Joshua sonrió, esa sonrisa que solo ella conocía, y se inclinó para besarla con una ternura que contrastaba con su imagen de tipo duro de la industria.

—Te doy todos los que tú quieras, mami. Eres lo más lindo que tengo en esta casa.

Él se acomodó a su lado, rodeándola con sus brazos fuertes. A sus veintiocho años, Joshua sentía que había envejecido una década en apenas unas semanas. Su carrera seguía ahí, los temas seguían sonando en la radio, pero su mente no salía de aquel cuarto. Había cancelado colaboraciones, pospuesto giras de medios y se negaba a salir del apartamento si no era estrictamente necesario.

—Joshua —murmuró ella, apoyando la cabeza en su pecho—, hoy es la fiesta de lanzamiento de Jhayco. Me dijiste que ibas a ir un rato.

—No voy a ir, Mariana —respondió él de inmediato, su tono volviéndose seco—. Jhay es mi hermano, pero él entiende. Yo no te voy a dejar aquí sola con esa maquinita pitando.

—Pero si estoy bien, amor. Ya aprendí a usar todo. Sofía puede venir a quedarse conmigo si te hace sentir más tranquilo.

El cuerpo de Joshua se tensó al escuchar ese nombre. Sus celos, que siempre habían sido parte de su personalidad, se habían mezclado ahora con una paranoia médica que no lo dejaba vivir.

—Sofía no sabe ni freír un huevo, Mariana, ¿qué va a saber ella de una hipoglucemia? —Él apretó el agarre sobre su cintura—. No, nena. Aquí el que te cuida soy yo. Además, no me gusta que esa nena te traiga ideas de salir. El mundo afuera está loco, y tú ahora mismo eres de cristal.

—No soy de cristal, Joshua —replicó ella, alzando un poco la vista—. Solo tengo una condición. El doctor dijo que podía hacer vida normal.

—El doctor no te quiere como yo te quiero —sentenció él—. Para el doctor tú eres un paciente más, para mí tú eres mi vicio, mi nena. Y si tengo que encerrarte aquí para que no te pase nada, lo voy a hacer.

Mariana suspiró. Amaba a Joshua, amaba cómo la cuidaba y cómo la hacía sentir la mujer más especial del mundo, pero a veces sentía que las paredes de la habitación se le venían encima. El frío de los dieciséis grados empezaba a calarle en los huesos de una forma distinta.

—Me haces sentir como una princesa en una torre —dijo ella con una sonrisa triste.

—Pues es la torre más segura de todo Puerto Rico —Él le besó la frente—. Mira, te compré algo.

Joshua se estiró hacia la mesa de noche y sacó una caja pequeña. Dentro había un brazalete de oro blanco, delicado, con una placa pequeña que tenía grabado su nombre y, por el reverso, su condición médica y el número de contacto de él.

—Es para que, si algún día por alguna emergencia no estoy al lado tuyo, sepan quién eres —explicó él con voz ronca—. Pero eso no va a pasar, porque yo voy a estar ahí siempre.

Mariana miró la joya. Era hermosa, pero también era un recordatorio constante de que su libertad ahora tenía condiciones.

—Es precioso, Joshua. Gracias.

—Póntelo, anda. Quiero verlo en tu muñeca.

Mientras él le abrochaba la cadena, el celular de Joshua vibró. Era Gabi, su manejador. Joshua rodó los ojos y contestó, poniendo el altavoz para no soltar a Mariana.

—Dime, Gabi. Te dije que no me llamaras después de las seis.

—Mano, Omar, tienes que bajar al estudio aunque sea una hora —se escuchó la voz desesperada al otro lado—. El productor está aquí con el ritmo nuevo y dice que si no grabas la referencia hoy, se lo va a dar a otro. Es un palo seguro, no puedes dejarlo pasar.

Joshua miró a Mariana. Ella le hizo una seña con la mano, animándolo a ir.

—Dile que se lo dé a quien quiera —respondió Joshua con total frialdad—. Yo no me muevo de mi casa hoy.

—¡Pero Omar! Es por tu carrera, brother. La gente está empezando a decir que te retiraste, que te desapareciste del mapa.

—Que digan lo que quieran. Mi carrera es mi nena ahora mismo. No me jodas más, Gabi.

Colgó el teléfono y lo lanzó al suelo, sin importarle si se rompía. Mariana lo miraba con asombro y un poco de culpa.

—Joshua, no puedes hacer eso. Tu música es lo que tú eres.

—No, mami —dijo él, volviendo a recostarse y jalándola hacia él—. Yo soy Joshua Medina, y Joshua Medina lo que quiere es estar aquí contigo, dándote besitos y asegurándose de que estés bien. La música puede esperar. El mundo puede esperar. Pero tú no.

Él empezó a trazar círculos en la espalda de ella, disfrutando de la suavidad de su piel. En su mente, él estaba haciendo lo correcto. La fama era efímera, los aplausos se apagaban, pero la dulzura de Mariana era lo único que lo mantenía cuerdo en una industria llena de tiburones. Sin embargo, su protección rayaba en la obsesión.

—¿Tienes hambre? —preguntó él—. Te puedo preparar algo de lo que dijo la nutricionista. Un salmón con vegetales, bien saludable.

—No tengo mucha hambre, amor. Solo quiero estar así, contigo.

—Eso es lo que me gusta escuchar —Joshua sonrió y le dio un beso corto en los labios—. Oye, Mariana... ¿tú me quieres de verdad?

La pregunta lo tomó por sorpresa incluso a él. A pesar de su seguridad aparente, el hecho de que ella dependiera de él para su salud alimentaba sus miedos más profundos. Temía que ella se quedara con él por agradecimiento o por miedo, y no por ese amor puro que lo había enviciado desde el primer día.

—¿Cómo puedes preguntar eso, Joshua? —Mariana se incorporó y le tomó la cara con ambas manos—. Te quiero más que a nada. Eres el hombre que me salvó la vida en ese hospital.

—Es que a veces pienso que te tengo muy encerrada —confesó él, sus ojos achinados mostrándose vulnerables por un segundo—. Que a lo mejor quieres estar por ahí, con gente de tu edad, haciendo cosas normales... y yo aquí, obligándote a vivir en este frío.

Mariana le acarició los rulos con devoción.

—Me gusta este frío si es contigo, Joshua. Pero también me gustaría que tú estuvieras tranquilo. Que no tuvieras tanto miedo.

—Voy a tratar, mami. Te lo juro —Él suspiró, cerrando los ojos bajo su caricia—. Pero es que eres tan dulce, nena... hablas tan suavecito que siento que cualquier ruido del mundo exterior te puede romper. Y yo no voy a dejar que eso pase.

Se quedaron en silencio un rato, dejando que el sonido del aire acondicionado los envolviera. Joshua se sentía triunfante; la tenía allí, bajo su control, bajo su cuidado, amándolo. Pero la paz duró poco. El celular de Mariana, que estaba sobre la cama, se iluminó con un mensaje de Instagram.

Joshua, con un movimiento rápido que delataba sus celos constantes, lo tomó antes que ella.

—¿Quién es este tal "Diego"? —preguntó, su voz cambiando de la dulzura a la hostilidad en un segundo—. Dice que espera que estés mejor y que te extraña en la uni.

Mariana suspiró, tratando de mantener la calma.

—Es un compañero de clases, Joshua. Nada más. Es un buen muchacho.

—¿Un buen muchacho? —Joshua soltó una carcajada seca—. Ningún tipo le escribe a una nena como tú solo por ser "buen muchacho". ¿Él sabe que tú tienes hombre? ¿Él sabe quién soy yo?

—Joshua, no empieces, por favor. Es solo un mensaje de cortesía.

—No me gusta, Mariana. Te lo he dicho mil veces. No quiero a ningún payaso escribiéndote, y menos ahora que estás delicada —Él empezó a teclear en el teléfono de ella—. Lo voy a bloquear.

—¡No! —Mariana intentó quitarle el teléfono—. Joshua, eso es infantil. Es un compañero de grupo, tenemos que hacer trabajos juntos.

—Pues que haga el trabajo solo —sentenció él, bloqueando al usuario y lanzando el teléfono lejos—. Tú no necesitas estudiar ahora mismo. Yo te puedo dar todo lo que tú quieras. Si quieres aprender algo, yo te compro los libros, yo te busco tutores que vengan aquí. Pero no vas a estar texteando con muchachitos por ahí.

Mariana se quedó callada, con los ojos llenos de lágrimas. No era la primera vez que él hacía algo así, pero ahora, con la debilidad que sentía por la enfermedad, le dolía más. Se sentía anulada, como si su identidad se estuviera borrando tras la sombra de Joshua Omar Medina.

—Me das miedo cuando te pones así —susurró ella, dándole la espalda.

Esa frase golpeó a Joshua como un balde de agua fría. Se quedó helado, mirando la espalda de su nena. El miedo era lo último que quería inspirarle. Él quería ser su héroe, su protector, su vicio.

—Mami... ven acá —dijo él, tratando de suavizar la voz, acercándose para abrazarla por detrás—. No me digas eso. Yo lo hago porque te amo, porque me muero si alguien intenta quitarte de mi lado. Soy un celoso, lo sé, pero es que tú eres mi tesoro.

—Un tesoro no se guarda bajo llave, Joshua —respondió ella, todavía sin mirarlo.

—Yo no te tengo bajo llave, nena. Te tengo en una burbuja para que nada te pase —Él le besó el hombro, insistente—. Perdóname, ¿sí? Es que este estrés de la enfermedad me tiene mal. No quiero que nadie te moleste ahora que tienes que estar tranquila.

Mariana se giró lentamente. Vio la angustia en los ojos de él y, como siempre, su corazón se ablandó. La dulzura de ella era su mayor debilidad, pero también su mayor arma.

—Está bien, Joshua. Pero tienes que confiar en mí. Yo solo tengo ojos para ti.

—Lo sé, mami. Lo sé —Él la atrajo hacia sí, escondiendo la cara en su cuello—. Dame un besito, anda. Dime que me perdonas.

Mariana le dio el beso, un beso suave que sabía a perdón y a resignación. Joshua se sintió aliviado, sintiendo que volvía a tener el control de su universo. Se acomodaron de nuevo, piel con piel, bajo las sábanas.

—Oye —dijo él después de un rato—, mañana voy a mandar a instalar un sistema de purificación de aire nuevo aquí en el cuarto. Dicen que es lo mejor para evitar infecciones. Y voy a pedir que nos traigan la comida de ese restaurante orgánico que te gustó.

—Lo que tú digas, amor.

—Y no te preocupes por el tal Diego ese —añadió él, no pudiendo evitar el último comentario—. Yo me voy a encargar de que nadie te moleste. Tú solo preocúpate por estar bonita y por hablarme suavecito, que eso es lo que a mí me da vida.

Joshua cerró los ojos, sintiéndose finalmente en paz. En su mente, el mundo exterior era una amenaza constante, un lugar lleno de bacterias, de tipos que querían robarle a su nena y de presiones que no quería enfrentar. Allí, en su habitación a dieciséis grados, él era el rey. Tenía a su nena, tenía su silencio y tenía la seguridad de que, mientras ella dependiera de él, nunca lo dejaría.

—Te amo, Mariana —susurró él antes de quedarse dormido.

—Te amo, Joshua —respondió ella, aunque sus ojos permanecieron abiertos un rato más, observando la luz roja del monitor de glucosa que parpadeaba en la oscuridad, como una pequeña alarma que nunca se apagaba.

El cantante puertorriqueño dormía tranquilo, sin saber que su amor se estaba convirtiendo en una cadena de oro blanco, tan brillante y valiosa como el brazalete que le había regalado, pero igual de pesada. En el frío de los dieciséis grados, Joshua Omar Medina seguía construyendo su paraíso, sin darse cuenta de que, a veces, el paraíso puede sentirse como la más dulce de las prisiones.