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Besitos

Dulce Debilidad

El frío de los dieciséis grados en la habitación de Joshua solía ser un refugio, pero esa mañana se sentía como una nevera vacía y hostil. Joshua estaba sentado en el borde de la cama, con los rizos alborotados y los ojos achinados inyectados en sangre por la falta de sueño. Observaba a Mariana, que dormía profundamente, pero no era ese sueño reparador y dulce de siempre. Estaba pálida, con los labios algo resecos, y en las últimas semanas había bajado tanto de peso que sus clavículas se marcaban como cuchillas bajo la piel de seda.

Él estaba asustado. Joshua Omar Medina, el tipo que se enfrentaba a estadios llenos sin que le temblara el pulso, sentía un terror frío en la boca del estómago cada vez que miraba a su nena. Ella ya no le pedía besitos con la misma energía; a veces se quedaba aletargada, bebiendo galones de agua como si tuviera un desierto por dentro, y yendo al baño cada cinco minutos.

—Mami... despierta, nena —susurró él, pasándole la mano por la frente. Estaba fría, pero cubierta de un sudor fino—. Tienes que comer algo, llevas mucho rato durmiendo.

Mariana abrió los ojos lentamente. Parecían nublados, como si le costara enfocar la figura de su hombre frente a ella. Intentó sonreír, pero el gesto se quedó a medias.

—Tengo mucha sed, Joshua... —su voz era apenas un hilo, más suave de lo normal, casi imperceptible—. Me duele el cuerpo, como si hubiera corrido un maratón.

—Es por no comer, nena. Te preparé unas frutas y un juguito de esos que te gustan —dijo él, tratando de sonar animado mientras le acercaba una bandeja—. Anda, dame un besito y come un poco por mí, ¿sí? Hazlo por tu negro.

Mariana tomó un sorbo de jugo de naranja, pero a los pocos minutos, su respiración empezó a agitarse. Se llevó una mano al pecho, cerrando los ojos con fuerza.

—Me siento mareada... Joshua, me dan ganas de devolver —susurró antes de que su cuerpo se desplomara hacia un lado sobre las almohadas.

—¡Mariana! ¡Mami, no me hagas esto! —Joshua la agarró por los hombros, sacudiéndola suavemente—. ¡Despierta, nena! ¡Mariana!

El pánico se apoderó de él. No esperó a llamar a una ambulancia; sabía que el tráfico de Condado a esa hora era un infierno. La envolvió en una manta, la cargó en brazos ignorando que él mismo estaba en ropa interior y camiseta, y bajó las escaleras de dos en dos hasta el garaje. La acomodó en el asiento del pasajero de su camioneta negra y salió quemando llantas hacia el hospital privado más cercano.

Durante el trayecto, Joshua no dejaba de hablarle, una mano en el volante y la otra apretando la mano fría de ella.

—No te me vayas, ¿oíste? Si te pasa algo, yo prendo fuego a esta isla completa —decía con la voz quebrada, el acento boricua más marcado que nunca por la angustia—. Tú eres mi vida, Mariana. Quédate conmigo, nena, por favor.

Al llegar a emergencias, el caos fue inmediato. Ver a "Omar", el cantante del momento, entrando con una chica inconsciente en brazos y gritando por ayuda, movilizó a todo el personal. Se la llevaron en una camilla, desapareciendo tras unas puertas dobles que para Joshua parecían el muro de Berlín.

Pasaron dos horas que se sintieron como siglos. Joshua caminaba de un lado a otro en la sala de espera privada, ignorando las llamadas de su manejador y los mensajes de texto. No quería saber nada del mundo exterior; su mundo estaba detrás de esas puertas, conectado a máquinas.

Finalmente, un médico de mediana edad salió a buscarlo.

—¿Usted es el familiar de Mariana? —preguntó el doctor, mirando los rizos desordenados y la expresión desencajada del artista.

—Soy su esposo, su hombre, lo que usted quiera —respondió Joshua con brusquedad, acercándose demasiado—. Dígame qué tiene mi nena. ¿Por qué se me desmayó así?

El doctor suspiró, ajustándose los lentes.

—Mariana entró en un estado de cetoacidosis diabética. Sus niveles de azúcar en sangre estaban por encima de los quinientos miligramos. Es una cifra crítica, señor Medina.

Joshua se quedó paralizado. Sus ojos achinados se abrieron con confusión.

—¿Diabetes? Pero si ella es una nena, doctor. Tiene diecinueve años, ella es dulce, ella no... —se interrumpió, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Cómo que diabetes? Ella no come dulces así de locos.

—Es Diabetes Tipo 1, probablemente —explicó el médico con calma—. Es una condición autoinmune. Su cuerpo dejó de producir insulina. No tiene nada que ver con lo que coma o deje de comer, es simplemente algo que su organismo decidió hacer. La hemos estabilizado con una bomba de insulina y suero, pero va a tener que cambiar su estilo de vida por completo.

Joshua sintió que el piso desaparecía. Su nena, su cosita dulce que vivía encerrada con él, ahora tenía una enfermedad que la acompañaría siempre.

—¿Puedo verla? —preguntó con voz ronca.

—Sí, pero está muy débil. Necesita reposo absoluto.

Cuando Joshua entró a la habitación, el contraste fue doloroso. El cuarto de hospital era blanco y aséptico, nada que ver con la calidez de su alcoba en Condado. Mariana estaba allí, rodeada de cables, con una vía intravenosa en su brazo delgado. Al verlo entrar, ella giró la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Joshua... —susurró.

Él se acercó rápido y se arrodilló al lado de la cama, tomando su mano con una devoción casi religiosa. Le besó los nudillos una y otra vez.

—Aquí estoy, mami. No llores, que tu negro está aquí y no se va a ir a ningún lado —dijo él, tratando de contener sus propias lágrimas—. Ya los doctores me dijeron. Tienes un problemita con el azúcar, pero no pasa nada. Yo me voy a encargar de todo.

—Tengo miedo —dijo ella, hablando suavecito, esa voz que a él siempre lo desarmaba—. Dicen que me voy a tener que pullar todos los días. Yo no quiero, Joshua. Me duelen las agujas.

A Joshua se le partió el corazón. La idea de ver a su nena sufriendo, aunque fuera por un pinchazo necesario, le revolvía las entrañas.

—Escúchame bien, Mariana —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Tú no vas a pasar por esto sola. Si te tienes que pullar, yo voy a aprender a hacerlo para que no te duela. Si tienes que dejar de comer ciertas cosas, yo las dejo contigo. Aquí no va a entrar ni un grano de azúcar si tú no puedes tenerlo.

—No tienes que hacer eso, es tu carrera, tus fiestas... —intentó decir ella.

—¡Al carajo la carrera! —exclamó él, aunque luego bajó el tono al ver que ella se sobresaltaba—. Perdona, mami. Pero tú eres lo primero. Yo te tengo bien malcriada y así te voy a seguir teniendo. Ahora vamos a ser tú, yo y esa maquinita del azúcar contra el mundo.

Los días siguientes fueron un curso intensivo de supervivencia para Joshua. Mientras Mariana se recuperaba, él se dedicó a estudiar todo sobre la diabetes. Compró los mejores glucómetros, buscó a los mejores nutricionistas de Puerto Rico y mandó a vaciar la despensa de su casa. Sus amigos le escribían para salir, para ir al estudio a celebrar el éxito de su último tema, pero él los ignoraba a todos.

El día que regresaron al apartamento, Joshua la cargó desde el carro hasta el cuarto, como si ella fuera de cristal. El aire acondicionado estaba, como siempre, en dieciséis grados.

—Hogar dulce hogar, nena —dijo él, acomodándola en la cama—. Bueno, ya no tan dulce, ahora somos "sugar-free", ¿verdad?

Mariana soltó una risita débil, agradecida por el intento de broma de él.

—Me toca la prueba ahora, Joshua —dijo ella con un suspiro de resignación, mirando el estuche negro sobre la mesa de noche.

—Déjame a mí, mami. Yo soy el experto ahora —Joshua se sentó a su lado, sacando la lanceta con una concentración que nunca ponía en sus contratos discográficos. Le tomó el dedo anular con delicadeza—. Un pinchacito de nada, nena. Cierra los ojos y dame un besito mientras tanto.

Mariana obedeció. Cerró los ojos y buscó los labios de Joshua. En el momento en que él disparó la lanceta, ella soltó un pequeño "ay", pero el beso de él ahogó el quejido. Joshua miró la gota de sangre roja sobre la tira reactiva y esperó los cinco segundos que duraba el dispositivo en dar el resultado.

—Ciento diez —anunció él con un suspiro de alivio—. Estás perfecta, mami. Estás en el número.

—Gracias, mi amor —susurró ella, abrazándose a su cuello—. No sé qué haría sin ti. Me siento tan inútil así, dependiendo de máquinas.

Joshua la apretó contra su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo contrastar con el frío de la habitación.

—Inútil nada. Eres una guerrera. Y yo estoy enviciado contigo, ¿oíste? Con diabetes o sin ella, tú sigues siendo la nena de este cuarto. La que manda aquí.

Sin embargo, la realidad de la enfermedad trajo consigo una nueva capa de celos y sobreprotección en Joshua. Si antes no quería que saliera, ahora la idea de que ella estuviera fuera de su vista le causaba ataques de ansiedad. ¿Y si le daba un bajón de azúcar en la calle? ¿Y si alguien no sabía cómo ayudarla?

Una tarde, una semana después de salir del hospital, el celular de Mariana sonó. Era Sofía.

—Hola, Sofi... sí, estoy mejor —decía Mariana por teléfono, mientras Joshua la observaba desde el otro lado del cuarto, fingiendo leer unos papeles—. ¿Un café? No sé si pueda... Joshua dice que tengo que descansar.

Joshua se levantó de inmediato y se acercó, quitándole el teléfono de las manos con suavidad pero con firmeza.

—Dime, Sofía —dijo él con tono seco—. Mira, Mariana no va a ir a ningún café. Ella tiene que seguir una dieta estricta y yo no sé qué le van a echar a las cosas por allá afuera. Si quieres verla, vienes para acá, pero me avisas antes.

Colgó sin esperar respuesta y le devolvió el celular a una Mariana que lo miraba con ojos de asombro.

—¡Joshua! Fue un poco grosero. Ella solo quería verme un rato.

—No es grosería, nena, es seguridad —dijo él, sentándose a su lado y rodeándola con sus brazos—. Tú no entiendes. Si te da un bajón de azúcar por ahí y esa nena se pone a gritar en vez de darte lo que necesitas, ¿qué pasa? Aquí yo tengo todo controlado. Tengo los jugos de emergencia, tengo el glucagón, lo tengo todo. Allá afuera eres vulnerable.

—No puedo vivir encerrada para siempre, Joshua —dijo ella con una pizca de tristeza en su voz suave—. Me gusta estar contigo, pero a veces me siento como en un hospital de lujo.

Joshua se quedó callado un momento. Le dolió el comentario, pero su miedo era más fuerte que su lógica. Se acercó a su oído y le habló con esa voz ronca que solía usar para calmarla.

—No es un hospital, mami. Es nuestro mundo. Yo solo quiero que estés bien. Entiéndeme a mí también, que casi me muero cuando te vi desmayada. No quiero volver a pasar por eso. Si te tengo aquí, sé que estás a salvo.

Mariana suspiró y apoyó la cabeza en su hombro. Sabía que pelear con él era inútil cuando se ponía así de terco. Además, sentía que su energía todavía no era la misma de antes.

—Está bien, amor. Tienes razón. Pero prométeme que algún día me vas a llevar a caminar por la playa, aunque sea con la maquinita a cuestas.

—Te lo prometo, nena. Pero hoy no. Hoy nos quedamos aquí, con el aire en dieciséis, y tú me vas a dar todos los besitos que me debes por el susto que me diste —él la tumbó suavemente sobre la cama, quedando encima de ella—. ¿Sabes qué es lo único dulce que está permitido en esta casa ahora?

—¿Qué? —preguntó ella con una sonrisa tímida.

—Tú —respondió él antes de besarla con una pasión renovada—. Tú eres mi único dulce, Mariana. Y a ese dulce no lo comparto con nadie, ni con la diabetes, ni con el mundo.

Esa noche, Joshua se quedó despierto mucho después de que ella se durmiera. La observaba respirar, atento a cualquier cambio, a cualquier sudoración extraña. Tenía el glucómetro en la mano, listo para actuar. Se dio cuenta de que su amor por ella había mutado; ya no era solo deseo y compañía, era una responsabilidad absoluta.

A las tres de la mañana, le hizo una prueba de azúcar mientras ella dormía. Apenas se quejó. El resultado fue estable. Joshua cerró los ojos y dio gracias a Dios, algo que no hacía a menudo. Se acomodó a su lado, sintiendo el frío del aire acondicionado en su piel blanca y el calor de su nena en su costado.

—Te voy a cuidar, mami —susurró en la oscuridad—. Aunque tenga que convertir este cuarto en una fortaleza. Nadie te va a tocar, y esa azúcar no te va a ganar la batalla mientras yo esté aquí.

En la soledad de la madrugada, Joshua Omar Medina entendió que la fama y los aplausos eran ruidos vacíos. La verdadera música era el latido rítmico del corazón de Mariana, un corazón que él estaba decidido a proteger, incluso de sí mismo, bajo el frío eterno de sus dieciséis grados. Su nena era ahora más frágil, pero para él, eso solo la hacía más valiosa, más suya, más necesaria. Y en ese vicio de cuidarla, Joshua encontró su nueva y más profunda obsesión.