Besitos
Silencio en el Trono de Pañales
El sol de la tarde en Puerto Rico intentaba colarse por las rendijas de las cortinas blackout, pero en la habitación de Joshua, el tiempo parecía haberse detenido en una eterna y fresca madrugada. El termómetro marcaba los 16 grados exactos, el ambiente perfecto para que Mariana estuviera acurrucada bajo las sábanas de seda y Joshua pudiera andar en calzoncillos sin sudar ni una gota de su piel blanca y limpia.
Sin embargo, la paz habitual estaba rota. No por gritos, ni por llantos, sino por algo mucho más hiriente para el ego del cantante: el silencio absoluto de un bebé de seis meses.
Joshua estaba sentado en la orilla de la cama, con su cabello rulo alborotado y sus ojitos achinados fijos en Leo. El bebé estaba sentado en el centro de la alfombra acolchada, jugando con un bloque de plástico. Normalmente, en cuanto Joshua entraba al cuarto, el nene empezaba a brincar y a soltar esos ruiditos que parecían decir "papi", pero hoy, Leo ni siquiera lo miraba.
—¿Todavía sigue con esa actitud, Mariana? —preguntó Joshua, señalando al pequeño con un gesto de incredulidad—. Míralo, me está ignorando de verdad. Ese nene es igualito a ti de orgulloso.
Mariana, que estaba sentada en el sofá del rincón revisando su bomba de insulina, soltó una risita suave, ese sonido que a Joshua siempre le bajaba las revoluciones.
—Te lo dije, Joshua. Él se dio cuenta de que fuiste tú el que dijo que no en la tienda. Los bebés entienden más de lo que tú crees, y ese peluche era más grande que el carro.
—¡Pero mami, si era un oso que ocupaba medio pasillo del mall! —exclamó él, exagerando con las manos—. ¿Dónde rayos íbamos a meter eso? Si lo meto aquí en el cuarto, tenemos que dormir nosotros en el pasillo. Además, el nene es diabético, no necesita un peluche que recoja todo el polvo del mundo, que después me estornuda y se le altera el azúcar del estrés.
Joshua se levantó y caminó hacia su hijo. Se puso en cuatro patas frente a él, tratando de captar su atención.
—Epa, gordo. Mira a Papi. ¿Quién es el nene más lindo de Puerto Rico? ¿Quién es el rey de la casa?
Leo levantó la vista un segundo, miró a su padre con la misma intensidad de Joshua, y luego, con una deliberación casi cómica, volvió a bajar la cabeza para morder su juguete, dándole la espalda a su progenitor.
—¡Diantre, Mariana! —Joshua se sentó en el suelo, ofendido—. ¡Me acaba de pichar! Me pichó sólido. Yo que le compro los mejores conjuntos, que le tengo el aire prendío todo el día pa' que no pase calor... y por un peluche de diez pies me trata así.
Mariana se acercó a ellos con paso lento, su figura menuda envuelta en una de las camisas grandes de Joshua. Se sentó al lado de su esposo y le puso una mano en el hombro. El roce de su piel siempre lograba calmarlo, incluso cuando estaba en medio de un ataque de celos o de frustración paternal.
—Es que tú le hablas muy duro a veces, Joshua —susurró ella, acercando su rostro al de él para darle un besito en la mejilla—. Él quería su oso. Él te miró con esos ojitos y tú le dijiste "no, eso no va". Se le rompió el corazoncito.
—No me hables así, nena, que tú sabes que yo por ese nene y por ti bajo la luna —dijo Joshua, suavizando el tono y rodeando la cintura de Mariana con su brazo—. Pero es que hay que poner límites. Imagínate, si le compro el oso hoy, mañana me pide un caballo de verdad.
—Pues se le compra el caballo —bromeó ella, apoyando la cabeza en el hombro de su marido—. Mira, vamos a chequearle el azúcar, que ya le toca. A lo mejor es que tiene el azúcar un chin alta y por eso está de mal humor.
Joshua asintió rápidamente. Si había algo que lo ponía en alerta máxima era la salud de sus dos tesoros. Sacó su teléfono, que estaba sincronizado con los sensores de ambos. Deslizó el dedo por la pantalla, analizando las gráficas con una concentración que no le ponía ni a sus propios contratos discográficos.
—Él está en 120, está nítido. La curva va plana, así que no es eso —diagnosticó Joshua, aliviado—. Y tú... déjame ver... tú estás en 95. Estás un poquito bajando, mami. ¿Comiste algo hace media hora como te dije?
—Sí, Joshua, me comí la fruta. No seas tan exagerado, que me tienes vigilada como si fuera una presa —dijo ella con una sonrisa dulce, aunque sabía que en el fondo le encantaba que él la cuidara así.
—Es que si te pasa algo me muero, Mariana. Tú eres mi nena, la que me tiene juqueao. Y este cabroncito... —miró de nuevo a Leo— ...este es el que va a heredar las regalías de todos mis palos, así que tiene que estar al cien.
Joshua volvió a intentar el acercamiento con el bebé. Esta vez se arrastró por la alfombra hasta quedar justo al lado de Leo. El pequeño dispositivo en el brazo del bebé brillaba bajo la luz tenue, un recordatorio constante de la batalla que compartían madre e hijo.
—Mira, Leo, perdóname por lo del oso, ¿sí? —habló Joshua con esa voz profunda y arrastrada que usaba en sus canciones más románticas—. Papi te va a comprar uno más pequeño, uno que quepa en la cuna. Uno de esos que son suaves y no te dan alergia. ¿Hacemos trato?
El bebé dejó de jugar. Miró a Joshua, luego miró a Mariana, y finalmente soltó un pequeño suspiro, como si estuviera aceptando las disculpas de un subordinado. Estiró sus manitas gorditas y tocó la cara de Joshua, apretándole las mejillas.
—¡Eso es! —gritó Joshua, aunque bajito para no asustar al nene—. ¡Ya me perdonó! Mariana, mira, ya me está tocando.
—Ves, si es que tú eres un flojo con él —dijo ella, riendo mientras se unía al abrazo en el suelo—. Los dos son iguales. Unos dramáticos.
—Dramático no, nena. Es que yo lo amo demasiado. A veces estoy en el estudio grabando un maleanteo y lo que estoy pensando es si el sensor de Leo pitó o si tú te tomaste el jugo —confesó Joshua, pegando su frente a la de Mariana—. La gente se cree que uno es un tipo duro, pero llegué aquí y ustedes me tienen de trapo.
—Un trapo muy bonito y que huele muy rico —respondió ella, dándole un beso largo que Joshua recibió con los ojos cerrados, disfrutando del sabor a vainilla de su labial.
El momento fue interrumpido por un pequeño "bip" electrónico. Joshua saltó como si hubiera escuchado una alarma de incendios.
—¿Qué fue eso? ¿El tuyo o el del nene? —preguntó, ya con el celular en la mano.
—Fue el mío, Joshua. Es solo una alerta de que voy subiendo después de la fruta. Está todo bien, de verdad. Relájate.
Joshua suspiró, pasando una mano por sus rulos. Sus ojos achinados mostraban el cansancio de quien vive en una vigilancia constante, pero también una devoción absoluta. Se recostó en la alfombra, dejando que Leo se trepara encima de su pecho. El bebé, ya reconciliado, empezó a babearle la camiseta blanca sin que a Joshua le importara lo más mínimo.
—Sabes que a veces me da miedo, Mariana —dijo él en voz baja, mirando al techo—. Verlo tan chiquito con esa máquina en el brazo. Me pregunto si cuando crezca me va a reclamar por habérsela pasado, aunque yo sé que eso no es culpa de nadie.
Mariana se acostó a su lado, buscando su mano y entrelazando sus dedos con los de él.
—Él va a ser un guerrero, como su mamá. Y va a tener al mejor papá del mundo para cuidarlo. Mira cómo lo miras, Joshua. Ese nene no va a tener miedo de nada porque tú estás aquí.
—Yo no voy a dejar que le falte nada —prometió Joshua, apretando la mano de ella—. Ni a él, ni a ti. Si tengo que dejar de cantar para estar aquí pendiente de las insulinas, lo hago. La música es un negocio, pero ustedes son mi vida.
—No tienes que dejar nada, bobo. Solo tienes que comprarle un oso que no sea del tamaño de una guagua —bromeó ella, haciéndole cosquillas en el costado.
—¡Ya volviste con el oso! —se quejó él, aunque con una sonrisa de oreja a oreja—. Está bien, mañana vamos a la tienda de nuevo. Pero uno mediano, Mariana. Uno mediano.
—Ya veremos qué dice Leo cuando vea el gigante otra vez —dijo ella, guiñándole un ojo.
Joshua se quedó allí, en el suelo de su habitación a 16 grados, con su mujer a un lado y su hijo encima. No necesitaba las joyas, ni los carros lujosos que presumía en sus videos. Todo lo que le importaba estaba ahí mismo, en ese pequeño espacio frío, vigilando que los niveles de azúcar fueran perfectos y que los besos no se terminaran nunca.
—Oye, nena —dijo Joshua después de un rato de silencio—. ¿Me das otro besito? De esos que me dan energía.
Mariana se inclinó sobre él, con el cabello cayéndole sobre la cara, y le dio el beso más dulce que Joshua había probado en su vida. Leo, desde su posición privilegiada, soltó una carcajada y trató de meterse en medio de los dos, reclamando su lugar en el imperio de amor que Joshua había construido para ellos.
—Tú también quieres, ¿ah? —dijo Joshua, besando la cabecita del bebé—. Pues toma, pa' que no digas que Papi es un pichador.
En esa habitación, rodeados de sensores, gráficas y el zumbido del aire acondicionado, el reguetonero más pegado de la isla era simplemente Joshua, un hombre perdidamente enamorado de su nena y de su pequeño guerrero de seis meses. Y aunque el oso gigante no había llegado todavía, el cuarto estaba lleno de algo mucho más grande que cualquier peluche: una devoción que no entendía de límites ni de niveles de glucosa.