Besitos
Besos con Sabor a Celos y Canela
El frío del aire acondicionado seguía estático en 16 grados, creando esa burbuja de invierno artificial que a Joshua tanto le gustaba. En esa habitación no existía el sol abrasador de Carolina, ni el ruido de los motores de la avenida; solo se escuchaba el murmullo rítmico de la máquina de aire y el sonido de los juguetes de tela de Leo. Joshua estaba sentado en el borde de la cama, observando la escena con una mezcla de adoración y un sentimiento que, aunque le costara admitirlo, se parecía mucho a la envidia.
Mariana estaba sentada en la alfombra, con Leo apoyado contra sus piernas. Ella le hablaba con esa voz de azúcar que Joshua siempre decía que debería estar prohibida por lo mucho que lo enviciaba.
—¿Quién es el nene más precioso de mamá? ¿Quién tiene esos ojitos lindos? —decía Mariana, llenando de besos sonoros las mejillas regordetas del bebé—. Eres tú, mi amor. Eres tú.
Leo soltaba carcajadas agudas, agitando sus bracitos. El pequeño sensor de glucosa en su brazo, ese círculo blanco en miniatura, resaltaba contra su piel clarita. Mariana no paraba; le daba besos en la frente, en la nariz, en la barbilla, y luego volvía a las mejillas. Cada vez que ella se acercaba, el nene se emocionaba más, estirando sus manos para agarrar los rulos de su madre.
Joshua se cruzó de brazos, entrecerrando sus ojos achinados. Llevaba diez minutos viendo cómo Mariana ignoraba su existencia por completo mientras se deshacía en atenciones con el "cabroncito", como él le decía de cariño al nene.
—Mami, ya está bueno, ¿no? —soltó Joshua, aunque su tono no era molesto, sino más bien un reclamo infantil—. Lo vas a gastar de tanto beso. Mira cómo tiene los cachetes ya, parecen dos tomates.
Mariana ni siquiera lo miró. Estaba demasiado ocupada haciéndole cosquillas a Leo en la barriga.
—Es que es tan rico, Joshua. Mira cómo se ríe. ¿Verdad que eres el amor de mami? —le dijo al bebé, dándole otro beso ruidoso justo en la punta de la nariz.
Joshua suspiró, despeinándose los rulos con frustración. Él era un hombre que lo tenía todo: fama, dinero, el respeto de la calle y una voz que sonaba en cada esquina de la isla. Pero en ese cuarto, bajo ese aire congelado, se sentía como el segundo plato. Y él, Joshua Omar Medina, no estaba acostumbrado a ser el segundo de nadie, ni siquiera de su propio hijo de seis meses.
—Mariana, te estoy hablando —insistió, levantándose de la cama y caminando hacia ellos con ese paso seguro y atlético que tenía—. Llevas media hora ahí y a mí ni un "hola" me has dicho desde que colgué la llamada con el productor.
—Ay, Joshua, no seas celoso —respondió ella finalmente, levantando la vista con una sonrisa que destilaba dulzura—. Si tú sabes que a ti también te quiero. Pero mira a Leo, está tan feliz.
—Él siempre está feliz, ese nene vive en Disney —replicó Joshua, llegando al lado de ellos—. Pero yo tengo una necesidad aquí que nadie está atendiendo.
Sin previo aviso, Joshua se agachó y, con una agilidad que sorprendió a Mariana, metió las manos por debajo de las axilas de Leo.
—Epa, gordo, permiso aquí. Papi tiene que hacer una gestión importante —dijo Joshua, levantando al bebé con cuidado pero con firmeza.
—¡Joshua! ¿Qué haces? —exclamó Mariana, riendo mientras veía cómo su esposo apartaba al niño.
Joshua caminó unos pasos y dejó a Leo sentado sobre un montón de almohadas suaves en la cama, dejándole su juguete favorito, un mordedor en forma de nota musical, para que se entretuviera.
—Tú quédate ahí un segundo, campeón. Deja que los grandes resuelvan —le dijo al nene, dándole una palmadita suave en la pierna, justo al lado del sensor.
Acto seguido, Joshua regresó hacia Mariana, que seguía sentada en la alfombra, mirándolo con los ojos muy abiertos y divertidos. Él se dejó caer frente a ella, invadiendo su espacio personal, rodeándola con sus piernas y obligándola a quedar atrapada entre su pecho y sus rodillas.
—Ahora sí —dijo Joshua, con la voz volviéndose más profunda, más urbana, más parecida a la que usaba cuando quería convencerla de algo—. Ahora me toca a mí. Llevo viendo cómo le das besitos a ese nene y yo aquí seco, pasando un hambre increíble.
—Eres un exagerado, Joshua Omar —susurró Mariana, aunque ya estaba rodeando el cuello de él con sus brazos—. Es tu hijo, ¿cómo vas a tener celos de un bebé?
—Yo no tengo celos, yo tengo principios —respondió él, acercando su rostro al de ella hasta que sus narices se rozaron—. Y el principio básico es que yo llegué primero a este corazón. Así que, anda, dame mis besitos.
Mariana soltó una risita suave, esa