Besitos
Besos con Sabor a Celos y Canela
El frío del aire acondicionado en 16 grados era una constante, una ley inamovible en el santuario que Joshua había construido para su familia. Fuera de esas cuatro paredes, el sol de Puerto Rico castigaba el asfalto y la humedad se pegaba a la ropa, pero dentro, el ambiente era tan puro y gélido que invitaba a vivir bajo las sábanas. Joshua, conocido en el mundo entero como Omar, estaba sentado en el borde de la cama, con el torso desnudo dejando ver su piel blanca y limpia de tatuajes, observando la escena que se desarrollaba frente a él con una mezcla de adoración extrema y un sentimiento que, aunque le costara admitirlo, se parecía peligrosamente a la envidia.
Mariana estaba acostada en medio de la inmensa cama, rodeada de almohadas de plumas. A sus diecinueve años, su rostro conservaba una inocencia que a Joshua lo tenía "juqueao" desde el primer día. Llevaba puesta una de las camisetas de algodón de él, que le quedaba como un vestido, y en su brazo derecho se divisaba el sensor de glucosa, ese pequeño disco que vigilaba su vida. A su lado, Leo, el pequeño guerrero de seis meses, pataleaba con entusiasmo, luciendo su propio sensor en miniatura en el bracito gordo.
—¿Quién es el rey de mamá? ¿Quién es el nene más lindo de todo el caserío y de la urbanización también? —susurraba Mariana con esa voz dulce, casi un arrullo, que a Joshua le derretía el alma.
La nena se inclinó sobre el bebé y comenzó una descarga de besos sonoros. Besitos en la frente, en los cachetes colorados, en la barbilla y en las manitas que Leo agitaba buscando el pelo rulo de su madre. El bebé soltaba unas carcajadas agudas, llenas de pura vida, ajeno a que su azúcar estaba siendo monitoreada por el teléfono que descansaba en la mesita de noche.
Joshua se cruzó de brazos, entrecerrando sus ojos achinados. Llevaba más de quince minutos siendo un espectador invisible. Él, que llenaba estadios y que tenía a miles de mujeres gritando su nombre, estaba siendo ignorado por las dos personas que más amaba en el mundo.
—Mami, ya está bueno, ¿no? —soltó Joshua finalmente, arrastrando las palabras con su acento marcado—. Lo vas a gastar. Mira cómo tiene la cara ya, parece un tomate de tanto beso.
Mariana ni siquiera levantó la vista. Estaba demasiado ocupada haciéndole cosquillas a Leo en la barriguita, provocando que el nene hipara de la risa.
—Es que es muy rico, Joshua. Mira cómo huele, huele a colonia de bebé y a cielo —respondió ella, dándole otro beso en la punta de la nariz al pequeño—. ¿Verdad, Leo? Papi está celoso porque tú eres el más guapo de la casa.
—Yo no estoy celoso, Mariana. Yo soy un hombre serio —dijo él, aunque se levantó de la cama y empezó a caminar de un lado a otro con ese paso rítmico de reguetonero—. Pero es que yo llegué aquí hace rato, te traje el jugo de naranja por si te bajaba el azúcar, te traje las meriendas, y tú ni un "bendición" me has echado.
Joshua se acercó a la cama y se dejó caer pesadamente al lado de ellos, haciendo que el colchón rebotara. Leo, al sentir el movimiento, dejó de reírse un momento y miró a su padre con esos ojos que eran una copia exacta de los de él. El bebé estiró una mano y le tocó la mejilla a Joshua, dejando un rastro de baba en su piel blanca.
—¡Ea, rayo! Mira esto, Mariana. Me está marcando territorio —se quejó Joshua, aunque una sonrisa involuntaria le iluminó el rostro—. Este cabroncito sabe lo que hace. Me está diciendo: "Papi, muévete que esta es mi nena ahora".
Mariana soltó una risita suave y se incorporó un poco, apoyándose en los codos. El movimiento hizo que el sensor de su brazo brillara bajo la luz de la lámpara.
—No digas eso, Joshua. Si él te ama. Pero es que tú siempre estás trabajando, grabando palos en el estudio, y cuando estás aquí, él quiere aprovechar a su mamá —dijo ella, acercándose para darle un besito corto en el hombro a Joshua—. No te pongas así, que tú sabes que tú eres mi nene grande.
—"Nene grande", dice ella —refunfuñó Joshua, aunque ya estaba aflojando los hombros—. Yo lo que quiero es mi dosis. Llevo todo el día pensando en venir pa' acá, encerrarme contigo, poner el aire en 16 y no salir hasta mañana. Y llego y me encuentro con que el puesto está ocupado por un tipo de dos pies de altura.
Joshua se estiró y agarró a Leo por debajo de los brazos, levantándolo en el aire. El bebé soltó un grito de alegría, encantado con el juego. Joshua lo miró de frente, analizando cada rasgo.
—Tú eres igualito a mí, pero con la dulzura de ella —le dijo al bebé en voz baja—. Tienes suerte, gordo. Si hubieras sacado mi carácter, estaríamos peleando de verdad por los besitos de mami.
—Joshua, ten cuidado con el brazo —le advirtió Mariana, siempre alerta—. Chequea que el sensor esté bien pegado, que con tanto ajetreo no se le vaya a soltar.
Joshua bajó al bebé con delicadeza y revisó el pequeño dispositivo blanco.
—Está perfecto, mami. Está bien puesto. Y el mío dice que él está en 115, está nítido. ¿Y tú? Déjame ver ese cel.
Joshua no esperaba respuesta. Agarró el teléfono de la mesita de noche y revisó la aplicación que monitoreaba a ambos. Sus ojos achinados se movieron con rapidez por las gráficas de glucosa. Era una obsesión que había desarrollado desde que Mariana quedó embarazada; el miedo a una hipoglucemia nocturna o a una subida descontrolada lo mantenía más despierto que cualquier bebida energética.
—Estás en 105, Mariana. Estás perfecta —dijo él, dejando el celular y volviendo su atención a ella—. Ahora que sé que están bien de salud, podemos volver al tema que nos ocupa.
—¿Y cuál es ese tema, señor Medina? —preguntó ella con esa timidez coqueta que a él lo volvía loco.
—El tema de que yo tengo una necesidad de afecto increíble y tú me estás pichando —Joshua se arrastró por la cama hasta quedar justo frente a ella, ignorando a Leo que ahora intentaba gatear sobre su espalda—. Dame un besito, nena. Pero uno de verdad, no de esos de "hola y adiós".
Mariana se sonrojó, algo que siempre pasaba cuando Joshua se ponía en modo romántico y posesivo. Ella estiró los brazos y rodeó el cuello de su esposo, sintiendo el calor de su piel a pesar del frío del cuarto.
—Eres un malcriado —susurró ella cerca de sus labios.
—Soy tu malcriado —corrigió él antes de sellar la distancia.
El beso fue lento, profundo, con ese sabor a urgencia que siempre tenían los encuentros de Joshua cuando lograba desconectarse del mundo exterior. En ese momento, no existían los contratos, ni las giras por Europa, ni los millones de seguidores en Instagram. Solo existía el olor a vainilla de Mariana y el tacto de su piel suave.
Sin embargo, la paz duró poco. Leo, sintiéndose excluido del abrazo, decidió que era buen momento para agarrar el cabello rulo de su padre y tirar de él con todas sus fuerzas de bebé de seis meses.
—¡Ay! ¡Diantre, Leo! —exclamó Joshua, separándose del beso con un gesto de dolor—. ¡Mariana, este nene me quiere arrancar el cuero cabelludo!
Mariana estalló en carcajadas, una risa limpia y cristalina que llenó la habitación.
—Te lo dije, Joshua. Él no quiere compartir. Él sabe que mamá es de él.
—Este nene es un bandido —dijo Joshua, sobándose la cabeza y mirando a su hijo, que lo observaba con una sonrisa desdentada y triunfante—. Mira cómo se ríe, si es que sabe lo que hizo. Está retándome.
Joshua agarró una de las almohadas y empezó una guerra suave de juegos con el bebé, haciéndolo rodar por la cama mientras Mariana los miraba con amor infinito. A pesar de los celos fingidos y de las quejas, Joshua no cambiaría ese caos por nada del mundo.
—¿Sabes qué estaba pensando en el estudio hoy? —dijo Joshua, mientras le hacía "la arañita" a Leo en la barriga.
—¿En qué, amor? —preguntó ella, recostando la cabeza en el hombro de él.
—En que quiero hacer un tema que hable de esto. No de las discotecas, ni de las botellas, ni de los culos —Joshua bajó la voz, poniéndose serio—. Quiero algo que hable de lo que es estar aquí encerrado, de lo que es cuidarlos, de la ansiedad que me da cuando el sensor pita y de lo feliz que me haces cuando me hablas así de bajito.
Mariana lo miró con los ojos brillantes. Sabía que para Joshua, la música era su forma de procesar el mundo, y que ella fuera su musa en algo tan íntimo la hacía sentir la mujer más afortunada.
—A tus fanáticos les va a encantar, Joshua. Porque ese es el Joshua que yo conozco. El que nadie ve en los videos.
—Ese es el Joshua que solo es tuyo, nena —respondió él, dándole un beso tierno en la frente—. El que se vuelve loco si no te ve por dos horas. El que tiene celos hasta de su propio hijo porque te da más besitos a ti que yo.
—Bueno, pues para que no sufras más... —Mariana se incorporó y empezó a darle una serie de besos rápidos por toda la cara, imitando lo que le había hecho al bebé antes—. Besito en el ojo derecho, besito en el ojo izquierdo, besito en los rulos...
Joshua cerró los ojos, disfrutando del juego.
—Faltó uno —dijo él con picardía.
—¿Cuál? —preguntó ella, aunque sabía perfectamente la respuesta.
Joshua no respondió con palabras. La tomó por la cintura, atrayéndola hacia él, y la besó con una pasión que hizo que el frío de los 16 grados desapareciera por completo. Leo, al ver que la atención volvía a desviarse, intentó gatear hacia ellos de nuevo, pero esta vez Joshua lo atrapó con un brazo, integrándolo en el abrazo familiar.
—Aquí cabemos los tres —dijo Joshua contra los labios de Mariana—. Pero que conste, Leo, que mami es mía primero. Tú eres el invitado de lujo.
—Ay, Joshua, deja de decirle esas cosas al nene —se rió Mariana, acomodándose en el pecho de su esposo—. Él sabe que aquí todos nos amamos por igual.
—Mentira, yo te amo más a ti —insistió él, con esa terquedad que lo caracterizaba—. Y por eso te voy a cuidar siempre. ¿Te tomaste la insulina de la cena?
—Sí, Joshua. Todo está bajo control. Deja de ser tan policía.
—No soy policía, soy tu hombre. Y mi trabajo es que tú y ese cabroncito estén siempre al cien —Joshua suspiró, sintiéndose finalmente en paz—. Quédate así un rato, nena. No te muevas.
Se quedaron así, enredados entre sábanas y almohadas, con el sonido del aire acondicionado como banda sonora y el calor humano desafiando el frío artificial. Joshua acariciaba los rulos de Leo mientras el bebé empezaba a quedarse dormido, vencido por el juego y la risa. Mariana, con la cabeza apoyada en el pecho de Joshua, escuchaba el latido rítmico de su corazón, ese corazón que latía con más fuerza por ellos que por cualquier fama mundial.
—Joshua... —susurró ella cuando el silencio se hizo profundo.
—Dime, mami.
—Gracias por cuidarnos así. A veces tengo miedo de que esto sea un sueño y me despierte en otro lado.
Joshua la apretó más fuerte contra él, sintiendo el pequeño sensor en el brazo de ella presionar contra su piel.
—Esto no es un sueño, Mariana. Esto es lo más real que he tenido en mi vida. Y mientras yo respire, a ti y al nene no les va a faltar ni un beso, ni una medicina, ni este frío que tanto te gusta.
—Te quiero, Joshua Omar.
—Y yo a ti, nena. Más que a la música, y eso es decir mucho.
El cantante se quedó mirando al techo, con sus ojos achinados llenos de una satisfacción que no se compraba con discos de platino. Había encontrado su lugar en el mundo, y no estaba en una tarima frente a miles de personas, sino allí, en esa cama deshecha, peleando por besos con un bebé de seis meses y vigilando que la glucosa de su nena se mantuviera siempre en el nivel perfecto de la felicidad.
Poco a poco, el sueño empezó a ganarles la batalla. Leo ya roncaba suavemente, una miniatura de hombrecito exhausto de tanta diversión. Mariana cerró los ojos, entregándose al refugio de los brazos de Joshua. Y él, el reguetonero que todo el mundo creía conocer, se quedó despierto unos minutos más, velando el sueño de sus tesoros, listo para saltar ante el primer "bip" del sensor, pero por ahora, simplemente disfrutando del silencio más dulce que jamás había compuesto.