Volver al resumen

Beso

El susurro de la seda y el latido del hierro

La noche se extendía sobre la Hacienda Fushiguro como un manto de terciopelo pesado, pero el aire que circulaba entre los árboles del linde no era opresivo. Por el contrario, para Megumi, el mundo nunca se había sentido tan ligero. Aún sentía el hormigueo en sus labios, una sensación eléctrica y desconocida que desafiaba toda la lógica de su educación aristocrática. Allí, bajo la sombra de un sauce llorón que ocultaba su figura de las luces distantes de la casona, Megumi observaba a Yuji.

El alfa lo miraba con una mezcla de adoración y asombro, como si temiera que, al parpadear, el joven omega se desvaneciera en una nube de incienso y polvo de estrellas. Yuji, con sus manos aún temblorosas por la audacia de haber reclamado la boca del hijo del patrón, rompió el silencio con una voz que era puro ruego y ternura.

—¿Te... te he asustado? —preguntó Yuji, dando un medio paso hacia atrás, respetando ese espacio sagrado que Megumi siempre parecía proyectar a su alrededor—. Perdóname, Megumi. A veces olvido que mis modales no son los de un caballero de salón. Me dejé llevar por lo que sentía aquí dentro.

Megumi, que mantenía una mano sobre su pecho, sintiendo el galope desenfrenado de su propio corazón, negó lentamente con la cabeza. Sus ojos verdes, usualmente gélidos como el bosque en invierno, estaban empañados por una neblina de vulnerabilidad que Yuji nunca había visto.

—No me has asustado —susurró Megumi, y por primera vez, su voz no tenía ese tono de mando que usaba para mantener al mundo a raya—. Es solo que... ha sido diferente a como lo describen en los libros que mi tía guardaba bajo llave.

Yuji soltó una risita nerviosa, pasándose una mano por el cabello rosado y revuelto.

—Bueno, los libros suelen adornar mucho las cosas. Pero un beso es... bueno, es la forma en que dos almas se saludan, supongo. Aunque dudo que sea el primero que recibes. Con todos esos alfas que te siguen como perros falderos en la plaza, juraría que ya eres un experto en estas lides.

Megumi bajó la mirada, dejando que sus pestañas oscuras proyectaran sombras sobre sus pómulos pálidos. Se sentó en una raíz expuesta del árbol, alisando la tela de su pantalón de lino con una meticulosidad casi obsesiva.

—Mientes —dijo Megumi en voz baja—. Sabes perfectamente que nadie se atreve a tocarme. Se quedan a tres pasos, recitando versos que compraron a algún poeta muerto, esperando que mi padre les dé una señal. Me miran como si fuera una estatua de la Virgen en el altar: hermosa, pero de piedra.

—Yo no te veo de piedra —replicó Yuji, acuclillándose frente a él para quedar a su altura—. Yo te veo muy real. Tan real que me duele.

—Yuji... —Megumi hizo una pausa, buscando las palabras en un rincón de su mente que nunca había tenido necesidad de explorar—. Ese beso... ha sido el primero.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el canto lejano de los grillos. Yuji parpadeó, procesando la información. La idea de que Megumi Fushiguro, la joya de la región, el omega por el que se suspiraba en cada rincón de la provincia, hubiera guardado su primer beso para un huérfano que olía a fragua y a muelle, era algo que no terminaba de encajar en su cabeza.

—¿El primero? —repitió Yuji, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¿Me estás diciendo que ninguno de esos tipos, ni el hijo del alcalde, ni los herederos de las otras haciendas...?

—Nada —lo interrumpió Megumi, y un leve tinte carmesí comenzó a subir por su cuello—. Me aburren. Me dan náuseas con sus pretensiones. Pero contigo... contigo es distinto. Sin embargo, hay algo que me inquieta.

Yuji se acercó un poco más, tomando con extrema delicadeza las puntas de los dedos de Megumi.

—Dime qué es. Lo que sea, lo arreglaré.

Megumi suspiró, y la máscara de divinidad terminó de desmoronarse, revelando la inocencia cruda de un adolescente que había crecido rodeado de lujos pero carente de afecto y conocimiento real sobre la vida.

—Mencionaste antes que querías un hogar conmigo. Que querías estar conmigo de una forma que mi padre no entendería. Y en el pueblo, las lavanderas hablan... dicen cosas sobre lo que los alfas y los omegas hacen cuando se cierran las puertas. Hablan de "entregarse", de una unión que va más allá de un beso.

Yuji tragó saliva, sintiendo que el nudo de su garganta se hacía más grande. La pureza de Megumi era un arma de doble filo; lo hacía más precioso, pero también cargaba a Yuji con una responsabilidad que lo aterraba.

—Hablan del acto del amor, Megumi —explicó Yuji con una suavidad extrema—. Del sexo.

Megumi frunció el ceño, ladeando la cabeza con una curiosidad genuina que hizo que el corazón de Yuji diera un vuelco de ternura.

—Esa palabra... "sexo". La he escuchado en susurros, como si fuera una maldición o un pecado capital. Pero nadie me ha explicado qué es realmente. Mi padre solo dice que mi valor reside en mi pureza para el matrimonio. Pero si es algo que se hace con alguien a quien quieres... ¿por qué suena tan prohibido? ¿Qué es lo que se hace exactamente, Yuji?

Yuji sintió que el calor subía a sus propias mejillas. No era una reacción de lujuria, sino de una protección feroz. Megumi era un lienzo en blanco en lo que respectaba a la intimidad, protegido por una jaula de oro que le había negado incluso el conocimiento básico de su propia naturaleza.

—No es un pecado, Megumi —dijo Yuji, apretando suavemente sus manos—. No si hay respeto. No si hay cariño. Es... es cuando dos personas se pertenecen tanto que sus cuerpos ya no quieren estar separados. Es como el beso que nos dimos, pero más profundo. Es cuidarse, es tocarse con la verdad, es fundirse en uno solo.

—¿Duele? —preguntó Megumi con una franqueza que desarmó al alfa.

—No debería —respondió Yuji con firmeza—. Si se hace con la persona correcta, es la cosa más hermosa del mundo. Pero no es algo de lo que debas preocuparte ahora. No quiero que pienses que te busco por eso. Yo te quiero a ti, Megumi. Quiero tus silencios, quiero tus caminatas por el bosque, quiero escucharte quejarte del helado de canela aunque sé que te encanta.

Megumi guardó silencio durante un largo rato, procesando las palabras de Yuji. La idea de que alguien pudiera quererlo por su compañía y no por lo que representaba su linaje o su función como omega era un concepto revolucionario.

—Eres extraño, Itadori Yuji —murmuró Megumi, permitiéndose por fin sonreír de verdad, una sonrisa pequeña que iluminó sus ojos verdes—. Todos los demás alfas hablan de poseerme, de llevarme a sus casas como quien compra un caballo fino. Tú hablas de fundirte, de esperar, de escuchar.

—Porque no eres un trofeo —dijo Yuji, levantándose y atrayendo a Megumi consigo hasta que volvieron a estar pecho contra pecho—. Eres el chico que se escapa de su casa porque se siente solo. Y yo soy el chico que no tiene casa, pero que ha encontrado un hogar cada vez que te ve aparecer por la plaza.

Megumi se dejó envolver por los brazos de Yuji. El aroma del alfa —ese aroma a sol, a metal y a la honestidad del trabajo duro— lo rodeó como un escudo contra la frialdad de la hacienda que se alzaba a sus espaldas. Por primera vez en sus dieciséis años, Megumi no se sintió como un Fushiguro, ni como una moneda de cambio, ni como una deidad inalcanzable. Se sintió simplemente vivo.

—Enséñame —susurró Megumi contra el hombro de Yuji.

Yuji se tensó por un momento, malinterpretando las palabras.

—Megumi, yo... no puedo... no aquí, no así...

—No eso —lo interrumpió Megumi, soltando una risita suave que vibró contra el pecho del alfa—. Enséñame a ser normal. Enséñame a no tener que fingir que todo me aburre. Enséñame cómo es la vida de alguien que no tiene que preocuparse por las apariencias. Y... tal vez, con el tiempo, enséñame esas otras cosas de las que hablan las lavanderas. Si es contigo, no creo que tenga miedo.

Yuji se separó lo suficiente para acunar el rostro de Megumi entre sus manos grandes y toscas. Sus pulgares acariciaron los pómulos del omega con una reverencia que ningún señor de alta alcurnia podría haber imitado jamás.

—Te enseñaré todo lo que sé, que no es mucho —prometió Yuji—. Te enseñaré a pescar en el río cuando el sol apenas sale, a distinguir el aroma del café bueno del que está rancio, y a reírte hasta que te duela la tripa por una tontería. Y sobre lo otro... —Yuji le guiñó un ojo, recuperando esa chispa de alegría que lo caracterizaba—, iremos al ritmo que tú quieras. No tengo prisa, Megumi. He esperado toda mi vida para encontrar a alguien como tú, puedo esperar mil años más para lo que sea.

Megumi asintió, sintiendo una paz que nunca creyó posible. Pero entonces, un pensamiento cruzó su mente, devolviéndolo a la realidad de su situación.

—¿Qué pasará cuando mi padre se entere? —preguntó, y su voz tembló ligeramente—. Toji no es un hombre paciente. Si descubre que paso mis noches con un trabajador del muelle en lugar de aceptar los cortejos de los Zenin...

—No se enterará —dijo Yuji con una convicción que no admitía réplica—. Seremos como las sombras del cafetal. Visibles para nosotros, invisibles para el resto. Y si algún día decide mirar hacia abajo desde su balcón, ya estaremos muy lejos de aquí. Tengo ahorros, Megumi. No es una fortuna, pero es suficiente para empezar en otro lugar, donde nadie sepa quién es un Fushiguro y dónde tú puedas ser simplemente tú.

—¿Te irías conmigo? —preguntó Megumi, con los ojos muy abiertos—. ¿Dejarías todo por alguien que ni siquiera sabe lo que es un beso hasta hace cinco minutos?

Yuji soltó una carcajada limpia y sonora que pareció espantar los fantasmas de la noche.

—Dejaría hasta mi nombre por ti, Megumi. Pero no tienes que decidir nada ahora. Por ahora, solo quédate un momento más. Solo un momento.

Se quedaron así, abrazados bajo la protección del sauce, dos jóvenes de mundos opuestos unidos por el hilo invisible del destino y por una canción que solo ellos podían escuchar. Megumi cerró los ojos, apoyando la cabeza en el pecho de Yuji, escuchando el latido rítmico y fuerte del alfa. Era un sonido mucho más real y reconfortante que los discursos de su padre o el silencio sepulcral de la casona.

—Yuji —llamó Megumi en un susurro, casi quedándose dormido por el cansancio y la liberación emocional.

—¿Dime?

—La próxima vez... el helado de canela no será necesario.

Yuji sonrió, besando la coronilla del cabello oscuro de Megumi.

—Lo tendré en cuenta. Pero creo que te seguiré trayendo flores. De esas que crecen en las grietas de las piedras. Como nosotros.

Megumi no respondió, pero apretó más fuerte la camisa de Yuji. En la oscuridad de la noche, el resplandor de su inocencia no se había apagado; simplemente había encontrado el fuego adecuado para transformarse en algo mucho más poderoso: la esperanza.

Mientras Megumi caminaba de regreso a la hacienda minutos después, sorteando las sombras con la agilidad de quien conoce cada piedra del camino, se sintió diferente. Sus labios aún sabían a Yuji, y su mente estaba llena de nuevas preguntas y posibilidades. Ya no era el omega inalcanzable que miraba el mundo desde un pedestal de hielo. Ahora era alguien que tenía un secreto, un fuego interno que ninguna orden de Toji Fushiguro podría apagar.

Entró por la puerta de servicio, cruzando la cocina en silencio. En el comedor principal, escuchó el sonido de una botella de cristal chocando contra un vaso; su padre seguía allí, bebiendo su desprecio en soledad. Megumi no se detuvo, ni siquiera sintió la punzada de tristeza habitual. Subió las escaleras hacia su habitación, se despojó de su ropa de lino y se metió entre las sábanas de seda.

La seda se sentía fría y artificial comparada con el calor de las manos de Yuji. Megumi cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, durmió profundamente, soñando con ríos, con fraguas y con besos que no sabían a poemas ensayados, sino a la promesa de una libertad que apenas comenzaba a saborear.