Beso
El eco de los pasos sobre el barro
La lluvia en la región de los cafetales no era una simple llovizna; era una cortina espesa que transformaba el paisaje en un cuadro de acuarelas borrosas. Para la mayoría de los habitantes del pueblo, el aguacero significaba resguardarse tras las persianas de madera y esperar a que el cielo recuperara su calma. Pero para Yuji Itadori, la lluvia era su mejor aliada. Era el ruido blanco que ocultaba el crujido de las ramas y el manto gris que empañaba la visión de los guardias que Toji Fushiguro pagaba para vigilar —más por orgullo que por cuidado— los linderos de su propiedad.
Yuji esperaba bajo el granero abandonado, a un kilómetro de la entrada principal de la hacienda. A pesar de que ya era un hombre hecho y derecho, con los hombros anchos por el trabajo en el muelle y cicatrices de quemaduras en los brazos por su labor en la herrería, en ese momento se sentía como un niño a punto de cometer su primera travesura. Sus pies golpeteaban el suelo rítmicamente y su corazón, ese órgano que Megumi decía que "latía a su ritmo", amenazaba con saltar de su pecho cada vez que veía una sombra moverse entre los matorrales.
—Llegas tarde —dijo una voz suave, cargada de una fingida arrogancia que ya no lograba engañar a nadie.
Yuji dio un respingo y se giró. Allí estaba Megumi, con el cabello empapado pegado a la frente y una capa de lana oscura que apenas lograba cubrir su camisa de seda. Se veía, como siempre, como algo que no pertenecía a ese mundo de barro y sudor.
—¡Megumi! —Yuji se lanzó hacia él, olvidando por completo su compostura de alfa trabajador—. Pensé que tu padre te había encerrado bajo siete llaves después de lo de la última vez.
Megumi soltó un suspiro, permitiendo que Yuji le tomara las manos. Estaban heladas, pero el contacto con las palmas calientes y callosas de Itadori las hizo entrar en calor al instante.
—Toji está más preocupado por el precio del tabaco que por lo que haga su hijo menor —respondió Megumi, dejando que una pequeña sonrisa tirara de la comisura de sus labios—. Me dijo que si me resfriaba, al menos no tendría que escuchar mis quejas durante la cena. Es un hombre encantador, como verás.
Yuji soltó una carcajada y, sin previo aviso, tiró de la mano de Megumi, sacándolo del refugio del granero hacia la lluvia torrencial.
—¡Yuji! ¿Qué haces? ¡Nos vamos a empapar! —exclamó el omega, aunque no hizo ningún esfuerzo por soltarse.
—Ya estamos empapados, "su alteza" —se burló Yuji, caminando de espaldas mientras lo guiaba hacia el sendero que subía al bosque alto—. Además, siempre me dijiste que los alfas que te cortejan te ofrecen paseos en carruajes cerrados para no arruinar tu peinado. Yo te ofrezco el cielo entero cayendo sobre nosotros. ¿No es más romántico?
Megumi rodó los ojos, pero su risa, esa que solo Yuji conocía, brotó de su garganta como un manantial.
—Eres un idiota, Itadori. Un idiota sin remedio.
Caminaron cuesta arriba, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que parecía que temían perderse en la niebla. Para Yuji, llevar de la mano a Megumi era una experiencia religiosa. Sentía la delicadeza de sus huesos, la suavidad de su piel que contrastaba con la aspereza de la suya, y el pulso constante de un omega que, a pesar de su apariencia de porcelana, tenía la fuerza de un roble.
A medida que se internaban en el bosque, el sonido de la lluvia cambiaba, volviéndose un murmullo rítmico al chocar contra las hojas anchas de los helechos. Yuji se detuvo cerca de un pequeño riachuelo que bajaba con fuerza. El agua saltaba sobre las piedras, creando una espuma blanca que brillaba en la penumbra.
—Mira esto —dijo Yuji, señalando un grupo de flores silvestres que se cerraban ante el agua—. El hijo del alcalde te traería orquídeas de invernadero que mueren en dos días. Estas... estas aguantan la tormenta y mañana estarán más brillantes que nunca. Como tú.
Megumi se detuvo a su lado, observando las flores. El aroma a tierra húmeda y la fragancia natural del omega —ese sándalo y lluvia— se mezclaron en el aire, creando una burbuja de intimidad que hacía que el resto del mundo desapareciera.
—Sigues con tus comparaciones, Itadori —murmuró Megumi, aunque se acercó más al calor corporal del alfa—. ¿Alguna vez dejas de actuar como si estuviéramos en una de esas novelas baratas que lee la servidumbre?
—No puedo evitarlo —confesó Yuji, girándose para quedar frente a él. Su expresión pasó de la diversión a una seriedad casi dolorosa—. Cuando estoy contigo, siento que tengo que decir todo lo que pienso, porque me parece increíble que estés aquí. Que me hayas elegido a mí, entre tantos alfas con castillos y apellidos.
Megumi levantó la mano y, con una lentitud que hizo que Yuji contuviera el aliento, acarició la mejilla del pelirrosa. Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula, bajando por el cuello donde el pulso de Yuji martilleaba con fuerza.
—Ellos no tienen esto, Yuji —dijo Megumi en un susurro—. Tienen tierras, sí. Tienen el respeto de mi padre. Pero ninguno de ellos se atrevería a llevarme bajo la lluvia solo para enseñarme unas flores silvestres. Tienen miedo de ensuciarse las manos. Tú... tú tienes las manos sucias de trabajo, pero tu alma es la más limpia que he conocido.
Yuji cerró los ojos ante el contacto. Se sentía pequeño y gigante al mismo tiempo. En un arrebato de audacia, rodeó la cintura de Megumi con un brazo, pegándolo a su cuerpo. La diferencia de altura y de complexión era evidente; Megumi encajaba perfectamente bajo su mentón.
—¿Te acuerdas de lo que me preguntaste la otra noche? —preguntó Yuji, con la voz volviéndose ronca—. Sobre lo que los alfas y omegas hacían cuando estaban solos.
Megumi sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la lluvia. Asintió levemente, con el rostro escondido en el hueco del cuello de Yuji, aspirando su aroma a hierro, sol y ese azúcar quemado que tanto lo embriagaba.
—Lo recuerdo.
Yuji bajó su mano libre. No fue un movimiento brusco, sino un deslizamiento lento, casi experimental, que descendió por la espalda de Megumi hasta posarse en la curva de su cadera. Sintió cómo el omega se tensaba por un instante, no por miedo, sino por la sorpresa de una sensación nueva. Los dedos de Yuji se cerraron con firmeza pero con una ternura infinita sobre el hueso de la cadera, reclamando ese espacio con una posesividad que hizo que las feromonas de Megumi vibraran en el aire.
—Es esto —susurró Yuji, acercando sus labios a la oreja de Megumi—. Es querer tocar cada parte de ti para asegurarme de que no eres un sueño. Es sentir cómo encajas conmigo, como si hubiéramos sido tallados de la misma madera.
Megumi soltó un jadeo corto y sus manos se aferraron a los hombros de Yuji, arrugando la tela de su chaqueta empapada. La posición era íntima, casi escandalosa para los estándares del pueblo, pero allí, bajo el dosel del bosque y el rugido del agua, no había leyes ni padres indiferentes.
—¿Y qué más? —preguntó Megumi, alzando la vista. Sus ojos verdes estaban oscuros, llenos de una curiosidad que empezaba a transformarse en deseo—. ¿Qué más se siente, Yuji?
Yuji lo miró fijamente, devorando cada detalle de su rostro. La lluvia goteaba por la nariz de Megumi, y sus labios estaban entreabiertos, invitándolo a perderse de nuevo.
—Se siente como si el mundo se redujera a este centímetro que nos separa —dijo Yuji—. Se siente como si mis manos nunca fueran suficientes para recorrerte. Se siente... como si quisiera protegerte de todo, incluso de mí mismo.
Yuji presionó su cadera contra la de Megumi, un movimiento sutil pero cargado de significado. El omega cerró los ojos, dejando escapar un suspiro que se perdió en el viento. Era una danza de descubrimiento, una exploración de territorios prohibidos que los hacía sentir más vivos que nunca.
—No te protejas de mí —murmuró Megumi, buscando los labios de Yuji—. Prefiero quemarme contigo que seguir congelado en esa casa.
El beso que siguió fue diferente al primero. No hubo la timidez del descubrimiento inicial, sino la urgencia de dos personas que sabían que su tiempo era prestado. Sabía a agua de lluvia y a la desesperación dulce de quienes se aman a escondidas. Yuji profundizó el contacto, sus manos moviéndose con más confianza, subiendo de nuevo por la espalda de Megumi, memorizando cada vértebra, cada curva, mientras el omega se empinaba para fundirse más con él.
Se separaron jadeando, con las frentes apoyadas la una contra la otra. El vapor de sus alientos se mezclaba en el aire frío.
—Si nos encuentran aquí, te matarán —dijo Megumi, aunque no había miedo en su voz, solo una aceptación melancólica.
—Que lo intenten —respondió Yuji con una sonrisa desafiante—. Soy un alfa que carga sacos de cincuenta kilos y dobla hierro con el calor del fuego. Tu padre puede tener armas y dinero, pero yo tengo una razón para luchar que él nunca entenderá. Te tengo a ti.
Megumi se rió, una risa pequeña y privada.
—Eres un romántico empedernido, Itadori. Es un milagro que no te hayan echado del pueblo por decir tantas cursilerías.
—Es un don —bromeó Yuji, volviendo a tomar su mano para iniciar el descenso—. Vamos, tienes que volver antes de que se den cuenta de tu ausencia. No quiero que pases frío más tiempo del necesario.
—Ya no tengo frío —admitió Megumi en voz baja, dejándose guiar de nuevo hacia la civilización.
Caminaron de regreso en un silencio cómodo, solo interrumpido por el chapoteo de sus botas en los charcos. Al llegar al límite de la hacienda, donde el sendero se dividía hacia la casona blanca, se detuvieron bajo el arco de piedra que marcaba la entrada trasera.
Yuji se tomó un momento para arreglar el cabello de Megumi, apartando los mechones mojados de sus ojos con una delicadeza que contrastaba con sus manos toscas.
—Mañana es día de mercado —dijo Yuji—. Estaré en la herrería por la tarde. Si pasas por allí... quizás tenga algo para ti.
Megumi arqueó una ceja, recuperando un poco de su altivez divina.
—¿Otro helado de canela? ¿O vas a regalarme una herradura de la suerte?
Yuji le guiñó un ojo, retrocediendo hacia las sombras del bosque.
—Tendrás que venir para averiguarlo, Fushiguro. Pero te advierto que mi "coqueteo común" está mejorando.
Megumi se quedó allí, viendo cómo la figura de Yuji desaparecía entre los árboles con la agilidad de un animal salvaje. Se tocó los labios, que aún ardían por el beso, y sintió el peso de la mano de Yuji todavía marcado en su cadera.
Entró en la hacienda por la puerta de la cocina, como de costumbre. Esta vez, sin embargo, se encontró con la figura de su hermana mayor, Tsumiki, que lo esperaba con una toalla seca y una mirada llena de preocupación y complicidad.
—Estás empapado, Megumi —dijo ella, envolviéndolo en la toalla—. ¿Dónde has estado? Padre ha preguntado por ti hace una hora.
Megumi se tensó por un momento.
—¿Y qué le dijiste?
—Que estabas en la biblioteca, leyendo —respondió Tsumiki con una sonrisa triste—. Pero hueles a bosque, Megumi. Y a algo más... hueles a alguien.
Megumi no bajó la mirada. Ya no sentía la necesidad de esconderse de los suyos, al menos no de ella.
—He estado con alguien que me ve, Tsumiki. No como un Fushiguro, sino como yo.
Tsumiki suspiró, acariciando el hombro de su hermano.
—Ten cuidado. Sabes cómo es este mundo. Toji no aceptará nada que no beneficie a sus negocios.
—Lo sé —dijo Megumi, comenzando a subir las escaleras—. Pero Toji no sabe que su hijo ya no le pertenece.
Esa noche, mientras la tormenta seguía rugiendo afuera, Megumi se sentó junto a la ventana de su habitación. Miró hacia el pueblo, hacia las pequeñas luces que parpadeaban en la distancia. En algún lugar allí abajo, en una habitación pequeña que olía a humo y esfuerzo, estaba el alfa que lo hacía sentir humano.
Megumi se desató la cinta que sujetaba su camisa y se miró al espejo. Ya no veía a la sombra decorativa de Toji Fushiguro. Veía a un omega que había descubierto que su valor no estaba en su pureza, sino en su capacidad de sentir, de arriesgarse y de amar a un hombre que no tenía nada que ofrecerle excepto su verdad.
Se acostó y, al cerrar los ojos, todavía podía sentir el eco de los pasos de Yuji sobre el barro y el calor de su mano en su cadera. Era un recuerdo que valía más que todas las hectáreas de café del imperio de su padre. Porque en el mundo de los Fushiguro, todo tenía un precio, pero el amor de Yuji Itadori era lo único que el dinero no podía comprar. Y Megumi, por primera vez en su vida, se sentía inmensamente rico.