Besos amargos
Espejismos de Cristal
La semana había transcurrido bajo una tensión eléctrica que Jenni intentaba ignorar con todas sus fuerzas. Las tutorías con Luke se habían convertido en una rutina extraña: él llegaba tarde, ella lo regañaba, él soltaba algún comentario mordaz sobre su estatura y ella respondía con una precisión quirúrgica que lo dejaba mudo por unos segundos. Pero, a pesar de la fachada, Jenni sentía que algo no encajaba en su vida perfecta. Jonathan, su novio ideal, el capitán del equipo, el chico de los besos en la frente, estaba distante.
Esa tarde, el gimnasio de la universidad bullía con la energía del entrenamiento previo al gran partido. Jenni caminaba por los pasillos laterales, con sus libros apretados contra el pecho y sus gafas descansando sobre el puente de su nariz. Llevaba una falda corta de cuadros rojos y una blusa blanca que resaltaba su piel clara. Buscaba a Jonathan; le había traído su bebida energética favorita y quería darle una sorpresa antes de irse a la biblioteca para su sesión diaria con "el cavernícola" de Luke.
Al acercarse a la zona de los vestidores y los baños traseros, un sector menos transitado durante las prácticas, Jenni se detuvo en seco. El eco de unas risas ahogadas y susurros cómplices rebotó en las paredes de azulejos.
Jenni no era una chica que se dejara llevar por la paranoia, pero su inteligencia no se limitaba a los libros de medicina. Observó la puerta del baño de hombres. Se abrió lentamente.
Primero salió Jina, la capitana del equipo de porristas. Tenía el cabello rubio platino ligeramente despeinado y se estaba ajustando la falda del uniforme con una sonrisa de autosuficiencia. Segundos después, Jonathan salió detrás de ella, limpiándose los labios con el dorso de la mano y con esa misma sonrisa que Jenni solía considerar encantadora, pero que ahora le resultaba repulsiva.
El mundo no se detuvo. El corazón de Jenni no se rompió en mil pedazos audibles, ni sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas. En lugar de eso, una frialdad absoluta recorrió su columna vertebral. Se quedó allí, de pie, midiendo apenas metro cincuenta, pero sintiéndose como un gigante de hielo.
Jonathan la vio. La palidez de su rostro se acentuó al instante, contrastando con su cabello rojizo. Jina, al notar la presencia de Jenni, soltó una risita nerviosa y se alejó rápidamente por el pasillo, dejándolos solos.
—Jenni... no es lo que parece —dijo Jonathan, dando un paso hacia ella. Su voz tembló, perdiendo toda la autoridad que solía tener en la cancha.
Jenni no retrocedió. Se ajustó las gafas con un movimiento lento y preciso, manteniendo la mirada fija en los ojos de él. No había odio en su expresión, solo una decepcionante claridad.
—Jonathan, ahórrate el guion de película barata —dijo ella. Su voz era firme, gélida, sin un solo quiebre—. Te vi salir con ella. Vi cómo te limpiabas la cara. No necesito una explicación anatómica de lo que estaban haciendo ahí dentro.
—Fue un error, de verdad. Ella me buscó y yo... —intentó justificarse él, extendiendo una mano para tocarle el hombro.
Jenni dio un paso lateral, evitando el contacto como si él fuera una muestra biológica contaminada. No gritó. No levantó la mano para abofetearlo, aunque la rabia bullía bajo su piel. Sabía que rebajarse a la violencia física era darle una importancia que ya no poseía.
—Terminamos, Jonathan —sentenció ella.
—¿Qué? Jenni, por favor, llevamos un año. No puedes tirar todo por la borda por un desliz —suplicó él, ahora con un tono de desesperación que rozaba lo patético.
—Tú tiraste todo por la borda en el momento en que decidiste que yo no era suficiente —respondió Jenni, mirándolo de arriba abajo con desdén—. Y me conoces lo suficiente para saber que no doy segundas oportunidades a la mediocridad. Recoge tus cosas de mi departamento este fin de semana. No quiero volver a verte cerca de mí a menos que sea estrictamente necesario por la universidad.
—Jenni, no seas tan fría... —murmuró él, atónito por la falta de llanto de su ahora exnovia.
—No es frialdad, Jonathan. Es amor propio. Que tengas una buena vida.
Se dio la vuelta con una elegancia que dejó a Jonathan clavado en el sitio. Sus tacones resonaron en el pasillo con un ritmo constante, una marcha de guerra silenciosa. Caminó hacia la salida del gimnasio, cruzándose con algunos compañeros de equipo que la miraron con curiosidad, pero ella no desvió la vista.
Al salir al aire libre, el sol de la tarde le dio en la cara. Solo entonces cerró los ojos y respiró hondo. Le dolía, por supuesto. El pecho le pesaba y sentía un vacío extraño en el estómago, pero se negó a desmoronarse. Ella era Jenni Ackerman, y no iba a permitir que un chico con complejo de estrella arruinara su enfoque.
—Vaya, vaya. La muñequita parece que acaba de ver un fantasma. O que ha decidido que el rojo no es su color favorito.
Jenni abrió los ojos. Luke estaba apoyado contra una de las columnas de la entrada, con un cigarrillo entre los labios y su habitual expresión de desgana. Llevaba su chaqueta de cuero y el cabello castaño más desordenado que de costumbre. La había estado observando.
—No estoy de humor para tus juegos, Luke —dijo ella, pasando por su lado sin detenerse.
Luke, con sus piernas largas, la alcanzó en dos zancadas, caminando a su lado con las manos en los bolsillos.
—Te vi, Ackerman. Vi al pelirrojo salir del baño con la porrista y te vi a ti salir después —dijo él, su tono perdiendo un poco de la burla habitual—. Esperaba gritos, llanto, tal vez un poco de sangre. Eres decepcionantemente civilizada.
Jenni se detuvo y lo miró hacia arriba. La diferencia de altura era ridícula, pero en ese momento, ella parecía tener el control de la situación.
—Los gritos son para las personas que no tienen argumentos, Luke. Y el llanto es para quienes pierden algo valioso. Yo acabo de deshacerme de un lastre.
Luke arqueó una ceja, genuinamente impresionado. Se quitó el cigarrillo de la boca y exhaló el humo hacia el lado contrario de Jenni.
—Tienes agallas, enana. Te lo concedo. La mayoría de las chicas en este campus estarían publicando indirectas en Instagram ahora mismo.
—Yo no soy la mayoría de las chicas —respondió ella, retomando el paso hacia la biblioteca—. Ahora, si ya terminaste de analizar mi vida personal, tenemos una sesión de estudio. Tienes que aprenderte el sistema nervioso, y viendo cómo te comportas, sospecho que el tuyo está bastante atrofiado.
Luke soltó una carcajada ronca que atrajo las miradas de varios estudiantes.
—¿De verdad vas a ir a estudiar después de esto? Eres una máquina, Ackerman.
—Soy responsable, que es distinto —dijo ella, aunque por dentro agradecía la distracción que Luke representaba. Su arrogancia era un ancla que la mantenía alejada de los pensamientos sobre Jonathan.
Llegaron a la biblioteca y se sentaron en su mesa habitual. Sasha, que ya estaba allí, notó de inmediato que algo pasaba. La mejor amiga de Jenni tenía un radar especial para las crisis.
—Jen, ¿estás bien? Tienes esa cara de "voy a realizar una autopsia sin anestesia" —susurró Sasha, mirando de reojo a Luke.
—Jonathan y yo terminamos —dijo Jenni, abriendo su libro de texto como si estuviera anunciando el clima—. Me estaba engañando con Jina.
Sasha casi se atraganta con su propio piercing.
—¡¿Qué?! ¡Ese hijo de...! —Sasha empezó a levantarse, pero Jenni le puso una mano en el brazo.
—No, Sasha. No vale la pena. Ya me encargué. Está fuera de mi vida. Ahora, por favor, necesito concentrarme. Luke tiene el examen en tres días y no voy a dejar que su estupidez afecte mi historial de tutorías.
Sasha se quedó boquiabierta, volviendo a sentarse lentamente. Miró a Luke, quien estaba observando a Jenni con una mezcla de curiosidad y algo que se parecía peligrosamente al respeto.
—Bien —dijo Luke, abriendo su libreta por primera vez sin que ella se lo pidiera—. Sistema nervioso. Empecemos por el cerebro, aunque dudo que el de tu ex tuviera muchas conexiones funcionando.
Jenni esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero Luke la notó.
—Céntrate, Luke —ordenó ella, ajustándose las gafas—. El sistema nervioso central se divide en dos partes principales. ¿Sabes cuáles son o necesitas que te lo dibuje en la espalda con tus tatuajes?
—Prefiero que me lo expliques de cerca, profesora —respondió él con un guiño, recuperando su tono coqueto, pero esta vez no había malicia en sus palabras.
La sesión de estudio fue inusualmente productiva. Luke no hizo ni una sola broma pesada sobre la estatura de Jenni, y ella, aunque mantenía su rigor, no fue tan cortante con sus errores. Había una tregua tácita entre ellos.
Al terminar, el cielo ya estaba oscuro. Sasha se había ido antes para "hacer unas llamadas" (lo que Jenni sabía que significaba contarle a todo el mundo lo que Jonathan había hecho), y Luke se ofreció a acompañar a Jenni hasta su coche.
—No es necesario —dijo ella, recogiendo sus plumas.
—No te estoy preguntando, Ackerman —replicó él, colgándose la mochila al hombro—. Son las diez de la noche y este campus está lleno de idiotas. Además, caminas muy lento con esas piernas cortas, necesito asegurarme de que llegues antes de que salga el sol.
Jenni rodó los ojos, pero no protestó. Caminaron en silencio por el sendero iluminado por farolas. El aire era fresco y el olor a tabaco de la chaqueta de Luke resultaba extrañamente reconfortante para Jenni en ese momento de soledad.
—Oye —dijo Luke cuando llegaron al pequeño coche compacto de Jenni—. Lo que hiciste hoy... no rebajarte, mantener la cabeza alta... fue genial.
Jenni se detuvo junto a la puerta del conductor y lo miró. Luke parecía incómodo siendo sincero, moviendo el peso de su cuerpo de un pie a otro, sus 1.90 metros de altura proyectando una sombra imponente sobre ella.
—Gracias, Luke —respondió ella en voz baja—. Supongo que la anatomía me enseñó que el corazón es solo un músculo. Y los músculos se reparan con el tiempo.
Luke se inclinó, su rostro quedando a pocos centímetros del de ella. Jenni pudo ver el brillo del piercing en su ceja y la intensidad de sus ojos castaños.
—Tal vez —murmuró él—. Pero algunos músculos necesitan un poco de ayuda para sanar. Si ese idiota te molesta el fin de semana cuando vaya por sus cosas, llámame. Me encantaría practicar un poco de "anatomía aplicada" en su cara.
Jenni soltó una risita real esta vez, una que iluminó su rostro y suavizó la dureza de sus ojos.
—Lo tendré en cuenta, chico malo. Ahora vete a casa y repasa las neuronas. No querrás que tu cerebro se oxide.
Luke le dedicó una de sus sonrisas peligrosas, esa que hacía que Jenni olvidara por un segundo que se suponía que lo odiaba.
—Buenas noches, Ackerman.
Jenni subió a su coche y lo puso en marcha. Mientras se alejaba, vio por el retrovisor a Luke encender otro cigarrillo y quedarse allí, vigilando hasta que ella desapareció de su vista.
Esa noche, al llegar a su departamento, Jenni no lloró. Se quitó la ropa corta, se puso un pijama cómodo y se preparó una taza de té. Miró el marco de fotos donde aparecía con Jonathan y, sin una pizca de duda, lo guardó en un cajón.
Su vida no se había detenido. Mañana tendría que estudiar, tendría que lidiar con los chismes y tendría que volver a ver a Luke. Pero mientras se quedaba dormida, Jenni se dio cuenta de algo importante: a veces, para que el cuerpo sane, hay que extirpar lo que está podrido. Y ella acababa de realizar su primera cirugía exitosa.