Besos amargos
Anatomía del Deseo y el Azar
El lunes por la mañana, el auditorio de la facultad de medicina no olía a esperanza, sino a café recalentado y a la ansiedad colectiva de doscientos estudiantes al borde del colapso nervioso. Jenni Ackerman estaba sentada en la primera fila, con su falda de tablas azul marino y una blusa blanca impecable. Sus gafas descansaban sobre el puente de su nariz y su flequillo planchado no tenía ni un solo cabello fuera de lugar, a pesar de que no había dormido más de cuatro horas.
Al fondo del salón, Luke ocupaba su asiento habitual. Llevaba una sudadera gris con las mangas cortadas, dejando a la vista los tatuajes de sus antebrazos que descansaban sobre el pupitre de madera. Su mirada castaña chocó con la de Jenni por un segundo, y aunque no sonrieron, la chispa de complicidad fue suficiente para que el pulso de ella se acelerara.
El decano Miller subió al podio con una pila de sobres sellados. Su expresión era severa, la de un hombre que disfrutaba de la tortura académica.
—Atención, estudiantes —dijo el decano, su voz resonando en el silencio sepulcral—. Debido a una filtración del examen general en el campus norte, el departamento ha decidido anular la prueba estandarizada.
Un murmullo de horror recorrió el auditorio. Jenni apretó su bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—En su lugar —continuó Miller—, hemos diseñado un sistema de evaluación por sorteo. Cada uno de ustedes pasará al frente y tomará un sobre. Dentro, encontrarán el sistema específico que deberán defender en un examen oral y escrito exhaustivo el próximo lunes. A algunos les tocará el Sistema Cardiovascular, a otros el Respiratorio, el Endocrino o el Nervioso. Nadie sabrá qué tema le tocó a su compañero. Si los descubrimos intercambiando información o temas, la expulsión será inmediata.
Jenni sintió que el estómago se le revolvía. El azar era la única variable que su mente analítica odiaba. Vio a Sasha, unas filas más atrás, cruzando los dedos con fuerza. Vio a Jonathan, que la miraba con una mezcla de rencor y desesperación, tratando de llamar su atención, pero ella lo ignoró por completo.
Uno a uno, los estudiantes pasaron al frente. Cuando fue el turno de Jenni, su mano pequeña no tembló al tomar el sobre. Caminó de regreso a su asiento y lo abrió bajo la mesa.
*Sistema Cardiovascular y Linfático.*
Lanzó un suspiro de alivio contenido. Era su fuerte. Podía recitar el ciclo cardíaco y la red de ganglios linfáticos mientras dormía. Pero su preocupación no era ella misma. Se giró sutilmente hacia atrás cuando Luke regresó a su sitio tras recoger su sobre.
Él abrió el papel, lo leyó y su expresión cambió de la indiferencia a una sonrisa de medio lado, una de esas sonrisas que Jenni ya sabía identificar como el preludio de un problema o de algo muy interesante. Él la miró y, moviendo los labios sin emitir sonido, le dijo: *“Tenemos trabajo”*.
Minutos después, en el pasillo lateral de la biblioteca, lejos de los oídos curiosos de Sasha y de la mirada vigilante de Jonathan, Luke arrinconó a Jenni contra una estantería de libros de embriología.
—¿Qué te tocó, enana? —susurró él, su altura de 1.90 metros proyectando una sombra que la envolvía por completo.
—Cardiovascular —respondió ella, mirando a ambos lados—. Es perfecto. ¿Y a ti? Por tu cara, asumo que no es el Sistema Óseo.
Luke sacó el papelito arrugado de su bolsillo y se lo mostró. Jenni sintió que las mejillas le ardían al leer las palabras impresas en negrita: *Sistema Reproductor y Hormonas del Órgano Diana.*
—El destino tiene un sentido del humor muy retorcido —murmuró Jenni, ajustándose las gafas para ocultar su turbación—. Ese es el tema más denso, Luke. No solo es anatomía, es bioquímica pura. El ciclo de la LH, la FSH, la retroalimentación de la testosterona y el estrógeno...
—Y la respuesta física a los estímulos, Ackerman —añadió Luke, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja de ella—. Creo que voy a necesitar muchas... demostraciones prácticas para entender cómo funcionan los órganos diana.
Jenni le puso una mano en el pecho, sintiendo el calor de su piel a través de la sudadera.
—Escúchame bien, Luke. Tenemos siete días. Este examen es oral. El doctor Harrison te va a interrogar y no se detendrá hasta que te vea sudar. Si no apruebas esto, estás fuera. Así que olvida las bromas. A partir de esta noche, tu apartamento se convierte en un laboratorio.
—¿En mi apartamento? —Luke sonrió, mostrando sus dientes perfectos—. Pensé que preferías la seguridad de tu biblioteca personal.
—Jonathan sabe dónde vivo y no deja de merodear —respondió ella, su voz volviéndose gélida—. En tu sitio estaremos tranquilos. Pero te advierto, Luke: si vamos a estudiar el sistema reproductor, lo vamos a hacer con una precisión que te hará olvidar que tienes tatuajes.
—Acepto el reto, profesora —dijo él, atrapando la mano de ella y besando sus nudillos—. Pero no me culpes si mis hormonas deciden hacer una demostración en vivo.
La primera noche de estudio en el apartamento de Luke fue, por decir lo menos, caótica. El lugar era exactamente como Jenni imaginaba: paredes de ladrillo visto, una motocicleta a medio desarmar en una esquina, olor a tabaco, café fuerte y una cama deshecha que parecía invitar a todo menos a estudiar.
Jenni despejó la mesa del comedor, apartando latas de cerveza vacías y revistas de básquet, y desplegó sus láminas anatómicas de alta resolución.
—Bien —dijo ella, señalando una lámina de la pelvis masculina y femenina—. Vamos a empezar por el eje hipotálamo-hipófisis-gonadal. Si no entiendes cómo el cerebro ordena la producción de hormonas, no entenderás nada de lo que pasa "ahí abajo".
Luke estaba sentado frente a ella, observándola con una intensidad que hacía difícil mantener el hilo de la explicación.
—La GnRH es liberada por el hipotálamo —continuó Jenni, tratando de ignorar cómo Luke se despojaba de su sudadera, quedando solo en una camiseta de tirantes que marcaba sus músculos—. Esta estimula la hipófisis para secretar FSH y LH. En el hombre, la LH actúa sobre las células de Leydig para producir... ¿qué, Luke?
—Testosterona —respondió él sin apartar la vista de los labios de ella—. La hormona que me hace querer tirar estos libros al suelo y recordarte por qué somos la pareja más comentada de la facultad.
—Concéntrate —le regañó Jenni, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal—. La testosterona no solo regula la libido, Luke. También es responsable de la espermatogénesis. Si el doctor Harrison te pregunta por las células de Sertoli y tú le respondes con una mirada de "bad boy", te va a reprobar.
—Es que es difícil concentrarse en las células de Sertoli cuando tengo a la mujer más inteligente y sexy de la universidad explicándome cómo funciona mi propio cuerpo —dijo Luke, levantándose y rodeando la mesa.
Se colocó detrás de ella, tal como lo había hecho en el gimnasio, pero esta vez no había balones de básquet, solo una tensión sexual que se podía cortar con un bisturí. Sus manos grandes y tatuadas descendieron por los hombros de Jenni, acariciando la piel expuesta por su blusa de tirantes.
—El sistema reproductor no es solo dibujos, Jenni —susurró él, su voz vibrando contra la nuca de ella—. Es química. Es tacto. Es cómo los receptores de la piel envían señales al cerebro para liberar endorfinas y oxitocina.
Jenni cerró los ojos por un segundo, dejando que su cabeza cayera hacia atrás, apoyándose en el abdomen firme de Luke.
—La oxitocina... se libera con el contacto físico —murmuró ella, su lógica médica luchando contra el deseo—. Provoca una sensación de confianza y apego.
—¿Y esto? —Luke deslizó sus labios por el cuello de Jenni, justo en el punto donde el nervio vago enviaba señales de alerta y placer a todo su cuerpo—. ¿Qué hormona libera esto?
—Adrenalina —respondió ella con un suspiro—. Tu sistema simpático está tomando el mando. Aumento de la frecuencia cardíaca, vasoconstricción periférica... Luke, tenemos que estudiar.
—Estamos estudiando —replicó él, girando la silla de Jenni para que quedara frente a él. La levantó con facilidad y la sentó sobre la mesa, entre las láminas de anatomía—. Lección número dos: El órgano diana. Supongamos que mi mano es el estímulo y tu piel es el receptor.
Luke deslizó su mano por el muslo de Jenni, subiendo lentamente por el borde de su falda corta. Ella sintió una descarga eléctrica que la hizo arquear la espalda. Sus manos buscaron los hombros de Luke, aferrándose a él como si fuera su único ancla en medio de una tormenta.
—Luke... esto es... muy poco profesional —dijo ella, aunque sus dedos ya estaban enredados en el cabello castaño y desordenado del chico.
—La medicina es una ciencia experimental, Ackerman —dijo él antes de sellar sus labios con los de ella en un beso que sabía a café y a una necesidad desesperada.
El estudio se convirtió en una exploración táctica. Cada vez que Luke fallaba una pregunta sobre el ciclo menstrual o la función de las vesículas seminales, Jenni le imponía un "castigo" que terminaba en besos que les dejaban sin aliento. Y cada vez que él acertaba, Luke reclamaba una recompensa que hacía que los libros terminaran en el suelo.
Para el miércoles, el apartamento de Luke era un santuario de ciencia y pasión. Jenni había traído modelos anatómicos de plástico que ahora compartían espacio con las pesas de Luke.
—Dime la función de la próstata —ordenó Jenni, sentada en el regazo de Luke mientras él intentaba leer sus apuntes.
—Secreta un líquido alcalino que constituye parte del semen y protege a los espermatozoides de la acidez de la vagina —respondió Luke, su mano recorriendo la columna vertebral de Jenni por debajo de su blusa—. ¿He ganado mi premio?
—Casi —dijo ella, mordiéndose el labio inferior—. Falta la inervación.
—Plexo hipogástrico inferior —dijo él con seguridad, antes de atacar el cuello de Jenni con besos hambrientos—. Ahora, cállate y deja que mi sistema nervioso autónomo se encargue del resto.
Sin embargo, no todo era placer. La presión del examen era real. Jonathan, en un ataque de celos y desesperación, los había seguido un par de veces, pero Luke se había encargado de dejarle claro que, si volvía a acercarse a Jenni, el sistema óseo de Jonathan sería el próximo tema de estudio en la morgue.
El viernes por la noche, el agotamiento empezó a hacer mella. Jenni estaba revisando las hormonas del órgano diana, específicamente la respuesta de las glándulas mamarias a la prolactina y la oxitocina.
—Es fascinante cómo el cuerpo se prepara para la vida —dijo Jenni, mirando una lámina—. Todo es un equilibrio perfecto. Si una sola hormona falla, el ciclo se rompe.
Luke la miró desde el sofá, donde estaba estirado con los ojos entrecerrados.
—Como nosotros —dijo él de repente—. Si tú no hubieras entrado en esa biblioteca para salvarme el pellejo, mi ciclo se habría roto hace mucho.
Jenni se acercó a él y se sentó a su lado, dejando que él apoyara la cabeza en su regazo.
—Vas a aprobar, Luke. Lo sé. Eres mucho más inteligente de lo que dejas ver con esa fachada de chico malo que fuma y se mete en peleas.
—Solo soy inteligente cuando tengo una buena razón para serlo —respondió él, tomando la mano de Jenni y besando la palma—. Y tú eres la mejor razón que he tenido en veintiún años.
El fin de semana fue una maratón de repaso intensivo y momentos de una intimidad tan cruda que Jenni sentía que su alma estaba tan expuesta como los diagramas que estudiaban. Habían llegado a un punto en el que Luke podía recitar el proceso de la ovulación mientras le desabrochaba el vestido, y ella podía explicar la función de los cuerpos cavernosos mientras sentía el corazón de Luke latir contra el suyo.
—Si Harrison te pregunta por la fase lútea, recuerda el cuerpo lúteo y la progesterona —insistió Jenni el domingo por la noche, mientras ambos compartían una pizza fría sobre la cama rodeada de libros—. Es la clave para mantener el endometrio.
—Lo tengo, jefa —dijo Luke, atrayéndola hacia él para un último abrazo antes de intentar dormir—. Progesterona, mantenimiento, vida. Lo tengo todo aquí —señaló su cabeza— y aquí —señaló su corazón.
Llegó el lunes. El auditorio estaba más tenso que nunca. Jonathan se veía pálido, Sasha no dejaba de morderse las uñas. Jenni y Luke entraron juntos, pero se separaron al llegar a la puerta de los despachos de evaluación. Nadie sabía qué le tocaba a quién, pero el rumor de que el examen era "brutal" ya circulaba entre los que salían.
—Suerte, chico malo —susurró Jenni cuando Luke fue llamado al despacho del doctor Harrison, el profesor más temido de la facultad.
—La suerte es para los que no tienen a una Ackerman de su lado —respondió él con un guiño antes de entrar.
Jenni pasó su propio examen con una brillantez que dejó al decano Miller sin preguntas. Explicó el sistema cardiovascular con la precisión de un relojero suizo. Pero cuando salió, no se fue a celebrar. Se quedó en el pasillo, esperando.
Treinta minutos después, la puerta del despacho de Harrison se abrió. Luke salió caminando con su habitual arrogancia, pero había algo diferente en su mirada: una satisfacción profunda. Vio a Jenni y caminó hacia ella.
—¿Y bien? —preguntó ella, sintiendo que el corazón le iba a mil por hora.
Luke no dijo nada. Simplemente sacó su hoja de evaluación. En la parte superior, con una caligrafía roja y firme, estaba escrita la nota: *10/10. Excelente dominio de la fisiología hormonal.*
—El viejo Harrison dijo que nunca había escuchado a nadie explicar el orgasmo y la respuesta hormonal del órgano diana con tanta... pasión y detalle técnico —dijo Luke, rodeando la cintura de Jenni y levantándola en el aire frente a todos los estudiantes, incluido un Jonathan que los miraba con la boca abierta.
—¡Luke, bájame! ¡Estamos en la facultad! —rio Jenni, aunque se aferró a su cuello.
—Me importa un bledo la facultad —dijo él, bajándola pero no soltándola—. He aprobado anatomía, Ackerman. Y creo que me merezco una graduación privada.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tienes en mente, doctor? —preguntó ella con una sonrisa traviesa.
—Tengo en mente una revisión exhaustiva de todos los sistemas que no entraron en el examen —respondió él, empezando a caminar hacia la salida—. Empezando por el sistema tegumentario. Quiero estudiar cada centímetro de tu piel hasta que me lo sepa de memoria.
Jenni rió, sintiéndose más viva y audaz que nunca. Mientras caminaban hacia el estacionamiento, Sasha les gritó desde lejos preguntando qué había pasado, pero ellos no se detuvieron. Jonathan intentó decir algo, pero la mirada gélida que Jenni le lanzó lo dejó mudo para siempre.
Subieron a la motocicleta de Luke. Jenni se abrazó a su espalda tatuada, sintiendo el motor rugir entre sus piernas. El examen había terminado, pero ella sabía que las lecciones más importantes apenas estaban comenzando. Porque en el mundo de Jenni Ackerman, la anatomía ya no era solo una ciencia de huesos y músculos, sino el lenguaje con el que Luke le escribía promesas en la piel.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella sobre el ruido del viento.
—A donde las hormonas nos lleven, profesora —respondió Luke, acelerando hacia el horizonte—. A donde las hormonas nos lleven.