Besos amargos
La Anatomía del Deseo
El aire en el pequeño apartamento de Jenni estaba cargado de una electricidad estática que no tenía nada que ver con el clima de la ciudad. Sobre la mesa del comedor, los libros de medicina estaban abiertos, pero las páginas de "Sistema Reproductor y Endocrino" parecían burlarse de la concentración de Jenni. A su lado, Luke no era el mismo chico distraído de las primeras semanas. Estaba inusualmente silencioso, su presencia de un metro noventa llenando cada rincón de la estancia, mientras el aroma a tabaco y cuero de su chaqueta se mezclaba con el perfume de vainilla de Jenni.
—Este es el último tema, Luke —murmuró Jenni, ajustándose las gafas con un gesto nervioso que no pasó desapercibido para él—. Si comprendes cómo interactúan las hormonas con los órganos diana, el examen final será pan comido para ti.
Luke dejó el bolígrafo sobre el atlas y se recostó en la silla, observando a la pequeña rubia. Sus ojos recorrieron el flequillo perfectamente planchado de Jenni y descendieron hasta el escote de su blusa de seda.
—Hormonas —repitió Luke con esa voz ronca que siempre lograba erizarle el vello a Jenni—. Estímulos químicos que viajan por la sangre para causar una respuesta... a veces incontrolable. ¿Es así como lo define el libro, Ackerman?
—Básicamente —respondió ella, tratando de mantener su tono profesional—. La oxitocina, por ejemplo, es fundamental en el vínculo afectivo y la excitación. Sin ella, las respuestas físicas serían puramente mecánicas.
—No creo que lo nuestro sea mecánico —dijo Luke, acortando la distancia entre sus sillas. Su rodilla rozó el muslo de Jenni, oculto bajo una falda corta de terciopelo—. De hecho, creo que mi sistema endocrino está trabajando horas extra desde que entraste en esa biblioteca el primer día.
Jenni sintió que el calor subía por su cuello. No era una chica ingenua; su inteligencia le permitía diseccionar cualquier situación, pero Luke era una variable que no podía controlar con lógica. Desde aquel beso en el gimnasio, la tensión entre ellos había crecido hasta volverse insoportable. Jonathan ya era un recuerdo borroso, una sombra de mediocridad que no podía compararse con el fuego que Luke encendía en ella.
—Luke, estamos aquí para estudiar —dijo ella, aunque su voz carecía de convicción—. El hipotálamo regula estas funciones, pero la corteza prefrontal es la que nos permite tomar decisiones racionales. Úsala.
—Mi corteza prefrontal está de vacaciones —respondió él, extendiendo una mano para acariciar el rizo que caía sobre el hombro de Jenni—. Y la tuya también, aunque intentes negarlo. Tu respiración es un veinte por ciento más rápida de lo normal. Tus pupilas están dilatadas. No puedes engañar a una científica, ¿verdad?
Jenni cerró el libro de golpe. El sonido resonó en el apartamento como un disparo. Se giró hacia él, sus gafas resbalando ligeramente por el puente de su nariz clara.
—¿Quieres hablar de respuestas fisiológicas? —lo retó ella, su carácter fuerte saliendo a flote—. Bien. Hablemos de la dopamina. Es la droga natural del cerebro. Se libera cuando anticipas una recompensa. Y tú, Luke, eres un adicto a la dopamina. Buscas el riesgo, buscas la provocación.
—Y te busco a ti —añadió él, atrapando la barbilla de Jenni con sus dedos largos. Su piel pálida contrastaba con los tatuajes oscuros de su muñeca—. Porque eres la única recompensa que me importa ahora mismo.
Luke se inclinó, su rostro a milímetros del de ella. Jenni podía ver las motas doradas en sus ojos castaños, la cicatriz casi invisible cerca de su labio y el brillo del piercing en su ceja. El mundo exterior, los exámenes, la traición de Jonathan y las expectativas de la facultad desaparecieron. Solo quedaba la anatomía de ese momento.
—Jenni —susurró él, usando su nombre real por primera vez en lugar de su apellido—. No quiero estudiar más.
—Yo tampoco —admitió ella en un susurro apenas audible.
Luke no esperó más. La levantó de la silla como si no pesara nada, sentándola sobre la mesa, justo encima de los diagramas de anatomía. Los libros cayeron al suelo con un estruendo sordo, pero a ninguno le importó. El beso fue hambriento, una colisión de necesidad acumulada durante semanas de clases y miradas robadas.
Las manos de Luke, grandes y expertas, recorrieron los muslos de Jenni, subiendo por la tela de su falda. Ella enredó sus dedos en el cabello ondulado y castaño de él, tirando ligeramente, provocando un gruñido de satisfacción en la garganta del chico.
—Luke... —murmuró ella entre besos—, esto no estaba en el plan de estudios.
—Consideralo una clase avanzada —respondió él, bajando sus besos hacia el cuello de Jenni, justo donde el pulso de ella golpeaba con fuerza—. Anatomía humana aplicada.
Él la cargó hacia la habitación, sus pasos seguros a pesar de la penumbra. El apartamento de Jenni era ordenado y elegante, pero esa noche se convirtió en el escenario de un caos necesario. Al dejarla sobre la cama, Luke se quitó la camiseta en un solo movimiento, revelando el mapa de tinta que cubría su pecho y abdomen. Jenni lo observó con ojos profesionales que rápidamente se volvieron puramente humanos.
—Cada uno de estos tatuajes —dijo ella, trazando con sus dedos una calavera rodeada de rosas en el hombro de Luke— tiene una historia.
—Y tú eres el capítulo más interesante de todos —respondió él, desabrochando con cuidado los botones de la blusa de Jenni.
Cuando sus pieles finalmente se encontraron sin barreras, la sensación fue abrumadora. La piel pálida de Luke contra la piel clara y suave de Jenni creaba un contraste visual que ella grabó en su memoria. Él era fuego y bordes afilados; ella era curvas y una fuerza interior que lo mantenía anclado.
—¿Estás segura? —preguntó Luke, deteniéndose un segundo, su mirada fija en la de ella. A pesar de su reputación de "bad boy", había una ternura genuina en su rostro que solo Jenni conocía.
—Nunca he estado más segura de nada, Luke —respondió ella, atrayéndolo hacia sí—. Deja de pensar y demuéstrame que aprendiste algo sobre el sistema nervioso.
El encuentro fue una danza de instintos. Luke era cuidadoso pero intenso, guiado por una pasión que parecía haber estado contenida durante años. Jenni, por su parte, se permitió perder el control por primera vez en su vida. No había necesidad de analizar los neurotransmisores ni de nombrar los músculos que se contraían; solo existía la sensación del peso de Luke sobre ella, el calor de su aliento y la forma en que sus nombres sonaban como oraciones en la oscuridad.
Horas más tarde, la luz de la luna se filtraba por las cortinas, iluminando los restos de ropa esparcidos por el suelo. Jenni estaba apoyada en el pecho de Luke, escuchando el latido rítmico de su corazón, ahora tranquilo. Él jugaba con un rizo rubio de ella, su otra mano descansando sobre la cintura de la chica.
—Supongo que esto significa que no vamos a repasar el sistema urinario esta noche —bromeó Luke, su voz más ronca de lo habitual debido al cansancio.
Jenni soltó una pequeña risa y lo miró hacia arriba.
—Creo que puedo darte por aprobado en esa sección, Luke. Tu desempeño fue... satisfactorio.
—¿Solo satisfactorio? —Luke arqueó una ceja, fingiendo indignación—. Tendré que esforzarme más para obtener la mención honorífica, señorita Ackerman.
—No te pases de listo —dijo ella, dándole un suave golpe en el pecho—. Pero admito que tienes una comprensión práctica de la fisiología que no se encuentra en los libros.
Luke se puso serio por un momento, acariciando la mejilla de Jenni con el dorso de su mano.
—Jenni, lo que pasó... no es solo por el examen. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —respondió ella, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación—. Lo supe desde que me desafiaste en la biblioteca. Jonathan era... una costumbre. Tú eres un incendio, Luke. Y creo que necesitaba que alguien quemara mis estructuras para poder construir algo nuevo.
—Bueno, soy experto en demoliciones —dijo él con una sonrisa tierna—. Pero contigo quiero construir algo que dure más que un semestre.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la compañía del otro. Para Jenni, la transición de la traición de Jonathan a la pasión con Luke había sido rápida, pero se sentía correcta. Su inteligencia le decía que los cambios drásticos a veces son los más necesarios para la evolución.
—Oye, Jenni —dijo Luke de repente.
—¿Dime?
—¿Crees que Sasha sospeche algo mañana?
Jenni se rió, imaginando la cara de su mejor amiga.
—Sasha lo supo antes que nosotros, Luke. Probablemente ya esté planeando nuestra boda o, al menos, comprando ropa de bebé con tatuajes falsos.
Luke soltó una carcajada que hizo vibrar el pecho donde Jenni estaba apoyada.
—Esa chica me da miedo. Pero me cae bien.
—A mí también —dijo Jenni, cerrando los ojos—. Pero mañana, volvemos a ser tutora y estudiante. Si llegas tarde a la biblioteca, no habrá piedad.
—Entendido, jefa —murmuró Luke, besando la coronilla de Jenni—. Pero ahora, duerme. Mañana tenemos que enfrentar al mundo, y sospecho que Jonathan no va a estar muy feliz cuando nos vea llegar juntos al campus.
—Que no sea feliz —sentenció Jenni con esa fuerza de carácter que la definía—. Su felicidad ya no es mi problema. Mi única prioridad ahora es asegurarme de que este "bad boy" apruebe anatomía... y que no deje de mirarme como lo está haciendo ahora.
Luke no respondió con palabras. Simplemente la abrazó más fuerte, envolviéndola en su mundo de tinta y promesas silenciosas. Jenni se quedó dormida con la certeza de que, aunque la anatomía humana era compleja y llena de misterios, había descifrado el código más importante de todos: el que conectaba su mente brillante con el corazón salvaje de Luke.
A la mañana siguiente, el sol entró con fuerza en el apartamento. Jenni fue la primera en despertar. Se puso una de las camisas de Luke, que le quedaba como un vestido debido a su corta estatura, y fue a la cocina a preparar café. Mientras esperaba que la cafetera terminara, miró hacia la mesa del comedor. Los libros seguían en el suelo, abiertos en la página del sistema reproductor.
Jenni sonrió para sí misma. Tomó un bolígrafo y escribió una pequeña nota en el margen del libro: "Lección aprendida: La teoría es necesaria, pero la práctica es vital".
Luke apareció minutos después, despeinado y solo con sus pantalones de deporte, luciendo como el sueño prohibido de cualquier estudiante de la facultad. Se acercó a ella por detrás y la rodeó con sus brazos, apoyando su barbilla en la cabeza de Jenni.
—Huele a café y a éxito —dijo él.
—Huele a que vas a llegar tarde si no te mueves —replicó ella, aunque se apoyó contra él con gusto.
Caminaron hacia la universidad una hora después. Al cruzar la entrada principal, las miradas se clavaron en ellos. La chica más inteligente de la facultad, pequeña y elegante con su vestido verde y sus gafas, caminaba de la mano con el chico más problemático y atractivo del campus. Era una imagen que desafiaba todas las leyes sociales de la institución.
Jonathan estaba allí, junto a la fuente, hablando con Jina y otros miembros del equipo. Al verlos, se quedó mudo. La rabia en su rostro era evidente, pero Jenni no le dio el placer de una mirada. Pasó por su lado con la cabeza en alto, su mano firmemente entrelazada con la de Luke.
—¿Viste su cara? —susurró Luke, divertido.
—No —respondió Jenni con sinceridad—. Estaba demasiado ocupada pensando en el examen de mañana. Y en lo que vamos a hacer después de que apruebes.
Luke le guiñó un ojo, su sonrisa de bad boy más brillante que nunca.
—Tengo un par de ideas sobre neurología que me gustaría discutir contigo, Ackerman.
—No puedo esperar, Luke —dijo ella, entrando en el edificio de ciencias.
La vida de Jenni Ackerman había cambiado de rumbo. Ya no era la muñequita perfecta que seguía las reglas. Era una mujer que entendía que la verdadera inteligencia radicaba en saber cuándo romper las reglas y con quién. Y mientras entraba en el aula, con Luke a su lado, supo que no importaba cuán difícil fuera el examen; ella ya había ganado el premio más importante de su carrera: su propia libertad y el amor de un chico que, bajo sus tatuajes, tenía un corazón que latía solo para ella.