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Box y Música

Pecados en el Camerino

—Te he visto mirar —dijo ella, con esa voz ronca que a Iván le erizaba hasta el último vello de la nuca—. Miras mis manos como si tuvieran el poder de romperte, pero miras mi cuerpo como si quisieras que lo hiciera.

Iván tragó saliva, sintiendo el nudo de la corbata más apretado que nunca. Ella era una fuerza de la naturaleza, una mujer que recibía golpes por profesión y entregaba gloria a cambio. Sus ojos, oscuros y afilados, no lo soltaban. Él dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que sus rodillas rozaron los muslos de ella, que seguía sentada sobre la mesa de madera.

—No me das miedo —susurró Iván, aunque sus manos temblaban ligeramente—. Me das hambre.

Ella soltó una risa seca, un sonido cargado de una confianza que solo alguien que ha ganado mil batallas posee. Sin previo aviso, llevó sus manos vendadas al cuello de la camisa de Iván y tiró de él hacia abajo. El beso fue un choque de trenes: violento, desesperado, con sabor a la adrenalina de la pelea de ella y a la melancolía de las canciones de él.

Iván se perdió de inmediato. Sus manos, acostumbradas a acariciar las cuerdas de una guitarra con delicadeza, se hundieron en la cintura de la boxeadora, recorriendo la piel firme y caliente de sus costados. Ella soltó un gemido bajo que vibró contra los labios de Iván, y de repente, el mundo exterior —los fans gritando afuera, los promotores, las cámaras— dejó de existir.

Él la ayudó a deshacerse de la poca ropa que llevaba, sus dedos torpes chocando con la perfección de esos músculos entrenados para matar. Cuando ella quedó desnuda ante él, bajo la luz ámbar, Iván sintió que los ojos se le humedecían. Era una reacción casi involuntaria; la belleza de ella, combinada con la intensidad del momento, siempre lograba desbordar sus emociones.

—Eres tan jodidamente perfecta —murmuró Iván, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. No me merezco estar aquí.

—Cállate y tómame, Iván —respondió ella, agarrándolo por el cabello para obligarlo a mirarla—. No quiero poemas ahora. Quiero que me sientas.

Ella lo empujó hacia atrás, obligándolo a sentarse en una silla de cuero mientras ella se deshacía de sus pantalones con una urgencia felina. Se montó sobre él, horcajadas, y el contraste era abrumador: la delicadeza del rostro de Iván, con sus pestañas largas y húmedas, frente a la potencia física de ella.

Cuando se unieron, Iván soltó un grito ahogado que se convirtió en un sollozo. No era de dolor, sino de una entrega absoluta. Él se movía bajo ella con una cadencia desesperada, sus caderas buscando el ritmo de los movimientos expertos de la boxeadora. Iván era emocional, un alma sensible que volcaba todo su ser en el acto, y eso se reflejaba en cómo gemía: sonidos agudos, rotos, que parecían salirle del fondo del pecho.

—¡Maldita sea! —exclamó él, enterrando la cara en el cuello de ella—. Me tienes como un perro... soy tuyo, haz lo que quieras conmigo, destrúyeme si quieres.

Ella sonrió contra su piel, disfrutando de la sumisión de aquel chico que cantaba sobre corazones rotos. Le encantaba cómo él perdía el control, cómo su voz, normalmente suave y melódica, se volvía sucia y ronca cuando estaba dentro de ella.

—¿Qué quieres que te haga, Iván? —le susurró ella al oído, mientras aumentaba la velocidad de sus embestidas—. Dime qué quieres que te haga esta "campeona".

—Quiero que me marques —jadeó él, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada—. Quiero que cuando suba al escenario mañana, todavía sienta tus manos en mi piel. Dime cosas sucias... dime que soy tu juguete.

Ella soltó una carcajada oscura y comenzó a hablarle al oído, usando palabras que harían sonrojar a cualquiera, describiendo exactamente lo que le gustaba de su cuerpo, cómo disfrutaba verlo llorar de placer y cómo su música no era nada comparada con los sonidos que emitía cuando ella lo dominaba.

Iván se arqueó, sus manos apretando los glúteos firmes de la boxeadora con una fuerza que dejaría huella. Sus movimientos se volvieron erráticos, casi convulsos. Ella sabía cómo manejarlo; era como un combate donde ella siempre llevaba la ventaja, marcando el tempo, decidiendo cuándo dar el golpe final.

—Mírame, Iván —ordenó ella.

Él abrió los ojos, empañados por las lágrimas y el deseo. La vio ahí arriba, dominante, con el cabello sudado pegado a la frente y esa mirada de depredadora que lo volvía loco.

—Eres mi puta favorita —le soltó ella con una crudeza que hizo que Iván se corriera casi instantáneamente, soltando un gemido largo que terminó en un llanto silencioso sobre su hombro.

Él se aferró a ella como si fuera un náufrago. Los espasmos recorrían su cuerpo y ella lo abrazó, dejando que él se desahogara. Iván siempre era así: después del clímax, la emoción lo sobrepasaba. Lloraba porque se sentía demasiado, porque la conexión con ella era tan física como espiritual, una mezcla de dolor y éxtasis que solo ella sabía provocar.

—Ya está, ya está —susurró ella, acariciándole el pelo con una ternura inesperada, sus manos vendadas ahora suaves contra su nuca—. Aquí estoy.

Iván levantó la cabeza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, con una sonrisa tímida y rota en los labios.

—Lo siento —dijo con la voz ronca—. Es que... me haces sentir demasiadas cosas a la vez.

—No te disculpes —respondió ella, dándole un beso corto pero intenso—. Por eso escribes las canciones que escribes. Porque sientes más que el resto del mundo. Pero aquí, en este camerino, solo sientes por mí.

Iván asintió, volviendo a buscar sus labios. Sabía que afuera había otros hombres, pretendientes con dinero y poder que darían cualquier cosa por estar en su lugar. Pero solo él conocía la suavidad detrás de los golpes de la campeona, y solo ella conocía la oscuridad y la pasión que se escondía detrás de las baladas románticas de Iván Cornejo.

Se quedaron así un rato, enredados el uno en el otro, mientras el eco de los aplausos lejanos recordaba que el mundo seguía girando, ajeno al incendio que acababa de consumir aquel pequeño cuarto. Iván sabía que volvería a escribir sobre ella, sobre el dolor de amarla y la gloria de tenerla, pero por ahora, el silencio y el olor a sudor y perfume eran suficiente.