Box y Música
Tatuajes de Sal y Sudor
El silencio que siguió a la tormenta era denso, casi tangible. El aire en el camerino estaba saturado con el aroma metálico del sudor de combate de ella y la fragancia dulzona, a madera y tabaco, que Iván siempre desprendía. La campeona seguía sentada sobre él, sintiendo los últimos temblores de las piernas del músico, mientras la luz ámbar proyectaba sombras alargadas que bailaban sobre las paredes como fantasmas de una pelea que nadie más había presenciado.
Iván tenía la frente apoyada en el hombro de ella. Sus dedos, largos y finos, todavía se hundían en la carne firme de sus muslos, como si temiera que, al soltarla, ella se evaporara para volver a ser esa figura inalcanzable que aparecía en las portadas de las revistas deportivas. Sus ojos estaban cerrados, pero las pestañas seguían empapadas. Para Iván, el sexo nunca era solo sexo; era una transferencia de dolor, una forma de purga que lo dejaba vacío y, a la vez, extrañamente lleno.
—Mírame, Iván —susurró ella, su voz recuperando ese tono de mando que usaba en el ring, pero con un matiz de seda que solo él conocía.
Él obedeció lentamente. Sus ojos oscuros, cargados de una melancolía que parecía ancestral, buscaron los de ella. Había una vulnerabilidad tan cruda en su mirada que a ella le dio un vuelco el corazón. Había tenido mil pretendientes: empresarios que querían lucirla como un trofeo, boxeadores que querían medir su fuerza contra la suya, modelos que solo buscaban el flash de las cámaras. Pero Iván... Iván la miraba como si fuera una religión a la que temía y adoraba por igual.
—¿Por qué lloras, poeta? —preguntó ella, pasando el pulgar por debajo de su ojo, la venda áspera rozando su piel con una delicadeza irónica.
—Porque me duele cuánto te quiero —respondió él con la voz quebrada, un hilo de sonido que apenas llenaba el espacio entre sus labios—. Porque cuando estás así, tan cerca, siento que no hay suficiente espacio en mi pecho para todo lo que provocas. Me haces sentir pequeño, y me encanta.
Ella sonrió, una curva lenta y peligrosa en sus labios. Le gustaba esa honestidad brutal. Le gustaba que él no intentara ser el "macho" dominante que todos esperaban. Con ella, Iván era barro, y ella era la escultora.
—Me gusta cuando te pones así de dramático —dijo ella, inclinándose para morderle el lóbulo de la oreja—. Pero me gusta más cuando dejas de pensar y solo obedeces. ¿Te acuerdas de lo que te dije hace un momento?
Iván tragó saliva, el recuerdo de las palabras sucias de ella volviendo a encender un fuego en su vientre que creía haber extinguido.
—Dijiste... dijiste que soy tu juguete —murmuró él, bajando la vista, avergonzado pero excitado.
—Exacto. Y los juguetes no lloran a menos que yo se lo pida —ella se deslizó fuera de él, poniéndose de pie con una agilidad felina. Su cuerpo desnudo era un mapa de guerra: pequeñas cicatrices, músculos tensos y una postura que irradiaba poder—. Levántate.
Iván se puso en pie, sintiendo las piernas de gelatina. Se sentía expuesto, pero no podía apartar los ojos de ella. La boxeadora caminó hacia el pequeño refrigerador del camerino, sacó una botella de agua y bebió la mitad de un trago, dejando que unas gotas corrieran por su barbilla y bajaran por su pecho. Se giró hacia él, con la mirada encendida de nuevo.
—Ven aquí —ordenó.
Él caminó hacia ella, casi hipnotizado. Cuando llegó a su altura, ella lo agarró por el cuello de la nuca y lo empujó contra la pared fría del camerino. El contraste del frío del metal contra su espalda y el calor del cuerpo de ella frente a él lo hizo jadear.
—Mañana tienes un show, ¿verdad? —preguntó ella, pegando su cuerpo