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Box y Música

Tatuajes de Sal y Sudor

—Mañana tienes un show, ¿verdad? —preguntó ella, pegando su cuerpo al de él con una intención que no dejaba lugar a dudas.

Iván asintió, incapaz de articular palabra. El frío de la pared contrastaba violentamente con el calor que emanaba de la piel de la boxeadora. Ella era un incendio forestal y él, una hoja seca dispuesta a arder.

—Quiero que cada vez que respires frente al micrófono, sientas lo que te voy a hacer ahora —susurró ella, bajando una de sus manos vendadas hacia la entrepierna de Iván, apretando con una firmeza que le arrancó un gemido ronco—. Quiero que cuando cantes esas baladas tristes, el público crea que lloras por amor, cuando en realidad estarás llorando porque todavía te duele el cuerpo por mi culpa.

Ella no esperó respuesta. Lo obligó a girarse, pegando el pecho de Iván contra la pared fría. Él obedeció con una sumisión que rayaba en lo devocional, apoyando las palmas de sus manos sobre la superficie metálica. La boxeadora se pegó a su espalda, y el contacto de sus pechos firmes contra los omóplatos de él hizo que Iván soltara un suspiro tembloroso.

—Dime qué eres, Iván —le ordenó ella al oído, mientras sus dedos comenzaban a jugar con él de nuevo, con una destreza que lo estaba volviendo loco.

—Soy... soy tuyo —jadeó él, cerrando los ojos con fuerza.

—No es suficiente. Dilo como lo sientes en este momento. Sin metáforas de canciones. Dilo sucio.

Iván hundió la cabeza entre sus brazos, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por las sienes. El ambiente en el camerino estaba cargado de una electricidad estática que hacía que cada roce fuera una descarga.

—Soy tu puta... —susurró Iván, la voz cargada de una mezcla de vergüenza y deseo puro—. Soy tu juguete, el que usas cuando necesitas descargar toda esa rabia de tus peleas.

Ella soltó una carcajada vibrante que resonó en la espalda de Iván. Le encantaba cómo él se entregaba, cómo su alma de artista se doblaba ante la fuerza física de ella. Sin previo aviso, ella entró en él de nuevo, esta vez con una urgencia renovada, una embestida que hizo que las rodillas de Iván flaquearan.

—¡Ah! —el grito de Iván fue agudo, casi un lamento. Sus dedos se cerraron en puños, golpeando rítmicamente la pared—. ¡Más fuerte! ¡Maldita sea, pégame si quieres, pero no pares!

La boxeadora sonrió, sus ojos brillando con una intensidad depredadora. Sus movimientos se volvieron brutales, marcando un ritmo que no tenía nada que ver con las melodías suaves de la guitarra de Iván. Era un ritmo de combate, de asalto final. Cada golpe de sus caderas contra las de él era como un impacto seco en el ring, pero en lugar de dolor, Iván sentía una explosión de colores detrás de sus párpados.

—Mírate, el gran Iván Cornejo, el ídolo de miles —le dijo ella, su voz ahora ronca por el esfuerzo, mientras le mordía el hombro con fuerza suficiente para dejar una marca morada—. Si supieran cómo gimes como una niña cuando te toco... si supieran cuánto te gusta que te domine.

—Me encanta... —sollozó Iván. Las lágrimas habían vuelto a brotar, mezclándose con el sudor que empapaba su rostro. No era tristeza, era una sobrecarga sensorial que solo ella lograba provocar—. Me encanta que me digas esas cosas. Dime más... dime qué tan poco valgo cuando estoy debajo de ti.

Ella lo agarró del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para obligarlo a mirarla por encima del hombro. El rostro de Iván estaba desencajado, una máscara de placer absoluto y entrega total.

—No vales nada más que para esto —le espetó ella, aumentando la velocidad hasta que el sonido de sus cuerpos chocando llenó el camerino—. Eres solo un cuerpo que uso para vaciarme. Tu música, tus letras... todo eso se queda afuera. Aquí dentro, solo eres el chico que llora mientras lo follo.

Iván soltó un alarido, su cuerpo arqueándose hacia atrás mientras el orgasmo lo golpeaba como un tren de carga. Se corrió violentamente contra la pared, sus espasmos tan fuertes que ella tuvo que sostenerlo por la cintura para que no se desplomara. Iván lloraba abiertamente ahora, sollozos profundos que sacudían todo su torso, mientras se aferraba a los brazos vendados de ella como si fueran su único ancla en medio de un océano embravecido.

Ella lo mantuvo ahí, pegado a ella, disfrutando de la vulnerabilidad extrema del músico. Sintió el latido frenético del corazón de Iván contra su espalda, un tambor desbocado que poco a poco fue recuperando su ritmo normal.

Después de unos minutos, ella lo soltó suavemente y lo ayudó a girarse. Iván tenía el rostro empapado, los ojos rojos y una expresión de paz que solo llega después de una guerra total. Ella tomó una toalla limpia y, con una ternura que contrastaba con la crueldad de sus palabras anteriores, comenzó a limpiar el rostro de él.

—Ya pasó, campeón —le dijo con una sonrisa suave—. Has aguantado bien los doce asaltos.

Iván soltó una risita nerviosa, todavía temblando ligeramente. Se dejó hacer, disfrutando de los cuidados de la mujer que acababa de destrozarlo emocional y físicamente.

—Eres increíble —dijo Iván, su voz apenas un susurro—. A veces me das miedo de verdad.

—El miedo es bueno, Iván. Mantiene el corazón latiendo —ella le dio un beso suave en la frente—. Ahora vístete. Tienes que ir a descansar si quieres que mañana esas manos puedan tocar la guitarra.

Iván asintió, recogiendo su ropa del suelo con movimientos lentos y pesados. Mientras se abotonaba la camisa, notó la marca del mordisco en su hombro en el espejo del camerino. Sonrió para sus adentros. Sabía que al día siguiente, bajo las luces del escenario, sentiría el roce de la tela contra esa herida y recordaría cada palabra, cada gemido y cada lágrima.

—¿Vendrás a verme mañana? —preguntó él, mientras se ponía la chaqueta.

Ella ya se estaba poniendo su chándal de entrenamiento, ocultando de nuevo ese cuerpo que era una obra maestra de la violencia y la belleza. Se colgó la bolsa de deporte al hombro y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró y le guiñó un ojo.

—Estaré en primera fila, Iván. Asegúrate de cantar esa canción que dice que no puedes vivir sin mí. Quiero ver si puedes sostener la nota sin llorar al recordarme diciéndote lo mucho que me perteneces.

La puerta se cerró tras ella, dejando a Iván solo en el camerino iluminado por la luz ámbar. El silencio volvió a reinar, pero el aire seguía vibrando. Iván se sentó en la silla de madera, tomó su guitarra y acarició las cuerdas. El sonido fue melancólico, profundo, cargado de una verdad que solo él y la campeona compartían.

Mañana el mundo vería al artista. Pero esta noche, en la penumbra de aquel cuarto, Iván Cornejo había sido simplemente un hombre entregado al poder de una mujer que sabía cómo golpear el alma con la misma precisión con la que golpeaba en el ring. Y mientras una última lágrima rodaba por su mejilla, Iván supo que ya tenía el inicio de su próxima canción. Una canción que hablaría de vendajes, de paredes frías y de cómo el dolor, a veces, es la forma más pura de la gloria.