Cachorro
Entre pañales, katanas y el aroma a canela
El apartamento de Wade Wilson no era precisamente el lugar que uno imaginaría para criar a un recién nacido. Entre cajas de pizza vacías, revistas de armas y una colección cuestionable de figuras de acción, el mercenario intentaba, con una torpeza casi cómica, mantener el orden. Sin embargo, desde que "el pequeño cacahuete" —como él lo llamaba— había llegado a su vida, el caos habitual había adquirido un matiz diferente.
Wade, en su traje rojo y negro pero sin la máscara puesta, sostenía al bebé contra su pecho. El cachorro era una mezcla fascinante: tenía mechones de cabello castaño que prometían ser rizados y unos ojos grandes que, aunque todavía no definían su color final, brillaban con una inteligencia inusual.
—Bueno, mini-yo-pero-con-mejores-genes —susurró Wade, balanceándose de un lado a otro—, hoy es el día en que el arácnido gruñón viene a visitarnos. Tienes que portarte bien. Nada de trepar por las paredes ni de regenerar extremidades frente a él, ¿entendido? Es un poco sensible.
Un golpe suave pero rítmico en la ventana del balcón interrumpió su monólogo. Wade sonrió, aunque su rostro lleno de cicatrices hiciera que la expresión pareciera algo más compleja. Se acercó y abrió el cristal.
Spider-Man entró con la agilidad que lo caracterizaba, aterrizando en cuclillas antes de erguirse rápidamente. Su traje estaba impecable, pero sus hombros delataban una tensión que no podía ocultar.
—Llegas tarde, Petey-Pie —bromeó Wade, aunque no conocía la identidad bajo la máscara—. Empezaba a pensar que te habías quedado atrapado en un árbol rescatando a un gatito.
—Había... tráfico —respondió Spider-Man con voz distorsionada por la máscara, aunque el tono suave delataba su naturaleza Omega, por mucho que intentara proyectar la fuerza de un Beta—. ¿Cómo está? ¿Ha comido?
Wade soltó una carcajada ronca y le tendió el bulto envuelto en una manta azul con dibujos de tacos.
—Tiene el apetito de un mercenario y los modales de... bueno, de alguien mucho mejor que yo. Ven aquí, no muerde. Todavía no le salen los colmillos de araña.
Spider-Man dio un paso adelante, extendiendo los brazos con una vacilación que rompió el corazón de Wade. Cuando el héroe tomó al bebé, sus movimientos se volvieron instintivamente delicados. El pequeño soltó un balbuceo y se aferró a uno de los dedos enguantados de Spidey.
—Hola, pequeño —murmuró Spider-Man.
En ese instante, el aroma del héroe cambió. El olor a canela y cinamorroles recién horneados, que normalmente era una nota sutil bajo el olor a ozono y ciudad, se intensificó, volviéndose dulce y reconfortante. Era el olor de un Omega aceptando a su prole, un instinto primario que ninguna máscara podía suprimir.
Wade inhaló profundamente, sintiendo cómo su propio instinto Alfa ronroneaba de satisfacción. Se apoyó contra la pared, observando la escena.
—¿Sabes? —dijo Wade, bajando el tono de voz—, el médico dijo que la mezcla de nuestro ADN fue... estable. Es un milagro de la ciencia loca, pero es nuestro milagro.
Spider-Man no levantó la vista del bebé.
—Sigo sin entender cómo pudieron hacer esto. Robar nuestra sangre, crear una vida... Solo para usarnos como cebo.
—La gente es basura, Spidey —respondió Wade con total naturalidad—. Pero este pequeñín no lo es. Él es... puro. Y tiene suerte. Tiene al héroe más grande de Nueva York y al mercenario más guapo y letal cuidándole las espaldas.
Spider-Man soltó una risa seca, pero no desprovista de afecto.
—Sigues siendo un egocéntrico, Wade.
—Y tú sigues oliendo a panadería bendecida por los ángeles, pero aquí estamos —Wade se acercó un poco más, respetando el espacio personal del héroe—. Escucha, sé que esto es raro. Sé que tienes una vida ahí fuera, una identidad que proteger, y yo... bueno, yo soy yo. Pero no tienes que hacerlo solo.
Spider-Man finalmente levantó la cabeza. Los lentes blancos de su máscara se ensancharon mientras observaba a Wade. A pesar de las cicatrices, los ojos del mercenario eran claros, como diamantes, y en ellos no había rastro de la locura habitual, solo una sinceridad cruda.
—No voy a dejarlo solo —afirmó el arácnido—. Vendré todas las noches. O todas las tardes que pueda. Traeré suministros. Ropa, leche especial... lo que necesite.
—Ya compré un cochecito con lanzallamas —comentó Wade con orgullo.
—¡Wade! —exclamó Spider-Man, sobresaltando al bebé, que hizo un pequeño mohín—. Nada de lanzallamas. Es un bebé, no un agente de Hydra.
—Está bien, está bien. Le quitaré los tanques de propano —cedió Wade levantando las manos—. Pero el sistema de navegación por satélite se queda.
Pasaron las siguientes horas en una extraña pero funcional armonía. Spider-Man se encargó de cambiar al bebé —criticando duramente la técnica de Wade, que aparentemente implicaba demasiada cinta adhesiva— mientras el mercenario preparaba algo de comer.
—¿De verdad vas a comer con la máscara puesta? —preguntó Wade, sentándose en el sofá con un plato de chimichangas.
—Es la regla, Wade. Tú lo sabes —respondió Spider-Man, que estaba sentado en el suelo, meciendo al bebé que ya dormitaba.
—Vamos, Spidey. Ya compartimos un hijo genético. Eso es más compromiso que el que tienen la mayoría de los matrimonios en Long Island. Además —Wade se encogió de hombros—, no es como si fuera a vender tu secreto al Daily Bugle. Me caen mal los periodistas.
Spider-Man guardó silencio. Por un momento, Peter Parker consideró seriamente quitarse la máscara. El olor de Wade, un aroma a cuero, pólvora y algo cálido y terroso como el bosque después de la lluvia, lo envolvía. Era un aroma de Alfa dominante, pero extrañamente protector, nada agresivo. Se sentía seguro allí, en ese apartamento desordenado, con ese hombre que el mundo consideraba un monstruo.
—Todavía no —susurró Spider-Man—. Pero... gracias, Wade. Por quedarte con él. Por no dejar que se lo llevara el sistema.
—Ni de broma —gruñó Wade—. Nadie toca a mi cachorro. Si alguien lo intenta, descubrirán por qué tengo el récord mundial de formas creativas de usar una grapadora.
El bebé se removió en sueños y soltó un pequeño estornudo que terminó en un hilo de telaraña orgánica disparado directamente hacia la nariz de Wade.
El mercenario se quedó congelado, con la telaraña pegada a su rostro, mientras Spider-Man soltaba una carcajada limpia y cristalina que llenó la habitación.
—¡Oh, Dios! —exclamó el héroe entre risas—. ¡Tiene tu puntería!
—¡Oye! —Wade se quitó la telaraña, que era mucho más pegajosa de lo normal—. ¡Esto es un ataque directo! ¡Traición en la cuna!
—Es una señal de afecto —dijo Spider-Man, recuperando el aliento—. Significa que te quiere.
Wade miró al pequeño, que ahora dormía plácidamente con un puño cerrado cerca de su boca. Una calidez desconocida se extendió por su pecho, algo que no tenía nada que ver con su factor de curación.
—Sí, bueno... yo también lo quiero al enano.
Se quedaron en silencio un rato más, disfrutando de la quietud. Para el mundo exterior, eran un héroe y un mercenario, polos opuestos en la brújula moral de la ciudad. Pero allí dentro, bajo la luz tenue de una lámpara de pie barata, eran simplemente dos personas tratando de proteger algo frágil y hermoso que el destino, en su infinita ironía, les había entregado.
—Tengo que irme pronto —dijo Spider-Man con pesar—. Tengo patrulla y... otras responsabilidades.
—Entendido, vecino amistoso —Wade se levantó y se acercó para tomar al bebé, permitiendo que Spider-Man se pusiera de pie—. Mañana es martes. Me toca llevarlo al chequeo con ese médico de contactos que tengo. Es de confianza, no hará preguntas.
—Estaré aquí a las ocho para saber cómo le fue —prometió Spider-Man.
Se acercó a Wade y, en un impulso que sorprendió a ambos, puso una mano sobre el hombro del mercenario. El contacto físico hizo que una chispa de electricidad recorriera la columna de Peter; el Alfa era sólido, cálido y emanaba una seguridad que su lado Omega ansiaba desesperadamente.
Wade, por su parte, contuvo el aliento. Podía oler la canela tan cerca que casi podía saborearla. Por un segundo, sus ojos se encontraron: los lentes blancos de la máscara y los ojos de diamante de Wade.
—Cuídalo —dijo Spider-Man en un susurro.
—Con mi vida, Spidey. Y con la tuya, si me dejas.
Spider-Man asintió, caminó hacia la ventana y, con un último saludo con la mano, se lanzó al vacío de la noche neoyorquina.
Wade se quedó mirando el espacio vacío por un largo rato antes de mirar al bebé.
—¿Sabes qué, pequeño? —le dijo al niño—. Tu madre... o padre... o lo que sea ese arácnido, es muy especial. Pero no le digas que dije eso, se le subiría a la cabeza y ya tiene suficiente con el ego de salvar la ciudad.
El bebé no respondió, pero Wade juraría que vio una pequeña sonrisa en sus labios mientras se acomodaba mejor en sus brazos.
Esa noche, Peter Parker volvió a su pequeño apartamento de soltero, se quitó el traje y se dejó caer en la cama. Sus sábanas olían a detergente barato, pero en su piel aún persistía el rastro del aroma de Wade y el calor del bebé.
Se tocó el pecho, justo donde el corazón le latía con fuerza. Ser un héroe era solitario. Ser un Omega oculto era agotador. Pero ahora, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo. Tenía una responsabilidad que no era una carga, sino un regalo.
—Mañana —se dijo a sí mismo, cerrando los ojos avellana—. Mañana volveré a casa.
Porque, extrañamente, aquel apartamento caótico de un mercenario bocazas empezaba a sentirse mucho más como un hogar que cualquier otro lugar en el que hubiera estado.
Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Wade Wilson estaba sentado en una mecedora que acababa de montar (y que milagrosamente no se había desmoronado), leyendo en voz alta un manual de instrucciones de una granada de fragmentación como si fuera un cuento de cuna.
—...y entonces, el pequeño pin de seguridad vivió feliz por siempre lejos de la palanca de activación —concluyó Wade en voz baja.
El bebé soltó un suspiro profundo y se hundió en el sueño más profundo de su corta vida. Wade sonrió, una sonrisa de verdad, y por una vez, las voces en su cabeza guardaron silencio, respetando la paz de aquel momento perfecto.
La sangre de ambos corría por las venas de ese niño. La fuerza, la agilidad, la regeneración... pero sobre todo, la capacidad de amar a pesar del dolor. El experimento del laboratorio había buscado crear un arma, pero en su lugar, habían creado el puente que finalmente uniría a dos almas destinadas a encontrarse.
Wade se acomodó en la silla, preparándose para una larga noche de vigilancia. No le importaba el cansancio. Tenía a su cachorro, tenía las visitas del arácnido y tenía un propósito.
—Mañana será un gran día, mini-arañita —susurró—. Un gran día.
Y mientras la luna se alzaba sobre los rascacielos de Nueva York, el mercenario y el héroe, cada uno en su soledad compartida, soñaron con el mismo futuro: uno donde la canela y el cuero se mezclaban para siempre.