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Cachorro

Susurros de Canela y Pólvora

El sol de la mañana se filtraba por las cortinas deshilachadas del apartamento de Wade, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Para cualquier otro, aquel lugar sería un campo de minas de desorden, pero para Peter Parker, que acababa de entrar por la ventana con la agilidad de una sombra, se estaba convirtiendo en un santuario extraño.

Se quitó la máscara con un suspiro, revelando su cabello castaño alborotado y esos ojos color avellana que Wade siempre comparaba con los de un ciervo recién nacido. Peter vestía un jersey de color teja y unos pantalones oscuros; su atuendo de civil siempre buscaba la calidez, algo que contrastara con la frialdad del metal de los rascacielos.

—¿Wade? —llamó en voz baja, dejando una bolsa de papel sobre la mesa llena de revistas de armas—. He traído esos pañales ecológicos que me pediste. Y algo de comida que no sea frita.

Del pasillo emergió una figura imponente. Wade Wilson, sin máscara y luciendo una camiseta de "Hello Kitty" tres tallas más pequeña, sostenía al bebé con una pericia sorprendente. El pequeño, a quien Wade había empezado a llamar "Junior" a falta de un nombre oficial, estaba despierto, mordisqueando con entusiasmo un mordedor de goma con forma de granada.

—¡Spidey! ¡Mi Omega favorito con olor a desayuno celestial! —exclamó Wade, bajando la voz al final para no sobresaltar al cachorro—. Llegas justo a tiempo. Junior ha decidido que las cuatro de la mañana era una hora excelente para practicar sus habilidades de trepa-muros. He tenido que despegarlo del techo tres veces.

Peter se acercó, y al instante, su aroma a canela y cinamorroles se intensificó, llenando la estancia. Era una reacción instintiva al ver al bebé. Extendió los brazos y Wade le pasó el bulto con una delicadeza que siempre sorprendía a Peter.

—Hola, pequeño —murmuró Peter, frotando su nariz contra la del bebé—. ¿Has estado dándole problemas a papá Wade?

El bebé soltó un gorjeo feliz y se agarró al jersey de Peter, enterrando su carita en el pecho del Omega. El aroma de Peter parecía calmar al niño al instante, una conexión biológica que ninguno de los dos podía negar.

—¿Papá Wade? —Wade se llevó una mano al pecho, fingiendo un desmayo dramático—. Oh, mi corazón de mercenario ha dado un vuelco. ¿Eso significa que somos oficiales? ¿Debo comprar las invitaciones de boda? Tengo un contacto que hace unas con relieve en forma de katanas que son una delicia.

—Wade, no empieces —dijo Peter, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa curvara sus labios—. Sabes a lo que me refiero. Somos... sus padres. Genéticamente, al menos.

Peter se sentó en el sofá, apartando con cuidado un par de cargadores vacíos. Empezó a mecer al niño, observando cómo los ojos del pequeño, ahora más definidos, mostraban un brillo plateado similar a los de Wade, pero enmarcados por las pestañas largas y oscuras de Peter.

—El doctor dijo que estaba sano —comentó Wade, sentándose en el suelo a los pies de Peter, como un guardián fiel—. Pero me preocupa su metabolismo. Come como si tuviera una solitaria del tamaño de Texas. Y su regeneración... ayer se hizo un rasguño con una esquina de la mesa y desapareció antes de que pudiera decir "chimichanga".

Peter suspiró, su expresión ensombreciéndose un poco.

—Es una mezcla peligrosa, Wade. Mi fuerza y tu capacidad de curación... Si los laboratorios que lo crearon vuelven a por él...

—Sobre mi cadáver —interrumpió Wade, y esta vez no había rastro de broma en su voz. Sus ojos de diamante brillaron con una intensidad fría y peligrosa—. Y como bien sabes, Petey, mi cadáver es algo muy difícil de conseguir. Nadie toca al cachorro. He puesto trampas en el edificio que harían que el Castigador se orinara encima.

Peter sintió una oleada de gratitud. La naturaleza de Alfa dominante de Wade era, en circunstancias normales, algo que lo pondría a la defensiva. Pero aquí, protegiendo a su hijo, era reconfortante. El aroma de Wade —cuero, pólvora y ese toque terroso a bosque— lo envolvía, haciéndolo sentir seguro.

—Gracias, Wade. De verdad.

—No me des las gracias, dulzura. Es lo que hacemos, ¿no? Tú salvas a la anciana que cruza la calle y yo... bueno, yo me aseguro de que nadie interrumpa la hora de la siesta.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era la paz de dos personas que, a pesar de sus diferencias abismales, compartían un vínculo inquebrantable. Peter observó al bebé, que finalmente se había quedado dormido en sus brazos, y luego miró a Wade. El mercenario lo observaba con una adoración que no intentaba ocultar.

—¿Por qué lo haces, Wade? —preguntó Peter en un susurro—. Podrías haberme dejado al bebé en la puerta y desaparecer. No es tu estilo cuidar de algo tan... frágil.

Wade se quedó callado un momento, jugueteando con el borde de su camiseta.

—¿Frágil? Spidey, este niño es lo más fuerte que he visto nunca. Tiene tu sangre. Esa sangre que te hace levantarte cada vez que un edificio te cae encima. Y tiene la mía, que es... bueno, un asco, pero nos mantiene vivos.

Se acercó un poco más, apoyando su cabeza contra la rodilla de Peter.

—Toda mi vida he sido un error, una broma pesada del destino. Pero él... él es la primera cosa que he hecho que no está rota. Y tú... tú eres el Omega más increíble que he conocido. No es solo el aroma, aunque, en serio, hueles como si un ángel hubiera abierto una pastelería. Es tu fuerza. Me haces querer ser alguien que no necesite una máscara para que la gente no huya.

Peter sintió que sus mejillas se calentaban. La sinceridad de Wade era desarmante. Estiró una mano y, con timidez, acarició el cabello rubio del Alfa. Wade cerró los ojos, soltando un suspiro que pareció un ronroneo bajo.

—A veces me pregunto quién es el bebé aquí —bromeó Peter, aunque su voz temblaba ligeramente por la emoción.

—Soy un bebé muy grande y muy armado —respondió Wade sin abrir los ojos—. Pero acepto mimos.

De repente, el sentido arácnido de Peter dio un pequeño aviso. No era un peligro inminente, pero sí una presencia. Alguien estaba en el pasillo. Wade lo notó al instante por la tensión en el cuerpo de Peter. En un segundo, el mercenario estaba de pie, con una pistola en la mano que había sacado de quién sabe dónde.

—Wade, no —susurró Peter, levantándose con cuidado para no despertar al niño.

—Quédate atrás, Spidey.

Wade se acercó a la puerta con pasos silenciosos. Abrió la mirilla y luego soltó un suspiro de exasperación, bajando el arma.

—Es solo el repartidor de pizza. Le dije que si llegaba tarde, le dispararía en las nalgas. Parece que se ha tomado la amenaza en serio.

Peter soltó el aire que contenía.

—¡Wade! ¡No puedes ir amenazando a los trabajadores!

—¡Es por el bien de la nutrición! —protestó Wade mientras abría la puerta y pagaba (con una propina excesiva, notó Peter)—. Además, he pedido una sin cebolla, como te gusta.

—Yo no he dicho que me quede a cenar.

—Oh, vamos. El cachorro te necesita. Yo te necesito. La pizza de pepperoni nos necesita. Es una santísima trinidad de carbohidratos y afecto.

Peter miró al bebé, luego a la pizza y finalmente a los ojos suplicantes de Wade. Sabía que tenía que volver a su apartamento, que tenía fotos que editar y una patrulla que terminar, pero la idea de dejar aquel calor, aquel aroma a familia improvisada, le resultaba insoportable.

—Está bien. Solo una porción.

—¡Sí! —Wade hizo un pequeño baile de victoria—. Prepararé la mesa. Bueno, despejaré la mesa. O comeremos en el suelo, el suelo es más seguro.

Comieron en silencio, sentados sobre una alfombra raída, con el bebé descansando en una cuna improvisada hecha con una caja de suministros médicos acolchada con mantas de seda (probablemente robadas, pensó Peter, pero no dijo nada).

—¿Cómo vamos a llamarlo? —preguntó Peter de repente, limpiándose una mancha de salsa de la comisura de los labios.

Wade lo miró, serio por una vez.

—Había pensado en algo clásico. Como "Muerte Roja" o "Destructor de Mundos". Pero supongo que tú querrás algo más... aburrido.

—¿Qué tal Ben? —sugirió Peter, su voz cargada de una nostalgia dulce.

Wade hizo una mueca.

—Demasiado triste. Cada vez que lo llames vas a querer llorar. ¿Qué tal... Wade Segundo?

—Ni hablar. Un Wade ya es suficiente para este planeta.

—Duele, Petey. Justo en mi único órgano sano.

Peter se rió y, por un momento, la oscuridad de sus vidas como justicieros pareció desvanecerse.

—¿Qué te parece Thomas? —dijo Peter—. Es sencillo. Fuerte.

—Tommy... —Wade probó el nombre en sus labios—. Thomas Wilson-Parker. Suena como alguien que podría ser presidente o un villano de una película de Bond. Me gusta.

—Parker-Wilson —corrigió Peter, aunque el hecho de que Wade hubiera incluido ambos apellidos le hizo dar un vuelco al corazón.

—Detalles, detalles.

Cuando terminaron de comer, Wade se encargó de limpiar (lo cual consistió básicamente en meter todo en una bolsa de basura y lanzarla hacia el balcón con una puntería impecable). Peter se quedó observando a Thomas, sintiendo una paz que rara vez experimentaba.

—Wade —dijo Peter, cuando el mercenario volvió a sentarse a su lado—. Sé que esto no es lo que ninguno de los dos planeó. Y sé que soy un Omega y tú un Alfa, y que se supone que esto debería seguir ciertos... protocolos. Pero no quiero que esto sea solo por el bebé.

Wade se tensó, sus ojos fijos en los de Peter.

—¿A qué te refieres, Spidey?

—Me refiero a que... me gusta estar aquí. Me gusta cómo cuidas de él. Y me gusta cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta.

Wade soltó una carcajada nerviosa, rascándose la nuca.

—Es difícil no mirar, Petey. Hueles a todo lo que está bien en el mundo. Y sin la máscara... bueno, eres insultantemente guapo. Es injusto para el resto de los mortales.

Peter se acercó, acortando la distancia entre ambos. El aroma de Wade era ahora más fuerte, una invitación silenciosa. Como Omega, Peter sentía la necesidad de ser reclamado, de pertenecer, pero su fuerza interior siempre había luchado contra esos instintos. Sin embargo, con Wade, no se sentía como una rendición. Se sentía como un encuentro.

—No tienes que ser solo el "niñero" —susurró Peter, colocando su mano sobre el pecho de Wade, donde el corazón del Alfa latía con una fuerza rítmica—. Podemos ser... algo más. Si quieres.

Wade tomó la mano de Peter con una suavidad asombrosa, besando sus nudillos.

—Spidey, he estado enamorado de ti desde la primera vez que me pateaste la cara y me dijiste que mis chistes eran malos. Esto... el cachorro, esta casa de locos... es todo lo que nunca supe que quería.

Se acercaron lentamente, hasta que sus frentes se tocaron. El aliento de Wade, con un ligero toque a canela por la pizza dulce que habían compartido de postre, se mezcló con el de Peter.

—Pero vamos despacio, ¿vale? —dijo Wade en un susurro—. No quiero asustarte. Soy un desastre, Petey. Un desastre con muchas armas y una cuenta bancaria en las Islas Caimán.

—Yo también soy un desastre, Wade —respondió Peter con una sonrisa—. Solo que yo uso mallas ajustadas y tengo crisis existenciales cada martes.

El beso fue suave, una exploración tentativa que rápidamente se convirtió en algo más profundo. Era el sabor de la aceptación, del refugio encontrado en el lugar más inesperado. El instinto de Alfa de Wade ronroneó de satisfacción al sentir la sumisión voluntaria del Omega, mientras que Peter se permitió, por una vez, soltar el peso del mundo y apoyarse en alguien más.

Se separaron cuando Thomas soltó un pequeño quejido en sueños. Ambos miraron al bebé al mismo tiempo, compartiendo una sonrisa cómplice.

—Va a ser un niño muy mimado, ¿verdad? —preguntó Peter, apoyando su cabeza en el hombro de Wade.

—Oh, absolutamente. Le enseñaré a disparar a los cinco años.

—¡Wade!

—¡Está bien, a los seis! ¡Seguridad ante todo!

Peter cerró los ojos, dejando que el aroma de su nueva familia lo arrastrara hacia una somnolencia cómoda. Por primera vez en su vida, el futuro no parecía una serie de tragedias inevitables, sino una aventura que no tenía que recorrer solo.

—Mañana tengo que trabajar temprano —murmuró Peter, ya medio dormido.

—No te preocupes, mamá araña —susurró Wade, rodeándolo con sus brazos protectores—. Yo me encargo del turno de noche. Tú descansa. El mundo puede esperar un poco. Nosotros no vamos a ninguna parte.

Y así, en medio del caos de un apartamento de mercenario, bajo el cielo estrellado de Nueva York, el héroe y el antihéroe encontraron su equilibrio. Un Alfa, un Omega y un cachorro nacido de la ciencia y el destino, formando una manada que nadie, ni laboratorios secretos ni villanos intergalácticos, se atrevería a separar.

Porque al final del día, no importaban las cicatrices ni las máscaras. Lo único que importaba era el aroma a canela que llenaba la habitación y la promesa silenciosa de que, a partir de ahora, siempre habría alguien esperando al otro lado de la ventana.

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