Cachorro
El peso del silencio y la marca del destino
La Torre Stark siempre había sido un monumento a la arrogancia y al futuro, pero para Peter Parker, en esa fría madrugada, no era más que un refugio de cristal y acero donde esconder sus pedazos rotos. Entró por la ventana del ático, la que Tony siempre dejaba sin sensores de seguridad para él, cargando a un Thomas dormido cuyos rizos castaños estaban pegados a su frente por el sudor y las lágrimas.
El apartamento de Wade, el aroma a cuero y esa marca... Dios, la marca. Peter sentía que el cuello le quemaba, no con dolor físico, sino con el fuego de una traición biológica.
—¿Peter? —La voz de Tony Stark sonó desde la penumbra del salón. Estaba sentado en un sillón de cuero, con un vaso de whisky en la mano y la mirada cansada de quien ha estado esperando un desastre—. Por la forma en que entraste, supongo que el mercenario finalmente cruzó la línea.
Steve Rogers apareció un segundo después desde el pasillo, vistiendo una camiseta blanca y pantalones de chándal, siempre el centinela, siempre el protector. Su mirada cayó sobre el niño en brazos de Peter y luego se desvió hacia el cuello del joven. Sus ojos azules se endurecieron con una furia fría que rara vez mostraba.
—Está marcado, Tony —dijo Steve en un susurro cargado de veneno.
Peter no pudo responder. Solo se dejó caer de rodillas sobre la alfombra de lujo, abrazando a Thomas contra su pecho. Sollozó, un sonido desgarrador que rompió el silencio de la torre.
—Dijo que era por mi bien —logró articular Peter entre espasmos—. Dijo que mi celo me estaba matando. Pero se siente como si me hubiera robado el alma, Tony. Me siento... suyo. Y odio sentirme así.
Tony se levantó, dejando el vaso a un lado, y se acercó con una suavidad que reservaba solo para su hijo adoptivo. Puso una mano en el hombro de Peter.
—No eres de nadie, chico. Eres un Parker-Stark. Y vamos a solucionar esto.
Dos años pasaron desde aquella noche. Dos años que transformaron la vida de todos.
Gracias al genio de Tony y a una serie de procedimientos dolorosos que combinaban nanotecnología con terapia genética, Peter logró lo que muchos omegas consideraban imposible: borrar la marca de un alfa dominante. La cicatriz física desapareció, dejando su piel lisa y perfecta, pero la cicatriz en su mente era otra historia.
Thomas creció en los pisos privados de la Torre, protegido por protocolos de seguridad que rivalizaban con los del Pentágono. El mundo sabía que Spider-Man tenía un hijo —el incidente del laboratorio había sido imposible de ocultar del todo—, pero nadie conocía su rostro ni su ubicación. Para el público, Thomas era un mito; para Peter, era un recordatorio constante de la traición de Wade.
Peter volvió a las calles con una ferocidad renovada. Spider-Man ya no bromeaba tanto. Sus golpes eran más secos, su paciencia más corta. Y aunque intentaba ser el mejor padre posible, el dolor era un muro. Cada vez que miraba a Thomas y veía los ojos de diamante de Wade, o cuando el niño soltaba una risa que recordaba al mercenario, Peter sentía que el aire se le escapaba. Empezó a pasar más tiempo en patrullas, más tiempo en el laboratorio, alejándose inconscientemente del niño que más lo necesitaba.
Wade, por su parte, tenía permitido visitar a Thomas una vez al mes, bajo la estricta supervisión de Steve Rogers y con un collar inhibidor de feromonas. Eran encuentros fríos, mecánicos, donde Wade miraba a Peter con una súplica silenciosa en los ojos y Peter ni siquiera le devolvía la mirada.
—¿Por qué mamá no se queda a jugar? —preguntó Thomas una tarde, cuando ya tenía cinco años. Estaba sentado en el suelo de la sala de entrenamiento, observando a Wade, que estaba sentado en una silla de metal a tres metros de distancia.
Wade tragó saliva, sintiendo que su factor de curación no servía de nada contra el vacío en su pecho.
—Tu madre... tu madre está muy ocupada salvando el mundo, pequeño —dijo Wade con la voz ronca—. Es un héroe muy importante.
—Pero yo quiero que esté aquí —insistió Thomas, sus ojos plateados llenándose de lágrimas—. Cuando viene, siempre se va rápido. Y huele a tristeza.
Wade cerró los puños. Odiaba a Tony Stark por haber borrado su marca, pero se odiaba más a sí mismo por haberle dado a Peter una razón para querer borrarla.
—Él te quiere, Tommy. Nunca lo dudes.
La vida de Peter dio un giro inesperado durante una misión conjunta con los Cuatro Fantásticos. Fue allí donde conoció a Johnny Storm de una manera diferente. Ya se conocían, claro, pero esta vez fue distinto. Johnny, la Antorcha Humana, era un alfa, pero no uno dominante y oscuro como Wade. Johnny era luz, era fuego controlado, era risas y una confianza que no buscaba poseer, sino compartir.
Su aroma era una mezcla de ozono, brisa marina y algo cálido como el sol de verano. Para Peter, cuyo olfato omega había estado en estado de shock durante años, Johnny fue como volver a respirar.
—Oye, Spidey —dijo Johnny una noche, después de que hubieran detenido a un grupo de Skrulls infiltrados—. Estás muy tenso. ¿Qué tal si dejamos que las mallas descansen y vamos a por unas hamburguesas? Como civiles. Sin cámaras, sin fans. Solo tú y yo.
Peter, sorprendido por la invitación y por el hecho de que su omega no se pusiera a la defensiva, aceptó.
Johnny resultó ser el bálsamo que Peter necesitaba. Lo trataba con una caballerosidad que no era condescendiente. No lo veía como un omega que necesitaba protección, sino como un igual que merecía ser mimado. Salieron durante meses. Johnny le regalaba flores que no tenían aromas fuertes, lo llevaba a lugares tranquilos y, lo más importante, escuchaba.
—Sé lo del niño, Peter —le dijo Johnny una noche, mientras caminaban por Central Park—. Y sé lo del... otro. No me importa. No quiero borrar tu pasado, solo quiero ser parte de tu presente.
Peter sintió que algo se derretía en su interior. Por primera vez en años, el aroma a canela y cinamorroles volvió a ser dulce, perdiendo el matiz amargo de la ansiedad.
Sin embargo, había una prueba final: Thomas.
Peter decidió que ya era hora. Thomas tenía cinco años y era extremadamente inteligente. Merecía saber que su padre estaba intentando ser feliz.
La cita fue en la Torre Stark, en un ambiente controlado. Johnny llegó vistiendo una chaqueta de cuero moderna, con una sonrisa radiante y un juguete de última tecnología para el niño.
—Thomas, quiero presentarte a un amigo muy especial —dijo Peter, guiando a Johnny hacia el cuarto de juegos—. Él es Johnny.
Thomas estaba sentado en un rincón, construyendo una réplica del Quinjet con piezas de Lego. Al escuchar la voz de su padre, levantó la vista. Sus ojos plateados recorrieron a Johnny de arriba abajo con una intensidad que no pertenecía a un niño de su edad.
—Hola, campeón —dijo Johnny, agachándose para estar a su altura—. He oído que eres un experto en naves. He traído esto, es un prototipo de motor iónico en miniatura. ¿Quieres verlo?
Thomas no se movió. No miró el juguete. Su nariz se arrugó ligeramente, detectando el aroma de Johnny. Para el niño, que había crecido rodeado del aroma de Steve (alfa protector), Tony (beta/alfa sutil) y las raras visitas de Wade (su alfa biológico), el olor de Johnny era un intruso. Era un olor que reclamaba un espacio al lado de su madre que él no estaba dispuesto a ceder.
—Hueles a quemado —dijo Thomas con voz plana.
—Bueno, es porque soy la Antorcha Humana, pequeño —rio Johnny, tratando de aligerar el ambiente—. El fuego es lo mío.
—No me gusta el fuego —sentenció el niño. Se levantó y caminó hacia Peter, agarrándose a su pierna con una fuerza que hizo que Peter soltara un pequeño gemido de sorpresa—. Mamá, tengo hambre. Que se vaya.
—Thomas, eso es muy grosero —le reprendió Peter, sintiéndose mortificado—. Johnny es un invitado. Pide perdón.
—No —dijo Thomas, y sus ojos brillaron con un destello plateado muy similar al de Wade cuando estaba a punto de entrar en combate—. Él no es de la manada. Él no es papá.
El silencio que siguió fue denso. Johnny se levantó lentamente, manteniendo la sonrisa, aunque sus ojos mostraban que el rechazo le había dolido.
—Está bien, Peter. Es normal. Soy un extraño para él.
—No es eso, Johnny, lo siento tanto... —Peter estaba al borde de los nervios.
—No te disculpes —dijo Johnny, poniendo una mano suave en el brazo de Peter—. Iré a la cocina con Tony. Dale un momento.
Cuando Johnny salió de la habitación, Peter se puso a la altura de su hijo, tomándolo por los hombros.
—Thomas, ¿qué ha sido eso? Johnny es una buena persona. Me hace feliz. ¿No quieres que mamá sea feliz?
Thomas miró a su padre, y por un momento, Peter no vio a un niño, sino a la mezcla perfecta de los dos hombres más tercos del mundo.
—Tú no estás feliz, mamá —dijo Thomas con una sabiduría cruel—. Hueles a "mentira". Hueles a cuando intentas tapar el olor de la canela con perfume.
Peter se quedó helado. La perspicacia de su hijo era un puñal.
—Johnny es bueno —insistió Peter, aunque su voz flaqueó.
—Papá Wade es malo porque te hizo daño —continuó Thomas, ignorando la defensa de Peter—, pero él es mi alfa. Y tú eres su omega. Ese hombre de fuego... él solo quiere llevarte lejos de nosotros.
—Nadie me va a llevar a ningún sitio, Thomas. Y Wade y yo... nosotros no somos nada.
—Él todavía te espera —dijo el niño, volviendo a sus Legos—. Cada vez que viene, se queda mirando la puerta después de que te vas. Él dice que lo siente.
Peter se levantó, sintiendo que las paredes de la Torre se cerraban sobre él. Salió al balcón, necesitando el aire frío de Nueva York. Johnny estaba en la cocina, riendo con Tony, representando un futuro brillante, sano y normal. Un futuro que Peter deseaba desesperadamente.
Pero entonces, su sentido arácnido vibró. No era un peligro, era una presencia.
En la azotea del edificio de enfrente, una figura roja y negra estaba sentada en el borde, con las piernas colgando al vacío. Wade no llevaba sus katanas, ni sus pistolas. Solo estaba allí, observando la ventana del cuarto de juegos a través de unos prismáticos.
Wade vio a Peter salir al balcón. Por un segundo, sus miradas se cruzaron a través de la distancia. Wade no hizo ningún chiste, no saludó con la mano. Simplemente bajó los prismáticos y se quedó allí, una mancha de sombra y arrepentimiento contra las luces de la ciudad.
Peter sintió que la marca que ya no existía en su cuello volvía a arder. El aroma de Johnny desde la cocina era agradable, sí, pero no era el aroma que hacía que su sangre cantara. Era una seguridad cómoda, mientras que lo que sentía por Wade... era una tormenta que se negaba a amainar.
—Maldita sea, Wade —susurró Peter al viento.
Thomas apareció en el balcón, deslizándose al lado de su padre. El niño miró hacia donde Peter estaba mirando y, al ver la figura roja en la distancia, levantó su pequeña mano y saludó.
A lo lejos, Wade Wilson devolvió el saludo, un movimiento lento y solemne.
—Él no se va a rendir, ¿verdad? —preguntó Thomas.
Peter suspiró, sintiendo cómo el aroma a canela volvía a mezclarse con el olor a pólvora y cuero que parecía perseguirlo por mucho que huyera.
—No, Thomas. Tu padre no sabe cuándo rendirse. Es su mayor defecto. Y, a veces... su única virtud.
Peter entró de nuevo, dejando a su hijo saludando a la oscuridad. Tenía que volver con Johnny, tenía que intentar ser ese Peter Parker que no estaba roto. Pero mientras caminaba hacia la luz de la cocina, supo que la batalla entre su deseo de una vida normal y la llamada de su sangre estaba lejos de terminar.
Porque Thomas tenía razón en algo: el fuego de Johnny Storm podía calentar su hogar, pero solo el caos de Wade Wilson parecía ser capaz de incendiar su corazón, para bien o para mal. Y en medio de todo, un cachorro de cinco años con ojos de diamante empezaba a entender que él era el único puente en un mundo de abismos.