← Volver al resumen

Cachorro

Fragilidad de canela y ceniza

El despertar de Wade Wilson fue, por una vez en su caótica vida, pacífico. Durante unos segundos, mientras la luz del sol golpeaba sus párpados, el recuerdo del beso de Peter y la promesa de una vida juntos se sintieron tan reales que casi pudo saborear la canela en su lengua. Pero al abrir los ojos y ver el techo desconchado de su antiguo apartamento, se dio cuenta de que su mente, siempre juguetona y cruel, le había regalado un sueño perfecto para compensar una realidad mucho más complicada.

Sin embargo, el tiempo no se detuvo por sus anhelos.

Tres años habían pasado desde que aquel bulto de mantas azules y ojos brillantes entró en su vida. Tres años en los que el mercenario bocazas se había transformado en algo que nadie —ni siquiera las voces en su cabeza— habría predicho. Wade ya no vivía en aquel antro lleno de cajas de pizza y cargadores vacíos. Ahora, habitaba una casa de dos plantas en una zona tranquila de Queens, comprada con dinero "limpiado" y mantenida con una pulcritud que rozaba lo obsesivo. La casa olía a detergente de ropa infantil y a los pasteles que Peter traía cada vez que los visitaba.

Thomas, el pequeño "Junior", era ahora un torbellino de tres años con rizos castaños y una energía que agotaría a un Vengador.

—¡Papá Wade, mira! —gritó el niño, suspendido del techo del salón mediante sus manos y pies pegajosos—. ¡Soy un murciélago!

Wade, que estaba doblando una pequeña camiseta con el logo de los X-Men, levantó la vista y sonrió bajo la máscara.

—No, pequeño saltamontes, los murciélagos no tienen ese estilo —dijo Wade, caminando hacia él y atrapándolo en el aire cuando el niño se soltó a propósito—. Eres más bien una araña ninja. Pero no le digas a tu otro papá que te he enseñado a lanzarte desde el candelabro, o me coserá la boca de nuevo, y no de la forma divertida.

Thomas soltó una carcajada cristalina, esa risa que era el único sonido capaz de silenciar las inseguridades de Wade.

—¿Viene hoy? —preguntó el niño, con los ojos brillando de expectación.

—Sí, Tommy. Hoy es viernes de películas y pizza —respondió Wade, dejando al niño en el suelo—. Ve a lavarte las manos. Y nada de usar el sentido arácnido para robar galletas de la alacena alta, te estoy vigilando.

Peter Parker seguía siendo una constante. Sus visitas eran el eje sobre el cual giraba la cordura de Wade. A veces se quedaba una tarde, otras veces se quedaba días enteros, durmiendo en la habitación de invitados, manteniendo siempre esa línea invisible pero firme entre la copaternidad y algo más. Peter le enseñaba a Thomas a controlar sus poderes, a ser responsable, a entender que su fuerza no era un juguete. Wade, en cambio, le enseñaba a ganar peleas, a ser astuto y, ocasionalmente, a decir palabrotas en tres idiomas diferentes cuando Peter no escuchaba.

Aquella tarde de otoño, el aire era fresco y las hojas secas bailaban en el porche. Peter llegó cansado, con las ojeras marcadas por una semana difícil entre el laboratorio y las patrullas nocturnas. Vestía un jersey de lana color mostaza que acentuaba su aroma natural, ese que siempre ponía a Wade en un estado de alerta protectora.

—Hola, Wade —dijo Peter, dejándose caer en el sofá mientras Thomas se abalanzaba sobre él para un abrazo—. Siento llegar tarde. El tráfico en el puente era un infierno.

—No te preocupes, Petey-Pie —respondió Wade, trayéndole una taza de té—. El pequeño monstruo ha estado practicando sus aterrizajes de superhéroe. Estamos listos para una noche de calma.

Pero la calma era un lujo que el destino rara vez les concedía.

A mitad de la cena, el ambiente cambió. Peter, que estaba contando una anécdota sobre Flash Thompson, se quedó callado de repente. Su rostro palideció y una gota de sudor rodó por su sien.

—¿Peter? —preguntó Wade, dejando los cubiertos—. ¿Te encuentras bien?

—Yo... sí, solo... —Peter se llevó una mano al pecho. Sus ojos avellana se dilataron, volviéndose casi negros—. Hace calor, ¿verdad?

Wade inhaló profundamente y, de repente, el mundo se volvió de color rojo. El aroma a canela de Peter, que normalmente era una caricia dulce, explotó en una ola de calor embriagadora, densa y cargada de feromonas. Era un olor a Omega en celo, pero no uno normal. Era potente, salvaje, amplificado por la fisiología arácnida y el hecho de que Peter había estado usando supresores experimentales para ocultar su naturaleza durante años. Su cuerpo estaba reclamando lo que le habían negado.

—Peter, tu celo —susurró Wade, sintiendo cómo su propio instinto de Alfa dominante despertaba con un rugido ensordecedor—. No debería ser ahora. Dijiste que faltaban semanas.

—Los supresores... —jadeó Peter, agarrándose a la mesa—. Creo que mi metabolismo los ha quemado. Wade, tengo que irme. Necesito... necesito encerrarme.

Intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. Wade se movió con una velocidad sobrenatural, atrapándolo antes de que golpeara el suelo. El contacto físico fue como una descarga eléctrica. El cuerpo de Peter quemaba a través de la ropa.

—¡Papá Peter! —gritó Thomas, asustado por la tensión en la habitación.

—Tommy, ve a tu cuarto —ordenó Wade con una voz que no admitía réplicas, una voz de Alfa que hizo que el niño obedeciera por puro instinto—. Cierra la puerta y no salgas hasta que yo te llame. ¡Ahora!

El niño corrió escaleras arriba, sollozando suavemente. Wade se centró en el hombre en sus brazos. Peter estaba temblando, gimiendo de dolor y necesidad. Sus manos se aferraban al traje de Wade, desgarrando la tela con una fuerza que solo un Omega de su calibre poseía.

—Wade... por favor... —suplicó Peter. Su aroma era ahora una llamada de auxilio que nublaba la razón del mercenario—. Duele... ayuda...

Wade luchó contra sí mismo. Sus voces gritaban cosas contradictorias. Una parte de él, la que amaba a Peter con una devoción religiosa, quería protegerlo, llevarlo a una bañera con hielo y esperar a que pasara. Pero su parte Alfa, la bestia que compartía su ADN, solo veía a su pareja sufriendo por la falta de un nudo, por la falta de ser reclamado.

—Te tengo, Petey. Te tengo —susurró Wade, llevándolo hacia la habitación principal.

Lo que siguió fue un torbellino de sombras y sensaciones fracturadas. El celo de un Omega arácnido era una fuerza de la naturaleza, y Wade, con su regeneración constante, era el único Alfa capaz de soportar la intensidad de tal encuentro sin desfallecer. En la penumbra de la habitación, la razón se perdió. Peter no era el héroe de la ciudad, era un hombre necesitando ser anclado; y Wade no era el mercenario, era el ancla.

Pero no hubo palabras de amor, solo jadeos, el sonido de la piel contra la piel y el rugido de la sangre en los oídos. Wade, cegado por el instinto, hizo lo que su biología le dictaba. Lo reclamó. Lo anudó. Lo marcó con la intensidad de quien teme que, si no lo hace, el otro se desvanecerá con el amanecer.

Desde el piso de arriba, Thomas escuchaba. No entendía los sonidos, solo sabía que su papá Peter gritaba de una forma que nunca había oído, y que su papá Wade emitía gruñidos que le daban miedo. Se ovilló en su cama, tapándose los oídos con la almohada, esperando que el monstruo que parecía haber entrado en su casa se marchara pronto.

El celo duró veinticuatro horas agotadoras. Cuando la fiebre finalmente remitió y la bruma de feromonas se disipó, la realidad golpeó con la fuerza de un mazo de demolición.

Peter se despertó al mediodía siguiente. Estaba solo en la cama de Wade, cubierto únicamente por una de las camisetas extragrandes del mercenario. Le dolía cada músculo de su cuerpo, pero el dolor físico no era nada comparado con el peso en su pecho. Se tocó el cuello, justo donde la unión de su hombro y su nuca ardía. Sus dedos temblaron al sentir la marca: profunda, definitiva, una cicatriz de Alfa que gritaba propiedad.

Se levantó con dificultad, sus piernas aún inestables. Al bajar las escaleras, encontró a Wade en la cocina. El mercenario estaba de espaldas, preparando algo de comer en silencio. No llevaba la máscara, y sus hombros estaban hundidos, cargados de una culpa que Peter podía oler incluso a distancia.

—Wade —dijo Peter. Su voz estaba rota, apenas un hilo de sonido.

Wade se dio la vuelta lentamente. Sus ojos de diamante estaban apagados, llenos de un arrepentimiento crudo.

—Peter... yo... lo siento. Intenté parar, intenté ayudarte de otra forma, pero tú... el celo fue demasiado fuerte. No sabía qué hacer.

Peter se abrazó a sí mismo, sintiendo la tela de la camiseta de Wade contra su piel, una tela que ahora olía a él, a ellos. Lágrimas calientes empezaron a rodar por sus mejillas.

—Me marcaste, Wade —sollozó Peter, dando un paso atrás cuando Wade intentó acercarse—. ¡Me marcaste sin mi permiso!

—¡Estabas sufriendo, Peter! ¡Tu cuerpo se estaba desgarrando por dentro! —exclamó Wade, con la voz quebrada—. Pensé que... pensé que esto era lo que querías, o al menos lo que necesitabas para no morir.

—¡No! —gritó Peter, y el sonido hizo que Thomas, que estaba escondido tras el sofá, se encogiera—. ¡Yo no quería ser de nadie! ¡He pasado toda mi vida luchando por mi libertad, por no ser definido por mi casta! Y tú... tú te aprovechaste de un momento de debilidad para ponerme una correa.

—¡No es una correa! —Wade dio un paso adelante, su instinto de Alfa todavía alerta, intentando consolar a su Omega—. Es una conexión. Te amo, Peter. Lo sabes. Llevo años esperando que me veas, no como el padre de Thomas, sino como el hombre que daría su vida por ti.

Peter soltó una risa amarga y llena de dolor, mientras las lágrimas nublaban su visión.

—¿Amarme? Wade, esto no es amor. Esto es biología barata. Me has convertido en una propiedad. Cada vez que me mire al espejo, veré tu marca. Sentiré tu olor en mi piel aunque me duche cien veces. Me has quitado la opción de elegir.

Wade se quedó congelado. Las palabras de Peter eran cuchillos que su factor de curación no podía cerrar.

—Yo no quería... yo solo quería que dejaras de gritar de dolor —susurró Wade, bajando la cabeza—. Thomas... él nos oyó, Peter. Estaba aterrorizado.

Peter miró hacia el sofá y vio los ojos asustados de su hijo. El corazón se le rompió en mil pedazos. Se acercó al niño y lo tomó en brazos, ignorando el dolor de su propio cuerpo. Thomas se aferró a él, llorando en silencio.

—Me voy, Wade —dijo Peter, dirigiéndose a la puerta sin mirar atrás.

—¿A dónde? Estás débil, tu cuerpo aún se está ajustando a la marca...

—A cualquier lugar donde no sienta que me he perdido a mí mismo —sentenció Peter—. No me sigas. No me busques. Necesito... necesito recordar quién era antes de que me hicieras esto.

—Peter, por favor... —suplicó Wade, dando un paso hacia el porche—. No podemos hacerle esto a Thomas. Él nos necesita a los dos.

Peter se detuvo en el umbral, con el aire frío del otoño golpeando su rostro. Se giró ligeramente, revelando un perfil lleno de una tristeza infinita.

—Thomas tendrá a sus padres, Wade. Pero nunca tendrá la familia que soñaste. Porque yo no te amo de esa manera. Y ahora, gracias a ti, ni siquiera sé si puedo volver a quererte como amigo.

Peter saltó hacia el techo del porche y desapareció entre las sombras de los árboles, llevando a Thomas consigo, dejando tras de sí un rastro de aroma a canela que se desvanecía rápidamente, reemplazado por el olor a ceniza y soledad.

Wade Wilson se quedó de pie en medio de su cocina limpia y acogedora, rodeado de juguetes y recuerdos de tres años de una felicidad que ahora parecía una mentira. Se dejó caer de rodillas, golpeando el suelo con el puño hasta que sus nudillos sangraron y se curaron, una y otra vez.

Las voces en su cabeza, por primera vez en años, no se burlaban. Solo guardaban un silencio sepulcral, observando cómo el mercenario que no podía morir descubría que había heridas que ni siquiera la eternidad podría sanar. Había ganado al Omega, pero había perdido al hombre. Y en el silencio de la casa vacía, Wade supo que la marca que le había puesto a Peter era, en realidad, su propia sentencia de muerte emocional.

Entrar con Telegram

Confirma el acceso en el bot.