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Cantos en medio de pólvora

Ecos en el Abismo

El sol de la mañana apenas lograba filtrarse a través de las pesadas cortinas de terciopelo de la oficina de Nick Wilde. El lugar olía a madera de cedro, café cargado y ese aroma metálico e indefinible que acompaña al poder absoluto. Nick no había dormido. Había pasado la noche alternando entre los informes financieros de sus casinos legales y la pequeña ficha técnica que sus hombres habían recopilado sobre la cantante de "El Refugio del Zorro".

Judy Hopps.

El nombre seguía vibrando en su mente como una nota sostenida. Nick jugueteaba con un encendedor de oro, abriéndolo y cerrándolo con un clic rítmico que llenaba el silencio de la estancia. Se sentía ridículo. Él, el depredador que controlaba los hilos de la política y el crimen en Zootopia, el zorro que había hecho llorar a senadores y suplicar a rivales, estaba obsesionado con una coneja de ojos amatista que probablemente se asustaba con su propia sombra.

—Señor Wilde, el señor Big está en la línea dos —anunció la voz de su secretaria a través del intercomunicador—. Quiere discutir los términos del nuevo muelle.

Nick suspiró, cerrando el encendedor de golpe.

—Dile que lo llamaré más tarde —respondió con voz ronca—. Ahora mismo tengo asuntos más urgentes que atender.

—¿Asuntos urgentes, señor? Su agenda está despejada hasta el almuerzo con el alcalde.

—He dicho que más tarde, Bonnie. No me hagas repetirlo.

El silencio que siguió fue tenso. Nick sabía que estaba actuando de forma errática. Un jefe de la mafia no posponía al señor Big por nada, y mucho menos por quedarse mirando una fotografía borrosa tomada a hurtadillas en un bar de mala muerte. Pero había algo en la expresión de Judy, en esa forma en que sus orejas se habían agitado ligeramente cuando él la miró, que lo perseguía.

***

En el otro lado de la ciudad, en un apartamento tan pequeño que Judy podía tocar ambas paredes si extendía los brazos, la joven coneja intentaba ensayar una nueva partitura. Sin embargo, su voz, normalmente clara y firme, fallaba en los agudos.

—Concéntrate, Judy —se regañó a sí misma, golpeando suavemente sus mejillas—. Es solo una canción. Es solo un cliente.

Pero no lo era. No podía engañarse. En el ecosistema de Zootopia, ella era una presa y él era el depredador definitivo. Había crecido en Bunnyburrow escuchando historias sobre los zorros, sobre su astucia y su naturaleza peligrosa. Pero nadie le había advertido sobre esa elegancia melancólica, sobre la forma en que un traje a medida podía ocultar una fuerza capaz de aplastar ciudades.

El miedo estaba ahí, sí, un escalofrío persistente en la base de su columna. Pero junto al miedo, había una curiosidad abrasadora. ¿Por qué un hombre como él iría a un lugar como "El Refugio del Zorro"? ¿Qué buscaba en las sombras de un bar que olía a serrín y desesperación?

Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Al abrir, se encontró con el dueño del bar, un tejón de aspecto cansado llamado Stan.

—Hopps, necesitamos hablar —dijo él, entrando sin esperar invitación—. Anoche tuvimos una visita. Una visita importante.

Judy sintió que el corazón se le subía a la garganta.

—¿Te refieres al zorro del reservado?

—Me refiero a Nick Wilde —corrigió Stan, bajando la voz como si pronunciar el nombre en voz alta pudiera invocarlo—. Escúchame bien, pequeña. Ese hombre no viene aquí por la bebida. Se rumorea que quiere comprar el bloque entero, o que está buscando a alguien. No quiero problemas. Si vuelve esta noche y te pide algo... lo que sea... tú solo sonríe y sé amable. No le des motivos para cerrar el local.

—¿Me estás pidiendo que lo atienda si se acerca? —preguntó Judy, con las manos temblorosas.

—Te estoy pidiendo que no lo hagas enfadar. Wilde es como un volcán: parece tranquilo hasta que decide borrarte del mapa. Mi negocio depende de que él esté satisfecho.

Cuando Stan se marchó, Judy se sentó en su cama deshecha. La presión era asfixiante. Ella solo quería cantar, quería que su voz fuera un puente hacia algo mejor. Ahora, sin quererlo, se encontraba en el centro del radar del animal más peligroso de la metrópolis.

***

La noche cayó sobre Zootopia con una rapidez implacable. Las luces de neón comenzaron a parpadear, tiñendo las calles de colores artificiales. Nick Wilde se encontraba frente al espejo de su vestidor, ajustándose una corbata de seda color esmeralda que resaltaba el verde de sus ojos.

—¿Va a salir de nuevo, señor? —preguntó Wolford, su guardaespaldas de confianza, mientras revisaba su arma enfundada.

—Solo un paseo, Wolford. Quiero aire fresco.

—El sector del bar no es precisamente conocido por su aire fresco, jefe. Es territorio de los lobos de la zona norte. Podrían intentar algo si lo ven sin una escolta completa.

Nick se giró, y su mirada fue tan gélida que el lobo dio un paso atrás involuntario.

—Que lo intenten —dijo Nick con una sonrisa carente de calidez—. Me vendría bien un poco de ejercicio. Pero hoy no vamos por negocios. Vamos por placer.

El trayecto en la limusina blindada fue silencioso. Nick observaba los edificios pasar, preguntándose qué estaba haciendo con su vida. Tenía treinta y cinco años y lo poseía todo, pero no tenía nada. Sus días eran una sucesión de amenazas, números y soledad. La aparición de Judy Hopps había sido como un cortocircuito en su sistema perfectamente programado.

Cuando llegaron al bar, el ambiente cambió instantáneamente. Al entrar Nick, la música ambiental pareció bajar de volumen por sí sola. Los clientes habituales, tipos duros que no se amedrentaban ante nada, bajaron la vista hacia sus vasos. El miedo era un perfume que Nick podía oler a kilómetros, y esa noche, el bar apestaba a él.

Se sentó en el mismo reservado. No tuvo que pedir nada; el dueño ya estaba allí con una botella de su whisky más caro y un vaso de cristal tallado.

—Señor Wilde, es un honor tenerlo de nuevo —balbuceó Stan, limpiando la mesa con un trapo que probablemente estaba más sucio que la madera—. ¿Desea algo especial?

—Silencio —respondió Nick, sin mirarlo—. Solo quiero silencio y que ella salga a cantar.

—Por supuesto, por supuesto. En cinco minutos.

Nick esperó. Cada segundo se sentía como una hora. Y entonces, las luces volvieron a atenuarse.

Judy salió al escenario. Esta vez vestía de blanco, un contraste violento con la oscuridad del lugar. Parecía un faro en medio de una tormenta. Sus ojos recorrieron la sala y, inevitablemente, se encontraron con los de él. Nick notó cómo ella tragaba saliva, cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor del pie del micrófono.

Ella empezó a cantar. No era la misma canción de la noche anterior. Esta era más rítmica, más intensa, con un toque de jazz que exigía toda su energía. Nick se quedó hipnotizado. No era solo la voz; era la pasión. Judy cantaba como si su vida dependiera de ello, como si cada nota fuera una declaración de independencia frente al mundo sombrío que la rodeaba.

A mitad de la actuación, Nick hizo algo que nunca hacía en público. Se levantó de su asiento.

El movimiento causó un murmullo de pánico contenido. Sus guardaespaldas se tensaron, listos para intervenir, pero Nick les hizo una seña para que se quedaran donde estaban. Caminó lentamente hacia el escenario, con las manos en los bolsillos de su pantalón de traje, moviéndose con la gracia de un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene a dónde ir.

Judy lo vio acercarse. Su voz flaqueó por un milisegundo, pero recuperó el control. El corazón le martilleaba en los oídos, sincronizado con el bajo de la banda. Cuando Nick llegó a la base del escenario, se detuvo. Estaba tan cerca que Judy podía oler su perfume: una mezcla de sándalo y algo antiguo, como los libros viejos de una biblioteca privada.

La canción terminó. El aplauso fue tímido, ahogado por la tensión de ver al jefe de la mafia a los pies de la cantante.

Judy se quedó allí, con el micrófono aún cerca de los labios, respirando agitadamente. Nick la observó en silencio durante lo que pareció una eternidad.

—Tienes una voz que no pertenece a este agujero, zanahorias —dijo Nick. Su voz era baja, pero en el silencio del bar, resonó como un trueno.

Judy parpadeó, sorprendida por el apodo improvisado. Se obligó a encontrar su valor, ese que traía desde las granjas de Bunnyburrow.

—A este "agujero" lo llamo trabajo, señor Wilde —respondió ella, tratando de que su voz no temblara—. Y a la gente aquí le gusta mi música.

Nick arqueó una ceja, impresionado por su audacia. Nadie le respondía así. Nadie se atrevía a corregirlo.

—La gente aquí no sabe distinguir el arte de un ruido sordo —replicó Nick, dando un paso más hacia el borde del escenario—. Tú eres arte. Y el arte no debería estar rodeado de mugre.

—El arte está donde se necesita —dijo Judy, bajando un poco el micrófono—. ¿Acaso usted ha venido aquí para darme una lección de estética, o tiene algún otro negocio que atender?

Nick soltó una carcajada seca. El sonido sobresaltó a los presentes; Nick Wilde no se reía. Nunca.

—Eres valiente. O muy tonta. Todavía no me decido —Nick extendió una mano, no para tocarla, sino como un gesto de invitación—. Baja de ahí. Quiero hablar contigo.

Judy miró la mano de Nick. Era una mano grande, de dedos largos y pelaje impecable. Una mano que, según decían, había firmado sentencias de muerte. Pero también era una mano que le ofrecía una salida momentánea de la rutina. Miró hacia el fondo, donde Stan, el dueño, le hacía señas frenéticas para que obedeciera.

Judy tomó aire y, con un gesto de dignidad, aceptó la mano del zorro para bajar los dos escalones del escenario. El contacto fue eléctrico. La piel de Judy era cálida, mientras que la de Nick estaba fría como el mármol. Ambos sintieron una sacudida que recorrió sus brazos, una chispa de estática que no tenía explicación lógica.

Nick la guio hacia su reservado. Los guardaespaldas se abrieron paso, creando un pasillo humano de lobos y osos polares que intimidarían a cualquiera. Judy se sintió pequeña, una mota de polvo en medio de un huracán, pero no retiró su mano de la de él.

Una vez sentados en la penumbra del reservado, Nick le sirvió un poco de agua en un vaso limpio.

—No bebes alcohol mientras trabajas, supongo —dijo él, aunque era más una afirmación que una pregunta.

—No lo hago. Debo mantener la garganta clara.

—Sensato. —Nick se reclinó en el asiento de cuero, observándola con una intensidad que la hacía sentir desnuda—. Dime, Judy Hopps de Bunnyburrow... ¿qué hace una chica como tú en una ciudad que devora a los soñadores para desayunar?

Judy se sorprendió de que supiera su origen.

—Usted ya lo sabe todo de mí, ¿verdad? Sus hombres habrán hecho su trabajo.

—Sé los hechos —admitió Nick, jugueteando con su vaso de whisky—. Sé dónde naciste, cuánto pagas de alquiler y que nunca has tenido una multa de tráfico. Pero no sé por qué. ¿Por qué dejar la seguridad de las granjas por este antro?

—Porque en las granjas el futuro ya está escrito —respondió Judy, ganando confianza—. Aquí, al menos, puedo escribir mi propia canción. Aunque sea en un bar oscuro. ¿Y usted, señor Wilde? ¿Por qué se molesta en hablar con una "coneja de granja"?

Nick guardó silencio. Miró el líquido ámbar de su vaso como si buscara las respuestas allí.

—Porque anoche, cuando cantaste, hiciste que me olvidara de quién soy por tres minutos —confesó Nick en un susurro casi inaudible—. Y eso, en mi mundo, es un milagro muy peligroso.

Judy sintió que el corazón se le encogía. No había maldad en sus palabras, solo una honestidad brutal que le dolía. Vio al hombre detrás del monstruo, al zorro que vivía en una jaula de oro y miedo.

—No tiene por qué ser peligroso —dijo ella suavemente, inclinándose hacia él—. Es solo música.

—Nada es "solo" algo en Zootopia, Judy. Todo tiene un precio.

—¿Y cuál es mi precio, según usted?

Nick se acercó a ella. Sus rostros estaban a escasos centímetros. Judy podía ver las pequeñas motas doradas en el iris de sus ojos verdes. La tensión era tan palpable que el aire parecía pesar toneladas.

—No lo sé todavía —murmuró Nick—. Pero tengo la intención de averiguarlo.

En ese momento, la puerta del bar se abrió de golpe. Un grupo de animales corpulentos, vestidos con chaquetas de cuero y con expresiones amenazantes, entró con paso pesado. Eran los lobos de la zona norte, la banda rival que Wolford había mencionado.

—¡Wilde! —gritó el líder, un lobo con una cicatriz que le cruzaba el hocico—. ¡Sabíamos que te encontraríamos aquí, revolcándote en la basura!

El pánico estalló en el bar. Los clientes corrieron hacia las salidas secundarias. Los guardaespaldas de Nick sacaron sus armas en un movimiento sincronizado. Nick ni siquiera se inmutó. No apartó la vista de Judy, que estaba pálida y con las orejas pegadas a la espalda.

—Qué falta de modales —dijo Nick con tranquilidad, aunque sus ojos brillaron con una furia asesina—. Estaba teniendo una conversación privada.

—¡Tu tiempo se ha acabado, zorro! —el lobo levantó una escopeta.

Nick reaccionó con una velocidad sobrehumana. En un solo movimiento, empujó a Judy debajo de la mesa reforzada del reservado.

—¡Quédate ahí y no salgas! —le ordenó con un tono que no admitía réplicas.

Judy se hizo un ovillo en el suelo, cubriéndose los oídos. El sonido de los disparos y los cristales rotos llenó el lugar. Gritos, golpes y el caos absoluto se desataron por encima de ella. Podía oír la voz de Nick dando órdenes frías, el sonido de su puño impactando contra la carne y el estruendo de los muebles volando.

A pesar del terror, Judy sintió una extraña forma de protección. Nick no había corrido a cubrirse; su primer instinto había sido ponerla a salvo a ella.

Después de unos minutos que parecieron siglos, el ruido cesó. Solo quedó el sonido de una respiración agitada y el goteo de algún líquido.

—Ya puedes salir, zanahorias.

Judy salió temblando de debajo de la mesa. El bar estaba destrozado. Los atacantes yacían en el suelo, inconscientes o heridos, mientras los hombres de Nick los arrastraban hacia afuera. Nick estaba de pie en medio del desastre, sacudiéndose el polvo de la chaqueta gris. Tenía un pequeño corte en el pómulo que sangraba ligeramente, pero por lo demás, parecía impecable.

Se acercó a ella y, con una delicadeza inesperada, le puso una mano en el hombro.

—¿Estás herida? —preguntó. Su voz había vuelto a ser suave, casi tierna.

—Yo... estoy bien —logró decir ella, mirando el corte en su cara—. Usted está sangrando.

Nick se tocó la mejilla y miró la sangre en sus dedos con indiferencia.

—No es nada. He tenido peores afeitados.

Judy sacó un pañuelo de encaje de su bolsillo y, sin pensarlo, se acercó para limpiar la herida. Nick se quedó petrificado. Nadie lo tocaba así, con esa compasión genuina, sin miedo a represalias. El contacto del pañuelo en su piel fue como un bálsamo.

—Gracias —dijo Nick, y por primera vez, Judy vio una sombra de sonrisa real en sus labios.

—Debería irme a casa —murmuró ella, dándose cuenta de la proximidad y de lo que acababa de suceder.

—Wolford te llevará en uno de los coches blindados. Este barrio ya no es seguro para ti esta noche.

—No es necesario, yo...

—No es una sugerencia, Judy —la interrumpió Nick, recuperando su autoridad—. No dejaré que te pase nada. No después de haber encontrado algo que vale la pena escuchar.

Judy asintió, demasiado agotada para discutir. Mientras caminaba hacia la salida escoltada por el enorme lobo, se giró una última vez. Nick seguía allí, de pie entre las ruinas del bar, observándola partir.

Aquella noche, mientras la limusina la dejaba en su modesto edificio, Judy comprendió que su vida de cantante de bar había terminado. Había entrado en el mundo de Nick Wilde, un mundo de sombras, sangre y terciopelo. Y lo más aterrador de todo no era el peligro que él representaba, sino el hecho de que, en medio del caos, se había sentido más viva que nunca.

Por su parte, Nick regresó a su oficina. Se sentó en la oscuridad, tocándose la mejilla donde ella lo había limpiado. El pañuelo de Judy todavía estaba en su mano, conservando el aroma a flores silvestres de Bunnyburrow.

—Zanahorias... —susurró para sí mismo—. Me vas a costar una fortuna en reparaciones y guerras de bandas.

Pero mientras guardaba el pañuelo en el bolsillo interior de su chaqueta, cerca del corazón, Nick Wilde supo que pagaría cualquier precio. El jefe de la mafia había encontrado su melodía, y no pensaba dejar que nadie silenciara la música.